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Nuestros deseos de paz y
concordia no se vieron correspondidos. Apenas había
transcurrido un mes y hordas de “incontrolados”,
pero tolerados por el Gobierno, se dedicaron al
incendio de templos en Madrid y otras capitales
españolas. Ante ello, con fecha 20 de mayo del mismo
año, el Rey cursó una instrucción a los Jefes
regionales de la Comunión en la que denunciaba el
origen comunista de los desmanes, encarecía la
necesidad de “agrupar a las fuerzas creyentes
para salvaguardar el tesoro de la fe y de la
religión” y terminaba reiterando a sus
representantes la orden de “completar la
organización” que les había encomendado poco
antes.
Así, los carlistas, después de
haber recibido el nuevo régimen, fueron los primeros
en aprestarse para la nueva contienda que el salvaje
fanatismo de la Revolución hacía inevitable.
Los hechos dieron la razón a
sus previsiones.
Cuando el levantamiento armado
se hizo inevitable, miembros del Ejército
requirieron la colaboración de la Comunión. Las
autoridades de ésta exigieron a los militares la
derogación de todas las leyes que se habían
promulgado contra la Iglesia. Ninguna otra condición
que supusiera aspiraciones partidistas. Conseguido
el compromiso, bajo su responsabilidad, sin implicar
para nada a la Jerarquía de la Iglesia, dieron la
orden del levantamiento, que inmediatamente fue
obedecida por los requetés.
Como heredera de quienes
tomaron tan dura decisión, que tanta sangre carlista
habría de costar, la Comunión Tradicionalista
Carlista (CTC) declara que la Jerarquía no tuvo
ninguna participación en el Alzamiento y protesta
ante las frecuentes manifestaciones de los
falsificadores de la historia, que la involucran en
algo en lo que no participó. El levantamiento fue
gloria nuestra: de nuestro Rey exiliado, del
Príncipe Regente que le auxiliaba, de su Secretario
General y del pueblo carlista que les secundó.
Nos levantamos los carlistas
anteponiendo a toda clase de apetencias políticas
los supremos intereses de la Iglesia. Así el Anciano
Rey D. Alfonso Carlos I, en carta del 25 de julio de
1936, dirigida a su Secretario General, aprobaba las
negociaciones previas al alzamiento y la
movilización de los leales, con las siguientes
palabras:
“En momentos como los actuales
no deben mirarse las cuestiones personales de
partidos, sino tratar de salvar todos juntos la
Religión y la Patria”.
Dentro de los horrores e
injusticias que toda guerra conlleva, brilla la
santidad de los mártires que murieron por no renegar
de su Fe, perdonando a sus enemigos. Muchos de ellos
pertenecieron a nuestra organización política. La
decisión de la Iglesia de elevarlos a los altares
es, a la vez, un indirecto reconocimiento a aquellos
voluntarios que abandonaron sus hogares y hacienda,
para jugarse la vida en aras de lo que más amaban:
la libertad de la Iglesia.
Junta Nacional de gobierno
de la Comunión Tradicionalista Carlista
Madrid, a
día 25 de julio, festividad de Santiago Apóstol,
patrón de la Hispanidad |