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Desde el Primer Martirio del Calvario
que dio comienzo a la Historia de la
Salvación, legiones de cristianos han
unido el ofrecimiento de su vida al
Sacrificio de Jesucristo y han abierto con
su oblación generosos torrentes de gracias
que para los cristianos sería gran
ingratitud y ceguera desaprovechar.
A la Historia de la Salvación se ha
consagrado de forma especial con la plenitud
de sus fuerzas y con voluntad permanente
España, empeño sostenido a lo largo de los
siglos que sólo se explica por un especial
designio de la Providencia sobre nuestra
patria.
La pléyade de los mártires que durante los
años de la República y la Cruzada
santificaron a España y a la Iglesia
universal son la expresión más auténtica de
un pueblo y el fruto maduro de una fidelidad
a toda prueba acrisolada por el paso del
tiempo.
Desde los primeros tiempos, los Padres de la
Iglesia buscaron reunir las noticias de los
mártires en los distintos martirologios para
honra de su memoria y provecho de las almas.
El Martirologio romano es el catálogo
de los santos y beatos (no solo mártires),
venerados por la Iglesia católica que llevó
a cabo Gregorio XIII en 1583 bajo la
supervisión del Cardenal Baronio.
El nuevo Martirologio romano, que
actualiza la edición de 1956, contiene
6.538 beatos, santos y mártires.
Pues bien, según la obra de Antonio
Montero
en el período 1936-1939 se han documentado
en toda España 6.832 casos de martirios
de religiosos.
El martirologio español del período más
satánico de la Historia de la Iglesia supera
numéricamente el catálogo de mártires de la
Iglesia universal de todos los tiempos. Y no
se incluyen los casos de miles de seglares
que en gran número también alcanzaron el
premio eterno.
Ya han sido reconocidos como beatos o
canonizados como santos 482 mártires
de la persecución religiosa en España.
En la ocasión solemne del 28 de octubre
próximo en Roma serán solemnemente
proclamados como beatos otros 498
mártires de esta persecución religiosa,
en la que constituye la beatificación más
numerosa de la Historia de la Iglesia. La
segunda beatificación más numerosa es la
llevada a cabo el 11 de marzo de 2001
de 233 mártires de la persecución
religiosa en España. La tercera es la de los
205 mártires del Japón.
Y no sólo eso, sino que actualmente hay
abierto un macroproceso de beatificación de
940 mártires de la persecución
religiosa cuyo ingente trabajo no sabemos
cuándo acabará.
Nuestros mártires son las lágrimas de
Cristo, las llagas de Su Cuerpo, la herida
en el Corazón de Su Madre, pero al mismo
tiempo gloria de España y las primicias más
brillantes de la Victoria de Dios.
Ya en el I Libro de los Macabeos,
Judas y los mártires de la Ley y del
Templo acuden en amistosa embajada a Roma
atraídos por las hazañas de ésta en las
Galias y en España.
El primer martirio propiamente cristiano,
aparte del de los Santos Inocentes y el de
San Juan Bautista, Testigo del Salvador, fue
el martirio incruento que la Virgen María
sufrió en Su Corazón Inmaculado libre de
pecado, martirio descrito por el anciano
Simeón: "Y a tí una espada te atravesará
el Corazón" (Lucas 2, 33-35).
Santiago el de Zebedeo, Apóstol predilecto,
encendido en celo que le hizo pedir la
Diestra al Señor, testigo escogido de Su
Transfiguración y de la Agonía en el Monte
de los Olivos, es guiado hacia España por el
Espíritu hacia el año 36-39, donde siembra
la semilla de la Fe con la ayuda singular de
María, que holla en carne mortal la
ribera del Íber y deja en España el recuerdo
indeleble que más adelante se convertirá en
su vocación y su carácter específico:
España, Tierra de María, Valedora y
Defensora del Honor de la Madre de Dios.
Santiago fue el primero de los Apóstoles en
sufrir el martirio, como se narra en los
Hechos de los Apóstoles:
"Por aquel tiempo el rey Herodes echó mano a
algunos de la Iglesia para maltratarlos.
