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Artículos de historia.
Ciudad
Real carlista. por Manuel Espadas Burgos |
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Aunque parece el carlismo fenómeno
esencialmente ligado a regiones de fuerte
componente foral o nacionalista, tales como
Cataluña, el País Vasco, Navarra o Galicia,
la región manchega fue escenario de una
versión de la insurrección carlista, que se
manifestó en todos los momentos en que, a lo
largo del siglo, la Causa levantara su
banderas en España. Dentro de la región
manchega, la provincia de Ciudad Real fue
uno de sus escenarios más agitados, donde
muchos de los guerrilleros que habían
combatido contra la invasión francesa
volvieron a las armas en apoyo de don
Carlos, fuertemente respaldados y aun
alentados por el clero, en defensa de un
modelo de sociedad que parecía amenazada en
sus fundamentos por los principios del
régimen liberal tras la muerte de Fernando
VII.
A este factor religioso y, sobre todo,
clerical del carlismo manchego, hay que
añadirle, para su comprensión, la defensa de
las tradicionales formas de propiedad, tanto
de la eclesiástica como de la comunal,
objetivo ambas de las medidas
desamortizadoras del Estado liberal. Sin
desamortización no hubiera habido carlismo
en La Mancha. Sus acentuados matices de
«rebeldía primitiva», utilizando la
expresión de Hobsbawn, constituyen otra de
sus señas de identidad. Sus militantes son
partidas de campesinos, de artesanos y de
jornaleros, enardecidos por los párrocos de
los pueblos, que actuaban como expertos
conocedores del terreno y de la táctica de
la guerrilla. «En nombre de Carlos V
-escribe Antonio Pirala- levantaban partidas
de 100 o 200 hombres y su primera operación
era apresar a los más pudientes de un
pueblo, exigirles grandes cantidades y
repetir tales hazañas a su paso.» De ahí
que, el propio Pirala concluyese que « la
guerra de La Mancha lo era de vandalismo y
surgían diariamente nuevos partidarios que,
obrando por su cuenta cada uno, se oponían a
toda unión que llevara consigo la
subordinación a un jefe». Era el suyo el
típico talante del guerrillero.
Muchos de los hombres de aquella lucha
habían sido los héroes populares de la
Independencia: «El Locho», Isidoro Mir,
«Chaleco», «Chambergo», Peco, Doroteo, «La
Diosa», Revenga, Paulino, Zamarra, «El
Rubio», «El Presentado», Tercero, Cipriano,
Herencia, «Palillos», «Orejita», Parra, «El
Arcipreste», «El Apañado», Perfecto,
Sánchez, Blas Romo, «El Sastre»... Este
crecido número de guerrilleros, con su
individualismo, su personal sentido de la
lucha, su improvisación y su indisciplina,
explica los continuos tropiezos de la causa
carlista en La Mancha y, en último término,
su fracaso y su carácter de lucha marginal.
Por eso Pirala apunta que «si hubieran
tenido unión los manchegos, si hubiera
salido de entre ellos un jefe como
Zumalacárregui o Cabrera, la guerra habría
adquirido quizás a las orillas del Tajo
mayores proporciones». Por eso todo quedaba
en acciones muy puntuales, seguidas de
retirada a los seguros refugios de las
sierras, «ese laberinto impenetrable, con
mansiones subterráneas, con despejadas y
naturales atalayas, donde puede acampar un
batallón en el mismo terreno en que otro
esté oculto con toda seguridad».
«Divididos los habitantes en dos
parcialidades, si la una se ha presentado
tenaz, resuelta y cruel, la otra se ha
resistido animosa, constante e impertérrita:
ni las persecuciones más activas, ni las más
terribles penas, ni los indultos acobardaron
o redujeron a los unos: ni los continuos
peligros, ni los desastres más espantosos,
ni la pérdida absoluta de los bienes de
fortuna entibiaron el ardor de los otros: la
enseña de la muerte, de los estragos y de la
desolación se ha tremolado por espacio de
seis años continuos y si han existido
rebeldes cuya conducta atroz y sanguinaria
les han grangeado con sobrado fundamento el
nombre de verdaderos tigres, también han
sido muy frecuentes los ejemplos de lealtad
y de heroísmo.»
Diego Medrano y Treviño: Consideraciones
sobre el estado económico, moral y político
de la provincia de Ciudad Real, pág. 184.
