|
|
I
El Carlismo se estructuró y creció durante
el siglo XIX, bajo unos parámetros que han
marcado su futuro. Como dijo Carlos VII: se
puede ser católico sin ser carlista, pero no
se puede ser carlista sin ser católico. Éste
axioma es innato en los carlistas desde la
noche de los tiempos. Sobre esta base han
luchado generaciones enteras. Con los años
ha evolucionado, o mejor tendríamos que
decir, que ser carlista se ha convertido en
una manera de entender la vida. Tal vez,
también, en una filosofía de vida. Si se le
pregunta a cualquier carlista porqué lo es,
inmediatamente contestará esto: porque soy
católico, por herencia, porque no sabría ser
otra cosa que carlista.
Hace años, Carlos del Rey, escribía sobre
éste tema y simplificaba el porqué de su
adscripción al Carlismo con esta frase: soy
carlista por herencia, carlista por
convicción; soy carlista por decencia,
carlista de corazón. Soy carlista por la
gracia de Dios. Y, a continuación, resumía
su pensamiento al afirmar: si quieres
resumir todo cuanto te he dicho, puedes
encerrarlo en el siguiente silogismo: lo que
se nos muestre como bello y sublime debe ser
sentido y amado con toda pasión, con toda
nuestra alma. Es así que el Carlismo se nos
muestra como bello y sublime. Luego el
Carlismo debe sentirse y amarse con toda
pasión, con toda nuestra alma.
En similares términos se expresa José de
Sobregrau al afirmar que: en términos muy
generales es tradicionalista aquel que
adopta ante la vida íntima postura de
respeto a cuanto esencial nos legaron
nuestros mayores... Para el espíritu
tradicionalista las verdades de la Religión
son las definidas por la Iglesia. Los
principios esenciales del Derecho están
sólidamente fundamentados en el Derecho
natural. Su desarrollo y progresiva
adaptación o rectificación siempre es
posible y deseable mientras no se conculquen
aquellos principios divinos y humanos. Pero
atendiendo y respetando en cuanto a estos
últimos, en todo lo posible, las directrices
y experiencias, las normas y costumbres que
nuestros mayores nos legaron, mientras las
circunstancias cambiantes o la depuración y
mejoramiento de las calidades humanas,
individuales o sociales, no nos demuestren
la conveniencia de rectificación.
Pues bien, todo esto ha tenido, en los reyes
carlistas, sus máximos representantes. Cada
uno de ellos ha salvaguardado la Tradición
en cada uno de sus manifiestos y
declaraciones al pueblo carlista y, por
derivada, al pueblo español.
Anteriormente hemos comentado que ser
carlista es una forma de vida o, mejor
dicho, una filosofía de vida. Esta filosofía
se sostiene sobre tres palabras: Dios,
Patria y Rey. A estas, en determinadas
épocas se le ha unido otra, fueros, pero, no
siempre ha formado parte del trilema.
La autoridad viene de Dios. Como dijo Sus
Santidad Juan XXIII: resulta necesaria en
toda sociedad humana una autoridad que la
dirija; autoridad que, como la misma
sociedad, surge y deriva de la naturaleza,
y, por tanto, del mismo Dios, que es su
autor. Similares palabras nos dejo San
Pablo: Porque el que existan las
autoridades, y haya gobernantes y súbditos,
y todo suceda sin obedecer a un azar
completamente fortuito, digo que es obra de
la divina sabiduría.
Carlos V, el primer rey de la dinastía
carlista, en 1836, manifestó: Será para mi
corazón un deber tan grato como sagrado el
proteger y promover la religión santa de
nuestros padres, que tanta paz y dulzura han
derramado siempre sobre estos piadosos
pueblos.