Hizo morir por la espada a Santiago,
el hermano de Juan. Al ver que esto les
gustaba a los judíos, llegó también a
prender a Pedro." (Hechos de los
Apóstoles, 12, 1-3).
Los primeros en regar con su sangre el suelo
de Hispania fueron los Siete Varones
Apostólicos que llegaron a España a
predicar el Reino de dios y el Evangelio
enviados por Pedro y Pablo, fundando siete
sedes episcopales en la Bética. La Tradición
nos ha legado sus nombres: Torcuato,
Segundo, Indalecio, Tesifonte, Eufrasio,
Cecilio y Hesiquio.
Numerosos mártires santificaron con su
sacrificio el suelo español desde ese
momento. Sirvan como ejemplos, recogidos en
los Martirologios antiguos:
San Lorenzo
(+258), natural de Huesca, uno de los
siete diáconos que la Iglesia de Roma había
elegido para ocuparse de los pobres, que
alcanza la palma del Martirio siguiendo en
el sacrificio agradable a Dios a su mentor
el Papa Sixto II.
San Fructuoso obispo, y Augurio y Eulogio diáconos (+
Tarragona, 259), quemados vivos a imagen de Ananías, Azarías y Misael
durante la persecución de Valeriano, que
ordenó por decreto imperial sacrificar a los
dioses, siendo cónsul de Hispania Citerior
Emiliano.
San Vicente (+303),
diácono de la Iglesia de Zaragoza, que
sufrió un atroz martirio en Valencia,
durante la persecución de Diocleciano, no
sin antes convertir a su verdugo.
Santa Engracia (+303),
mártir en Barcelona durante la persecución
de Diocleciano, que acudió a recoger el
premio eterno junto con todos los pajes de
su séquito: Luperco, Optato, Suceso,
Marcial, Urbano, Julio, etc.,
Los niños Vicente, Sabina y Cristeta
(+304) santifican con su sangre el
suelo de Hispania tras cruel
persecución desde Talavera hasta Ávila, y
muchos otros les siguen.
Santa Eulalia, Virgen y Mártir (+304) , y
compañeros mártires de Mérida.
Eulalia, de 12 años, se presentó ante el
gobernador Daciano y protestó valientemente
ante las inicuas leyes de Diocleciano que
mandaban adorar ídolos y prohibían al
verdadero Dios. El Cónsul Daciano mandó que
la golpearan con varillas de hierro y que
pusieran en sus heridas aceite hirviendo.
Fue glosada por San Agustín. En el
Martirologio romano destaca esta frase:
"el 12 de febrero se conmemora a Santa
Eulalia, mártir de España, muerta por
proclamar su fe en Jesucristo".
Santos Niños Justo y Pastor (+305), mártires en Complutum, cantados
por el poeta Prudencio y glosados por
Venancio Fortunato y San Ildefonso.
Al hacerse público el Edicto de Diocleciano
los dos niños que se encontraban en aquel
momento en la escuela arrojaron al suelo sus
tablillas de escritura y, saliendo del
recinto escolar, se dirigieron al edificio
donde residía el Prefecto ante el cual
realizaron testimonio de desacato al Edicto
imperial. El Prefecto Daciano hizo que se
les azotase con varas en una cueva y
finalmente ordenó que fuesen degollados.
El torrente de gracias que Dios tenía
preparado para España se abre camino a
través de la entrega y el sacrificio de
estos primeros mártires españoles de la
Iglesia Católica.
Y así, los hijos de España, desde el
comienzo de la Historia de la Salvación,
muy pronto se unieron a ella con adhesión
inquebrantable. Así lo demuestran las
iglesias, las ermitas, los exvotos, las
reliquias, los monumentos marianos que
pueblan las ciudades y los caminos de
España.
¿Cómo conciliar, sin embargo, el honor y la
gloria debidas sólo a Cristo, que ha
inaugurado la Edad de la Salvación
Universal, con la referencia a la historia
de la nación española, que por sí misma es
una realidad contingente, cuyas glorias son
vanidades pasajeras delante de la Gloria del
Único Dios Verdadero? ¿No es nacionalismo
apropiarse de los mártires naturales de
España o que alcanzaron la palma en nuestro
suelo, en detrimento de la Iglesia
Universal, que es su única y verdadera Madre
y la única heredera legítima de sus frutos
de santidad?
