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Artículos de historia. El carlismo y sus
mujeres. por César Alcalá |
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Introducción
Si bien el Carlismo ha sido un movimiento
político dirigido por hombres, las mujeres
han tenido una importancia significativa en
su evolución. Lo que ocurre, con frecuencia,
es que se omiten sus nombres y se le da más
importancia a otros nombres, generalmente
masculinos, dejando al de las mujeres en
segundo término.
Nuestra intención nos es hablar de todas las
mujeres que, directa o indirectamente, han
influido en los hombres que han destacado en
el campo carlista. Sería un artículo
demasiado exhaustivo. Por ello hemos
centrado nuestra selección en cinco mujeres
que, de una manera u otra, reflejan el
espíritu de la mujer carlista. Son cinco
mujeres que, por sí solas, merecen un
reconocimiento explícito. Con ellas o, a
través de ellas, deseamos homenajear a la
mujer carlista.
Margarita de Borbón-Parma
Era hija de los Duques soberanos de Parma,
don Carlos III y doña María Teresa de
Borbón. Nació en Parma el primero de enero
de 1847 y falleció en Viareggio el 29 de
enero de 1893. Contrajo matrimonio con
Carlos VII el 4 de febrero de 1867, en la
capilla de Frohsdorf (Austria). Durante la
III Guerra Carlista se dedicó a la fundación
de hospitales. Doña Margarita fue siempre
considerada como un modelo de princesa, de
madre y de esposa. Fue tal la piedad y la
ayuda que desempeñó en el norte de España
durante la guerra, que el pueblo la bautizó
con el sobre nombre de Ángel de la
Caridad. En
pocas palabras, doña Margarita de Borbón-Parma
es el paradigma de lo que ha de ser una
reina, tanto en el amor a los suyos como en
su sencillez.
Del matrimonio con Carlos VII nacieron: doña
Blanca, doña Elvira, doña Alicia, don Jaime.
Para conocer porqué el pueblo -siempre
sabio- la bautizó como Ángel de la
Caridad, transcribiremos una anécdota
explicada por el general carlista don Juan
Pérez Nájera. La anécdota se produjo durante
la III Guerra Carlista, cuando doña Blanca
de Castilla fue a visitar a sus padres. La
protagonista se la explicó al general Pérez
Nájera en éstos términos:
A todos los viejos combatientes de las
huestes de la Tradición os tengo el mismo
cariño, y esto desde una ocasión que
coincide con los más remotos recuerdos de mi
niñez. Me parece aún estar viviendo la
escena: Me llevó mi madre la Reina Doña
Margarita a una de sus visitas a los
Hospitales Militares, creo que al de Estella.
Yo tendría unos seis años. Entré de la mano
de Mamá en una sala con una fila de camas a
cada lado. En la primera que llamó mi
atención había un hombre lleno de vendajes
manchados de sangre, que casi le tapaban
toda la cara y creo que las manos. Su
aspecto era horrible y me retiré hacia la
puerta instintivamente, en un movimiento de
miedo. ¿Qué hace Blanca?, me preguntó mi
madre. ¿Por qué no te acercas conmigo? Y
como quiera que mi única respuesta fuera
echarme a llorar, la Reina volvió a tomarme
la mano y me dijo: Hay que quererlos,
pobrecitos. Están así por defendernos y
otros muchos murieron luchando por nosotros.
Son muy buenos y dan su sangre y su vida por
España, por tu Padre el Rey, por mí y por ti
misma. Me hice cargo confusamente de aquello
que oía y con esfuerzo sobre mí misma me
acerqué a la cama. Mamá me tomó en brazos y
me hizo dar un beso sobre la frente del
pobre soldado, que acaso estaba moribundo.
Esta sencilla anécdota nos demuestra la
humildad y el gran corazón que poseyó don
Margarita de Borbón-Parma pues, no sólo le
enseña a su hija unos principios que pueden
parecer básicos, esto es, la lealtad del
pueblo carlista hacia sus Reyes y Príncipes,
sino que la enseñanza va más allá. Si bien
es cierto que el pueblo carlista ha sido
leal a la familia real, esta lealtad se ha
visto recompensada por la lealtad que, a su
vez, la familia real carlista ha tenido
hacia su pueblo. Que mejor enseñanza puede
recibir un hijo de sus padres.