Si toda la autoridad viene de Dios, la vida
social y política debe basarse en los
principios que Él nos legó a todos. No
reconocer la autoridad de Dios supone vivir
en una sociedad laica y liberal. Quítese a
Dios de la sociedad, y no habrá en el mundo
más que tiranos y códigos de tiranía;
póngase a Dios, y la obediencia será justa,
santa y obligatoria: obedecerá el hombre a
quien tiene derecho de mandarle, porque es
su autor, y por un fin y bien más alto que
todos los fines y bienes de la tierra; pues
el Criador tiene infinitos recursos para
compensar los sacrificios que a sus
criaturas imponen, y la obediencia de ésta
será esencialmente libre, así como
libremente obedece a las leyes que la
perfeccionan. Sólo a Dios se debe
obediencia, decimos: las leyes serán justas
y obligatorias cuando se conformen con su
tipo y ejemplar que es la divina. Estas
palabras aparecieron publicadas en el
periódico La Esperanza el 5 de enero de 1845
y, aunque antiguas, son modernas por lo
siguiente: en ellas se resume la base de la
sociedad. Aunque la sociedad las haya
olvidado, el pueblo carlista se ha regido
por estos principios pues, no puede existir
nada sin Dios.
La segunda palabra del trilema es la Patria.
Si bien todos, en nuestra mente, podríamos
dar una definición del concepto Patria, para
sintetizar el verdadero sentido, el sentido
tradicional de la palabra, hemos escogido
unas palabras de la Princesa de Beira, en
las cuales, desde un exilio forzado y
forzoso, nos infunde cuál debe ser, si
deseamos convivir bajo los principios de la
Tradición, la definición de Patria. Escribía
la Princesa de Beira: La segunda palabra de
nuestra divisa es Patria, nombre dulce y
suave, nunca más amado por un hijo suyo que
cuando se ve lejos de ella. Patria, de la
cual es difícil renegar por grandes que
puedan ser los atractivos que se encuentren
en países extraños. Pero si no es fácil
renegar de la Patria, no es raro encontrar
hombres sin patriotismo; tales deben ser
todos los liberales siguiendo sus
principios. Pues la autonomía de la razón
que hace al hombre libre e independiente; la
soberanía nacional, que hace de él un
soberano; la ambición que ésta engendra, y
el orgullo que alimenta; la empleomanía que
le hace suspirar por puestos lucrativos; el
sumo apego a los intereses materiales y
placeres, plaga suscitada por el
liberalismo, y, por fin y sobre todo, el
interés de partido, que monopoliza los
empleos y las riqueza nacionales, todo esto
junto hace que los liberales deban por sus
principios carecer de patriotismo, porque
todos estos principios son egoístas y el
egoísmo es incompatible con el patriotismo.
Éste amor a la Patria, es el que sintieron
cientos, miles de requetés cuando, en las
diferentes guerras, se alzaron para
defenderla de cuantos ataques liberales ha
sufrido nuestra nación. Por eso, al haberse
consagrado los reyes carlistas -con un amor
sin límite- a España, el pueblo carlista no
ha dudado un solo momento en empuñar las
armas y defenderla con sangre, sudor y
lágrimas. Y es por eso que la tradición
diferencia claramente lo que son
nacionalismos de lo que son fueros. El
Carlismo siempre ha admitido los fueros
pues, en ellos se basan las leyes naturales
de cada uno de los pueblos. El fuero no
significa separación del Estado. El fuero
une más que separa. De no ser así, ¿por qué
se levantaron miles de navarros para
defender a España de la República? De haber
sido el fuero separatista, el día del
Alzamiento Nacional, Navarra hubiera quedado
en manos de la República y, no fue así. Como
dijo Carlos VII: Felicítome particularmente
de ver constituirse un centro de leales en
aquella sagrada tierra, empapada en sangre
de tantos millares de héroes, que ofrecieron
su vida por los fueros, a la par que por los
derechos de la gran Patria española. Ambas
causas tienen indisolublemente ligados sus
destinos, como indisolublemente iban unidas
en mi solemne juramento bajo el roble
venerado.
El amor a la Patria, sin olvidar nunca los
fueros, da libertad al pueblo porque, todo
ello está intrínsecamente ligado a la ley
natural, esto es, a la ley dictada por Dios.