No, no lo es. Desde el momento en que España
como realidad terrenal se afirma en torno a
una empresa universal de Salvación y ofrece
su carne, su sangre, sus ideas y sus
esfuerzos al servicio de la tarea de la
Redención Universal, su historia terrenal
queda indeleblemente marcada por su abandono
a los designios de la Providencia. Y España
engendra mártires porque como una segunda
Madre, después de la Iglesia, amamanta,
favorece, enseña y corrige a sus hijos, y
defiende con las armas, cuando se hace
necesario, el tesoro de la Fe católica.
Así, después de saqueada Santiago de
Compostela por Almanzor en 997, los
cruzados españoles caminan desanimados por
los campos de Galicia guiados por San
Pedro de Mezonzo, que, elevando su
espíritu al Cielo buscando la asistencia de
lo Alto, compone una de las oraciones más
hermosas de la Iglesia para pedir auxilio a
nuestra Madre: la Salve, salida por primera
vez del corazón de un hijo de España.
Así, otro hijo de España, Santo Domingo
de Guzmán, recibe de la Virgen y propaga
el rezo del Santo Rosario como arma contra
los albigenses.
Sus reyes cifran su gloria en ser sostén y
auxilio de la Iglesia Católica. Y así se
lleva a cabo la titánica empresa de la
Evangelización de América, donada por Roma a
España para llevar a cabo en ella la obra de
la Salvación, con los religiosos propagando
el Evangelio y dando la vida por Cristo y el
pueblo y los reyes sosteniendo esta obra
ingente con sus oraciones, sus donaciones y
sus limosnas. Así, España no sólo ofrece a
Cristo la sangre de sus hijos en América
(Padres Mártires Tovar, Orozco
y Cisneros, +1616, Mártir Julio
Pascual, +1632), sino que engendra en
América con su predicación mártires
indígenas, como los Beatos Mártires de
Tlaxcala,
hijos de nobles indios que dan su vida por
Cristo por predicar la verdad frente a la
idolatría de sus connacionales.
San Ignacio de Loyola
y San Francisco de Javier llevan el
Evangelio a tierras ignotas y su Orden se
convierte en el principal valladar contra la
herejía.
Y es debido a otra hazaña de España que la
Iglesia Católica instituye el 7 de
octubre como la Fiesta del Santo
Rosario.
Y es España la que salva a Francia de caer
en la herejía protestante, prestando sus
soldados a los católicos franceses y
sufriendo por ello dificultades y reveses en
las posiciones de su Ejército en Flandes.
Y precisamente en la católica Amberes,
escenario de encarnizados combates durante
la Guerra de Flandes, y finalmente
conservada para la Fe por los Tercios
españoles en medio de un mar de ciudades
protestantes en 1585, el padre H.
Rosweyde concibió el proyecto de
publicar las vidas manuscritas de los
mártires
y santos, desconocidas en su mayor parte y
dispersas en bibliotecas de toda
Europa,
y tras un trabajo de décadas vio la luz la
obra que hoy se conoce como Actas de los
Santos, y a través de la cual tenemos
noticia de las vidas de los mártires de la
Antigüedad y de los santos.
España católica, irrevocablemente unida a la empresa de
Salvación Universal, tierra de mártires,
ofrece en el siglo XX el mayor espectáculo
que la Iglesia Católica ha ofrecido nunca y
que hace exclamar a Paul Claudel:
“Santa España, cuadrilátero al extremo de Europa, concentración de
fe, macizo duro, trinchera de la Virgen
Madre, y última zancada de Santiago…
(…) en esta hora de tu crucifixión, Santa España, hermana España,
con los ojos llenos de entusiasmo y de
lágrimas, te envío mi admiración y mi amor.
(…) Se nos pone el cielo y el infierno en la
mano, y tenemos cuarenta segundos para
elegir; cuarenta segundos es demasiado,
hermana España, santa España. Tú has
elegido: once obispos, miles de sacerdotes
masacrados, y ¡ni una sola apostasía!”
