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Balanzategui, en
vascuence, palabra llana porque en esta
lengua no hay esdrújulas, significa “paraje
de grandes cuestas”, y Altuna es otro
topónimo que significa “colina de alisos”.
La hoja de servicios de la carrera militar
de don pedro Balanzategui se conserva en el
Archivo militar del Alcázar de Segovia. En
1839 fue subteniente, en 1840 se le designó
como teniente de milicias, en 1845 alcanza
el grado de capitán de infantería, y a
finales de 1847 pidió su cese en el
ejército.
Sus destinos y campañas militares se
desarrollaron por muchas ciudades españolas,
entre ellas León, y en 1844 fue condecorado
con la Cruz de Isabel la Católica.
El 24 de octubre de 1845 se casó con doña
Eusebia Escolar y Acebedo, dos años menor
que él, en la iglesia de San Marcelo de la
capital leonesa. Doña Eusebia era Señora de
Cembranos.
Ofició el presbítero castrense don Tomás
Santiago y cuatro testigos. Dos años más
tarde, Balanzategui pidió la excedencia en
el ejército.
Cesante ya en su condición de militar, vive
con su esposa y sus suegros en el palacio de
los Escobar de Cembranos, y otras veces en
el palacio Torreblanca, de la ciudad de
León. Fruto de este matrimonio será Rafael
Balanzategui y Escobar.
Era un hombre muy pulcro, con atuendo de
levita y chistera. Se interesó tanto por la
vida histórica y política de León que fue
elegido regidor mayor de la ciudad, y la
reina Isabel II le nombró alcalde en 1857.
Sus gestiones como alcalde fueron de mucha
trascendencia, entre las que se cuentan el
proyecto de ferrocarril Palencia-León, Vigo
y La Coruña. Se repararon las fuentes
públicas, se retuvo en León la Escuela de
Veterinaria, que hubo intento de trasladarla
a Valladolid, se instaló el mercado
municipal en la Plaza del Conde y se
construyó el puente de hierro sobre el río
Bernesga, camino de la estación de la Renfe,
entonces Ferrocarril del Norte. Los faroles
públicos de aceite se cambiaron por
lucecillas de petróleo.
Por dos veces fue alcalde de León, de 1857 a
1859 la primera y de 1867 a 1868 la segunda.
Con el destronamiento de la reina Isabel II
en 1868, las esperanzas carlistas tornaron a
sentirse fuertes y oportunas. En Astorga
mantenían el fuego sagrado del carlismo el
beneficiado de la catedral don Antonio
Milla, el catedrático del seminario,
presbítero don José María Cosgaya y los
curas de varios pueblos maragatos que en
total reunían doscientos hombres. El
canónigo contaba con que se le unieran
varias partidas de carlistas de Omaña. Un
grupo de astorganos bordaba la bandera para
las tropas.
Como Balanzategui ostentaba el señorío de
Villátima, tierra de Templarios, cargó sobre
sus hombros comandar al movimiento
subversivo en León y flanquear las
provincias de Palencia y Santander. La
finalidad táctica era ayudar al movimiento
carlista de Pamplona, para distraer al
gobierno, teniendo que combatir la
insurrección en León, y así se facilitarían
los planes navarros. Las campanas de
Valdeviejas sí sonaron a la hora convenida,
pero la campana María de la catedral de
Astorga, la mayor de la provincia, de 186
centímetros de diámetro de boca, que le da
2600 kilos de peso, no sonó, ni dio
respuesta con su tañido.
El 27 de julio de 1869 don Pedro
Balanzategui, a caballo de brioso alazán con
otros seis compañeros, entre ellos un
sacerdote, llegaban a Las Bodas, cerca de
Boñar, donde se les sumó un grupo de
carlistas. Al día siguiente recibieron otro
gran grupo de correligionarios procedentes
de Boñar, Redipollos, Cofiñal, Vegamián,
Puebla de Lillo y otros pueblos del Proma,
en total un par de centenares.
El grupo subversivo de Pamplona fracasó, el
de Astorga no llegó a iniciarse, porque
fueron apresados sus miembros. Don Pedro
Balanzategui no se enteró de ello, y
quedaron estos montañeses solos entre las
estribaciones de su orografía.
Balanzategui supo de estos fracasos el 3 de
agosto y reunió su gente, les leyó el
documento de la Junta de León y les dejó en
libertad para volver a sus casas y acogerse
al indulto. El gobierno del general Prim
ofrecía indulto a los que se entregaran,
pero fusilaría sin sumario al que se le
capturara con las armas en la mano.
