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Dentro de este marco político de izquierdas
y derechas, de monárquicos y republicanos,
cada uno con cientos de matices, los
enfrentamientos eran no sólo algo habitual
sino, lamentablemente, diario. Las
ideologías parecía que se debían defender a
puñetazos, pedradas o directamente, con la
pistola en la mano. Este gran episodio de
cinco años convulsos hasta el estallido
final con el levantamiento armado contra el
Gobierno de la República, no tuvo sólo
capítulos de grandes desastres, sino
pequeños desórdenes que afectaron a
individuos sin rostro, anónimos y que
Unamuno denominaría la intrahistoria.
El mitin
Dentro de ella se pueden encontrar sucesos
como los que ocurrieron en Castejón dos
meses después de proclamarse la Segunda
República española, el 14 de junio de 1931 y
que apenas encuentran reflejo en la prensa
de la época o en libros. Aquel día, cerca de
25.000 personas se iban a dar cita en la
plaza de toros de Pamplona para presenciar
un mitin de algunos dirigentes jaimistas
(Jaime III hijo de Carlos VII, aspirante
carlista). Para ello, desde Zaragoza se
preparó un tren que recorrería toda Navarra
y que recogería a cerca de 1.600 personas
por Tudela, Castejón, Milagro o Villafranca
hasta llegar a la capital.
A su paso, los que allí se dirigían,
alentados por verse integrados en un grupo
tan numeroso y con la perspectiva de un acto
político, iban repartiendo vivas al rey
Jaime, contra la república. El acto
transcurrió con relativa tranquilidad
teniendo en cuenta los momentos que se
estaban viviendo. Pero una vez concluidos
los discursos (en los que se calificó a la
República de "atea y separatista" entre
aplausos de los asistentes), los
enfrentamientos comenzaron a producirse.
La plaza del Castillo sirvió de escenario y
en ella socialistas, Requetés y seguidores
políticos de diversos colores decidieron dar
un anticipo de lo que se vería durante esos
cinco años siguientes y posteriormente en la
Cruzada, ya que incluso se escuchó algún
disparo de arma de fuego. Según indicaba el
diario de izquierdas El Eco del Distrito, no
sin resentimiento, "la presencia de tres
compañías de la Guardia Civil, la sección de
caballería del mismo cuerpo y una compañía
de ametralladoras de un regimiento de
infantería evitó un día de luto para la
localidad. Por la tarde fueron frecuentes
los encuentros entre los grupos que se
propinaban sendos estacazos, resultando
heridos y contusos no graves; varias cargas
de la Guardia Civil libraron al Círculo
Jaimista del asalto por las masas. Durante
todo el día atacaron los grupos de
republicanos y socialistas,". Sin embargo,
lo peor estaba por venir.
Tras el mitin
Afortunadamente, en el interior del tren de
regreso se encontraba un testigo de
excepción, el escritor tudelano José María
Iribarren, lo que permite conocer con
detalle cómo se vivió ese viaje. Avisados
los vecinos de las localidades de que el
tren iba a volver a pasar, se aprestaron a
salir a los distintos andenes para darles
una bienvenida. Especialmente en Castejón
donde ya en la ida había habido
enfrentamientos con los ferroviarios y donde
el sindicato UGT tenía un gran número de
afiliados.
En primer lugar, los vagones se detuvieron
en Villafranca a medianoche, entre silbidos,
abucheos e incluso pedradas. "En un
departamento junto al nuestro rompieron de
pedrada uno de los cristales e hirieron a un
viajero. Al pasar por agujas sonó un disparo
cuyo fogonazo advirtieron algunos. Esta
actitud apagó nuestro buen humor y nos dimos
a investigar las causas".
Tras Villafranca, la pequeña estación de
Milagro, alejada unos cuatro kilómetros de
la localidad, esperaba al convoy. Allí
conocen que en Castejón les están esperando
ferroviarios y vecinos con "actitud hostil"
y que en Tudela varios vehículos, que
procedían de Pamplona, habían sido
"bárbaramente apedreados". En corrillos, se
discute la conveniencia de seguir o no hasta
la capital ribera. "Las palabras
tranquilizadoras del inspector hicieron, al
fin, que la gente ocupase de nuevo los
coches. Yo subí al que vi más gente de
Tudela. En algunos apartamentos se prevenían
sus ocupantes formando con los jergones de
los asientos barricadas ante las ventanas".
Sin embargo, en el momento en que el jefe de
estación dio la salida al tren se comenzaron
a oír voces desde el andén, "¡abajo todo el
mundo!". Los empujones y apretones por salir
corriendo de los vagones demostraban bien a
las claras la tensión que se estaba
viviendo. "Y la gente apresurándose,
empujándose, excitadas de un extraño pánico
y de las voces de los demás, en el tren.
Caía uno, rodaba otro sobre él, se adivinaba
una catástrofe".
Una vez que la noche se tragó las últimas
luces del tren, los viajeros que pudieron
bajarse permanecieron en la estación hasta
que alguien se dio cuenta que entre las vías
se encontraba un hombre que, entre el
tumulto, había sido arrollado por el tren.
El fallecido era Benigno Lasheras, vecino de
Tudela y de 68 años de edad, padre del
entonces sepulturero de la capital ribera.
La inquietud se disparó entre las numerosas
personas que no siguieron hasta Castejón.
Algunos, como los que eran de Fustiñana,
decidieron irse a sus casas atravesando la
Bardena.
Iribarren recuerda, "desde la una menos
cuarto hasta las tres y media estuvimos
sentados en los peldaños de una escalera de
caracol. Parecíamos deportados rusos o
criminales conducidos en masa, sentados en
la sombra, tristes, pensativos en el
estrecho cuchitril de la escalera". Hasta
ahí llegó la vivencia de Iribarren que, a
las cinco de la mañana, con otras siete
personas se dirigió a la localidad de
Milagro.
Por otra parte, tras el incidente de Milagro
los vagones con el resto de los pasajeros se
habían dirigido hacia Castejón. Allí, los
vecinos esperaban para agredir a sus
ocupantes y debió existir un fuerte forcejeo
con los ferroviarios ya que impidieron que
el tren arrancara entre una auténtica lluvia
de piedras. Así lo narraba El Eco del
Distrito el 16 de junio de 1931, "el jefe de
la estación quiso impedir que continuasen
las agresiones y ordenó que fuera puesto en
marcha el convoy. Esta orden no fue posible
cumplimentarla, porque el vecindario había
desenganchado los vagones, que cuando eran
unidos por los empleados de la estación
volvían a ser desenganchados por el público.
Ante esta situación el convoy quedó en la
localidad de Castejón. Los Jaimistas que
ocupaban el tren, ante esta medida, y
temiendo que el vecindario obrase contra
ellos, se lanzaron a campo traviesa en
direcciones desconocidas". Entre los heridos
de gravedad se encontraban Ramón Lambea y
Alberto Oroz. Pese a que se trata de un
acontecimiento, de un hecho olvidado por
casi todos, lo cierto es que es un claro
ejemplo del ambiente en que se vivió aquella
década de 1930 donde las agresiones y los
enfrentamientos políticos insalvables fueron
una constante.
15/12/2001 |