El año 1834 fue el de mayor actividad de
-Uno de los famosos guerrilleros de la
Independencia, Manuel Adame, «El Locho», un
ciudarrealeño que se había distinguido en la
lucha contra los franceses y durante el
trienio liberal en la defensa del
absolutismo real. En 1833 había levantado
una partida para defender los derechos de
don Carlos, conociéndose sus acciones por la
crueldad, «dando rienda suelta -escribe
Pirala- a sus brutales instintos, retratados
en su feroz carácter y en su tosca y grosera
fisonomía».
Otro de los guerrilleros que tuvieron a
Ciudad Real entre sus objetivos fue don
Isidoro Mir, en cuya partida durante la
guerra de la Independencia había estado «El
Locho». Por su condición social y su manera
de actuar no se le podía comparar con otros
guerrilleros que más tenían de bandidos o
merodeadores que de soldados de una causa.
Antonio Pirala lo destaca como una
excepción, junto «a los hermanos Bermúdez,
personas de carrera que defendían la causa
carlista por convicción». La partida de Mir
llegó a penetrar en Ciudad Real a comienzos
de 1835. Volvió a entrar el día 15 de
agosto, aunque fue rechazado por la Milicia
Urbana. En ese mismo año y en el curso de un
encuentro con el ejército regular en Fuente
el Fresno cayó muerto. Esta acción también
se la conoce como la del Cambrón, en la zona
próxima al arroyo del mismo nombre entre
Malagón y Fuente el Fresno. Su cadáver fue
trasladado a Ciudad Real, donde fue colgado
en la reja de una ventana y allí, con un
cigarro puro en la boca, expuesto a toda
clase de ultrajes antes de ser sepultado.
Según testimonios de la época, Isidoro Mir
traía instrucciones del pretendiente
carlista para organizar « la facción
manchega». |
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Pendientes con el anagrama C7 (Carlos
séptimo) procedentes de la tercera guerra
carlista (1869-1875), propiedad de una
familia de Ciudad Real. |
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Los asedios carlistas a la ciudad
En 1835 creció la actividad de las partidas.
Como recoge Blázquez Delgado Aguilera,
«Orejita, el Lechero, Peco, Romo, Perfecto,
Cipriano, el Ventero y Palillos fueron
durante todo el año 1835 incesantes
exploradores de La Mancha, que con
frecuencia cruzaban sin otro resultado que
el de interrumpir las comunicaciones y
arruinar el tráfico». Aún creció más la
insurrección en tierras manchegas durante
los dos siguientes años, aunque continuara
siendo, con alguna excepción, como apunta
Pirala «una guerra de vandalismo». El 11 de
septiembre varias partidas carlistas
llegaron a bloquear Ciudad Real durante
varios días. En un testimonio muy poco
conocido y menos utilizado como es el Diario
de un médico de don Máximo García López,
publicado en Madrid en 1847, se relatan
numerosos episodios de la dura lucha
desarrollada en lugares próximos a Ciudad
Real y aun en la misma capital. En
septiembre de 1837, «salió una partida de 80
granaderos a caballo de Ciudad Real, al
mando de un jefe joven e inexperto, en
persecución de la facción, y en Peralvillo,
atacados brusca y repentinamente por los
insurgentes, fueron acuchillados y muertos
casi todos, escapando por la velocidad del
caballo el jefe referido y 3 o 4 soldados;
los restantes quedaron tendidos en el
campo». También recuerda la acción llevada a
cabo en el Cristo del Espíritu Santo, «donde
hay una hermosa ermita consagrada a esta
imagen; verá usted todavía diseminados por
diferentes parajes huesos humanos
insepultos, que confundidos con los de los
animales yacen sobre tierra, recordando al
viajero e historiador los horrores de una
lucha tan sangrienta».
