martes, 16 de octubre de 2007

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Artículos de historia. Mártires por Cristo. Mártires de España. por Javier L López Ureña

   
 

   
 

Desde el Primer Martirio del Calvario que dio comienzo a la Historia de la Salvación, legiones de cristianos han unido el ofrecimiento de su vida al Sacrificio de Jesucristo y han abierto con su oblación generosos torrentes de gracias que para los cristianos sería gran ingratitud y ceguera desaprovechar.

A la Historia de la Salvación se ha consagrado de forma especial con la plenitud de sus fuerzas y con voluntad permanente España, empeño sostenido a lo largo de los siglos que sólo se explica por un especial designio de la Providencia sobre nuestra patria.

La pléyade de los mártires que durante los años de la República y la Cruzada santificaron a España y a la Iglesia universal son la expresión más auténtica de un pueblo y el fruto maduro de una fidelidad a toda prueba acrisolada por el paso del tiempo.

Desde los primeros tiempos, los Padres de la Iglesia buscaron reunir las noticias de los mártires en los distintos martirologios para honra de su memoria y provecho de las almas. El Martirologio romano es el catálogo de los santos y beatos (no solo mártires), venerados por la Iglesia católica que llevó a cabo Gregorio XIII en 1583 bajo la supervisión del Cardenal Baronio[1]. El nuevo Martirologio romano, que actualiza la edición de 1956, contiene 6.538 beatos, santos y mártires.

Pues bien, según la obra de Antonio Montero[2] en el período 1936-1939 se han documentado en toda España 6.832 casos de martirios de religiosos[3]. El martirologio español del período más satánico de la Historia de la Iglesia supera numéricamente el catálogo de mártires de la Iglesia universal de todos los tiempos. Y no se incluyen los casos de miles de seglares que en gran número también alcanzaron el premio eterno.

Ya han sido reconocidos como beatos o canonizados como santos 482 mártires de la persecución religiosa en España[4]. En la ocasión solemne del 28 de octubre próximo en Roma serán solemnemente proclamados como beatos otros 498 mártires de esta persecución religiosa, en la que constituye la beatificación más numerosa de la Historia de la Iglesia. La segunda beatificación más numerosa es la llevada a cabo el 11 de marzo de 2001 de 233 mártires de la persecución religiosa en España. La tercera es la de los 205 mártires del Japón[5].

Y no sólo eso, sino que actualmente hay abierto un macroproceso de beatificación de 940 mártires de la persecución religiosa cuyo ingente trabajo no sabemos cuándo acabará.

Nuestros mártires son las lágrimas de Cristo, las llagas de Su Cuerpo, la herida en el Corazón de Su Madre, pero al mismo tiempo gloria de España y las primicias más brillantes de la Victoria de Dios.

Ya en el I Libro de los Macabeos, Judas y los mártires de la Ley y del Templo acuden en amistosa embajada a Roma atraídos por las hazañas de ésta en las Galias y en España.

 

El primer martirio propiamente cristiano, aparte del de los Santos Inocentes y el de San Juan Bautista, Testigo del Salvador, fue el martirio incruento que la Virgen María sufrió en Su Corazón Inmaculado libre de pecado, martirio descrito por el anciano Simeón: "Y a tí una espada te atravesará el Corazón" (Lucas 2, 33-35).

 

Santiago el de Zebedeo, Apóstol predilecto, encendido en celo que le hizo pedir la Diestra al Señor, testigo escogido de Su Transfiguración y de la Agonía en el Monte de los Olivos, es guiado hacia España por el Espíritu hacia el año 36-39, donde siembra la semilla de la Fe con la ayuda singular de María, que holla en carne mortal la ribera del Íber y deja en España el recuerdo indeleble que más adelante se convertirá en su vocación y su carácter específico: España, Tierra de María, Valedora y Defensora del Honor de la Madre de Dios. Santiago fue el primero de los Apóstoles en sufrir el martirio, como se narra en los Hechos de los Apóstoles:

 

"Por aquel tiempo el rey Herodes echó mano a algunos de la Iglesia para maltratarlos. Hizo morir por la espada a Santiago, el hermano de Juan. Al ver que esto les gustaba a los judíos, llegó también a prender a Pedro." (Hechos de los Apóstoles, 12, 1-3).

