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Boletín Reino de Valencia

 

 

 

21 de mayo de 2004. Círculo cultural Aparisi y Guijarro. Actividades culturales. Presentación del libro "Mártires carlistas del Reino de Valencia. 1936-1939". de Luís Pérez Domingo    

 

Discurso de don José Miguel Orts. Presidente de la Comunión Tradicionalista Carlista del Reino de Valencia

 

“Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto” (J., 12, 24). ”Bienaventurados seréis cuando los hombres os odien , cuando os expulsen, os injurien y proscriban vuestro nombre como malo, por causa del Hijo del Hombre” (L., 6, 22). 

Nos congrega aquí el homenaje a unos hombres y mujeres que supieron amar hasta el extremo y entregaron su vida en oblación generosa por Dios y por España. Algunos de ellos han sido ya beatificados por S.S. el Papa. A todos ellos alcanza la gratitud que merecen por su testimonio. 

No fueron ángeles. Ni superhombres. Ni espíritus desencarnados. Vivían en un lugar y un tiempo que condicionaron su creer y su actuar. Tenían unas convicciones de las que se derivaron unas lealtades temporales. Para ellos la fe no se circunscribía al ámbito de su casa o de la sacristía: transcendía a su vida pública. Incluso en función de su fe, se configuraba su compromiso político. No se limitaban a votar cuando había que hacerlo. Ni a pagar una cuota de socio o de militante. Su entrega era más profunda. Por eso, en la hora suprema no fallaron. Superando sus debilidades humanas llegaron a adquirir el valor de confesar a Cristo en sus obras. Y entre esas obras figuraba destacadamente el servicio a sus hermanos, el amor práctico a la Patria. Y su lealtad al Rey legítimo que cuando manda, vincula moralmente, porque el poder le viene de lo Alto y sus órdenes sirven para construir el Reino. 

 

Sería inútil medir los valores y antivalores que en aquellos trágicos años de nuestra guerra civil estaban vigentes con la medida de los que hoy rigen vidas y conciencias. No es comprensible, desde una óptica actual, el odio satánico a la fe  que ciega a los perseguidores y que les lleva a matar y destruir con una saña insólita. Es difícil, por otro lado, calibrar la fortaleza en la fe de los perseguidos que les hace capaces de vencer el miedo y les pertrecha espiritualmente para las pruebas que se les imponen. Su ejemplo sorprende en estos tiempos de desacralización, relativismo e indiferentismo: la muerte antes que la apostasía. Perderlo todo antes que doblar la rodilla ante los nuevos ídolos. Nuestros mártires no son sólo victimas pasivas: son ofrendas vivas que perdonan a sus enemigos y oran por ellos. Por eso casi setenta años más tarde, su recuerdo no suscita revanchismos, ni ansias de venganza. Son gloria de la Iglesia. Y de España. Y, ¿por qué no?, en este caso del carlismo. 

 

Porque si no hemos de odiar, tampoco hemos de avergonzarnos. Hemos de recuperar la memoria histórica sin rencores, pero sin complejos. 

 

En 1936 la Comunión Tradicionalista, perdidas las esperanzas de una salida pacífica y política a la crisis de descomposición en que estaba sumida la República, optó por la sublevación con una parte del Ejército y otras fuerzas. No lo hizo por mandato ni inspiración de la Iglesia, sino por cuenta propia, bajo su propia responsabilidad. La Iglesia, en aquellas circunstancias dramáticas no tuvo opción: no fue beligerante, fue víctima y perseguida, que no es lo mismo. Y esa persecución progresiva determinó sustancialmente la legítima defensa de la parte sana de la sociedad española. 

 

Y vino la contienda civil con su secuela de tragedias individuales y colectivas. Y por fin el término de la guerra que tuvo más de victoria que de paz. Y el nuevo orden  con su perfil totalitario  Con sus luces y sombras. Entre éstas, los excesos de la represión, que alcanzó también al carlismo, vencedor en las armas y  derrotado aun antes de entregarlas. Pero al menos había de nuevo un espacio vital para la Iglesia y una patria rota, pero digna. 

De la decisión de Don Alfonso Carlos I suscrita por Don Javier y Fal Conde de sumarse al Alzamiento del 36, el carlismo ni se avergüenza, ni se arrepiente ni pide perdón. Nuestros muertos  hoy ya son patrimonio de todos, de la Iglesia y de la Patria. Y su sacrificio no fue vano. 

 

Hoy ellos son los protagonistas en este acto. Ellos y su biógrafo, Luís Pérez Domingo. 