Pero los mártires que hicieron florecer los
seminarios y volver a evangelizar las
tierras de misión fueron demasiado pronto
olvidados. Téngase presente que la tesis
doctoral del Dr. Antonio Montero,
“Historia de la persecución religiosa en
España” estuvo veinte años sin
reeditarse. Los expedientes de las causas de
postulación estuvieron paralizados durante
décadas. Hace unos años, nadie sabía en el
Seminario de Oviedo dónde estaba la orla de
los seminaristas mártires y apareció perdida
entre trastos inservibles en el sótano. El
olvido de los mártires es anticipo de la
caída y el pecado de las naciones, porque
una nación sin memoria es un árbol sin
raíces. Pío XII preguntaba: "¿Qué
les pasa a los españoles que se han olvidado
de los mártires a los que yo me encomiendo
todos los días?".
Tuvieron que pasar 45 años, desde 1934 a
1979, para que un Cardenal venido del Este,
Karol Wojtyla, gran admirador de la
España mártir, facilitase que se limpiara el
polvo de las Causas de los Mártires de la
Cruzada depositadas en los anaqueles de la
Sagrada Congregación de los Santos.
Los relatos de los mártires de la Cruzada
que han llegado hasta nosotros en nada
difieren o disminuyen la grandeza de los
relatos de las Actas de los Mártires.
Veamos algunos de ellos:
SATURNINO ORTEGA MONTEALEGRE.
Nació el 29 de noviembre de 1866 en Brihuega
(Guadalajara).
Párroco de Santa María la Mayor de Talavera
de la Reina. El Siervo de Dios, en los días
anteriores a su prisión y martirio, ya había
manifestado su generosa intención de dar su
vida por Cristo. Algunos testigos refieren
cómo, mientras celebraba los sacramentos,
concretamente un matrimonio, entraban en el
templo a insultarle y amenazarle. En la
última plática que dio a las Madres
Carmelitas les exhortaba diciendo: “Hijas
mías, tened mucho ánimo y confianza en el
Señor; a vosotras no os pasará nada, pero a
mí me matarán… ¡Morir por Jesús, qué dulce
morir!”
Fue apresado el 19 de julio y encerrado en la cárcel. Cuando
llegó a la cárcel, colocó un crucifijo en la
pared y dijo a los que le acompañaban: “Esta
es nuestra capilla, no os hagáis ilusiones”,
y les exhortaba a que se prepararan para
morir bien. Rezaba con ellos el rosario,
tenían las oraciones de la mañana y les
predicaba o leía el Kempis. El 5 de agosto
de 1936 fue sacado de la cárcel para ser
conducido a la Fundación Santander, donde se
mofaron de él, haciéndolo objeto de burlas y
escarnios. Le desnudaron poniéndole un
cencerro y toreándole y simularon ponerle
banderillas, o se las pusieron. Finalmente,
en la noche del 5 al 6 de agosto, fue
conducido junto a dos seglares, uno de ellos
Don Víctor Benito Zalduondo, al pueblo de
Calera para ser fusilados. Confesó a sus
amigos y les dio la absolución. Se dice que
antes de morir exclamó, perdonando a sus
verdugos: “Os perdono por amor a
Jesucristo, ¡Viva Cristo Rey!”.
Unos devotos levantaron en su memoria una cruz que todavía
se conserva.
DOMINGO SÁNCHEZ LÁZARO.
Nació el 4 de agosto de 1860, en Puebla de Montalbán (Toledo).
El 4 de agosto, tres
milicianos detenían a D. Domingo
junto a su coadjutor, el Siervo de Dios
Laureano Ángel González. Fueron
conducidos hasta las inmediaciones del
Puerto de San Vicente (Toledo), donde los
fusilaron.
Los testigos refieren que los milicianos obligaron a uno del
pueblo a conducir a los condenados al lugar
del martirio. D. Domingo, sabedor de que no
tenía culpa alguna, lo serenó diciéndole:
“Tranquilo, hijo, que yo voy a la casa del
Padre”. Se sabe que antes de morir se
dirigió a sus asesinos: “Esperad, aún no
me matéis, que os voy a bendecir”.