Maria de la Asunción de Bobadilla
Doña María de la Asunción de Bobadilla y
Martínez de Arizala, nació el 15 de agosto
de 1860 en Villafranca de Navarra. Era hija
del ilustre prohombre carlista don Manuel de
Bobadilla y Escribá de Romaní y de doña
María de la concepción Martínez de Arizala y
de Sabater. Por matrimonio, en 1881, con don
Manuel de Llanza y Pignatelli de Aragón, era
duquesa de Solferino, marquesa de Coscojuela
de Fontova, condesa del Castillo de
Centella, baronesa de Alcarraz y Almuniente,
Princesa de Castiglione y del Sacro Romano
Imperio, grande de España, entre otros
título. Doña maría de la Asunción de
Bobadilla falleció, el 7 de noviembre de
1898, como consecuencia del tifus, en
Villafranca de Navarra.
A su muerte, toda la prensa carlista y
liberal, expresó su profundo pésame a la
familia, por la pérdida de tan ilustre dama.
Hemos seleccionado parte de estas reseñar
por considerar que, a través de ellas, el
lector apreciará mucho mejor quién fue esta
ilustre dama del Carlismo. La Hormiga de
Oro, el martes 22 de noviembre de 1898,
publicó la siguiente crónica: Muchos
católicos recordarán sin duda con nosotros
uno de sus hechos más hermosos y notables.
Numerosa y devota peregrinación nacional
había ido el año 1880 a postrarse ante el
bendito Pilar de Zaragoza.
Paseaba por las principales calles de
aquella heroica ciudad imponente procesión
de peregrinos. Asustada la impiedad por la
manifestación grandiosa de la fe de un
pueblo, hizo estallar varios petardos en
medio de las apretadas filas de romeros.
Ante el estruendo de dichas explosiones
faltó la serenidad a algunos y la calma a
muchos devotos. Cuando la procesión se
interrumpía porque huían despavoridos los
católicos, una señora sale de las filas y
levantando el pendón de la Virgen plantase
en medio de la calle a arengar a los
peregrinos, alentándoles con frases
elocuentes y sentidas a que sin temer a
nadie ni a nada prosiguieran su camino. El
acento de dichas palabras debió llegar al
alma de los peregrinos, pues éstos volvieron
a su sitio correspondiente, y la procesión,
más compacta y entusiasta que antes, siguió
su camino y llegó sin novedad al término de
su jornada. La mujer que con su prodigiosa
intervención había logrado el éxito obtenido
era la Duquesa de Solferino.
Bien dijo de ella una ilustre dama, testigo
de sus actos y admiradora de sus dotes: “La
Duquesa de Solferino es una señora que posee
corazón de mujer y alientos de hombre”.
¡Cómo conocía Doña María Berta de Rohan a su
leal servidora y amiga!
El Diario de Barcelona
escribió: distinguíanla, empero, dos
cosas que en ella se acentuaban de un modo
especial: su amor a los pobres y su
entusiasmo varonil por la causa que sustenta
D. Carlos de Borbón. En ambas había dado
pruebas de carácter poco común. Madre y
esposa amante, jamás sacrificó en lo más
mínimo sus sentimientos a la ostentación a
que su elevada posición podía haberla
impulsado. Dios haya acogido en su seno el
alma de la virtuosa señora.
La Tradición,
de Palma de Mallorca, el 12 de noviembre de
1898 escribía: Era a último de Febrero de
este año cuando habíamos acudido al muelle
para despedirla de una su excursión a
Mallorca con objeto de visitar a su no menos
ilustre hermana la señora Marquesa de Zayas.
Ella, la amabilísima e integérrima Duquesa,
departía amigablemente con todos,
especialmente con los que, en nombre de la
colectividad carlista, habíamos acudido a
tributarle el homenaje de nuestra admiración
y simpatía. Llena de Esperanzas por el
pronto triunfo de la causa, nos infundía a
todos aliento, presagiando la verdadera
REGENERACIÓN de esta patria infeliz
aniquilada por los desaciertos liberales.
