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El triunfo del liberalismo permitió que los
depredadores de turno cometieran las mayores
injusticias con muchos trabajadores: jornadas
interminables, salarios insuficientes, carencia de
medidas de seguridad, alojamiento en barracones en
condiciones propias de animales, obligación de
comprar en economatos propiedad de la empresa
géneros de baja calidad y a precios superiores a los
del mercado... Todo eso permitieron los gobiernos de
la monarquía liberal usurpadora a los capitalistas
que la sustentaban.
Pero los carlistas no hablamos de historia. Hablamos
de política actual porque son los grandes principios
que proclamamos los que nos permiten hoy, igual que
hace cien años, una denuncia de las injusticias
cometidas. Aquí o en los países del tercer mundo
cuyos habitantes son hoy en día los verdaderos
"proletarios".
La situación ha mejorado entre nosotros en cuanto a
las condiciones físicas del trabajo, y no ha sido
gracias al marxismo, felizmente fracasado, que
proponía otra forma de explotación todavía más
inhumana: la del hombre por el Estado.
Sin embargo nos enfrentamos a una nueva forma de
explotación.
La sociedad que aspiraron a fundar nuestros mayores
bajo el signo cristiano esperaba mucho más. Los
carlistas que se alzaron contra un gobierno de
tiranos esperaban una sociedad y una política con
libertades y soluciones concretas, con menos
palabrería y más hechos. Salarios justos para una
sociedad justa y digna del ser humano.
Lo llaman neoliberalismo, pero es el liberalismo de
siempre: el que por todos los medios busca el máximo
beneficio para el oportunista y que siempre
considera al hombre como una mercancía más. Hoy
todos los actores del mundo laboral, pero
especialmente los más débiles (jóvenes, inmigrantes,
parados, empresas familiares...) se encuentran sin
ninguna protección. No les protege la ley que se
elabora en parlamentos en los que imperan los
partidos. Porque los partidos deben sus victorias
electorales a los medios que les facilitan ciertos
poderes económicos. No les protege quien lleva el
título de Rey a quien por su oficio le
correspondería defender al débil. No les protegen
los sindicatos, divididos por motivos ideológicos o
por ambiciones de sus dirigentes y reducidos a la
condición de correas de transmisión de los partidos.
Pensamos los carlistas que los sindicatos deben
nacer de los propios trabajadores,
independientemente de los partidos políticos. Que
debe haber una única organización sindical con
amplias competencias en lo laboral, en la formación
profesional y con representación en las Cortes.
Como organización política que somos, no nos
consideramos llamados a establecer otro sindicato
más. A la vista de la situación de indefensión de
tantos, creemos nuestro deber llamar la atención a
los dirigentes de los sindicatos existentes y
decirles que mientras mantengan a los trabajadores
divididos, mientras sigan las consignas de los
partidos, mientras se limiten a hacer demagogia,
están traicionando a quienes dicen representar.
¿No se les ha ocurrido pensar a nuestros dirigentes
sindicales que se está cumpliendo al revés el
mandato de Carlos Marx? ¿Que son los capitalistas de
todo el mundo quienes se han unido mientras ellos
tienen divididos a los obreros?
Esta es la reflexión que proponemos a los
sindicalistas españoles cuando recordamos el
sacrificio de nuestros voluntarios. Hombres del
pueblo que derramaban su sangre por un Rey,
cristiano, en el que personificaban la justicia y la
libertad.
Junta de Gobierno de la Comunión Tradicionalista
Carlista
Madrid, 1 de mayo de 1999 |