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Españoles:
La nueva situación en
que me coloca la renuncia de los derechos a
la corona de España, que en mi favor se ha
dignado hacer mi augusto padre, me impone el
deber de dirigiros la palabra; mas no
creáis, españoles, que me propongo arrojar
entre vosotros una tea de discordia. Basta
de sangre y de lágrimas. Mi corazón se
oprime al solo recuerdo de las pasadas
catástrofes, y se estremece con la idea de
que se pudieran reproducir.
Los sucesos de los años
anteriores habrán dejado quizá en el ánimo
de algunos, prevenciones contra mí,
creyéndome deseoso de vengar agravios. En mi
pecho no caben tales sentimientos. Si algún
día la divina providencia me abre de nuevo
las puertas de mi patria, para mí no habrá
partidos, no habrá más que españoles.
Durante los vaivenes de
la revolución se han realizado mudanzas
trascendentales en la organización social y
política de España; algunas de ellas las he
deplorado ciertamente como cumple a un
príncipe religioso y español; pero se
engañan los que me consideran ignorante de
la verdadera situación de las cosas y con
designios de intentar lo imposible. Sé muy
bien que el mejor medio de evitar la
repetición de las revoluciones no es
empeñarse en destruir cuanto ellas han
levantado, ni en levantar todo lo que ellas
han destruido. Justicia sin violencias,
reparación sin reacciones, prudente y
equitativa transacción entre todos los
intereses, aprovechar lo mucho bueno que nos
legaron nuestros mayores sin contrarrestar
el espíritu de la época en lo que encierre
de saludable. He aquí mi política.
Hay en la familia real
una cuestión que, nacida a fines del reinado
de mi augusto tío el señor don Fernando VII
(que santa gloria goza), provocó la guerra
civil. Yo no puedo olvidarme de la dignidad
de mi persona, y de los intereses de mi
augusta familia; pero desde luego os
aseguro, españoles, que no dependerá de mí
si esta división que lamento no se termina
para siempre. No hay sacrificio compatible
con mi decoro y mi conciencia a que no me
halle dispuesto para dar fin a las
discordias civiles y acelerar la
reconciliación de la real familia.
Os hablo, españoles,
con todas las veras de mi corazón: no deseo
presentarme entre vosotros apellidando
guerra, sino paz. Sería para mí altamente
doloroso el verme jamás precisado a
desviarme de esta línea de conducta. En todo
caso, cuento con vuestra cordura, con
vuestro amor a la real familia y con el
auxilio de la Providencia.
Si el cielo me otorga
la dicha de pisar de nuevo el suelo de mi
patria, no quiero más escudo que vuestra
lealtad y vuestro amor; no quiero abrigar
otro pensamiento que el de consagrar toda mi
vida a borrar hasta la memoria de las
discordias pasadas y a fomentar vuestra
unión, prosperidad y ventura; lo que no me
será difícil, si, como espero, ayudáis mis
ardientes deseos con las prendas propias de
vuestro carácter nacional, con vuestro amor
y respeto a la santa religión de nuestros
padres, y con aquella magnanimidad con que
fuisteis pródigos de la vida cuando no era
posible conservarla sin mancilla.
Carlos Luis
Bourges 23 de mayo de 1845 |