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Y ese muerto habló por fin; y si bien
confusamente, recuerdo que habló en estos
términos: "Una cosa pasó: me cogieron, me
ataron y me mataron, y yo lloraba porque mi
madre esperaría. Y después me presentaron
ante Dios, y Dios me dijo: ¿por qué han
venido aquí sin que yo te llamara? Y
contesté: ¡Señor! yo no sé nada sino que me
cogieron, me ataron y me mataron, y me eché
a llorar porque mi madre me esperaría... y
me dijo Dios: ¿Y porqué te mataron?... Eso
es lo que yo no sé... Señor, eso es lo que
yo no sé... ¿Sabes tú por qué me mataron,
general Prim?
El fragmento pertenece a un artículo escrito
por Aparisi Guijarro, publicado en La
Regeneración, el 2 de diciembre de 1869. En
él, uno de los fusilados en Montealegre, se
presenta al general Prim y le pregunta por
qué fueron asesinados. Continuando el hilo
argumental del sueño, narraremos los sucesos
ocurridos en Montealegre, paraje situado en
Sant Fost de Campcentelles, cerca de
Barcelona, un 5 de agosto del año 1869.
En España, derrocada Isabel II, se había
instaurado la I República. Eran momentos de
gran agitación social y política, comunes a
cualquier cambio de gobierno. El Carlismo
reconocía a su nuevo monarca, Don Carlos VII,
y se preparaba para una nueva guerra. El
bullicio social provocó que algunas partidas
decidieran alzarse en armas para sorprender
a un estado débil. Aquellos levantamientos
fueron germinando y prosperaron al
instaurar, el general Prim, una nueva
monarquía, la de Amadeo de Saboya, contraria
al pensamiento carlista.
En aquellos días de agosto de 1869 varias
partidas carlistas estaban organizándose en
el Vallés, concretamente desde Mollet a San
Cugat del Valles. Un grupo de carlistas se
preparaba en Montealegre, cerca de Sant Fost
de Campcentelles. Montealegre fue una
Cartuja de penitentes de San Bruno. Muy
cerca de ella estaba la Conreria, o granja,
grandioso edificio donde los religiosos
tenían depositado el grano y todos los
útiles y arreos para la labranza. La Cartuja
sufrió las persecuciones del primer tercio
del siglo XIX y la desamortización de
Mendizabal. En aquellos parajes debemos
situar el devenir de los acontecimientos que
ahora narraremos.
El relato de los hechos nos ha llegado
gracias a Isidro Duño, uno de aquellos
carlistas que se dieron cita en Montealegre
y que, milagrosamente, pudo salvar la vida.
El teniente coronel Casalís tenía orden del
Capitán General de Cataluña, general
Gaminde, que, desde la zona de mar, avanzar
con sus tropas dirección al Vallés, para
cercar y reprimir todas las partidas
carlistas allí organizadas. Un grupo de
carlistas decidió reunirse en la fuente de
los Monjes, muy cerca de la antigua cartuja
de Montealegre. Allí fueron sorprendidos por
el grupo encabezado por Casalís. Llenos de
odio contra todo lo que fuera carlista,
detuvieron a esos jóvenes, los ataron y, sin
juicio, fueron fusilados.
Para poderse proteger de sus impunes actos,
Casalís dijo que los jóvenes llevaban boinas
y armas. Nada más falso. Ese presunto
armamento había sido requisado la noche
anterior a una partida carlista que, al ser
descubierta, dejó abandonadas esas
pertenencias. La reunión carlista de
Montealegre tenía como misión reunirse con
el general Larramendi que se encontraba muy
cerca de aquellos parajes. Un confidente
advirtió que diez jóvenes se reunirían allí
para levantarse en armas contra el poder
establecido. Informado Casalís, y sin ningún
perjuicio, acabó con el levantamiento a
golpe de fusil.
Al lugar de los hechos fueron vecinos de
Sant Fost de Campcentelles. Casalís ordenó
al alcalde dar sepultura a los nueve
facciosos que acababan de ser fusilados. Los
cuerpos fueron enterrados en una fosa común
del cementerio de esa localidad. En el punto
donde se cometió el asesinato, se levantó
una cruz en recuerdo de las víctimas.
Aquella cruz ha sido lugar de peregrinaje
para muchos carlistas catalanes.
Los injustamente fusilados eran: José Soler,
49 años, de Barcelona; Andrés Roca, 52 años,
de Sant Cugat; Ramón Queralt, 18 años, de
Barcelona; Joaquín Sauri, 37 años, de
Barcelona; José María Freixas, 18 años, de
Riudecols; Vicente Torras, 37 años, de Sant
Celoni; Juan Vila, 39 años, de Tiana; José
Anglada y Hipólito Castells, 18 años,
natural Marsella.
El incidente tuvo repercusión dentro y fuera
de nuestras fronteras. No por la muerte de
los carlistas, sino por la muerte de
Hipólito Castells. Este joven guardabosques
-según las crónicas algo retrasado- se
encargaba de la vigilancia de esos parajes.
Casalís, al ver que faltaba un carlista,
Isidro Duñó, no dudó en colocar a Hipólito
Castells en el grupo de carlistas y
fusilarlo. La reina Doña Margarita, al tener
noticia de los fusilamientos de Montealegre,
celebró misas en sufragio por sus almas, e
hizo publicar en la prensa carlista el
dolor, que a ella y a Don Carlos VII, les
había producido un hecho que escandalizó a
toda Europa.
Si vergonzosa fue la actuación del teniente
coronel Casalís que, tras esa acción fue
nombrado coronel, más lo es la orden del
Ministro de la Guerra, general Prim, por
ordenar matar a cualquier carlista que se
levantara en armas.
Hemos desvelado el motivo por el cual esos
carlistas fueron asesinados en Montealegre
pero, quizás, en los últimos días de su
vida, el general Prim seguía oyendo la voz
de ese joven carlista que le decía:
¿Sabéis por qué me mataron, general Prim?
Dímelo si lo sabes, y yo le enviaré un
recadito a mi madre que aún estará
esperando.
Y, después, tal vez oía el canto de los
otros carlistas que le cantaban:
De MONTEALEGRE somos.
Allí caímos.
Míranos bien, míranos bien. |