Otra testigo afirma que bendijo a sus
verdugos y murió perdonando: “Perdónales,
porque no saben lo que hacen”. El
testimonio es unánime en todos los testigos:
era un hombre respetado, muy querido y
admirado, incluso por los mismos enemigos de
la Iglesia. Y este convencimiento sigue vivo
en el pueblo de Puente del Arzobispo, en los
pueblos donde ejerció su ministerio pastoral
como sacerdote y entre muchos fieles
cristianos que han oído hablar de él. En
cuanto las circunstancias lo permitieron,
sus restos mortales fueron trasladados del
lugar del martirio, en Puerto de San
Vicente, al cementerio parroquial de Puente
del Arzobispo. “D. Domingo ha sido
canonizado por el pueblo antes que la
Iglesia lo haga de forma oficial”.
FRANCISCO MAQUEDA LÓPEZ.
Nació el 10 de octubre de 1914, en
Villacañas (Toledo). Cuando estalla la Guerra, el joven Maqueda ya había
sido detenido, el 23 de junio de 1936, por
enseñar a los niños la doctrina cristiana.
Fue sólo ese día y le pusieron una multa.
Después, el 11 de septiembre, fue detenido
nuevamente. Unas horas antes se confesó con
D. Gonzalo Zaragoza; se sabe que la víspera
ayunó a pan y agua. Arrodillado a los pies
de su madre, le dijo: “Madre, déme la
bendición, que me voy al cielo”.
Mientras sus captores se mofaban de él, Francisco
pronunciaba sus últimas palabras de
despedida para los suyos: “¡Adiós, madre,
hasta el cielo! ¡Adiós, adiós, hasta el
cielo a todos!” Fue conducido desde su
casa a la ermita de la Virgen de los
Dolores, que los milicianos usaban como
cárcel, y donde tenían apresadas a otras
quince personas más, la mayoría jóvenes. En
seguida, Francisco les congregó. Su
intención era ayudarles espiritualmente para
la muerte ya muy próxima. Les dijo:
“Preparémonos, esta noche nos llevarán al
cielo, ¿queréis acompañarme y rezamos juntos
el rosario a la Santísima Virgen?”
Sobre las doce de la noche, vinieron a buscarlos, les
transportaron en un camión por la carretera
general de Andalucía. Muy cerca de
Dosbarrios, en el Km. 67, entre las
poblaciones de La Guardia y Ocaña, les
hicieron bajar; eran las dos de la mañana
del 12 de septiembre. Camino del martirio
fueron cantando y rezando y, Francisco,
en medio de ellos, con los brazos en alto.
Los milicianos le dijeron: “Ahí está tu
padre” y, aunque efectivamente era
verdad, porque días antes le habían matado a
medio kilómetro, él les contestó: “Os
equivocáis, mi padre está en el cielo”.
Indignados, se burlaron: “¿Y aún estás
alegre?”. Imaginándose lo que todavía
quedaba, les pidió por favor le
permitieran ser el último para ayudar a
morir bien a sus hermanos en Cristo. Les
dejaron casi sin ropa y, según testigos,
les dieron una descarga de piernas para
abajo. Y, a continuación, todos fueron
pasados a cuchillo.
MARTIRIO DEL P. VÍCTOR CHUMILLAS Y DIECINUEVE
FRANCISCANOS
DE LA
COMUNIDAD DE CONSUEGRA.
Escoltado por varios coches, en los que iba
el alcalde y miembros del Ayuntamiento, el
camión salió de Consuegra, pasó por el
pueblo de Urda y se detuvo en el lugar
llamado
Boca de Balondillo, en el término municipal de Fuente el
Fresno (Ciudad Real). Los franciscanos, que
habían ido rezando por el camino, fueron
mandados bajar y ponerse en fila a pocos
metros de la carretera. El P. Víctor
Chumillas pidió al alcalde que los desatasen
para morir con los brazos en cruz, pero no
le fue concedido. Pidió que los fusilasen de
frente, y el alcalde permitió que se
volviesen. Entonces el P. Víctor dijo a su
comunidad:
“Hermanos,
elevad vuestros ojos al cielo y rezad el
último padrenuestro, pues dentro de breves
momentos estaremos en el Reino de los
cielos. Y perdonad a los que os van a dar
muerte”. Y al alcalde:
“Estamos
dispuestos a morir por Cristo”.