 

Los primeros en regar con su sangre el suelo de Hispania fueron los Siete Varones Apostólicos que llegaron a España a predicar el Reino de dios y el Evangelio enviados por Pedro y Pablo, fundando siete sedes episcopales en la Bética. La Tradición nos ha legado sus nombres: Torcuato, Segundo, Indalecio, Tesifonte, Eufrasio, Cecilio y Hesiquio[6].

 

Numerosos mártires santificaron con su sacrificio el suelo español desde ese momento. Sirvan como ejemplos, recogidos en los Martirologios antiguos:

 

San Lorenzo (+258), natural de Huesca, uno de los siete diáconos que la Iglesia de Roma había elegido para ocuparse de los pobres, que alcanza la palma del Martirio siguiendo en el sacrificio agradable a Dios a su mentor el Papa Sixto II.

San Fructuoso obispo, y Augurio y Eulogio diáconos (+ Tarragona, 259), quemados vivos a imagen de Ananías, Azarías y Misael durante la persecución de Valeriano, que ordenó por decreto imperial sacrificar a los dioses, siendo cónsul de Hispania Citerior Emiliano.

San Vicente (+303), diácono de la Iglesia de Zaragoza, que sufrió un atroz martirio en Valencia, durante la persecución de Diocleciano, no sin antes convertir a su verdugo.

Santa Engracia (+303), mártir en Barcelona durante la persecución de Diocleciano, que acudió a recoger el premio eterno junto con todos los pajes de su séquito: Luperco, Optato, Suceso, Marcial, Urbano, Julio, etc.,

Los niños Vicente, Sabina y Cristeta (+304) santifican con su sangre el suelo de Hispania tras cruel persecución desde Talavera hasta Ávila, y muchos otros les siguen.

Santa Eulalia, Virgen y Mártir (+304) , y compañeros mártires de Mérida. Eulalia, de 12 años, se presentó ante el gobernador Daciano y protestó valientemente ante las inicuas leyes de Diocleciano que mandaban adorar ídolos y prohibían al verdadero Dios. El Cónsul Daciano mandó que la golpearan con varillas de hierro y que pusieran en sus heridas aceite hirviendo. Fue glosada por San Agustín. En el Martirologio romano destaca esta frase: "el 12 de febrero se conmemora a Santa Eulalia, mártir de España, muerta por proclamar su fe en Jesucristo".

Santos Niños Justo y Pastor (+305), mártires en Complutum, cantados por el poeta Prudencio y glosados por Venancio Fortunato y San Ildefonso. Al hacerse público el Edicto de Diocleciano los dos niños que se encontraban en aquel momento en la escuela arrojaron al suelo sus tablillas de escritura y, saliendo del recinto escolar, se dirigieron al edificio donde residía el Prefecto ante el cual realizaron testimonio de desacato al Edicto imperial. El Prefecto Daciano hizo que se les azotase con varas en una cueva y finalmente ordenó que fuesen degollados.

El torrente de gracias que Dios tenía preparado para España se abre camino a través de la entrega y el sacrificio de estos primeros mártires españoles de la Iglesia Católica.

 

Y así, los hijos de España, desde el comienzo de la Historia de la Salvación, muy pronto se unieron a ella con adhesión inquebrantable. Así lo demuestran las iglesias, las ermitas, los exvotos, las reliquias, los monumentos marianos que pueblan las ciudades y los caminos de España.

 

¿Cómo conciliar, sin embargo, el honor y la gloria debidas sólo a Cristo, que ha inaugurado la Edad de la Salvación Universal, con la referencia a la historia de la nación española, que por sí misma es una realidad contingente, cuyas glorias son vanidades pasajeras delante de la Gloria del Único Dios Verdadero? ¿No es nacionalismo apropiarse de los mártires naturales de España o que alcanzaron la palma en nuestro suelo, en detrimento de la Iglesia Universal, que es su única y verdadera Madre y la única heredera legítima de sus frutos de santidad?

