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Uno de los rasgos de
Antonio, ya desde chico, era que no toleraba
que se ofendiera a Dios en su presencia o se
faltara a la caridad para con sus
compañeros. Dice uno de sus amigos:
«Desviaba las conversaciones hábilmente
cuando veía que tomaban un sesgo poco
conveniente». Se conmovía el oír blasfemar y
en varias ocasiones reprendió, con dulzura o
con gran energía, tan desgraciado vicio.
Nunca se lo veía ocioso. Cuando tuvo que
dejar el colegio se dispuso a trabajar para
ayudar a la familia. Entró de meritorio en
la estación de Jerez. Allí tuvo que capear
el temporal de convivencia con hombres en su
mayoría envenenados por doctrinas
disolventes. Poco a poco fue ganando las
simpatías de las personas honradas. Nunca
ocultó sus sentimientos ni creencias, aun a
riesgo de verse ridiculizado u odiado. Con
presiones y algaradas consiguieron los
ferroviarios que sólo pudieran entrar en la
Compañía los hijos de los empleados del
ferrocarril y Antonio se vio despedido. Pero
no se estuvo quieto, y a los pocos días ya
figuraba como escribiente en las bodegas de
don Pedro Simó. Después estuvo en otras dos,
pero casi todas iban cerrando o reduciendo
su plantilla y Antonio conoció lo que es
buscar trabajo una y otra vez.
Desde muy joven Antonio se sentía
«santamente enloquecido por la fiesta de
Cristo Rey, instituida por aquel entonces».
Con 14 ó 15 años proponía a sus amigos ir a
comulgar juntos a San Mateo o alguna otra
parroquia del extrarradio. Si le objetaban
los insultos y pedradas que se exponían a
recibir contestaba tranquilo: «Bueno, ¿y
qué? Algo tenemos que sufrir por Cristo,
¿no?». Y practicaron este testimonio que tan
buenos resultados dio también en otras
ciudades.
SIRVIENDO SU IDEAL.-El año 1931 se inscribió
en un Círculo de la Juventud
Tradicionalista, y con todo el ardor de sus
16 años se dio a trabajar por la gloria de
Dios. Uno de los hermanos que le había
tratado íntimamente declaró: «Era joven que
no conocía el respeto humano». En el Círculo
se planeaban las tareas a realizar:
protección de iglesias y conventos, actos de
propaganda, colocación de carteles
electorales, organización de mítines... En
todas partes se hallaba Antonio, pidiendo
siempre los puestos de mayor responsabilidad
y peligro. En su biografía se cuenten
escenas de auténtico valor.
Muy aficionado a juego y deportes, cuando
los ánimos se caldeaban y subían de tono,
allá estaba Antonio para recomponer la
armonía. No perdía ocasión de ejercer su
celo apostólico. Observaba cómo trabajaban
los socialistas y con qué ánimo sembraban
sus ideas de odio y destrucción en las
mentes de los trabajadores.
Durante todo el tiempo de la República
fueron tomando incremento las ideas
revolucionarias, que proliferaban por su
misma malicia, por la cobardía de muchos y
por el poco apoyo que tuvieron por parte de
la gente de orden aquellos jóvenes que veían
la realidad en todo su crudeza y se lanzaban
a propagar sus ideales afrontando el peligro
de terminar con sus huesos en la cárcel. Y
esto le sucedió a Antonio Molle por haber
repartido hojas de propaganda. Ya en la
prisión, rompió su gozo interior en himnos
al Sagrado Corazón. Se le prohibió cantar y
guardó silencio, pero llenó las paredes de
versos y estrofas. Lo que más sentía era no
poder oír Misa ni comulgar. Rezaba el
Rosario, solo o con otros católicos que por
serlo iban llenando la cárcel. A un
compañero le confesó: «Sufriré los más
grandes tormentos antes que apostatar de mi
Dios».
Un día vio entrar en la cárcel a su hermano
Carlos. Había participado en la defensa del
convento de Santo Domingo. Pensando Antonio
en el sufrimiento de sus padres, propuso al
juez cargar con la condena de los dos. No
fue aceptada la propuesta. Después de un mes
y medio de estar encarcelado, el 16 de mayo,
Antonio fue puesto en libertad. Allí habían
ya conocido las más tremendas profanaciones
eucarísticas e incluso el ataque contra la
imagen de la Patrona de la población, la
Virgen de Villadiego, y otros desastres,
hasta su iglesia saqueada y reducidas a
cenizas sus mejores obras de arte.
El marxismo provocó el enfrentamiento. Se
tenía todo programado para que España fuera
comunista. El Alzamiento militar fue el
último recurso para evitar esta situación.