Inmediatamente, Fr. Saturnino clamó:
“¡Perdónales, Señor, que no saben lo que
hacen!”. Empezó la descarga de
disparos. En ese mismo momento, varios de
los franciscanos gritaron:
“¡Viva
Cristo Rey! ¡Viva la Orden Franciscana!
¡Perdónales, Señor!”. Eran
aproximadamente las 3,45 de la madrugada del
16 de agosto de 1936. Los cuerpos de los
veinte franciscanos fueron sepultados en el
cementerio de Fuente el Fresno.
MIGUEL BEATO SÁNCHEZ.
Nació,
junto con un hermano gemelo, que murió a los
tres años,
el 10 de
abril de 1911 en la Villa de D. Fadrique
(Toledo).
Lo encarcelaron en la
casa de Don Manrique, que hacía de cárcel.
Allí lo torturaron, pegándole continuas
palizas para que renegara de su fe. A las
invitaciones y a los golpes para que
blasfemara, él respondía siempre: “¡Viva
Cristo Rey!”. En la noche del día 8 de
septiembre le pegaron tantos golpes, que
creyeron que había muerto. A la mañana
siguiente lo llevaron a enterrar, pero,
según afirman algunos testigos, el Siervo de
Dios estaba todavía con vida. Lo acabaron de
matar y lo enterraron en un descampado,
dejándole una mano fuera. Se dice que los
perros se comieron la mano.
RICARDO PLÁ ESPÍ.
Nació en Agullent (Valencia), el 12 de
diciembre de 1898. Desde
enero de 1936 hasta su muerte, predicaba con
mayor valentía, sin miedo. Veía cómo la
Iglesia era perseguida, insultada; los
sacerdotes, asesinados por la fe en
Jesucristo.
El 19 de julio predicaba en la fiesta de las Santas Justa y
Rufina e invitó a todos los allí presentes
al martirio por Cristo, a imitación de las
santas. Pocos días después lo vivirá en su
propia persona, al experimentar el martirio
el 30 de julio de 1936. Días antes, el 24 de
julio, había sido arrestado y estuvo a punto
de ser fusilado. El 28, vuelven. Finalmente,
el 30 de julio, a las ocho de la tarde, se
presentaron dieciocho milicianos,
preguntaron por el cura y su padre dijo:
“Dejadle a él y llevadme a mí”. D. Ricardo
exclamó: “El sacerdote soy yo. ¿Puedo
despedirme de mis padres?” “No, no puedes”.
Su madre estaba enferma, pero se levantó de
la cama y, todavía tuvo valor para decirle:
“Hijo mío, mucho valor para sufrir, pero
mucho más amor para perdonar”. Al llegar a
la esquina, Ricardo se volvió con la misma
mirada de antes; fue la despedida
definitiva. Allí acabó todo. A los cinco
minutos, en el paseo del Tránsito de la
ciudad de Toledo, en una gran escalera, lo
mataron. Murió gritando: “¡Viva Cristo
Rey!”. El cadáver mostraba un tiro en la
frente y otro en el costado. Tenía 38 años”.
¡VIVA CRISTO REY!
es la declaración constante en boca de un
gran número de mártires de aquellos días.
¡VIVA CRISTO REY!, que no es solamente
una confesión de fe, sino toda una
declaración programática de la Realeza de
Cristo sobre todas las realidades mundanas,
tal y como lo propuso Pío XI en la Encíclica
Quas Primas como “devotio moderna”
frente al laicismo que hacía estragos en las
sociedades. ¡VIVA CRISTO REY!, en
definitiva, expresión del triunfo de la
promesa que el Corazón de Cristo hizo al
P. Bernardo Hoyos en Valladolid en 1733:
“¡Reinaré en España!”.
Pero, ¿cuál fue el papel de la resistencia
militar en esos momentos? ¿Pueden
considerarse mártires a los miles de
combatientes encuadrados en los Tercios de
Requetés que salieron a defender a Dios, a
la Iglesia y a la España cristiana?