 

No, no lo es. Desde el momento en que España como realidad terrenal se afirma en torno a una empresa universal de Salvación y ofrece su carne, su sangre, sus ideas y sus esfuerzos al servicio de la tarea de la Redención Universal, su historia terrenal queda indeleblemente marcada por su abandono a los designios de la Providencia. Y España engendra mártires porque como una segunda Madre, después de la Iglesia, amamanta, favorece, enseña y corrige a sus hijos, y defiende con las armas, cuando se hace necesario, el tesoro de la Fe católica.

 

Así, después de saqueada Santiago de Compostela por Almanzor en 997, los cruzados españoles caminan desanimados por los campos de Galicia guiados por San Pedro de Mezonzo, que, elevando su espíritu al Cielo buscando la asistencia de lo Alto, compone una de las oraciones más hermosas de la Iglesia para pedir auxilio a nuestra Madre: la Salve, salida por primera vez del corazón de un hijo de España.

 

Así, otro hijo de España, Santo Domingo de Guzmán, recibe de la Virgen y propaga el rezo del Santo Rosario como arma contra los albigenses.

 

Sus reyes cifran su gloria en ser sostén y auxilio de la Iglesia Católica. Y así se lleva a cabo la titánica empresa de la Evangelización de América, donada por Roma a España para llevar a cabo en ella la obra de la Salvación, con los religiosos propagando el Evangelio y dando la vida por Cristo y el pueblo y los reyes sosteniendo esta obra ingente con sus oraciones, sus donaciones y sus limosnas. Así, España no sólo ofrece a Cristo la sangre de sus hijos en América (Padres Mártires Tovar, Orozco[7] y Cisneros, +1616, Mártir Julio Pascual, +1632), sino que engendra en América con su predicación mártires indígenas, como los Beatos Mártires de Tlaxcala[8], hijos de nobles indios que dan su vida por Cristo por predicar la verdad frente a la idolatría de sus connacionales.

 

San Ignacio de Loyola y San Francisco de Javier llevan el Evangelio a tierras ignotas y su Orden se convierte en el principal valladar contra la herejía.

 

Y es debido a otra hazaña de España que la Iglesia Católica instituye el 7 de octubre como la Fiesta del Santo Rosario.

 

Y es España la que salva a Francia de caer en la herejía protestante, prestando sus soldados a los católicos franceses y sufriendo por ello dificultades y reveses en las posiciones de su Ejército en Flandes.

 

Y precisamente en la católica Amberes, escenario de encarnizados combates durante la Guerra de Flandes, y finalmente conservada para la Fe por los Tercios españoles en medio de un mar de ciudades protestantes en 1585, el padre H. Rosweyde concibió el proyecto de publicar las vidas manuscritas de los mártires y santos, desconocidas en su mayor parte y dispersas en bibliotecas de toda Europa[9], y tras un trabajo de décadas vio la luz la obra que hoy se conoce como Actas de los Santos, y a través de la cual tenemos noticia de las vidas de los mártires de la Antigüedad y de los santos.

 

España católica, irrevocablemente unida a la empresa de Salvación Universal, tierra de mártires, ofrece en el siglo XX el mayor espectáculo que la Iglesia Católica ha ofrecido nunca y que hace exclamar a Paul Claudel:

 

“Santa España, cuadrilátero al extremo de Europa, concentración de fe, macizo duro, trinchera de la Virgen Madre, y última zancada de Santiago…

(…) en esta hora de tu crucifixión, Santa España, hermana España, con los ojos llenos de entusiasmo y de lágrimas, te envío mi admiración y mi amor.

 

(…) Se nos pone el cielo y el infierno en la mano, y tenemos cuarenta segundos para elegir; cuarenta segundos es demasiado, hermana España, santa España. Tú has elegido: once obispos, miles de sacerdotes masacrados, y ¡ni una sola apostasía!”

 

Pero los mártires que hicieron florecer los seminarios y volver a evangelizar las tierras de misión fueron demasiado pronto olvidados. Téngase presente que la tesis doctoral del Dr. Antonio Montero, “Historia de la persecución religiosa en España” estuvo veinte años sin reeditarse. Los expedientes de las causas de postulación estuvieron paralizados durante décadas. Hace unos años, nadie sabía en el Seminario de Oviedo dónde estaba la orla de los seminaristas mártires y apareció perdida entre trastos inservibles en el sótano. El olvido de los mártires es anticipo de la caída y el pecado de las naciones, porque una nación sin memoria es un árbol sin raíces. Pío XII preguntaba: "¿Qué les pasa a los españoles que se han olvidado de los mártires a los que yo me encomiendo todos los días?"[10].