Hace cuarenta años largos que conozco a Luís Pérez Domingo. El autor del libro que hoy se presenta ha sido durante todo ese tiempo un referente moral para mí y para varias generaciones de carlistas valencianos. Un hombre de fe tenaz. Con obras. Poco dado a autocomplacencias y a brillos fáciles. De una pieza. Coherente. Lo contrario a la esquizofrenia actual estadísticamente normal. Leal hasta el sacrificio de la juventud y de la salud. Tímido: poco dado a mostrar sus sentimientos, pero capaz de amar con pasión  a los suyos y transferir esa actitud a la política. Y ello le ha ocasionado disgustos profundos. Pero su amor político nunca ha sido ciego. Su jerarquía de valores ha estado siempre muy clara: Luís es hombre de principios. Esos principios, que él ha rastreado en la memoria de los mártires, han informado su vida. Una vida contra corriente, difícil. Autodidacta, con capacidad de aprender de su entorno: acoger, depurar, reelaborar y transmitir. Hombre de tradición. Pero también es hombre de consecuencias: trabajador. Amante de las tareas bien acabadas: perfeccionista. De pluma certera y ágil. De palabras pensadas y sopesadas. 

 

Nace Luis Pérez en 1932 en Valencia. A los 8 años fallece su padre a consecuencia de una enfermedad contraída durante la guerra. Pronto hubo de cambiar los libros por el trabajo. Y esa necesidad de salario lo lleva a Madrid, a las oficinas de la  revista católica Signo, en 1953. En la capital de España se vincula al carlismo,  entonces en la clandestinidad y en la oposición. Eran los tiempos de Don Javier de Borbón Parma como Rey recién proclamado y Fal Conde como Jefe Delegado. Ingresa en la Agrupación de Estudiantes Tradicionalistas de Madrid . De nuevo en su tierra, prosigue su militancia y llega a presidir la AET de Valencia,  forma parte del Requeté, donde desempeñó la delegación de Propaganda y Prensa. Fue secretario regional de las Juventudes Carlistas. Director de los periódicos clandestinos Avant y Clarín, de los boletines  Aparisi y Guijarro y Reino de Valencia y  colabora en El Tradicionalista, Horizontes, Resurgir, etc. Secretario de la Junta Local de Valencia, Vicesecretario de la Provincial  de la Comunión Tradicionalista de Valencia. Presidente del Círculo  Cultural Aparisi y Guijarro hasta hace poco. En 2002 escribió el artículo de carga política del libro de Homenaje a Don Javier de Borbón en el XXV aniversario de su muerte. En los 60, cuando nos conocimos, Luís inventó una especie de seminario oficioso de jóvenes militantes que se llamó Acción Carlista del Reino de Valencia y que se reunía en el bufete de Salvador Ferrando Cabedo en horas nocturnas, que se llevó con todo rigor formal, incluso con actas y compromisos escritos.  

 

La historia personal de Luís Pérez se enmarca dentro de la trayectoria del carlismo: en 1952, Don Javier es proclamado Rey. En 1955 es cesado don Manuel Fal Conde. En 1958, como fruto de la política de colaboración con el Régimen, se permite la apertura de los círculos carlistas, como el Aparisi y Guijarro y los Vázquez de Mella. Brilla la figura de Don Carlos Hugo como esperanza del carlismo. En el viejo círculo de la calle del Almirante Luís conoce a María Dolores  Langa, que se convertiría en su esposa en 1973 y madre de sus hijos: Luís Javier, María Dolores y Carlos Hugo. Fíjense ustedes en sus nombres.  

 

Pasan los sesenta de los grandes Montejurras y Don Carlos Hugo encabeza la desnaturalización del carlismo so pretexto de “aggiornamento”, siguiendo los avatares del progresismo católico posconciliar. La unidad espiritual y orgánica de la Comunión se rompe en 1972. Y Luís Pérez ha de pedir público perdón a su hijo pequeño por el nombre de pila en un memorable artículo. En 1976 los muertos en Montejurra abren un abismo entre las dos facciones carlistas enfrentadas y frustran la reconstititución de la Comunión iniciada por Don Sixto, el hermano menor de Don Carlos Hugo. Diez años más tarde, tres grupos carlistas convergentes se unen para formar la actual Comunión Tradicionalista Carlista, representada aquí por nuestro amigo Domingo Fal-Conde, consejero nacional. Estos avatares ocasionan el apartamiento de Luís Pérez de la actividad política hasta su retorno a funciones directivas del Círculo Aparisi y Guijarro. Y ahora lo tenemos entregado de lleno a la investigación histórica, dispuesto siempre a un consejo certero, a echar una mano en el trabajo... 

 

Amigo Luís: Nuestro presidente, Pepe Mas, dice que la Comunión le impone los correligionarios, pero a sus amigos se los elige él. Yo doy gracias a Dios de tenerte como correligionario ejemplar en el seno de la Comunión Tradicionalista Carlista y del Círculo Aparisi y Guijarro y me enorgullezco de nuestra amistad, fruto de una recíproca elección. Enhorabuena por este nuevo hijo de tu madurez que es este libro de los Mártires.  

 

He de expresar la gratitud de Círculo Aparisi y Guijarro, la de la Comunión Tradicionalista Carlista del Reino de Valencia y la mía propia a la Fundación Larramendi por haber hecho posible la edición del libro y la celebración de este acto. Y a ustedes, muchas gracias por acompañarnos y haber escuchado este desahogo de mi corazón.

 

Valencia, 21 de mayo de 2004.

 

  

 

 

 

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