Los dos hermanos Francisco y Vicente Rugero,
de Almagro, conocidos por el mote de guerra
de «Palillos», tuvieron también numerosas
acciones cuyo objetivo era Ciudad Real. El
diario del citado médico recuerda: «Penetre
usted en Ciudad Real y allí le dirán la
sorpresa que hicieron los "Palillos" cuando
cogieron el cañón el día 28 de mayo del año
de 1838 costando su defensa y la de la
ciudad la vida a varios nacionales y
soldados que murieron como valientes. Sin
salir de sus muros interrogue usted a sus
habitantes sobre los infinitos fusilamientos
allí ejecutados por la inhumana ley de las
represalias y ellos le dirán que a las
inmediaciones de la puerta de Granada que el
vulgo denomina de los Mártires, han sido
sacrificadas innumerables personas, entre
las cuales merecen particular mención dos
facciosos jóvenes hermanos escondidos en
casa de sus padres que fueron pasados por
las armas y éstos sentenciados a presenciar
la horrorosa y sentimental ejecución de sus
hijos.»
Uno de los episodios más sangrientos de esta
guerra, en las proximidades de Ciudad Real,
tuvo lugar en Calzada de Calatrava, el 25 de
febrero de 1838, cuando la partida del
guerrillero don Basilio incendió su iglesia
parroquial, donde se habían refugiado
alrededor de 400 personas, con presencia de
numerosas mujeres y niños, que «se
defendieron heroicamente muriendo como
nuevos numantinos, siendo presa de las
llamas todo ese crecido número de españoles
de uno y otro sexo, dignos de mejor suerte y
eterna alabanza».
En el último año de la guerra, Ciudad Real
tuvo que hacer frente a operaciones de estas
partidas, las de «Palillos» y «Orejita» que
eran las más numerosas, llegando en algunos
momentos a contar con cerca de 300 hombres,
mientras que lo normal es que cada partida
no sobrepasase el medio centenar. En estas
fechas, la partida de «Palillos» contaba con
180 infantes y 300 caballos. En la noche del
27 de mayo se prepararon para asaltar las
murallas de Ciudad Real. Tanto los
individuos de la milicia local como los
paisanos se prepararon para la defensa al
tiempo que se le pedía ayuda al general
Narváez que estaba en Jaén. La lucha se
inició al amanecer del día 28 y se centró en
la defensa de la puerta de Santa María,
donde cayeron varios de los defensores, que
con su resistencia consiguieron detener el
intento carlista. Confiando en el positivo
resultado de esa acción, el comandante de
Ciudad Real decidió la persecución de los
efectivos de «Palillos», que se retiraban en
dirección a Miguelturra. Sin embargo, la
acción se volvió contra ellos. Eran
alrededor de 80 hombres con un cañón, de los
dos con que contaba la defensa de la ciudad.
«Llegó el cañón hasta la mitad del camino de
Miguelturra -narra Pirala- rodeado de tan
heterogéneo refuerzo y al primer disparo
hecho sobre los carlistas sucedió lo que era
fácil de haber previsto. Aguerrida y audaz
la caballería de Palillos, dio una vigorosa
carga a las fuerzas contrarias y aquella
escolta, falta de unidad, sin jefes propios
y aturdidos con tan impetuoso e inesperado
ataque, cedió un momento al espanto y fue
perdida. En vano el desgraciado y bizarro
teniente de Castilla Lahera quiso infundir
su valor a los fugitivos; empezó la fuga y
allí encontraron una honrosa muerte no sólo
aquel valiente patriota, sino muchos que,
decididos a vender caras sus vidas, hicieron
frente al enemigo. Muchos fueron
acuchillados en el acto y otros, entre los
que se encontraba el valiente joven don
Antonio Pablo, hijo de un comerciante de la
ciudad, fueron fusilados incontinenti,
aunque pidió Puebla su rescate a peso de
plata.» Este fracaso abatió mucho el
espíritu de defensa de la ciudad, al tiempo
que enardecía a los carlistas de la región.
