viernes, 01 de diciembre de 2006

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Artículos de historia. La Ribera: ataque al tren de los carlistas

Los albores de los años 30 marcaron en todo el país un antes y un después. El aroma revolucionario que se respiraba en toda Europa llegó también a España y se plasmó definitivamente en el abandono de Alfonso XIII de su trono tras unas elecciones municipales en que se impusieron los partidos republicanos. Aquel 14 de abril de júbilo y alboroto en todas las calles del Estado y de miedo y preocupación en el interior de muchas casas, marcaría de forma definitiva los siguientes 45 años de este país y crearía una línea de separación entre dos formas de pensar que sólo más de medio siglo después ha sido capaz de superarse.

Dentro de este marco político de izquierdas y derechas, de monárquicos y republicanos, cada uno con cientos de matices, los enfrentamientos eran no sólo algo habitual sino, lamentablemente, diario. Las ideologías parecía que se debían defender a puñetazos, pedradas o directamente, con la pistola en la mano. Este gran episodio de cinco años convulsos hasta el estallido final con el levantamiento armado contra el Gobierno de la República, no tuvo sólo capítulos de grandes desastres, sino pequeños desórdenes que afectaron a individuos sin rostro, anónimos y que Unamuno denominaría la intrahistoria.


El mitin

Dentro de ella se pueden encontrar sucesos como los que ocurrieron en Castejón dos meses después de proclamarse la Segunda República española, el 14 de junio de 1931 y que apenas encuentran reflejo en la prensa de la época o en libros. Aquel día, cerca de 25.000 personas se iban a dar cita en la plaza de toros de Pamplona para presenciar un mitin de algunos dirigentes jaimistas (Jaime III hijo de Carlos VII, aspirante carlista). Para ello, desde Zaragoza se preparó un tren que recorrería toda Navarra y que recogería a cerca de 1.600 personas por Tudela, Castejón, Milagro o Villafranca hasta llegar a la capital.

A su paso, los que allí se dirigían, alentados por verse integrados en un grupo tan numeroso y con la perspectiva de un acto político, iban repartiendo vivas al rey Jaime, contra la república. El acto transcurrió con relativa tranquilidad teniendo en cuenta los momentos que se estaban viviendo. Pero una vez concluidos los discursos (en los que se calificó a la República de "atea y separatista" entre aplausos de los asistentes), los enfrentamientos comenzaron a producirse.

La plaza del Castillo sirvió de escenario y en ella socialistas, Requetés y seguidores políticos de diversos colores decidieron dar un anticipo de lo que se vería durante esos cinco años siguientes y posteriormente en la Cruzada, ya que incluso se escuchó algún disparo de arma de fuego. Según indicaba el diario de izquierdas El Eco del Distrito, no sin resentimiento, "la presencia de tres compañías de la Guardia Civil, la sección de caballería del mismo cuerpo y una compañía de ametralladoras de un regimiento de infantería evitó un día de luto para la localidad. Por la tarde fueron frecuentes los encuentros entre los grupos que se propinaban sendos estacazos, resultando heridos y contusos no graves; varias cargas de la Guardia Civil libraron al Círculo Jaimista del asalto por las masas. Durante todo el día atacaron los grupos de republicanos y socialistas,". Sin embargo, lo peor estaba por venir.


Tras el mitin

Afortunadamente, en el interior del tren de regreso se encontraba un testigo de excepción, el escritor tudelano José María Iribarren, lo que permite conocer con detalle cómo se vivió ese viaje. Avisados los vecinos de las localidades de que el tren iba a volver a pasar, se aprestaron a salir a los distintos andenes para darles una bienvenida. Especialmente en Castejón donde ya en la ida había habido enfrentamientos con los ferroviarios y donde el sindicato UGT tenía un gran número de afiliados.

En primer lugar, los vagones se detuvieron en Villafranca a medianoche, entre silbidos, abucheos e incluso pedradas. "En un departamento junto al nuestro rompieron de pedrada uno de los cristales e hirieron a un viajero. Al pasar por agujas sonó un disparo cuyo fogonazo advirtieron algunos. Esta actitud apagó nuestro buen humor y nos dimos a investigar las causas".

Tras Villafranca, la pequeña estación de Milagro, alejada unos cuatro kilómetros de la localidad, esperaba al convoy. Allí conocen que en Castejón les están esperando ferroviarios y vecinos con "actitud hostil" y que en Tudela varios vehículos, que procedían de Pamplona, habían sido "bárbaramente apedreados". En corrillos, se discute la conveniencia de seguir o no hasta la capital ribera. "Las palabras tranquilizadoras del inspector hicieron, al fin, que la gente ocupase de nuevo los coches. Yo subí al que vi más gente de Tudela. En algunos apartamentos se prevenían sus ocupantes formando con los jergones de los asientos barricadas ante las ventanas".

Sin embargo, en el momento en que el jefe de estación dio la salida al tren se comenzaron a oír voces desde el andén, "¡abajo todo el mundo!". Los empujones y apretones por salir corriendo de los vagones demostraban bien a las claras la tensión que se estaba viviendo. "Y la gente apresurándose, empujándose, excitadas de un extraño pánico y de las voces de los demás, en el tren. Caía uno, rodaba otro sobre él, se adivinaba una catástrofe".

Una vez que la noche se tragó las últimas luces del tren, los viajeros que pudieron bajarse permanecieron en la estación hasta que alguien se dio cuenta que entre las vías se encontraba un hombre que, entre el tumulto, había sido arrollado por el tren. El fallecido era Benigno Lasheras, vecino de Tudela y de 68 años de edad, padre del entonces sepulturero de la capital ribera. La inquietud se disparó entre las numerosas personas que no siguieron hasta Castejón. Algunos, como los que eran de Fustiñana, decidieron irse a sus casas atravesando la Bardena.

 

Iribarren recuerda, "desde la una menos cuarto hasta las tres y media estuvimos sentados en los peldaños de una escalera de caracol. Parecíamos deportados rusos o criminales conducidos en masa, sentados en la sombra, tristes, pensativos en el estrecho cuchitril de la escalera". Hasta ahí llegó la vivencia de Iribarren que, a las cinco de la mañana, con otras siete personas se dirigió a la localidad de Milagro.

Por otra parte, tras el incidente de Milagro los vagones con el resto de los pasajeros se habían dirigido hacia Castejón. Allí, los vecinos esperaban para agredir a sus ocupantes y debió existir un fuerte forcejeo con los ferroviarios ya que impidieron que el tren arrancara entre una auténtica lluvia de piedras. Así lo narraba El Eco del Distrito el 16 de junio de 1931, "el jefe de la estación quiso impedir que continuasen las agresiones y ordenó que fuera puesto en marcha el convoy. Esta orden no fue posible cumplimentarla, porque el vecindario había desenganchado los vagones, que cuando eran unidos por los empleados de la estación volvían a ser desenganchados por el público.

Ante esta situación el convoy quedó en la localidad de Castejón. Los Jaimistas que ocupaban el tren, ante esta medida, y temiendo que el vecindario obrase contra ellos, se lanzaron a campo traviesa en direcciones desconocidas". Entre los heridos de gravedad se encontraban Ramón Lambea y Alberto Oroz. Pese a que se trata de un acontecimiento, de un hecho olvidado por casi todos, lo cierto es que es un claro ejemplo del ambiente en que se vivió aquella década de 1930 donde las agresiones y los enfrentamientos políticos insalvables fueron una constante.

 

15/12/2001 

 

 

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