No puede coexistir una sin la otra. Como
expresó Su Santidad León XIII: Esta
libertad, la libertad verdadera, digna de
los hijos de Dios, que protege tan
gloriosamente la dignidad de la persona
humana, está por encima de toda violencia y
de toda opresión y ha sido siempre el objeto
de los deseos y del amor de la Iglesia. Esta
es la libertad que reivindicaron
constantemente para si los apóstoles, la que
confirmaron con sus escritos los
apologistas, la que consagraron con su
sangre los innumerables mártires cristianos.
Con respecto a los Fueros, debemos pensar
que frente la centralismo que atrofia las
energías regionales y mata la vida de todos
los organismos intermedios entre el
individuo y el Estado, debemos afirmar las
franquicias concejiles y regionales en el
orden administrativo y económico que hoy el
poder centralista les usurpa y que tiene su
expresión tradicional en nuestros Fueros,
fórmula española de democracia cristiana.
La tercera palabra del trilema es el Rey.
Última palabra pero, no por eso la menos
importante. Su categoría radica en el hecho
de que, el Rey, tiene que reconocer las
otras dos palabras del trilema. ¿Nos vale un
Rey que no reconozca la máxima autoridad de
Dios y la responsabilidad de la Patria y de
su pueblo? No. Ese rey nos sirve de bien
poco. Un Rey liberal ostenta el título pero,
en realidad de bien poco sirve. Carlos VII
lo asumió al afirmar: Nosotros, hijos de
reyes, reconocimos que no era el pueblo para
el Rey, sino el Rey para el pueblo; que un
Rey debe ser el hombre más honrado de su
pueblo, como es el primer caballero; que un
Rey debe gloriarse además con el título
especial del padre de los pobres y tutor de
los débiles.
Sólo se puede expresar así un rey
tradicionalista. No podrían ser redactadas
por un Rey liberal pues, éste sentido de la
responsabilidad queda sujeto a unas leyes
-constitucionales o no- que limitan la
libertad no sólo del Rey y de los ciudadanos
de su reino, sino que limita el acercamiento
y la comprensión a la obra realizada por
Dios. Como nos enseña Lactancio: para esto
nacemos, para ofrecer a Dios, que nos crea,
el justo y debido homenaje, para buscarle a
Él solo, para seguirle. Éste es el vínculo
de piedad que a Él nos somete y nos liga, y
del cual deriva el nombre mismo de religión.
Fuera de estos principios, que deben ser
básicos en cualquier sociedad
tradicionalista, se origina el caos, el
ateísmo, la no creencia, el libertinaje y la
carencia de un Rey que, como antaño, dirija
a su pueblo por los principios de la
Tradición.
En resumen, como publicó el periódico La
Esperanza, el 23 de marzo de 1854: ¿Qué es
un rey?... Si no es algo más que el hombre,
ni representa otro poder que el humano, su
autoridad es para nosotros usurpada; su
derecho el del león, que se enseñorea de un
rebaño. Que el soberano representa la ley,
se nos objetará... No: non serviam,
responderá cada monárquico desde que se le
diga que la ley toma su fuerza obligatoria
de la legitimidad del poder que la promulga,
o que la legitimidad del poder no descansa
en el derecho propio y exclusivo del que la
ejerce, o que éste derecho no trae su origen
del Autor del hombre y de la sociedad.
Todo esto queda resumido en las palabras
que, recientemente, han publicado Joseph
Ratzinger y Tarcisio Bertone: La fe en
Jesucristo, que se ha definido a sí mismo
"camino, verdad y vida" (Jn 14,6), exige a
los cristianos el esfuerzo de entregarse con
mayor diligencia en la construcción de una
cultura -léase sociedad- que, inspirada en
el Evangelio, reponga el patrimonio de
valores y contenidos de la Tradición
católica. La necesidad de presentar en
términos culturales modernos el fruto de la
herencia espiritual, intelectual y moral del
catolicismo se presenta hoy con urgencia
impostergable, para evitar además, entre
otras cosas, una diáspora cultural de los
católicos... Es insuficiente y reductivo
pensar que el compromiso social de los
católicos se deba limitar a una simple
transformación de las estructuras, pues si
en la base no hay una cultura capaz de
acoger, justificar y proyectar las
instancias que derivan de la fe y la moral,
las transformaciones se apoyarán siempre
sobre fundamentos frágiles.