Poco antes de levar anclas el vapor, tendía
a todos la mano la entusiasta señora,
saludándonos por despedida con un ¡viva el
rey! Que reflejaba sus sentimientos, sus
virtudes, su modo de ser en una palabra.
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S.M.C. doña Margarita
de Borbón Parma |
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Francisca Guarch Folch
Francisca Guarch Folch nació en la población
valenciana de Castellfort, en la comarca
castellonense de Els Ports, en 1857. De ahí
que la historia la conozca como la heroína
de Castellfort. Deslumbrada por los relatos
de su padre, veterano carlista de la I
Guerra, al estallar la III Guerra salió de
su casa, buscando una partida carlista,
hasta San Esteban de Lerma. Vestida de
hombre, luchó en el bando carlista durante
siete meses. En la partida donde luchó la
conocían como el valencianet. En el
pueblo gerundense de Amer cortó el árbol de
la libertad, fusiló a un criminal y cortejó
la mayorazga del cafetero y a una casada. Su
padre salió en su busca y, finalmente la
encontró en Prats de Llusanés. Doña Maria de
las Nieves de Braganza la condecoró, en
Borredá, por su valentía y osadía. Con
respecto a la heroína de Castellfort escribe
Doña María de las Nieves de Braganza en sus
memorias:
Un día se nos presentó un hombre del
Maestrazgo y nos pidió, con mucha
insistencia, que le devolviéramos a su hija,
que servia, decía él, en nuestras filas. Al
principio le creímos loco y le aseguramos
que no había mujeres en nuestras tropas,
pero él insistió, y nos dijo que su hija
tenia dieciséis años y se llamaba Francisca
Guarch, vecina de Castellfort, provincia de
Castellón… los padres de la joven recibieron
una carta suya, en la que les decía que
estaba con los carlistas… la chica no
indicaba con que fuerzas iba… Alfonso dijo a
aquel hombre que mandaría formar la fuerza,
y que entonces podía pasar la revista (el
padre), y si encontraba allí a la chica,
llevársela con él. Así se hizo, y vio el
feliz padre a su Francisca convertida en
voluntario carlista… Estaba desconsolada,
porque ahora, ¡adiós filas! ¡Adiós batirse
por la Religión! Único motivo por el que
dejo su casa… Tenía una fuerza
extraordinaria para su edad. En un combate
llevo durante horas a un herido a hombros.
Se distinguió siempre por su buen
comportamiento y su gran valor… ¡Pobre
Francisca! ¡Qué dolor el abandonar su
uniforme! Antes del triste momento de
despojarse de él prendí en su pecho la Cruz
del Mérito Militar, que acababa Alfonso de
concederle… El quedar en España era
demasiado expuesto para Francisca y así que
la mandamos a Francia, a Perpiñán.
A partir de éste momento su historia es
confusa. Algunas fuentes aseguran que
participó en la conspiración de Badalona de
1900, sin poderse demostrar dicha
intervención. Francisca Guarch Folch, la
heroína de Castellfort, murió el 30 de
diciembre de 1903. |
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Francisca Guarch
Folch, la heroína de Castellfort |
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María de las Nieves Braganza
La princesa María de las Nieves Isabela
Eulalia Carlota Adelaida Micaela Rafaela
Gabriela Gonzaga de Paula y de Asís Sofía
Inés Romana de Braganza y de Löwenstein-Werthein-Rosemberg,
nació en Kleinheubach (Baviera) el 5 de
agosto de 1856. Hija del rey Miguel I de
Portugal y de la reina doña Adelaida.
Hermana de doña María Teresa, esposa del
Archiduque Carlos Luis; doña María José,
esposa de Carlos Teodoro de Baviera; la
Condesa de Bardi; doña Mariana, esposa del
Gran Duque de Luxemburgo; y doña María
Antonia, esposa de Roberto I, Duque de Parma.
