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El
pueblo catalán siempre ha sido defensor de sus
fueros y enemigo de centralismos y
“afrancesamientos”. Ello lo demuestra su resistencia
a Felipe V, y sus influencias modernizadoras, por la
que perdió sus fueros en 1714. Igualmente, el pueblo
catalán se alzó en armas contra la revolucionaria
República francesa, en la Guerra Gran, en 1793. Los
catalanes resistieron la invasión napoleónica en la
Guerra de la Independencia y en Cataluña se
constituyó la Regencia de Urgell, durante el trienio
liberal de 1820 a 1823, contra la Constitución de
Cádiz y el modelo de Estado liberal que surgía de
ella. Asimismo el pueblo catalán se volvió a
levantar en armas en la llamada Guerra dels
agraviats o malcontents, en 1827, contra
el liberalismo afrancesado y al grito de “Mori el
mal govern”. Y a este conflicto le sucedieron
tres guerras civiles contra el liberalismo: la
«primera guerra carlista» entre 1833 y 1840; la de
los matiners, de 1846 a 1849; y la «segunda
guerra carlista» de 1872 a 1876.
Durante un siglo, Cataluña se resistió a las
embestidas modernizantes, liberales, y
centralizadoras, reivindicando- con las armas- su
deseo de pervivir en su tradición medieval y
cristiana, que le dio su ser y sentido a su
existencia. El liberalismo representó el espíritu
botifler, o extranjerizante, y fue profundamente
rechazado por nuestros antepasados. Durante un
siglo, Cataluña manifestó, como posiblemente ningún
otro pueblo, su voluntad de ser fiel a sus raíces.
En todas estas manifestaciones de vitalidad no hubo
asomo de reivindicación nacionalista, ni mucho menos
secesionista, antes bien Cataluña manifestó su
profundo amor a las Españas, asumiendo un
protagonismo capdavanter para devolver a
España sus viejas constituciones y fueros. Por ello,
en 1874, el Rey Carlos VII juró devolver al pueblo
catalán los fueros y libertades que nos habían sido
arrebatados. Pero la victoria del carlismo no llegó
y la revolución liberal sumió a España en una
profunda crisis que culminó con el desastre de 1898.
Coincidiendo con la pérdida de Cuba y Filipinas, un
nuevo fenómeno irrumpió en la sociedad catalana: el
nacionalismo. En sus orígenes, aunque bajo
apariencias tradicionales y conservadoras, el
catalanismo portaba la semilla liberal contra la que
habían luchado los catalanes del siglo XIX. Lo que
el liberalismo no había conseguido en los campos de
batalla -derrotar el espíritu tradicional catalán-,
lo consiguió a través del catalanismo. La primera
manifestación política de este nacionalismo fue la
Lliga regionalista. La Lliga representaba a una
“burguesía” sin Estado que quiso “modernizar” España
para su propio provecho. Pero sus políticas
erráticas y estrategias egoístas propiciaron la
caída de la dinastía liberal y abrieron las puertas
al triunfo electoral de Esquerra Republicana de
Catalunya. La llegada de la II República, y su
debilidad intrínseca, permitieron el Estatuto de
1932. Aunque muchos buenos catalanes acogieron ese
Estatuto como una recuperación de las viejas
libertades, la realidad fue otra. El gobierno
autonómico de ERC aprovechó ese nuevo régimen legal
para preparar la disolución de la propia República,
culminando este proceso con la efímera proclamación
del Estat Català en 1934.
Las convulsiones políticas de la República y su
carácter anticristiano nos abocaron a la Guerra
Civil. En Cataluña, la connivencia del catalanismo
con los movimientos revolucionarios llevaron a que
se consumara una de las persecuciones más
sangrientas de nuestra historia. En nombre de
“Cataluña” y bajo la autoridad de la Generalitat,
gobernada por ERC, miles de catalanes murieron
asesinados. Muchos de ellos, verdaderos mártires,
eran catalanes que entroncaban, en sus ideales y
creencias, con aquella Cataluña que se pergeñó en la
Edad Media. Por contra, en nombre de una inexistente
“Cataluña”, el nacionalismo se entregaba a
movimientos internacionalistas y revolucionarios.