Por lo menos hasta que en el mes de junio
llegaran los refuerzos pedidos y el propio
Narváez visitase la ciudad el 1 de
septiembre, alojándose en el antiguo
convento de la Merced, ya desamortizado,
donde se le ofreció un baile y una recepción
pública. No faltó la correspondiente muestra
de represión, fusilándose a varios
prisioneros carlistas junto a la puerta de
Granada. En esta dura lucha eran frecuentes,
como hemos indicado, las represalias sobre
las familias de los contendientes. Así
ocurrió con la madre de los guerrilleros
«Palillos». El médico Máximo García escribe:
«El 11 de octubre del año 1839, en ese mismo
sitio -se refiere a las inmediaciones de la
puerta de Granada- fue fusilada la inocente
y anciana madre de "Palillos", a la edad de
ochenta y un años, siendo tan heroica y
edificante su apostura en el momento de ser
fusilada que conmovió fuertemente a los
espectadores y las últimas palabras que
salieron de sus labios fueron para pedir al
Redentor por sus verdugos.» Parece ser,
según el testimonio de este médico, que
también el cabecilla «Orejita», asesinado
por su propio criado o ayudante, estuvo
expuesto en Ciudad Real, como dos años antes
lo estuviera el cadáver de Mir. En otras
fuentes se dice que «Orejita» murió en
octubre de 1838 en el curso de una acción
cerca de Mestanza. Cuando su cadáver era
trasladado a Ciudad Real, hubo un intento
fallido de secuestrarlo en el trayecto entre
Almagro y Miguelturra. |
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Estandarte bordado por un combatiente
carlista en 1874, Cirilo Grande y Vera,
perteneciente a la partida de «el cura de
Alcabón». |
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La nueva insurrección del carlismo manchego
Caída la monarquía de Isabel (II), el
carlismo volvió a reavivarse en La Mancha
también con su doble componente de lucha
religiosa y de bandolerismo. Brotes
carlistas se produjeron en toda la provincia
desde el mes de enero de 1869. Los hubo en
Miguelturra los días 15 y 16 de ese mes;
poco después los hubo en La Cañada y en
Carrión de Calatrava.
Pero sería en el verano cuando la
insurrección carlista creciese. A mediados
de julio hubo violentos incidentes en los
baños de Fuensanta, con enfrentamiento de
partidas carlistas y unidades de la Guardia
Civil. En la noche del 23 al 24, el
brigadier Vicente Sabariegos, a quien don
Carlos le había confiado el mando militar de
La Mancha, junto con el coronel Joaquín
Tercero, se sublevaron en las afueras de
Ciudad Real, con un centenar de hombres
algunos de los cuales eran veteranos de la
primera guerra. Don Vicente Sabariegos
Sánchez había nacido en Piedrabuena y estaba
casado con la única hija del conocido
guerrillero Manuel Adame, « Locho», con el
cual se había iniciado en las acciones de la
guerrilla en la primera insurrección
carlista. En 1858 Carlos VI le había
ascendido a brigadier y diez años más tarde
Carlos VII le haría mariscal de campo,
concediéndole el mando de las tropas leales
que actuaban en las provincias de Ciudad
Real, Toledo, Badajoz y Cáceres.
La primera acción de Sabariegos se dirigió
hacia Picón, donde sus hombres apresaron a
los seis números de la guarnición de la
Guardia Civil. Desde allí se dirigieron a
Piedrabuena. Pero tras dos semanas de lucha,
de muy desigual resultado, la partida de
Sabariegos fue disuelta y él mismo tuvo que
huir a Portugal. Idéntico fracaso tuvieron
las partidas que se levantaron en Moral,
Puertollano, Daimiel o Fuente el Fresno.
Pero tras los dos años de la monarquía de
Amadeo Saboya, la proclamación de la primera
República dio nuevos bríos al carlismo. El
propio Sabariegos, regresado de Portugal, se
incorporó de nuevo a la lucha, aunque por
poco tiempo, pues tras algunas acciones,
resultó herido en Retamosa, muriendo a los
pocos días, al llegar a Deleitosa.
Después de Sabariegos, quizá el caudillo más
activo de la región fuera don Lucio Dueñas,
«el cura de Alcabón». Una de sus acciones,
en las que tuvo numerosas pérdidas, se dio
en Torrecilla, a 6 kilómetros de Ciudad
Real.
En un análisis sociológico del carlismo
manchego, basado en uno de los procesos
incoados a guerrilleros carlistas, el
profesor Juan Bautista Vilar hace hincapié
en el número de jornaleros y de menestrales
que nutrían sus filas, en la ocasión que
para esos grupos significó «enarbolar la
bandera de la justicia social», para afirmar
los principales objetivos de aquel
movimiento de base fundamentalmente rural:
«Su triunfo se hizo inseparable del
barrimiento de los acaparadores en las
ciudades, de la erradicación absentista en
el campo, de la devolución del patrimonio
comunal a los ayuntamientos y del
restablecimiento del poder económico de la
Iglesia.»
Manuel Espadas Burgos.
Tomado de "Historia de Ciudad Real".
Editorial Obra Social Caja de Castilla La
Mancha. |
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