Se educó en el Colegio del Sagrado Corazón
de Metz. El 26 de abril de 1874 contrajo
matrimonio, en el castillo de Heubach
(Baviera) con el Infante don Alfonso Carlos
de Borbón y de Austria-Este. Tuvieron que
dar fin al viaje de novios pues, en España
se inició la tercera guerra carlista y
Carlos VII reclamó a su hermano para que
tomara el mando de los Ejércitos Reales de
Cataluña.
Su participación en la guerra finalizó como
consecuencia de una desavenencia entre el
Infante Alfonso Carlos y su hermano Carlos
VII. Éste último creyó oportuno separar los
reales ejércitos de Cataluña y del Centro,
formando dos fuerzas independientes. Don
Alfonso Carlos no estuvo de acuerdo y pidió
ser relevado del mando. El matrimonio partió
de España hacia Graz, donde vivía doña María
Beatriz de Austria-Este, madre del Infante.
Poco después de su llegada a Graz estalló la
revolución. Esto y la debilidad del
Emperador Francisco José, propició que
Alfonso XII de España declarara a don
Alfonso Carlos culpable de una serie de
delitos comunes y pidiera su extradición
para juzgarle y condenarle. Ninguna potencia
europea hizo caso a las pretensiones del
monarca español.
Durante la I Guerra Mundial (1914-1918)
María de las Nieves y su esposo acogieron a
soldados alemanes y austriacos heridos en
combate en sus castillos. Hay que señalar
los años de peregrinaje por todo el mundo.
Los Infantes recorrieron Europa, África,
Asia y América. Asimismo visitaron en alguna
ocasión España, camuflados bajo pasaporte
argentino. En uno de esos viajes compraron
la libertad de una esclava africana llamada
Mabrouka. Con el tiempo su negrita,
-como acostumbraba a llamarla-, fue
bautizada con el nombre de Carmen. En uno de
esos viajes a España pudieron comprobar de
primera mano la caída de la monarquía
liberal de Alfonso XIII y el advenimiento de
la II República.
En el año 1931 ocurrió un hecho que marcó
los últimos años de vida de los Infantes.
Don Jaime de Borbón, heredero de los
derechos dinásticos de su padre, Carlos VII,
murió, el 2 de octubre, de una angina de
pecho en París. Al fallecer sin
descendencia, heredó los derechos dinásticos
su tío, don Alfonso Carlos de Borbón. María
de las Nieves de Braganza pasó a ser Reina
de España. La aceptación de los derechos
dinásticos llegó al final de una larga y
dilatada vida. Pero eso no fue excusa para
no seguir luchando como si tuvieran veinte
años. A partir de ese momento don Alfonso
Carlos dedicó todo su esfuerzo en encontrar
a alguien que heredase sus derechos una vez
muerto. La tarea no fue fácil. Los acuerdos
con Alfonso XIII no llegaron a buen puerto.
Finalmente se designó a don Javier de
Borbón-Parma, -sobrino de doña María de las
Nieves-, como regente, y en sus manos
encomendó la misión de encontrar la persona
adecuada para ser rey de España.
El rey Alfonso Carlos I, el Justiciero
Misericordioso, muere en Viena el 29 de
septiembre de 1936, como consecuencia de las
heridas sufridas al ser atropellado por un
camión. Doña María de las Nieves de Braganza
murió en Viena el 15 de febrero de 1941. Su
cuerpo fue enterrado en el castillo de
Puccheim (Austria), al lado del de su
esposo.
Le debemos a doña María de las Nieves de
Braganza unas memorias, en tres tomos, donde
nos narra su visión de la guerra, esto es,
cómo vivió la guerra una mujer. En ellas nos
explica los problemas o dificultades que
tuvo por el hecho de ser mujer. Así, en una
ocasión se disfrazó de labradora para que el
enemigo no la reconociera: Vinieron
corriendo a avisarnos que una columna
enemiga iba pasar por allí… La joven
señorita Antonia, de la casa, vino a ponerme
un vestido de payesa (aldeana), de los
suyos, por encima de mi ropa, lo que fue de
un singular efecto, pues Antonia era una
guapísima moza, alta y fuerte, y yo era una
sardina; después se ocupó de mi tocado,
cubriéndome la cabeza con un pañuelo que me
ató bajo la barba, al modo que todas lo
llevaban allí, y quede transformada en
campesina.