Tuvieron que pasar 45 años, desde 1934 a 1979, para que un Cardenal venido del Este, Karol Wojtyla, gran admirador de la España mártir, facilitase que se limpiara el polvo de las Causas de los Mártires de la Cruzada depositadas en los anaqueles de la Sagrada Congregación de los Santos.

Los relatos de los mártires de la Cruzada que han llegado hasta nosotros en nada difieren o disminuyen la grandeza de los relatos de las Actas de los Mártires.

 

Veamos algunos de ellos:

 

SATURNINO ORTEGA MONTEALEGRE. Nació el 29 de noviembre de 1866 en Brihuega (Guadalajara). Párroco de Santa María la Mayor de Talavera de la Reina. El Siervo de Dios, en los días anteriores a su prisión y martirio, ya había manifestado su generosa intención de dar su vida por Cristo. Algunos testigos refieren cómo, mientras celebraba los sacramentos, concretamente un matrimonio, entraban en el templo a insultarle y amenazarle. En la última plática que dio a las Madres Carmelitas les exhortaba diciendo: “Hijas mías, tened mucho ánimo y confianza en el Señor; a vosotras no os pasará nada, pero a mí me matarán… ¡Morir por Jesús, qué dulce morir!”

Fue apresado el 19 de julio y encerrado en la cárcel. Cuando llegó a la cárcel, colocó un crucifijo en la pared y dijo a los que le acompañaban: “Esta es nuestra capilla, no os hagáis ilusiones”, y les exhortaba a que se prepararan para morir bien. Rezaba con ellos el rosario, tenían las oraciones de la mañana y les predicaba o leía el Kempis. El 5 de agosto de 1936 fue sacado de la cárcel para ser conducido a la Fundación Santander, donde se mofaron de él, haciéndolo objeto de burlas y escarnios. Le desnudaron poniéndole un cencerro y toreándole y simularon ponerle banderillas, o se las pusieron. Finalmente, en la noche del 5 al 6 de agosto, fue conducido junto a dos seglares, uno de ellos Don Víctor Benito Zalduondo, al pueblo de Calera para ser fusilados. Confesó a sus amigos y les dio la absolución. Se dice que antes de morir exclamó, perdonando a sus verdugos: “Os perdono por amor a Jesucristo, ¡Viva Cristo Rey!”.

Unos devotos levantaron en su memoria una cruz que todavía se conserva.

 

DOMINGO SÁNCHEZ LÁZARO. Nació el 4 de agosto de 1860, en Puebla de Montalbán (Toledo). El 4 de agosto, tres milicianos detenían a D. Domingo junto a su coadjutor, el Siervo de Dios Laureano Ángel González. Fueron conducidos hasta las inmediaciones del Puerto de San Vicente (Toledo), donde los fusilaron.

Los testigos refieren que los milicianos obligaron a uno del pueblo a conducir a los condenados al lugar del martirio. D. Domingo, sabedor de que no tenía culpa alguna, lo serenó diciéndole: “Tranquilo, hijo, que yo voy a la casa del Padre”. Se sabe que antes de morir se dirigió a sus asesinos: “Esperad, aún no me matéis, que os voy a bendecir”. Otra testigo afirma que bendijo a sus verdugos y murió perdonando: “Perdónales, porque no saben lo que hacen”. El testimonio es unánime en todos los testigos: era un hombre respetado, muy querido y admirado, incluso por los mismos enemigos de la Iglesia. Y este convencimiento sigue vivo en el pueblo de Puente del Arzobispo, en los pueblos donde ejerció su ministerio pastoral como sacerdote y entre muchos fieles cristianos que han oído hablar de él. En cuanto las circunstancias lo permitieron, sus restos mortales fueron trasladados del lugar del martirio, en Puerto de San Vicente, al cementerio parroquial de Puente del Arzobispo. “D. Domingo ha sido canonizado por el pueblo antes que la Iglesia lo haga de forma oficial”.