Escuchemos a la Escritura y a la Iglesia
sobre el particular:
“Al ver las impiedades que se cometían en
Judá y en Jerusalén, Matatías exclamó: "¡Ay
de mí! ¿Para esto he nacido? ¿Para ver la
ruina de mi pueblo y la destrucción de la
Ciudad santa? ¿Para quedarme sentado en
ella, mientras es entregada al poder del
enemigo y el Santuario está en manos de
extranjeros?”
“Judas y sus hermanos vieron que se habían
agravado los males y que el ejército estaba
acampado dentro de su territorio. También se
enteraron de la consigna real de destruir al
pueblo hasta aniquilarlo.
Entonces se dijeron unos a otros: "Libremos
a nuestro pueblo de la ruina y luchemos por
él y por el Santuario".
“Es mejor morir luchando que ver las
calamidades de nuestra nación y de nuestro
templo. Y que sea lo que Dios quiera.”
Pío XI en su Alocución de 14 de septiembre
de 1936, ante 500 refugiados españoles:
«Por encima de toda consideración política y
mundana —advierte el Pontífice— nuestra
bendición se dirige de manera especial a
cuantos han asumido la difícil y peligrosa
tarea de defender y restaurar los derechos y
el honor de Dios y de la Religión, que es
tanto como decir los derechos y dignidad de
las conciencias, condición primaria y la más
sólida de todo humano y civil bienestar»
RADIOMENSAJE A ESPAÑA DE S. S. PÍO XII (16 de abril de 1939):
“Con inmenso gozo Nos dirigimos a vosotros,
hijos queridísimos de la católica España,
para expresaros Nuestra paterna
congratulación por el don de la paz y de la
victoria con que Dios se ha dignado coronar
el heroísmo cristiano de vuestra fe y
caridad, probado en tantos y tan generosos
sufrimientos.
ESPAÑA, NACIÓN ELEGIDA
Los designios de la Providencia, amadísimos
hijos, se han vuelto a manifestar una vez
más sobre la heroica España. La Nación
elegida por Dios como principal instrumento
de evangelización del Nuevo Mundo…
(…)
Persuadido de esta verdad el sano pueblo
español. con las dos notas características
de su nobilísimo espíritu, que son la
generosidad y la franqueza, se alzó decidido
en defensa de los ideales de fe y
civilización cristianas, profundamente
arraigados en el suelo de España; y
ayudado de Dios, «que no abandona a los que
esperan en El» (Iudith, XIII, 17), supo
resistir al empuje de los que, engañados con
o que creían un ideal humanitario de
exaltación del humilde, en realidad no
luchaban sino en provecho del ateísmo ... “
Ya el Obispo de Pamplona Don Marcelino
Olaechea fue el primero en definir la
situación con estas palabras: «No es una
guerra la que se esta librando sino una
cruzada».
Y el 6 de agosto de 1936, en una Carta
Pastoral Conjunta de los obispos de
Vitoria y Navarra, don Mateo Múgica y
don Marcelino Olaechea afirman:
«En el fondo del movimiento cívico-militar
de nuestro país, late, junto con el amor de
patria en sus diversos matices, el amor
tradicional a nuestra religión sacrosanta...
Habéis hecho a Dios la ofrenda de docenas de
miles de vidas. Centenares de ellas han
sucumbido ya. Vasconia y Navarra llevan la
marca gloriosa de la sangre derramada por
Dios».
El Dr. Pla y Deniel publicó su famosa
carta pastoral «Las dos ciudades» el
30 de septiembre de 1936, en la que
demostraba la necesidad y oportunidad del
Alzamiento Nacional, al que aplicaba la
tradicional doctrina de la guerra justa.
Después vino la Carta Colectiva del
Episcopado Español, traducido a multitud
de idiomas.
Así, pues, la Escritura y la propia Iglesia,
por la boca del Romano Pontífice, reconoció
en los cruzados de la Fe los “restauradores
de los derechos y el honor de Dios y de la
Religión” y “los defensores de los
ideales de la Fe y la civilización
cristianas”.