En otra ocasión es un sacerdote quien hizo
lo imposible para convencerla, alegando que,
en vez de ayudar, estorbaba a su marido y al
ejército carlista. El pobre sacerdote no
consiguió su propósito: Un día vino un
buenísimo cura, a quien don Vicente Ruiz nos
anunciaba como persona de gran inteligencia
y buen consejo. Pronto comprendí que el cura
estaba trabajando por don Vicente para que
me disuadiera de continuar en compañía de
Alfonso, recomendándome que, al reunirse
éste con las tropas, me retirara yo a un
convento mientras durara la guerra… Su tema
constante era el de que yo no resistiría las
fatigas de una campaña… Agradecí, muy
amablemente, al citado sacerdote sus buenos
consejos, pero le declaré terminantemente
que no me retiraría no a un convento ni a
parte alguna, pues estaba decididísima a
quedar con mi marido… le repetí… que ya
verían quién se retiraría antes por el
cansancio o falta de salud, si ellos o yo.
Finalizaremos esta semblanza con unas
palabras aparecidas en el periódico El Pensamiento Navarro publicó, en 1942, que resumen lo
que fue y lo que significó para el Carlismo
y para los carlistas: Doña María de las
Nieves representaba, al morir, toda la
historia limpia y conmovedora de una familia
real proscripta a la que iba unida la otra
historia emocionante de quienes no quisieron
ser cortesanos del triunfo y lo fueron de la
adversidad para luchar y morir cuando fuera
preciso o para vivir con el corazón puesto
en el destierro y la lealtad al servicio y
sacrificio de la Causa. |
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S.M.C
doña María de las Nieves de Braganza |
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Ángeles de Janer
Doña Ángeles de Janer y Milá de la Roca era
hija del ilustre prohombre carlista don José
Erasmo de Janer -que fue jefe regional de
Cataluña- y tía de Erasmo de Janer y de
Durán -asesinado por las hordas rojas el 11
de diciembre de 1936, en el Castillo de
Montjuïch de Barcelona-. Pertenecía doña
Ángeles a la casa de los marqueses de Moixó.
Tío de doña Ángeles fue don Manuel Milá de
la Roca, fundador y primer director del
periódico El Correo Catalán. Nacida en
Barcelona en 1864, murió en la misma ciudad
en 1945.
Doña Ángeles de Janer fue, como
anteriormente doña Margarita, un Ángel de la
Caridad. Como escribe Antonio Pérez de
Olaguer: Los pobres conocían mucho a dona Ángeles. Sabían que ella
era la que les repartía personalmente las
ropas (...) Doña María de los Ángeles de
Janer y Milá de la Roca –dama ilustre en
todos conceptos- tenía como a mayor gala y
máxima honra el ser presidenta –veterana
margarita- de la agrupación benéfica
“Ángeles de la Caridad”.
Al proclamarse la II República, el Carlismo
en general y el catalán en particular, se
reactivo. Éste ha sido una característica
sustancial del Carlismo. Cuando más difícil
ha sido la situación del país, más
incorporaciones se han producido. El primer
acto importante del Carlismo catalán fue la
celebración del 25 aniversario de la
fundación de la Conferencia de Nuestra
Señora de Montserrat. El acto se realizó en
el Círculo Tradicionalista de Barcelona el
26 de abril de 1931. El acto fue presidido
por doña Ángeles que, a su vez, repasó y
explicó como habían sido los 25 años de la
Conferencia de Nuestra Señora de Montserrat.
Extraemos unos fragmentos de su discurso
porque, a través de ellos, el lector
conocerá un poco más a esta benemérita dama
del Carlismo:
En abril de 1907 a raíz de una tómbola
organizada a favor del Círculo
Tradicionalista, entonces instalado en la
calle llamada La Virreina, que estuvo
animadísima por los numerosos lotes reunidos
entre los que destacaba un alfiler de
corbata de diamantes con las iniciales C.
VII, donativo del mismo Augusto Señor.