Durante la Guerra Civil, el gobierno de la
Generalitat sirvió, como auténtico botifler,
a intereses e ideologías ajenas al sentir catalán.
Mientras, la verdadera Cataluña luchaba en el
Ejército nacional, encuadrada en una unidad
enteramente catalana: el Tercio de Requetés de
Nuestra Señora de Montserrat.
Tras el franquismo, el desconcierto de la transición
democrática y la debilidad de cierta clase política,
permitieron la aprobación del Estatuto de 1979. Este
fue un Estatuto refrendado sin mucho entusiasmo y
con una baja participación por parte de la sociedad
catalana. Tras las primeras elecciones democráticas,
y por el famoso “Pacte del progrés”,
Convergència Democràtica de Catalunya, asumía el
poder. La situación era paradójica: los partidos no
nacionalistas habían obtenido la mayoría de votos,
pero entregaban el poder al nacionalismo. Durante 23
años, el gobierno omnipresente de CiU -sobre todo en
la cultura, los medios y la educación- ha preparado
una nueva generación de votantes nacionalistas. CiU,
cual nueva Lliga, ha abierto las puertas del
protagonismo político a Esquerra Republicana de
Catalunya, transformando así el panorama
político catalán.
Las convulsas elecciones generales de 2004,
mediatizadas por la tragedia de unos oscuros
atentados, han entregado el poder a un gobierno
socialista dispuesto a retomar la España
revolucionaria anterior a la Guerra Civil. El
Estatuto que se propone a refrendo el próximo 18 de
junio sólo puede entenderse desde esta perspectiva
histórica. Este Estatuto es un paso más de un largo
proceso revolucionario cuyo objetivo es destruir
España secesionando y matando Cataluña. Ante ello
los catalanes reafirmamos nuestra voluntad de seguir
siendo catalanes y, por tanto, españoles.
El
texto que se propone representa la instauración,
casi definitiva, de un sistema estatalizante,
centralizador e intervencionista cuya finalidad es
construir una “Nación” que nada tiene que ver con la
verdadera Cataluña. Este Estatuto representa -ni más
ni menos- aquello contra lo que lucharon los
catalanes en 1714. Este Estatuto es fruto del
delirio de una clase política divorciada de la
sociedad catalana. Por eso, ante este proyecto, sólo
cabe afirmar sin desfallecer: ¡Más sociedad y menos
Estado!
Este Estatuto significa, también, un salto
cualitativo en el control educativo y anuncia la
muerte de la educación religiosa. Además, en él, se
entronizan legalmente auténticos males morales como
el aborto, la eutanasia o “nuevos modelos
familiares” que ningún católico puede tolerar. Los
primeros catalanistas quisieron hacer suya la
sentencia de Torras i Bages: “Catalunya serà
cristiana o no serà”. Los catalanistas de hoy
niegan que Cataluña deba ser cristiana. Pero la
muerte pública de nuestra religión derivará
necesariamente en la muerte de la verdadera
Cataluña. Por eso, lanzamos este grito: ¡Cataluña sé
tú misma! ¡Cataluña vuelve a tus raíces!
¡Catalán! Di NO a este Estatuto. Di NO al
centralismo político de la Generalitat, Di NO a la
muerte de Cataluña. ¡Catalanes! Gritad con nuestros
antepasados: “¡Mori el mal govern!”, “Visca els
furs”, “Visca Catalunya espanyola” ¡La Tradició mai
no morirà!
Junta Regional del Principado de Cataluña de la
Comunión Tradicionalista Carlista
Cataluña, 8 de junio de 2006, festividad del Corpus
Christi.
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