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Entre las primeras
figuras del pensamiento o de la política,
hay hombres llamado a participar– como
protagonistas o como inspiradores- en los
grandes hechos de la historia, otros en
cambio, parecen destinados sólo a mantener
el fuego sagrado de un ideal o de una
misión, a transmitir de una a otra
generación la antorcha encendida de la
ilusión de un espíritu. Vázquez de Mella
perteneció claramente a éstos últimos.
A Mella no se le puede
situar en una corriente ideológica porque no
era, en absoluto, lo que hoy se llama
teórico o intelectual. A pesar de su
espíritu sistematizador, su obra fue brote
espontáneo de un impulso creador y, como
toda obra maestra, no exenta de los defectos
inherentes a lo, en cierto modo,
improvisado; pero con la virtud única de lo
que es fruto de la inspiración. Por eso es
imposible asignar a Mella precedentes
científicos; él no poseía, quizá, una
extensa erudición contemporánea. Bebió,
simplemente, en el mejor manantial de las
esencias patrias y, movida su voluntad a la
vez penetrada su inteligencia, supo a un
tiempo cantar poéticamente y exponer
intelectualmente. |
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