Durante aquellos días de venta se celebraron
lucidas fiestas y se estrecharon amistades
que resistieron victoriosamente los 25 años
transcurridos. Entonces fue cuando se
propuso la constitución de una Conferencia
de Señoras que se encargara de la Sección de
Beneficencia que funcionaba en el círculo.
Aceptada esta idea por el Excmo. Sr. Jefe
Regional, que lo era Don José Erasmo de
Janer y obtenida la aprobación del Prelado
Diocesano, Eminentísimo Cardenal Casañas, se
constituyó la Junta de la que fue nombrado
Consiliario el Reverendo Dr. Don Ramón Valls,
Pbro. Cura Párroco de Nuestra Señora de la
Merced, ejemplar sacerdote y entusiasta
tradicionalista. Integraban la Junta
directiva: Presidenta: Marquesa de la Torre;
Vicepresidenta: Doña Blanca Hamsay de
Freixas; Tesorera: Doña Anita Bertrán de
Trías; Vicetesorera: señorita María de Janer
y Milá de la Roca.
Se proclamó Patrona de la conferencia, la
Santísima Virgen de Montserrat, Patrocinio
eficacísimo, pues nunca ha desamparado a la
Conferencia, proporcionándole siempre lo
preciso para continuar socorriendo a un
elevado número de familias tradicionalistas.
Inmediatamente que comenzó a funcionar la
Conferencia afluyeron los pobres, y las
señoras formadas por parejas, fueron de casa
en casa distribuyendo socorros, consolando
dolores, haciendo lo mismo que hacen hoy.
En el ejercicio de nuestra labor caritativa
hemos experimentado grandes dolores al
descubrir tremendos infortunios y grandes
consuelos admirando altas virtudes,
sacrificios hermosísimos para evitar la
perdición de algún miembro de la familia,
constancia y resignación en graves y
dolorosas enfermedades, el entusiasmo de una
anciana pobrísima que guardaba como un
imponderable tesoro, un camafeo que siendo
su marido Coronel de un Regimiento de Álava,
le regaló Doña Margarita y que sólo en el
lecho de muerte en el Sant Hospital, lo
entregó a la señora que la visitaba.
Había tenido también, la Conferencia, un
pequeño mártir, Eudaldo, quien apaleado por
los lerrouxistas en el campo de Grassot,
murió más tarde en el Hospital, conservando
su amor a Dios y a nuestros principios, con
gran sacrificio, pues su padre –que no
compartía sus ideas- le había amenazado con
echarle bajo las ruedas de un tranvía por
haberle visto acompañando un Viático, a lo
que el niño contestó: “Sería peor para Vd.
porqué a mí sólo puede matarme el cuerpo”.
¡Dios es grande! Infinita es su grandeza; no
nos es dable comprenderla en nuestra
infinita pequeñez; por la grandiosidad de
sus obras la columbramos cuando nos
extasiamos en la contemplación del Universo.
El cielo estrellado, la majestad de los
elevados montes, la inmensidad de los mares
penetran nuestro entendimiento de
extraordinario asombro, pero su sublime
grandeza se nos manifiesta lo mismo en
aquella hierbecita que viva ignorada en la
cumbre de una montaña o al borde de un
arroyuelo que es tan admirable en sus
menudísimas hojitas y de la que Dios ha
tenido providencia, así como de los astros y
de los mares.
Así es esta Obra, la Conferencia de Nuestra
Señora de Montserrat, pequeña flor de la
Iglesia en el campo fecundo del Carlismo, en
el Círculo de Barcelona donde ha sido objeto
de muchas y muy agradecidas atenciones.
Hemos repasado, a vuela pluma, la vida de
cinco ilustres damas del Carlismo. No ha
sido nuestra intención profundizar en sus
vidas, sino ofrecer unas breves pinceladas
sobre lo que hicieron o sobre cual era su
pensamiento y su manera de actuar. Leídas
estas páginas, sólo nos queda concluir. Y
que mejor conclusión que las palabras de don
Antonio Pérez de Olaguer cuando, en la glosa
que realizó sobre doña Ángeles de Janer,
termina diciendo: Y yo me
pregunto con angustioso asombro: ¿Somos
dignos los que quedamos de la memoria de los
que se van?
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