II
Llegados a éste punto y antes de hablar o,
mejor dicho, teorizar sobre el futuro, nos
tenemos que detener en cinco aspectos que
han marcado el presente y que, por derivada,
marcarán el futuro.
Estos son:
a) La represión que sufrió el Carlismo
durante la guerra civil de 1936 a 1939 y el
enorme coste humano de víctimas en el
frente.
b) La carencia de la Tradición.
c) La falta de unos líderes naturales. El
Carlismo, por desgracia, ha perdido a
aquellos líderes que, en nombre del Rey y de
la Tradición, han dirigido, con acierto, al
pueblo carlista. Así se encuentran a faltar
personalidades como: el duque de Solferino,
el marqués de Cerralbo, el marqués de
Miraflores, el conde de Rodezno, o a un
Mauricio de Sivatte, por poner sólo unos
pocos ejemplos.
d) La muerte de don Alfonso Carlos I, en
septiembre de 1936, y sus consecuencias
posteriores.
e) El retroceso religioso de la sociedad
española.
El coste humano que sufrió el Carlismo,
durante la guerra civil española, fue
demasiado costoso. Si bien, como han
teorizado algunos, es la guerra más carlista
de todas, las acciones llevadas a cabo por
los republicanos en la retaguardia se
apartan, muy mucho, de las consecuencias de
una guerra convencional. Las cifras hablan
por sí solas. Sólo en Cataluña se asesinó a
1.199 carlistas en la retaguardia. ¡Qué
decir de otras regiones! En el Reino de
Valencia asesinaron a 970 carlistas. Cifras
similares las encontramos en toda España. A
estas debemos añadir los carlistas muertos
en combate. Citaré únicamente dos ejemplos.
El glorioso Tercio de Nuestra Señora de
Montserrat tuvo 319 muertos en combate. En
Navarra se han contabilizado más de 1.700
muertos. Y la suma de víctimas se podría
extender.
¿Qué repercusiones podemos extraer de esta
amalgama de cifras? Una muy concreta y, con
ella pasamos al segundo aspecto reseñado.
Los asesinatos se extendieron a todas las
clases sociales y a todas las edades.
Existen referencias de carlistas asesinados
desde los 15 hasta los 90 años. Esto
significa que, una vez finalizada la guerra,
la masa carlista, el cuerpo social que tenía
que haber transmitido la tradición a sus
descendientes, se truncó. Es cierto que los
supervivientes la transmitieron pero, nos
hacían mucha falta los que perecieron entre
1936 a 1939. A esto hay que añadir a todas
aquellas familias que, una vez finalizada la
guerra y, como consecuencia de las carencias
y amarguras sufridas, decidieron girar
página a su historia, a la Tradición, y
olvidarse que, alguna vez sus antepasados
habían dado su vida por los eternos ideales
de Dios-Patria-Rey. A todos esos también se
les necesitaba para el restablecimiento del
Estado.
El tercer aspecto está intrínsecamente
ligado con la muerte, en septiembre de 1936,
del rey don Alfonso Carlos I. A partir de
ese momento, se abrió un nuevo periodo en la
historia del Carlismo. La Regencia de don
Javier de Borbón-Parma, si bien fue la
solución más adecuada para algunos, en vez
de unir, desunió. Como dijo Jaime del Burgo,
la Regencia es la muerte de cualquier
monarquía. En un periodo breve de veinte
años encontramos tres grupos, claramente
diferenciados, seguidores de los principios
tradicionalistas. La Comunión
Tradicionalista, afín a las directrices
marcadas por don Javier de Borbón-Parma y
Manuel Fal Conde; la Comunión Católico
Monárquica, conocida vulgarmente como
Carloctavismo u Octavismo, integrada por los
seguidores del archiduque don Carlos de
Habsburgo, nieto de Carlos VII; y la
Regencia Nacional y Carlista de Estella,
fundada por don Mauricio de Sivatte. Por si
fuera poco, la aparición, en 1957, de don
Carlos Hugo de Borbón-Parma, condenó al
Carlismo a una nueva separación, esto es, el
Partido Carlista y su socialismo
autogestionario.
