|
En un "Almanaque Tradicionalista" para 1934,
publicado por "El Requeté", de Barcelona, se
lee un interesante artículo del valiente
periodista carlista Ricardo Suñé Alvarez.
Después de recordar que nuestras gestas
guerreras han tenido sus historiadores,
comentaristas y poetas, y que el Rey Don
Jaime III creó la Medalla de los Veteranos
de la última carlistada, Suñé habla y con
razón de la que podría denominarse la
"epopeya jaimista".
Si en 1934 se podía hablar de la necesidad
de rendir un homenaje a los "veteranos
jaimistas" de la época 19091931, con harta
más razón en nuestros días, cuando ya van
quedando pocos supervivientes de aquellos
años también gloriosos de la historia de la
Comunión.
Es muy cierto que al lado de los Mártires de
la Tradición que rindieron el máximo
sacrificio en holocausto por el triunfo de
los ideales de Dios, Patria, Fueros y Rey,
consustanciales con España, siempre la
Comunión Carlista, a fuerza de tal, recordó
a tantos ilustres hombres que, sin morir en
el campo de batalla, lucharon en la guerra y
en la paz y se mantuvieron fieles a la
Bandera y El Abanderado. Y entre ellos, los
primeros, los "veteranos" de nuestras
guerras, que se fueron extinguiendo poco a
poco.
Sería monumental, interminable el rosario de
sacrificios, renunciamientos, generosidades,
entrega de bienes y personas que millares y
millares de familias carlistas han ofrecido
a la Causa durante casi ciento cincuenta
años... desde los mismos Reyes y demás
miembros de la Familia Real, hasta los más
humildes campesinos y obreros carlistas de
cualquier pueblo de España, y aún más allá
de nuestras fronteras, como aquel Miguel de
Torres, en Lourdes, o aquel Francisco de P.
Oller, en Buenos Aires.
Mártires de la Tradición "incruentos" bien
los podemos llamar. "Testigos" de una Fe y
una Esperanza jamás quebrantadas en la
Verdad y Justicia de la Causa. "Testimonios"
vivientes de la grandeza de unos ideales que
son el mismo ser de España: unidad católica,
libertades forales, monarquía legítima.
Rey y pueblo al servicio de España, y España
al servicio del Rey de Reyes y Señor de los
señores. España, paladín del reinado social
de Jesucristo en todo el mundo hija sumisa
de la única Iglesia de Cristo, Católica,
Apostólica y Romana.
Nada de esto puede disociarse en la Comunión
Carlista, si ha de ser tal. Son ilusos, y
peor que ilusos, los que esto pretenden.
Jamás la Comunión podrá despreocuparse de
su fidelidad como tal a la Fe Católica y a
la Santa Iglesia. La más acendrada
religiosidad era patrimonio de todas las
familias carlistas. Era un distintivo de
nuestras hogares, con aquella Fe enraizada
que "hunde las montañas, rellena los valles
y hace llano el camino de !a vida". Y nadie
tenía derecho a motejarles de "integristas".
Españolismo y Fuerismo. Amor entusiasta a la
patria grande y a la patria chica. El culto
de nuestra historia con afanes de
proseguirla dignamente y la más gallarda
defensa de todos los valores regionales en
la España una y varia. Frente a los
separatismos insanos y faltos de piedad, el
gran valladar fue siempre el Carlismo foral
y regionalista de Navarra y el País Vasco,
de Cataluña y de Valencia y de Galicia.
Lealtad inquebrantable a
la dinastía
legítima y desterrada, que no puede
otorgar
mercedes, pero que tiene un trono
conquistado en el corazón de todo carlista.
Aquí debemos mencionar la fidelidad de
tantísimos que en momentos cruciales como
fueron los de las escisiones nocedalina y
mellísta, permanecieron inconmovibles y
leales a Don Carlos y a Don Jaime, mientras
muchos jefes desertaban del puesto de honor.
Sin olvidar aquella prensa que ayudó a
superar tan tristes baches y levantó la
Comunión a nuevas cotas altas de
resurgimiento y acción: "El Correo Español",
"El Correo Catalán", "El Pensamiento
Navarro", "El Tradicionalista" de Valencia,
"El Tesón Aragonés", "Oríamendi" de Bilbao,
"El Cruzado Español" de Madrid, etc. Y un
recuerdo para aquella brava escritora
jaimista, doña Dolores de Gortazar, que ella
sola recorrió las Vascongadas en fructífera
gestión de reincorporación a la disciplina
jaimista de muchas Centros tradicionalistas
mellistas en 1930.
Esas lecciones de un ayer que ya resulta
lejano, deben ser aprendidas para un
presente difícil que exige a todos un
espíritu heroico de fidelidad a la doctrina
y de lealtad al Abanderado. Una Comunión de
ideales tan altos y de amores tan generosos,
no puede perecer. Nadie se atreva, so
capa de adecuación a los tiempos actuales, a
presentar un carlismo que no pueda
identificarse en el Tradicionalismo de
nuestros grandes pensadores.
Ni nadie pretenda uncirlo al carro de la
revolución liberal, socialista o tecnócrata.
Ni renegar del espíritu de Cruzada que el
Carlismo, y sólo él, supo y pudo infundir al
alzamiento militar del 18 de julio. Ni
desvirtuar el auténtico Tradicionalismo
poniendo proa hacia puertos y alcázares que
no sean los de la Legitimidad proscrita. Y
ésta mantenga
como bandera de esperanza los principios
intangibles de la Tradición hispana, únicos
que importa salvar cara a los tiempos
futuros.
Carlos Alpens
Artículo publicado por la Junta Carlista de
Valencia con ocasión de la celebración del
Aplec de Bocairente el 11 de marzo de 1.984.
|