 

FRANCISCO MAQUEDA LÓPEZ. Nació el 10 de octubre de 1914, en Villacañas (Toledo). Cuando estalla la Guerra, el joven Maqueda ya había sido detenido, el 23 de junio de 1936, por enseñar a los niños la doctrina cristiana. Fue sólo ese día y le pusieron una multa. Después, el 11 de septiembre, fue detenido nuevamente. Unas horas antes se confesó con D. Gonzalo Zaragoza; se sabe que la víspera ayunó a pan y agua. Arrodillado a los pies de su madre, le dijo: “Madre, déme la bendición, que me voy al cielo”.

Mientras sus captores se mofaban de él, Francisco pronunciaba sus últimas palabras de despedida para los suyos: “¡Adiós, madre, hasta el cielo! ¡Adiós, adiós, hasta el cielo a todos!” Fue conducido desde su casa a la ermita de la Virgen de los Dolores, que los milicianos usaban como cárcel, y donde tenían apresadas a otras quince personas más, la mayoría jóvenes. En seguida, Francisco les congregó. Su intención era ayudarles espiritualmente para la muerte ya muy próxima. Les dijo: “Preparémonos, esta noche nos llevarán al cielo, ¿queréis acompañarme y rezamos juntos el rosario a la Santísima Virgen?”

 

Sobre las doce de la noche, vinieron a buscarlos, les transportaron en un camión por la carretera general de Andalucía. Muy cerca de Dosbarrios, en el Km. 67, entre las poblaciones de La Guardia y Ocaña, les hicieron bajar; eran las dos de la mañana del 12 de septiembre. Camino del martirio fueron cantando y rezando y, Francisco, en medio de ellos, con los brazos en alto. Los milicianos le dijeron: “Ahí está tu padre” y, aunque efectivamente era verdad, porque días antes le habían matado a medio kilómetro, él les contestó: “Os equivocáis, mi padre está en el cielo”. Indignados, se burlaron: “¿Y aún estás alegre?”. Imaginándose lo que todavía quedaba, les pidió por favor le permitieran ser el último para ayudar a morir bien a sus hermanos en Cristo. Les dejaron casi sin ropa y, según testigos, les dieron una descarga de piernas para abajo. Y, a continuación, todos fueron pasados a cuchillo.

MARTIRIO DEL P. VÍCTOR CHUMILLAS Y DIECINUEVE FRANCISCANOS DE LA COMUNIDAD DE CONSUEGRA. Escoltado por varios coches, en los que iba el alcalde y miembros del Ayuntamiento, el camión salió de Consuegra, pasó por el pueblo de Urda y se detuvo en el lugar llamado Boca de Balondillo, en el término municipal de Fuente el Fresno (Ciudad Real). Los franciscanos, que habían ido rezando por el camino, fueron mandados bajar y ponerse en fila a pocos metros de la carretera. El P. Víctor Chumillas pidió al alcalde que los desatasen para morir con los brazos en cruz, pero no le fue concedido. Pidió que los fusilasen de frente, y el alcalde permitió que se volviesen. Entonces el P. Víctor dijo a su comunidad: “Hermanos, elevad vuestros ojos al cielo y rezad el último padrenuestro, pues dentro de breves momentos estaremos en el Reino de los cielos. Y perdonad a los que os van a dar muerte”. Y al alcalde: “Estamos dispuestos a morir por Cristo”. Inmediatamente, Fr. Saturnino clamó: “¡Perdónales, Señor, que no saben lo que hacen!”. Empezó la descarga de disparos. En ese mismo momento, varios de los franciscanos gritaron: “¡Viva Cristo Rey! ¡Viva la Orden Franciscana! ¡Perdónales, Señor!”. Eran aproximadamente las 3,45 de la madrugada del 16 de agosto de 1936. Los cuerpos de los veinte franciscanos fueron sepultados en el cementerio de Fuente el Fresno.

MIGUEL BEATO SÁNCHEZ. Nació, junto con un hermano gemelo, que murió a los tres años, el 10 de abril de 1911 en la Villa de D. Fadrique (Toledo). Lo encarcelaron en la casa de Don Manrique, que hacía de cárcel. Allí lo torturaron, pegándole continuas palizas para que renegara de su fe. A las invitaciones y a los golpes para que blasfemara, él respondía siempre: “¡Viva Cristo Rey!”. En la noche del día 8 de septiembre le pegaron tantos golpes, que creyeron que había muerto. A la mañana siguiente lo llevaron a enterrar, pero, según afirman algunos testigos, el Siervo de Dios estaba todavía con vida. Lo acabaron de matar y lo enterraron en un descampado, dejándole una mano fuera. Se dice que los perros se comieron la mano.