Esta carencia de Tradición, por los aspectos
señalados en los puntos primero y segundo ha
desencadenado, inevitablemente, en una
irreligiosidad por parte de la sociedad
española. Si bien es cierto que tendríamos
que añadir otros factores, la verdad es que
esta circunstancia está latente y es una
lacra que, poco a poco, nos va minando. Sólo
pondré un ejemplo relacionado con Navarra.
Recordar únicamente que Navarra aportó 8.500
voluntarios carlistas en el levantamiento de
julio de 1936. Pues bien, las vocaciones
religiosas pasaron de 2.300 en 1939 a 4.088
en 1965. A partir de 1977 la media no llega
a 10 por curso. El número de ateos y
agnósticos es la más alta de toda España,
entre el 15 y el 30% de mayores de 19 a 30
años. Difícilmente hoy, como ocurriera en
1936, el pueblo navarro ofrecería tantos
miles de voluntarios. Como escribe Azcona
San Martín: Hemos recibido una herencia
religiosa y católica, que en estos momentos
tiene problemas para su conservación: una
cosa de solera, pero con debilidad. En parte
vivimos de rentas. Y en tiempos como el
nuestro no se puede vivir de rentas mucho
tiempo. Demasiados cristianos
descristianizados, testigos incapaces de
testificar.
III
Éste es el análisis, pormenorizado, de cómo
estamos. Ahora intentaremos dar unas breves
pautas de cómo ha de ser el futuro o, por
decirlo de otra manera, de cómo nos gustaría
que fuera. Ya se sabe que el deseo y la
realidad están siempre en desacuerdo.
Como escribió Su Santidad Juan XXIII en la
carta-encíclica Paecen in terra: El nuevo
orden que todos los pueblos anhelan... ha de
alzarse sobre la roca indestructible e
inmutable de la ley moral, manifestada por
el mismo Creador mediante el orden natural y
esculpida por El en los corazones de los
hombres con caracteres indelebles... Como
faro resplandeciente, la ley moral debe, con
los rayos de sus principios, dirigir la ruta
de la actividad de los hombres y de los
Estados, los cuales habrán de seguir sus
amonestadoras, saludables y provechosas
indicaciones si no quieren condenar a la
tempestad y al naufragio todo trabajo y
esfuerzo para establecer un orden nuevo.
Cuanta razón tiene Juan XXIII al comentar
que el nuevo orden mundial debe cimentarse
sobre el orden natural. Esto no deja de ser
Tradición o, dicho de otra manera,
tradicionalismo. El orden natural, como
hemos visto a lo largo de estas páginas, es
por lo que lucharon los reyes y el pueblo
carlista. Un orden natural que,
intrínsecamente, siempre ha estado ligado al
pueblo carlista pues, de todos es conocido
el trilema, cuya primera persona es Dios. El
orden natural, establecido por Dios, ha de
servirnos para gobernar la Patria y, sobre
estos dos parámetros el Rey debe gobernar.
Nada más sencillo y, debido a su sencillez,
olvidado ya no sólo por los gobernantes,
sino por el pueblo. En ese nuevo orden, el
pueblo carlista, fiel seguidor, desde la
noche de los tiempos, debe ponerse a la
cabeza y arrastrar a todos los demás. De no
volver al origen, esto es, al orden natural,
ya no sólo el Carlismo, sino la sociedad
actual -tal y como la conocemos- está
condenada al fracaso. Hay muchos casos
precisos y elocuentes, en nuestra vida
diaria, que no inducen a pensar que, en vez
de acercarnos, nos estamos alejando del
orden natural. Quizás la sociedad se de
cuenta de su error y, como si de un Ave
fénix se tratara, resurgirá de sus cenizas y
volverá hacia la verdad. Una verdad muy
sencilla y fácil de encontrar pues, todos
los caminos, por muy retorcidos que estos
sean, siempre conducen a Dios.
