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Discurso de don José Miguel Orts. Presidente de la
Comunión Tradicionalista Carlista del Reino de
Valencia
“Si el grano de trigo no cae en tierra y muere,
queda él solo; pero si muere, da mucho fruto” (J.,
12, 24). ”Bienaventurados seréis cuando los hombres
os odien , cuando os expulsen, os injurien y
proscriban vuestro nombre como malo, por causa del
Hijo del Hombre” (L., 6, 22).
Nos congrega aquí el homenaje a unos hombres y
mujeres que supieron amar hasta el extremo y
entregaron su vida en oblación generosa por Dios y
por España. Algunos de ellos han sido ya
beatificados por S.S. el Papa. A todos ellos alcanza
la gratitud que merecen por su testimonio.
No
fueron ángeles. Ni superhombres. Ni espíritus
desencarnados. Vivían en un lugar y un tiempo que
condicionaron su creer y su actuar. Tenían unas
convicciones de las que se derivaron unas lealtades
temporales. Para ellos la fe no se circunscribía al
ámbito de su casa o de la sacristía: transcendía a
su vida pública. Incluso en función de su fe, se
configuraba su compromiso político. No se limitaban
a votar cuando había que hacerlo. Ni a pagar una
cuota de socio o de militante. Su entrega era más
profunda. Por eso, en la hora suprema no fallaron.
Superando sus debilidades humanas llegaron a
adquirir el valor de confesar a Cristo en sus obras.
Y entre esas obras figuraba destacadamente el
servicio a sus hermanos, el amor práctico a la
Patria. Y su lealtad al Rey legítimo que cuando
manda, vincula moralmente, porque el poder le viene
de lo Alto y sus órdenes sirven para construir el
Reino.
Sería inútil medir los valores y antivalores que en
aquellos trágicos años de nuestra guerra civil
estaban vigentes con la medida de los que hoy rigen
vidas y conciencias. No es comprensible, desde una
óptica actual, el odio satánico a la fe que ciega a
los perseguidores y que les lleva a matar y destruir
con una saña insólita. Es difícil, por otro lado,
calibrar la fortaleza en la fe de los perseguidos
que les hace capaces de vencer el miedo y les
pertrecha espiritualmente para las pruebas que se
les imponen. Su ejemplo sorprende en estos tiempos
de desacralización, relativismo e indiferentismo: la
muerte antes que la apostasía. Perderlo todo antes
que doblar la rodilla ante los nuevos ídolos.
Nuestros mártires no son sólo victimas pasivas: son
ofrendas vivas que perdonan a sus enemigos y oran
por ellos. Por eso casi setenta años más tarde, su
recuerdo no suscita revanchismos, ni ansias de
venganza. Son gloria de la Iglesia. Y de España. Y,
¿por qué no?, en este caso del carlismo.
Porque si no hemos de odiar, tampoco hemos de
avergonzarnos. Hemos de recuperar la memoria
histórica sin rencores, pero sin complejos.
En
1936 la Comunión Tradicionalista, perdidas las
esperanzas de una salida pacífica y política a la
crisis de descomposición en que estaba sumida la
República, optó por la sublevación con una parte del
Ejército y otras fuerzas. No lo hizo por mandato ni
inspiración de la Iglesia, sino por cuenta propia,
bajo su propia responsabilidad. La Iglesia, en
aquellas circunstancias dramáticas no tuvo opción:
no fue beligerante, fue víctima y perseguida, que no
es lo mismo. Y esa persecución progresiva determinó
sustancialmente la legítima defensa de la parte sana
de la sociedad española.
Y
vino la contienda civil con su secuela de tragedias
individuales y colectivas. Y por fin el término de
la guerra que tuvo más de victoria que de paz. Y el
nuevo orden con su perfil totalitario Con sus
luces y sombras. Entre éstas, los excesos de la
represión, que alcanzó también al carlismo, vencedor
en las armas y derrotado aun antes de entregarlas.
Pero al menos había de nuevo un espacio vital para
la Iglesia y una patria rota, pero digna.
De
la decisión de Don Alfonso Carlos I suscrita por Don
Javier y Fal Conde de sumarse al Alzamiento del 36,
el carlismo ni se avergüenza, ni se arrepiente ni
pide perdón. Nuestros muertos hoy ya son patrimonio
de todos, de la Iglesia y de la Patria. Y su
sacrificio no fue vano.
Hoy ellos son los protagonistas en este acto. Ellos
y su biógrafo, Luís Pérez Domingo.
Hace cuarenta años largos que conozco a Luís Pérez
Domingo. El autor del libro que hoy se presenta ha
sido durante todo ese tiempo un referente moral para
mí y para varias generaciones de carlistas
valencianos. Un hombre de fe tenaz. Con obras. Poco
dado a autocomplacencias y a brillos fáciles. De una
pieza. Coherente. Lo contrario a la esquizofrenia
actual estadísticamente normal. Leal hasta el
sacrificio de la juventud y de la salud. Tímido:
poco dado a mostrar sus sentimientos, pero capaz de
amar con pasión a los suyos y transferir esa
actitud a la política. Y ello le ha ocasionado
disgustos profundos. Pero su amor político nunca ha
sido ciego. Su jerarquía de valores ha estado
siempre muy clara: Luís es hombre de principios.