RICARDO PLÁ ESPÍ. Nació en Agullent (Valencia), el 12 de diciembre de 1898. Desde enero de 1936 hasta su muerte, predicaba con mayor valentía, sin miedo. Veía cómo la Iglesia era perseguida, insultada; los sacerdotes, asesinados por la fe en Jesucristo.

El 19 de julio predicaba en la fiesta de las Santas Justa y Rufina e invitó a todos los allí presentes al martirio por Cristo, a imitación de las santas. Pocos días después lo vivirá en su propia persona, al experimentar el martirio el 30 de julio de 1936. Días antes, el 24 de julio, había sido arrestado y estuvo a punto de ser fusilado. El 28, vuelven. Finalmente, el 30 de julio, a las ocho de la tarde, se presentaron dieciocho milicianos, preguntaron por el cura y su padre dijo: “Dejadle a él y llevadme a mí”. D. Ricardo exclamó: “El sacerdote soy yo. ¿Puedo despedirme de mis padres?” “No, no puedes”. Su madre estaba enferma, pero se levantó de la cama y, todavía tuvo valor para decirle: “Hijo mío, mucho valor para sufrir, pero mucho más amor para perdonar”. Al llegar a la esquina, Ricardo se volvió con la misma mirada de antes; fue la despedida definitiva. Allí acabó todo. A los cinco minutos, en el paseo del Tránsito de la ciudad de Toledo, en una gran escalera, lo mataron. Murió gritando: “¡Viva Cristo Rey!”. El cadáver mostraba un tiro en la frente y otro en el costado. Tenía 38 años”[11].

¡VIVA CRISTO REY! es la declaración constante en boca de un gran número de mártires de aquellos días. ¡VIVA CRISTO REY!, que no es solamente una confesión de fe, sino toda una declaración programática de la Realeza de Cristo sobre todas las realidades mundanas, tal y como lo propuso Pío XI en la Encíclica Quas Primas como “devotio moderna” frente al laicismo que hacía estragos en las sociedades. ¡VIVA CRISTO REY!, en definitiva, expresión del triunfo de la promesa que el Corazón de Cristo hizo al P. Bernardo Hoyos en Valladolid en 1733: “¡Reinaré en España!”.

 

Pero, ¿cuál fue el papel de la resistencia militar en esos momentos? ¿Pueden considerarse mártires a los miles de combatientes encuadrados en los Tercios de Requetés que salieron a defender a Dios, a la Iglesia y a la España cristiana? Escuchemos a la Escritura y a la Iglesia sobre el particular:

 

“Al ver las impiedades que se cometían en Judá y en Jerusalén, Matatías exclamó: "¡Ay de mí! ¿Para esto he nacido? ¿Para ver la ruina de mi pueblo y la destrucción de la Ciudad santa? ¿Para quedarme sentado en ella, mientras es entregada al poder del enemigo y el Santuario está en manos de extranjeros?”[12]

 

“Judas y sus hermanos vieron que se habían agravado los males y que el ejército estaba acampado dentro de su territorio. También se enteraron de la consigna real de destruir al pueblo hasta aniquilarlo.

Entonces se dijeron unos a otros: "Libremos a nuestro pueblo de la ruina y luchemos por él y por el Santuario".[13]

 

“Es mejor morir luchando que ver las calamidades de nuestra nación y de nuestro templo. Y que sea lo que Dios quiera.”[14]

 

 

Pío XI en su Alocución de 14 de septiembre de 1936, ante 500 refugiados españoles:

 

«Por encima de toda consideración política y mundana —advierte el Pontífice— nuestra bendición se dirige de manera especial a cuantos han asumido la difícil y peligrosa tarea de defender y restaurar los derechos y el honor de Dios y de la Religión, que es tanto como decir los derechos y dignidad de las conciencias, condición primaria y la más sólida de todo humano y civil bienestar»

 

RADIOMENSAJE A ESPAÑA DE S. S. PÍO XII (16 de abril de 1939):

“Con inmenso gozo Nos dirigimos a vosotros, hijos queridísimos de la católica España, para expresaros Nuestra paterna congratulación por el don de la paz y de la victoria con que Dios se ha dignado coronar el heroísmo cristiano de vuestra fe y caridad, probado en tantos y tan generosos sufrimientos.