Hasta el momento presente hemos valorado el
pasado del Carlismo y su presente. ¿Qué le
deparará el futuro? Podríamos decir que la
Tradición nunca muere y no nos
equivocaríamos. Si bien es cierto que éste
axioma es verdadero, nosotros, todos
nosotros, como futuro, tenemos que hacer
algo pues, no se puede vivir ni del recuerdo
ni dejar que las cosas evoluciones por una
fuerza natural que le ha permitido subsistir
hasta el momento presente. ¿Qué queremos
decir con esto? Si bien es cierto que la
Tradición nunca muere, tenemos que poner de
nuestra parte no sólo para que no muera,
sino para que resurja y de luz a todos
aquellos que están ciegos por el
liberalismo. Muchos han confundido la
libertad con el libertinaje. Los principios
de la Tradición quedan perfectamente
resumidos en las palabras de Su Santidad
Juan XIII al encabezar su carta-encíclica al
afirmar que: la paz entre todos los pueblos,
ha de fundarse en la verdad, la justicia, el
amor y la libertad. Ninguno de estos
postulados se contradice al principio
tradicionalista que, como ya hemos apuntado
anteriormente, es aquel que adopta ante la
vida la íntima postura de respeto a cuanto
siendo esencial nos legaron nuestros
mayores. Verdad, justicia, amor y libertad
son los principios del orden natural y sobre
ellos debemos basar el futuro.
¿Cómo debe enfrentarse a ese futuro el
pueblo carlista? Leamos lo que recientemente
a escrito Álvaro d'Ors: el vínculo personal
de la Monarquía, es entre un rey que
gobierna como delegado de Dios, de quien
procede toda potestad -concretamente, de
Cristo Rey-, y unos súbditos personales y
responsables, que confían a ese rey la
defensa de su libertad y de su seguridad. En
esta fidelidad natural radica la legitimidad
esencial de toda Monarquía como forma de
gobierno; falta, en cambio, en la
Democracia, régimen de legalidad, que
prescinde de Dios y de la familia, y carece
por tanto de toda legitimidad (...) Nuestro
trilema sigue siendo así el de las
fidelidades tradicionales, aunque con un
nuevo sentido: a la Fe, a la Libertad y a la
Legitimidad del gobierno monárquico. Y su
principal adversario es hoy la Democracia.
Como vemos, volvemos a las palabras
expresadas por Su Santidad Juan XXIII. Ahí
esta la base.
No la debemos olvidar porque, de lo
contrario, estamos condenados al caos. Ahora
bien, alguien puede decir que estas palabras
están muy bien pero, ¿dónde esta el rey? Por
suerte tenemos una contestación a esta
pregunta. Carlos VII, en su testamento,
pensó en esta posibilidad y dejo escrito lo
siguiente: Mantened intacta nuestra fe, y el
culto a nuestras tradiciones, y el amor a
nuestra bandera. Mi hijo Jaime o el que en
derecho, y sabiendo lo que ese derecho
significa y exige, me suceda, continuará mi
obra. Y aún así, si apuradas todas las
amarguras la dinastía legítima que nos ha
servido de faro providencial estuviera
llamada a extinguirse, la dinastía de mis
admirables carlistas, los españoles por
excelencia, no se extinguirá jamás. Vosotros
podéis salvar a la Patria, como la
salvasteis, con el Rey a la cabeza, de las
hordas mahometanas y, huérfanos de Monarca,
de las legiones napoleónicas. Antepasados de
los voluntarios de Alpens y de Lácar eran
los que vencieron en las Navas y Bailén.
Unos y otros llevaban la misma fe en el alma
y el mismo grito de guerra en los labios.
Por lo tanto, aún sin rey, la dinastía
continúa en el pueblo carlista. Aunque no
haya, hoy por hoy, un líder que pueda
dirigir los designios del Carlismo, siempre
habrá un pueblo carlista, que infunda a la
sociedad los eternos principios de
Dios-Patria-Rey. Es ese pueblo el que debe
seguir adelante, por Dios y por España, como
dijo Carlos VII. Sólo, con la ayuda de Dios,
se podrá establecer el orden natural a una
sociedad que, cegada por liberalismos y
democracias se ha apartado de la verdad,
esto es, de la Tradición. |