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La Real Junta Superior Gubernativa de
Aragón, Valencia y Murcia, a los pueblos de
su mando.
Fieles moradores: una inaudita, atroz y vil
perfidia se ha intentado y verificado en
parte, poniéndose todos los medios posibles
para consumarla. El imitador, no de los
ardides y estatajemas de la guerra que tanto
han ennoblecido a los grandes capitanes de
la antigüedad y modernos, sí de los
perversos designios del conde don Julián, de
execrable memoria, acaba de aparecer en la
horrible escena que, a haber sido dable
llevar a su término, cubriera de luto, de
llanto y enfermedad a la nación española. Un
general colmado de favores ha abusado de la
confianza de nuestro Rey del modo más vil y
ratero. Maroto, infiel a su juramento y a
sus palabras, ha desmentido la proverbial
lealtad española, tan justamente merecida
por los ejemplos de heroicidad de un Miguel
de Bernabé, de un Alonso Pérez de Guzmán, de
un Pérez de Arbe, y de tantos ilustres
varones, que a costa del sacrificio de sus
vidas consiguieron inmortalizar su fama. El
traidor Maroto, en vez de imitar esos
ejemplos cuya gloriosa fama eternizará la
historia, tomó el partido abominable de
vender, correspondieron a sus depravados
intentos. Entregado al oro extranjero, y
confabulado con el cobarde e insidioso
enemigo, infame y astutamente puso a merced
del mismo algunos batallones de su inmediato
mando. Sí, amados pueblos, fieles habitantes
de estas provincias: no os dejéis sorprender
con el aparato de esta turba de satélites de
la depravación y del ateísmo hace publicar
de la soñada paz que ha resonado, en las
provincias del Norte a costa de la más negra
y la más abominable traición, pues todo es
una superchería para prolongar un poco más
de su detestable existencia, y para que
sobre tales elementos los mandarines del
poder revolucionario puedan destruir a sus
mismos contemporáneos, y utilizarse de los
recursos de nuestra cara patria,
extrayéndolos a países remotos y dejándola
pobre y entregada a la desolación y el
llanto. No lo creáis; despreciad esos
papeles sediciosos y detestables que
circulan; todo es una ficción de hechos de
los más exagerados: armaos para
contrarrestar sus falaces argumentos, uníos
con ciega confianza a nuestros invencibles
guerreros y a su inmortal caudillo el
invicto Conde de Morella. Resuene entre
nosotros la penetrante voz de la defensa de
la Religión, de los derechos de nuestro
soberano el Señor Don Carlos V, de nuestra
patria, y la de nuestras caras familias:
renovemos únicamente el voto sacrosanto que
tanto se imprime en el corazón fiel de todo
buen español, y juremos solemnemente morir
una y mil veces, si es posible fuera,
peleando en obsequio de tan sagrados
objetos. Tiempo es ya que demos un
testimonio público de los sentimientos
propios de todo español fiel, y una
demostración de sinceros y eficaces deseos
de que triunfe completamente la causa de la
justicia y de nuestro Rey; este es y debe
ser el voto general, así como lo es el de
estos vocales en prueba inequívoca de los
sentimientos de su corazón; pero si contra
estos sanos y laudables principios, y si
contra esta bien fundada esperanza, algún
malavenido con ellos y con su propia
existencia tratase de dar oídos a las impías
producciones con que procuran alucinar y
sorprender a los incautos los satélites de
la usurpación, o contribuyese activa o
pasivamente a fomentar la desconfianza, será
perseguido eficazmente, y la espada de la
justicia caerá inexorable contra el que la
provoque.
Mirambel, 14 de septiembre de 1839. El
presidente interino, Jaime Mur. El barón de
Terrateig. Antonio de Bocos Bustamante.
Miguel Abarca. Antonio Santapau. Rafael
Ibáñez de Ibáñez. Dr. D. Gaspar Gallart. El
vocal secretario, Dr. Don Ramón Plana.
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