ESPAÑA, NACIÓN ELEGIDA

Los designios de la Providencia, amadísimos hijos, se han vuelto a manifestar una vez más sobre la heroica España. La Nación elegida por Dios como principal instrumento de evangelización del Nuevo Mundo…

(…)

Persuadido de esta verdad el sano pueblo español. con las dos notas características de su nobilísimo espíritu, que son la generosidad y la franqueza, se alzó decidido en defensa de los ideales de fe y civilización cristianas, profundamente arraigados en el suelo de España; y ayudado de Dios, «que no abandona a los que esperan en El» (Iudith, XIII, 17), supo resistir al empuje de los que, engañados con o que creían un ideal humanitario de exaltación del humilde, en realidad no luchaban sino en provecho del ateísmo ... “

 

Ya el Obispo de Pamplona Don Marcelino Olaechea fue el primero en definir la situación con estas palabras: «No es una guerra la que se esta librando sino una cruzada»[15]. Y el 6 de agosto de 1936, en una Carta Pastoral Conjunta de los obispos de Vitoria y Navarra, don Mateo Múgica y don Marcelino Olaechea afirman: «En el fondo del movimiento cívico-militar de nuestro país, late, junto con el amor de patria en sus diversos matices, el amor tradicional a nuestra religión sacrosanta... Habéis hecho a Dios la ofrenda de docenas de miles de vidas. Centenares de ellas han sucumbido ya. Vasconia y Navarra llevan la marca gloriosa de la sangre derramada por Dios»[16]. El Dr. Pla y Deniel publicó su famosa carta pastoral «Las dos ciudades» el 30 de septiembre de 1936, en la que demostraba la necesidad y oportunidad del Alzamiento Nacional, al que aplicaba la tradicional doctrina de la guerra justa. Después vino la Carta Colectiva del Episcopado Español, traducido a multitud de idiomas.

 

Así, pues, la Escritura y la propia Iglesia, por la boca del Romano Pontífice, reconoció en los cruzados de la Fe los “restauradores de los derechos y el honor de Dios y de la Religión” y “los defensores de los ideales de la Fe y la civilización cristianas”.

 

Es lo que ya Carlos VII había determinado que debían recordar los más fieles de entre los españoles cada 10 de marzo en la Festividad de los Mártires de la Tradición, y lo que leemos en el Devocionario de Requeté:

 

“Requetés: ¡firmes! Delante de Dios. Rey y Señor de los pueblos, como soldado que eres de su Causa, ¡firmes! ... Tu heroísmo, tu aceptación del martirio junta en uno los ideales de Dios y Patria”.[17]

 

Y en la Ordenanza:

 

“Refuerza el espíritu, necesario a tu azarosa vida, con el culto a Dios. Sírvele siempre. Muere por Él, que morir así es vivir eternamente”. (Ordenanza del Requeté).

 


En el siglo XXI, después de un periodo demasiado largo de olvido de nuestros mártires, que es lo mismo que decir de nuestros mayores tesoros, el cual nos ha llevado a la situación actual en la que vuelve a resurgir el odio a Jesucristo instigado por el Príncipe de la Mentira con ataques a la Iglesia y sus ministros, insultos a Jesucristo y la Virgen, profanaciones en iglesias, expresiones como: "Ellos se lo buscaron: la ira anticlerical"[18], debemos más que nunca imitar el ejemplo de quienes supieron alcanzar la promesa de Cristo: A quien me confesare delante de los hombres, el Hijo del hombre le confesará delante de los ángeles de Dios. El que me negare delante de los hombres, será negado ante los ángeles de Dios" (Lc 12, 8-9).

 

No es necesario hacer grandes alardes, ni hacer acopio de legiones de militantes. Ya el Señor en el primer Libro de los Reyes, después de que el pueblo hubiera abandonado a Dios para servir a los ídolos, dice: “Me he reservado siete mil hombres que no han doblado la rodilla ante Baal”.