Balanzategui recibió noticias por un
confidente que tres columnas de milicianos
habían salido de la ciudad en su
persecución: una de la Guardia Civil, otra
de Voluntarios de la Libertad con un
escuadrón de lanceros al mando del diputado
republicano don Mariano Álvarez Acebedo, y
una tercera columna de Cazadores de Segorbe
a las órdenes del coronel Colomán,
gobernador militar de la provincia.
Balanzategui contaba con doscientos
militantes y una dotación de cien escopetas,
con veinte cartuchos por escopeta. Como le
acompañaba su hijo Rafael, de 16 años, lo
despachó para León con pliegos para la
Junta.
El día 3 de agosto los sublevados
pernoctaron en Prioro, y no sabían donde se
hallaban las columnas de sus perseguidores.
La idea de Balanzategui era internarse en
Portugal.
El día 4, al mediodía,
cuando estaban distribuyendo el
racionamiento para las tropas, cayeron sobre
ellos los lanceros de don Mariano, y la
columna carlista perdió la mitad de sus
efectivos.
Con un centenar de hombres mal armados
consiguió Balanzategui llegar a Velilla del
Río Carrión, en la montaña palentina, al
caer el crepúsculo vespertino y, por
sorpresa, se presentó la columna de la
Guardia Civil disparando a quemarropa,
salvándose varios carlistas amparados en las
sombras de la noche.
Balanzategui atravesó las filas de la
Guardia Civil a caballo, con otros dos
compañeros a quienes convenció que había que
separarse y huir cada uno a su propio
albedrío, abandonando la aventura. Don Pedro
Balanzategui pasó la noche del día 4 de
agosto bajo el puente medieval de Velilla.
Al amanecer el 5 de agosto de 1869 seguía
Balanzategui entre los matojos bajo el
puente, y sintió pasar el tropel del
escuadrón de la Guardia Civil y, alejado el
peligro, fue campo a través hacia la
estrella de su triste destino.
Se dirigió hacia la villa de Valcobero, a
unos cinco kilómetros de Velilla, a donde
llegó al caer la noche con la idea de
acogerse en la casa del sacerdote don
Lorenzo Martínez, amigo suyo, a cuya lealtad
esperaba encomendar el último rayo de
esperanza para su salvación.
Balanzategui conocía
bien Valcobero y la casa parroquial. Llamó
suavemente a la puerta y don Lorenzo le
reconoció a la luz de la luna. Con gestos
expresivos le indicó el cura que huyera,
pero don Pedro no le entendió. El páter se
desmayó y cayó al suelo. Los ocho guardias
civiles, al mando del sargento Centeno,
salieron al momento y apresaron al carlista,
conduciéndole a un local donde reconoció a
los compañeros de sus huestes que
permanecían apresados.
El sargento Centeno, que había servido a sus
órdenes cuando era alcalde de León, trató
con altivez a Balanzategui y le dijo que le
fusilaría sin formar sumario, aunque le
permitía prepararse cristianamente y
redactar una carta a su esposa, que es un
modelo de cariño, de religiosidad y de
patriotismo. Al amanecer se confesó con el
párroco, se formó el macabro cortejo y
caminaron hacia el camposanto, con todos los
prisioneros, para que les sirviera de
ejemplaridad. Don Pedro se abrazó al
sacerdote y a sus compañeros, se arrodilló,
musitó una oración y una descarga de
fusilería acabó con su vida contra la puerta
del cementerio.
Don Pedro Balanzategui era un hombre de
creencias religiosas, que chocaban con el
krausismo que impregnaba la caracterología
de Prim, y los principios de la Gloriosa
Constitución.
Era un vasco empapado de ese espíritu
vasquista que no se abre al mundo exterior.
No midió bien los medios tan escasos que
tenía en sus manos para enfrentarse desde su
verdad a la otra verdad de los demás. El
clima político no favoreció su idea,
condenada al fracaso por falta de
oportunidad y con poca fuerza material para
imponerla.
Era un hombre honrado, que esclavizó sus
ideas a una meta inalcanzable desde su
pequeña fuerza. Lo veía todo claro a su
favor, pero en realidad no contaba con la
fuerza y el poder de sus contrarios.
La ciudad ha querido
rendir homenaje a este mártir del
tradicionalismo, que tuvo en sus manos la
regiduría de la capital leonesa, y le ha
dedicado una coqueta plaza.
Se halla esta placita en el barrio de Las
Ventas. Está dotada de bancos y árboles y se
adorna con una modernista fuente de
permanentes chorros.
Matías Díez Alonso
publicado en Diario
de León el domingo, 8 de enero de 2006. |