Los tres hermanos Molle, Carlos, nuestro
Antonio y Manolete se presentaron
voluntarios, con sus 23, 21 y 14 años
respectivamente, en el tercio de requetés de
Jerez. Antonio fue encargado de algunas
misiones difíciles en Jerez, Ubrique,
Sanlúcar y Sevilla. Lloró de pena al ver las
ruinas de San Román, San Marcos, Santa
Marina, San Gil, Omnium Sanctorum. Volvió a
Jerez y el 2 de agosto partió de nuevo para
Sevilla acompañado de otros valerosos
muchachos que formaban el flamante Tercio de
Requetés de Nuestra Señora de la Merced,
Patrona de Jerez. El 6 de agosto, primer
viernes de mes, Antonio comulgó. Parece como
si hubiera presentido su cercana muerte al
despedirse: «Atención a la radio... porque
uno de estos días oiréis hablar de mí».
En Peñaflor, el mismo día 18 de julio, se
lanzaron los marxistas a la calle:
detenciones, asesinatos, incendios, segunda
profanación del hermoso templo parroquial,
que quedó convertido en almacén de víveres
lo que lo salvó de su total destrucción.
Lora del Río y Peñaflor fueron liberadas,
pero se temía una nueva toma de aquellos
pueblos. Se dispuso que 15 requetés y 14
guardias fueran a guarnecer Peñaflor. Molle
estaba entre ellos. La gente de Peñaflor
acogió con vítores de júbilo a los soldados
que venían a protegerlos. Peñaflor
descansaba descuidado, sin pensar que poco
podrían hacer una treintena de hombres en
caso de un ataque numeroso. Y una mañana se
escuchó el grito de alarma que conmovió a la
población. Algunos se fueron al Ayuntamiento
y otros subieron a las azoteas de las casas,
para desde allí repeler la agresión de
varios centenares de marxistas de Palma del
Río que se acercaban amenazadores, unos a
pie, otros a caballo y algunos en camiones.
Se sabe que Antonio estuvo en el convento de
las Hermanas de la Cruz, con intención de
salvarlo. Los asaltantes se dividieron en
grupos para atacar por varios sitios a la
vez. La situación se hacía dificilísima.
Molle, en un intento de sumarse al resto de
los defensores, fue descubierto. Había
terminado las municiones y tenía inutilizado
su fusil. Inerme como estaba, sus
perseguidores se abalanzaron sobre él, le
golpearon con furia y le gritaron: «¡Manos
arriba!». Al pasar por la calle, algunas de
las mujeres encerradas le vieron, desarmado,
con las manos en alto y ferozmente
maltratado.
Hay un testigo excepcional, que (sin duda
providencialmente) presenció lo que después
sucedió. Se trata del jefe de la estación de
Peñaflor, don Ángel de las Heras Morón,
también fichado por católico «peligroso».
Fue atrapado en su casa, donde se había
refugiado con su esposa, su hija y cuatro
nietecitas. Y declara este providencial
testigo: «Al cruzar por una ventana que daba
vistas a la carretera pude ver que, a la
cabeza de un enorme pelotón de marxistas,
enfurecidos y dando voces como energúmenos,
se destacaba una boina roja, impresionándome
bastante por sospechar lo que después pude
confirmar. Una vez en el jardincillo, donde
me pusieron para fusilarme, los increpé,
diciéndoles que sólo eran capaces de matar a
hombres viniendo en piaras, pues lo
demostraba que un solo requeté había
necesitado ser cazado por un pelotón enorme,
después de quedarse sin municiones».
Aquellos hombres estaban ebrios de odio y de
venganza. Uno decía: «Vas a ver la muerte
que damos a ese canalla». Y otro: «A ese
chivatón no lo matamos aquí. Lo vamos a
llevar a Palma del Río y allí, despacio, lo
vamos a atormentar a nuestro gusto».
Cuando ya estaban apuntando con sus fusiles
para acabar con el jefe de la estación, como
movidos por un resorte le abandonaron, para
unirse al grupo que escarnecía a Antonio
Molle. Le rodeaban en siniestro corro en
medio de la carretera, enfrente mismo de la
estación, y no paraban en sus blasfemias y
vituperios. Con intención de acobardarlo,
gritaban al rostro de Molle: «¡Muera España!
¡Viva Rusia!». Pero él respondía a cada
provocación: «¡Viva España! ¡Viva Cristo
Rey!».
Las burlas y las blasfemias continuaban sin
poder domeñar el ánimo de aquel joven
esforzado. Se les ocurrió entonces la idea
de lograr que Antonio apostatara de su fe a
fuerza de tormentos. Quisieron obligarle a
decir: «¡Viva el comunismo!». Y respondía él
con fuerza sobrehumana: «¡Viva Cristo Rey!».