Es lo que ya Carlos VII había
determinado que debían recordar los más
fieles de entre los españoles cada 10 de
marzo en la Festividad de los Mártires de
la Tradición, y lo que leemos en el
Devocionario de Requeté:
“Requetés: ¡firmes! Delante de Dios. Rey y
Señor de los pueblos, como soldado que eres
de su Causa, ¡firmes! ... Tu heroísmo, tu
aceptación del martirio junta en uno los
ideales de Dios y Patria”.
Y en la Ordenanza:
“Refuerza el espíritu, necesario a tu
azarosa vida, con el culto a Dios. Sírvele
siempre. Muere por Él, que morir así es
vivir eternamente”. (Ordenanza del Requeté).
En el siglo XXI, después de un periodo
demasiado largo de olvido de nuestros
mártires, que es lo mismo que decir de
nuestros mayores tesoros, el cual nos ha
llevado a la situación actual en la que
vuelve a resurgir el odio a Jesucristo
instigado por el Príncipe de la Mentira con
ataques a la Iglesia y sus ministros,
insultos a Jesucristo y la Virgen,
profanaciones en iglesias, expresiones como:
"Ellos se lo buscaron: la ira
anticlerical",
debemos más que nunca imitar el ejemplo de
quienes supieron alcanzar la promesa de
Cristo: “A quien me
confesare delante de los hombres, el Hijo
del hombre le confesará delante de los
ángeles de Dios. El que me negare delante de
los hombres, será negado ante los ángeles de
Dios" (Lc 12, 8-9).
No es necesario hacer grandes alardes, ni
hacer acopio de legiones de militantes. Ya
el Señor en el primer Libro de los Reyes,
después de que el pueblo hubiera abandonado
a Dios para servir a los ídolos, dice: “Me
he reservado siete mil hombres que no han
doblado la rodilla ante Baal”.
Y San Ambrosio dice: "Como hay
muchas clases de persecución, así también
hay muchas clases de martirio. Cada día eres
testigo de Cristo. Te tienta el espíritu de
fornicación, pero movido por el temor del
futuro juicio de Cristo, conservas
incontaminada la castidad de la mente y del
cuerpo: eres mártir de Cristo. Te tienta el
espíritu de soberbia, pero viendo al pobre y
al desvalido, te compadeces de ellos,
prefiriendo la humildad a la arrogancia:
eres testigo de Cristo". San Ambrosio,
Comentario al Salmo CXVIII, cap. 201, 47-50.
Examinemos si en nuestros actos y en
nuestros corazones anhelamos la actitud del
martirio. Os invito a todos a hacer una
promesa solemne de fidelidad a Cristo hasta
la muerte, y para ello, qué mejor ocasión
que la peregrinación a Roma el 28 de
octubre.
Gracias,
+ Laus Deo
[2]
MONTERO MORENO, Antonio, Historia de
la persecución religiosa en España,
1936-1939. Biblioteca de Autores
Cristianos. Cuarta reimpresión.
Madrid, 2000.
En 1607 El P. H. Rosweyde,
S.I. trazó las líneas de trabajo y
el plan a seguir en un opúsculo
titulado Fasti sanctorum quorum
vitae in Belgicis bibliothecis
manuscriptae asservatur en
Amberes. Sus sucesores, el P.
Bolland, S.I. (de ahí la fama de
los padres bolandistas, que
sucedieron al P. Bolland en
esta tarea durante más de siglo y
medio) y el P. Du Collier, S.I.
siguieron aumentando las Actas de
los Santos hasta las decenas de
tomos de que se componen hoy en día
y a través de las cuales conocemos
principalmente los detalles de las
vidas de los mártires.
De
Lizarza, F.: «Cómo se instrumentó
el alzamiento de 1936», en
“Navarra. Guerra y paz cincuenta
años después”, Madrid, 1986, págs.
151-163.
Recordemos que la lectura de algunas oraciones incluidas en el
Devocionario del Requeté está
indulgenciada con indulgencia
plenaria para la hora de la muerte
(Indulgencia plenaria por San Pío X,
9 de marzo de 1904).
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