 

Y San Ambrosio dice: "Como hay muchas clases de persecución, así también hay muchas clases de martirio. Cada día eres testigo de Cristo. Te tienta el espíritu de fornicación, pero movido por el temor del futuro juicio de Cristo, conservas incontaminada la castidad de la mente y del cuerpo: eres mártir de Cristo. Te tienta el espíritu de soberbia, pero viendo al pobre y al desvalido, te compadeces de ellos, prefiriendo la humildad a la arrogancia: eres testigo de Cristo". San Ambrosio, Comentario al Salmo CXVIII, cap. 201, 47-50.

 

Examinemos si en nuestros actos y en nuestros corazones anhelamos la actitud del martirio. Os invito a todos a hacer una promesa solemne de fidelidad a Cristo hasta la muerte,  y para ello, qué mejor ocasión que la peregrinación a Roma el 28 de octubre.

 

Gracias,

 

 + Laus Deo


 

[1] El Cardenal César Baronio publicó en Roma en 1583 el M. Romanum ad novam Kalendarii rationem et ecclesiasticae histórice veritatem restitutum, Gregorii XIII Pont. Max. iussu editum, primera edición del actual Martirologio Romano.

[2] MONTERO MORENO, Antonio, Historia de la persecución religiosa en España, 1936-1939. Biblioteca de Autores Cristianos. Cuarta reimpresión. Madrid, 2000.

[3] Según los datos tomados de la web de la Conferencia Episcopal Española, 4.184 pertenecen al clero secular; doce son obispos; un administrador apostólico; varios seminaristas; 2.365 son religiosos y 238 son religiosas

[4] 471 beatos y 11 santos canonizados.

[5] Pío IX beatificó en 1867 a 205 mártires del Japón de los siglos XVI-XVII; Pío XI hizo lo mismo
en 1926 con 107 mártires ingleses, y Juan Pablo II ha beatificado a varios grupos de mártires:
108 mártires polacos en 1999, 119 mártires de China en el 2000, o 117 mártires del Vietnam en 1988.

[6] Tradición que recogen los Calendarios mozárabes.

[7] El P. Orozco muere abrazado a la Custodia con la que había salido junto a 100 cristianos a aceptar un ofrecimiento de paz de los indios, que resultó ser un engaño.

[8] Beatos Cristóbal (+1527) y Juan y Antonio (+1529).

[9] En 1607 El P. H. Rosweyde, S.I. trazó las líneas de trabajo y el plan a seguir en un opúsculo titulado Fasti sanctorum quorum vitae in Belgicis bibliothecis manuscriptae asservatur en Amberes. Sus sucesores, el P. Bolland, S.I. (de ahí la fama de los padres bolandistas, que sucedieron al P. Bolland en esta tarea durante más de siglo y medio) y el P. Du Collier, S.I. siguieron aumentando las Actas de los Santos hasta las decenas de tomos de que se componen hoy en día y a través de las cuales conocemos principalmente los detalles de las vidas de los mártires.

 

 

[10] Estos datos referentes al Seminario de Oviedo están tomados de varios discursos del P. D. Ángel Garralda, capellán de la Hermandad de Defensores de Oviedo.

[11] Todos estos relatos están tomados de las biografías de los mártires recopiladas en la web http://www.persecucionreligiosa.es, a cuyos promotores agradecemos el gran esfuerzo de haber puesto al alcance de todos los fieles los edificantes y gloriosos relatos y testimonios gráficos de la vida y martirio de los Siervos de Dios.

[12] I Macabeos, 2, 6.

[13] I Macabeos, 3, 42-43.

[14] I Macabeos, 3, 59.

[15] De Lizarza, F.: «Cómo se instrumentó el alzamiento de 1936», en “Navarra. Guerra y paz cincuenta años después”, Madrid, 1986, págs. 151-163.

[16] Redactada por el Cardenal Gomá a petición de ellos.

[17] Recordemos que la lectura de algunas oraciones incluidas en el Devocionario del Requeté está indulgenciada con indulgencia plenaria para la hora de la muerte (Indulgencia plenaria por San Pío X, 9 de marzo de 1904).

[18] En el libro “Víctimas de la guerra civil” (1999), coordinado por Santos Juliá.

 

 

 

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