Y uno le cortó la oreja. Volvían a insistir
en que pronunciara una blasfemia. El mártir,
invicto, seguía dando vivas a Cristo Rey y a
España. ¿Cómo iba a blasfemar Antonio, él,
que tanto horror tenía por las blasfemias?
Los verdugos multiplicaban sus ofensas
contra aquel joven desarmado que estaba a su
merced. Le cortaron la otra oreja, le
vaciaron un ojo, le hundieran el otro de un
brutal puñetazo, le llevaron parte de la
nariz de un tajo feroz. Antonio iba
resistiendo con heroica firmeza. Su sangre
corría copiosa. Sus dolores debían ser
horribles. De vez en cuando se le oía decir:
«¡Ay, Dios mío!», y Dios le daba de nuevo
valor para resistir aquella cruenta pasión y
exclamaba con renovados bríos: «¡Viva Cristo
Rey!».
También el doctor Joaquín Suárez, médico de
Peñaflor, testificó corroborando lo
manifestado por el jefe de la estación.
Parecía imposible que un cuerpo tan
maltratado, sangrante y mutilado, tuviera
arrestos suficientes para seguir dando
pruebas de aquella sobrehumana fortaleza. Al
fin uno gritó: «¡Apartarse... que voy a
disparar!». Quedó nuestro Antonio solo, todo
él empapado en sangre. Comprendió que
llegaba su hora gloriosa, la de dar la vida
por Dios y por la Patria. Extendió cuanto
pudo sus brazos en forma de cruz y gritó con
voz clara y potentísima: «¡Viva Cristo
Rey!». Sonó la descarga que le abriría las
puertas del cielo, y su cuerpo agonizante
cayó pesadamente a tierra, con los brazos en
cruz. Al ver los sicarios que aún respiraba,
quisieron rematarle. Lo impidió uno: «No
arrematarle... dejadlo que sufra... ». Era
el 10 de agosto de 1936.
Antonio Molle Lazo es invocado y se
atribuyen a su intercesión grandes favores.
Sus restos descansan en la iglesia de los
PP. Carmelitas Calzados, de Jerez de la
Frontera. Su mausoleo está en una capilla
presidida por Cristo Rey, Nuestra Señora de
las tres Avemarías y la cruz sobre su tumba.
Digamos que la firmeza cristiana de Antonio
Molle procedía de su amor a la Santísima
Virgen. Era terciario carmelita. Y el ímpetu
de Elías se comunicó a este muchacho
realmente esforzado. Y Nuestra Señora del
Carmen, la Reina de las almas unidas con
Dios -Santa Teresa de Jesús, San Juan de la
Cruz- y también la salvadora de todos los
que se acogen a su Escapulario, le comunicó
este amor a Jesucristo más fuerte que la
muerte y esta gallardía totalmente
evangélica. Algún día veremos en los altares
a Antonio Molle Lazo, mártir.
José Vernet Mateu
Oración
¡Oh Jesús amabilísimo! que habéis dicho:
Aquél que me confesare en la tierra yo lo
confesaré delante de Mi Padre Celestial;
glorificad pues, el alma bendita de ANTONIO,
que no se avergonzó de confesar vuestro
Santo Nombre en medio de los más atroces
tormentos, y concedednos a nosotros, por sus
méritos e intercesión, la gracia que ahora
necesitamos. Os lo pedimos para la mayor
honra y gloria de la Santísima Trinidad y
extensión de vuestro reino aquí en la
tierra. Amén.
Petición: Se rezarán tres Padrenuestros,
Avemarías y Gloria a la Santísima Trinidad.
Alocución radiada
del general Queipo de Llano en radio
Sevilla, 12 de agosto de 1936
(…) He de contar
también, aunque espeluzna, para que todo el
mundo civilizado se percate del infame
proceder del marxismo, cómo ha sido muerto
un requeté en Peñaflor. Al entrar en el
pueblo bajo el fuego enemigo, el bravo
muchacho lanzóse a poner a salvo a una mujer
que, con su hijo en brazos, corría inminente
peligro. Logró su humanitario objetivo, pero
herido, cayó a tierra, y en seguida se vio
rodeado de un puñado de infames que trataron
de obligarle a gritar: ¡Abajo España! ¡Viva
el comunismo! Él, inflamado de amor patrio,
exclamó: ¡Viva España! Entonces, le cortaron
una oreja y al verse requerido a gritar
¡Muera la Religión! Replicó con firmeza
sublime ¡Viva Cristo Rey! Aquellas fieras,
no saciadas aún con tanta crueldad, le
cortaron otra oreja y… ¡le sacaron los ojos!
Sobrepuesto a su sufrimiento, el glorioso
soldado mantuvo la santidad de su actitud,
por lo cual le acribillaron a balazos en el
momento en que sus compañeros llegaban a
salvarlo. ¡Honor a este héroe, cuyo nombre
lamento no tener en este momento!
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