Esos principios, que él ha rastreado en la memoria
de los mártires, han informado su vida. Una vida
contra corriente, difícil. Autodidacta, con
capacidad de aprender de su entorno: acoger,
depurar, reelaborar y transmitir. Hombre de
tradición. Pero también es hombre de consecuencias:
trabajador. Amante de las tareas bien acabadas:
perfeccionista. De pluma certera y ágil. De palabras
pensadas y sopesadas.
Nace Luis Pérez en 1932 en Valencia. A los 8 años
fallece su padre a consecuencia de una enfermedad
contraída durante la guerra. Pronto hubo de cambiar
los libros por el trabajo. Y esa necesidad de
salario lo lleva a Madrid, a las oficinas de la
revista católica Signo, en 1953. En la capital de
España se vincula al carlismo, entonces en la
clandestinidad y en la oposición. Eran los tiempos
de Don Javier de Borbón Parma como Rey recién
proclamado y Fal Conde como Jefe Delegado. Ingresa
en la Agrupación de Estudiantes Tradicionalistas de
Madrid . De nuevo en su tierra, prosigue su
militancia y llega a presidir la AET de Valencia,
forma parte del Requeté, donde desempeñó la
delegación de Propaganda y Prensa. Fue secretario
regional de las Juventudes Carlistas. Director de
los periódicos clandestinos Avant y Clarín, de los
boletines Aparisi y Guijarro y Reino de Valencia y
colabora en El Tradicionalista, Horizontes,
Resurgir, etc. Secretario de la Junta Local de
Valencia, Vicesecretario de la Provincial de la
Comunión Tradicionalista de Valencia. Presidente del
Círculo Cultural Aparisi y Guijarro hasta hace
poco. En 2002 escribió el artículo de carga política
del libro de Homenaje a Don Javier de Borbón en el
XXV aniversario de su muerte. En los 60, cuando nos
conocimos, Luís inventó una especie de seminario
oficioso de jóvenes militantes que se llamó Acción
Carlista del Reino de Valencia y que se reunía en el
bufete de Salvador Ferrando Cabedo en horas
nocturnas, que se llevó con todo rigor formal,
incluso con actas y compromisos escritos.
La
historia personal de Luís Pérez se enmarca dentro de
la trayectoria del carlismo: en 1952, Don Javier es
proclamado Rey. En 1955 es cesado don Manuel Fal
Conde. En 1958, como fruto de la política de
colaboración con el Régimen, se permite la apertura
de los círculos carlistas, como el Aparisi y
Guijarro y los Vázquez de Mella. Brilla la figura de
Don Carlos Hugo como esperanza del carlismo. En el
viejo círculo de la calle del Almirante Luís conoce
a María Dolores Langa, que se convertiría en su
esposa en 1973 y madre de sus hijos: Luís Javier,
María Dolores y Carlos Hugo. Fíjense ustedes en sus
nombres.
Pasan los sesenta de los grandes Montejurras y Don
Carlos Hugo encabeza la desnaturalización del
carlismo so pretexto de “aggiornamento”, siguiendo
los avatares del progresismo católico posconciliar.
La unidad espiritual y orgánica de la Comunión se
rompe en 1972. Y Luís Pérez ha de pedir público
perdón a su hijo pequeño por el nombre de pila en un
memorable artículo. En 1976 los muertos en
Montejurra abren un abismo entre las dos facciones
carlistas enfrentadas y frustran la reconstititución
de la Comunión iniciada por Don Sixto, el hermano
menor de Don Carlos Hugo. Diez años más tarde, tres
grupos carlistas convergentes se unen para formar la
actual Comunión Tradicionalista Carlista,
representada aquí por nuestro amigo Domingo Fal-Conde,
consejero nacional. Estos avatares ocasionan el
apartamiento de Luís Pérez de la actividad política
hasta su retorno a funciones directivas del Círculo
Aparisi y Guijarro. Y ahora lo tenemos entregado de
lleno a la investigación histórica, dispuesto
siempre a un consejo certero, a echar una mano en el
trabajo...
Amigo Luís: Nuestro presidente, Pepe Mas, dice que
la Comunión le impone los correligionarios, pero a
sus amigos se los elige él. Yo doy gracias a Dios de
tenerte como correligionario ejemplar en el seno de
la Comunión Tradicionalista Carlista y del Círculo
Aparisi y Guijarro y me enorgullezco de nuestra
amistad, fruto de una recíproca elección.
Enhorabuena por este nuevo hijo de tu madurez que es
este libro de los Mártires.
He
de expresar la gratitud de Círculo Aparisi y
Guijarro, la de la Comunión Tradicionalista Carlista
del Reino de Valencia y la mía propia a la Fundación
Larramendi por haber hecho posible la edición del
libro y la celebración de este acto. Y a ustedes,
muchas gracias por acompañarnos y haber escuchado
este desahogo de mi corazón.
Valencia, 21 de mayo de 2004.
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