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En el paraje conocido
como Pouet de les Serretes, situado a
escasos 20 metros de la carretera nacional
232 de Vinaròs a Morella, justo en el cambio
de rasante entre Sant Jordi y Traiguera, y
en el término municipal de esta última
población (comarca del Maestrazgo, diócesis
de Tortosa y provincia de Castellón),
podemos encontrar el monolito realizado en
granito y mármol blanco y negro y la lápida
que recuerdan que ese pozo sirvió de fosa
común para los asesinados por la persecución
roja en los pueblos del Maestrazgo.
Entre una espesa
vegetación, el total abandono y las pintadas
que los ignorantes de turno han realizado,
el monumento pasa totalmente desapercibido.
Aún así, manos anónimas depositan un ramo de
flores sobre la boca del pozo (que fue
tapado después de la guerra) al que muchos
inocentes fueron lanzados, algunos aún con
vida.
La lápida, casi oculta
por los matorrales, dice así: “Aquí yacen
muchos muertos asesinados por los marxistas.
RIP. In Memoriam. Traiguera 1940”.
Entre las muchas
historias de los asesinados cuyos restos
reposan en este pozo (unos 80 según la
Causa General) destacaremos la del
sacerdote Mosén José Vicente Cifre Arnau y
la de la margarita Magdalena Esteller Tolós.
José Vicente Cifré
Arnau (1876-1936. Ordenado sacerdote en
1901), perteneció por espacio de un año a la
Hermandad. de Sacerdotes Operarios.
Integrado al servicio de la Diócesis de
Tortosa fue nombrado coadjutor de Ginestar
durante 2 años. Estuvo después en Vinaròs de
capellán del Asilo de las Hermanitas de los
Ancianos Desamparados. Del 11 de abril de
1923 hasta 1931 fue ecónomo de Benifallet.
Finalmente fue párroco de Salsadella hasta
julio de 1936. Ideológicamente simpatizaba
con el carlismo.
Estaba en su parroquia
cuando se produjo el Alzamiento. El día 21
de julio el alguacil, enviado por el
Ayuntamiento, le exigió las llaves de la
iglesia parroquial. Pidió que esperara cinco
minutos, tiempo que tardó en ir al templo y
sumir las sagradas especies. Apenado entregó
las llaves y aquel mismo día, a las seis de
la tarde partió hacia su pueblo natal, Sant
Jordi del Maestrat.
Le acogió su familia.
Desde el primer momento se esforzó por
tranquilizarlos y animarlos. “No me puede
pasar nada malo ¿Por qué tengo que temer si
no he hecho mal a nadie?”, decía a los
suyos.
A primeros de agosto,
el Comité envió dos milicianos a su casa,
con la orden de que prescindiera de la
sotana y vistiera de seglar. No tenía traje
ni quiso que se lo prestaran. Sustituyó la
sotana por un guardapolvo.
El 10 de agosto el
Comité le pidió una cantidad de dinero. Se
negó a dársela. Los familiares le instaban a
que la entregara. “Es igual. Tanto si la
doy como no, me harán lo mismo”, dijo.
Fue detenido. Su cuñado, por su cuenta,
entregó al Comité la cantidad solicitada y
lo soltaron.
Al día siguiente fueron
de nuevo a buscarle. Pudo esconderse en una
casa vecina. El día 12 de nuevo los
escopeteros del Comité se presentaron para
detenerle. Esta vez fue apresado. Bajó las
escaleras rezando en voz alta el acto de
contricción. Se entregó serenamente. Sólo
pedía ser conducido a Castellón “aunque
nos maten es igual, allí estaré con los
míos, con mis hermanos sacerdotes”, dijo
a su sobrina refiriéndose a los sacerdotes
de Vinaròs que habían sido trasladados a la
capital de la provincia a principios de
agosto.
Fue encerrado en la
cárcel del Comité. En la misma estancia se
encontraba Magdalena Esteller Tolós, viuda,
ama de casa, margarita de 59 años, presa por
su fe católica y por sus convicciones
carlistas. Estaba muy vinculada a la vida
parroquial y al colegio de Carmelitas
Terciarias que entonces existía en el
pueblo. También tenía en su casa un oratorio
privado. Ambos fueron sometidos a una
auténtica tortura moral. Los verdugos
pusieron a prueba su castidad con
repugnantes insinuaciones, burlándose
cruelmente de ellos. Ambos defendieron
heroicamente la virtud, soportando con
fortaleza el martirio al que eran sometidos
y en ningún momento cedieron a las
pretensiones de sus torturadores. Según
cuentan en el pueblo, los milicianos les
decían “venga fraile, j… a la beata…”.
Tras dos días de
encierro y tormento físico y moral, en la
madrugada del 14 al 15 de agosto fueron
conducidos por la carretera de Vinaròs, a la
zona del Pouet de les Serretes. Allí
recibieron nuevas insinuaciones, insultos y
amenazas. Primero dispararon a Mosén Cifré y
después a Magdalena. Aún estaban vivos
cuando fueron arrojados al pozo. Éste tenía
unos 40 metros de profundidad.
No serían las únicas
víctimas de ese día. En Sant Jordi moría
asesinado el joven carpintero Bautista Pedra
Borrás, de 19 años, vecino de Cálig y jefe
local del Requeté. Tampoco serían los
últimos en ser arrojados a ese pozo.
Actualmente tanto Mosén
Cifré como Magdalena Esteller están
incluidas en la causa de canonización, por
martirio, abierta por la Diócesis de Tortosa
en septiembre de 2003.
“Descansad en la paz de Cristo como el que
duerme; porque el que muere en Dios,
descansa, descansa.” Ante Dios no son héroes
anónimos. Trabajemos para que tampoco lo
sean a los ojos de los hombres. De nosotros
depende que su memoria y testimonio no se
pierdan y puedan servir de ejemplo para
todos.Artículo publicado en la
revista Ahora Información |