martes, 26 de diciembre de 2006

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22 y 23 de octubre de 2005. Especiales. VIII Foro Alfonso Carlos I. El sistema es el problema. Ponencia oficial

VIII FORO ALFONSO CARLOS I

 

El sistema es el problema

 

 

Madrid, 22 y 23 de octubre de 2005. Hotel Gran Versalles. Calle Covarrubias, 5. 28010. Madrid

   

Razones para una alternativa: El Sistema es el problema
 

Justificación de las alternativas carlistas de revisión constitucional.



1.-Respuestas insuficientes a la crisis de civilización.

Los españoles, como las restantes sociedades del mundo “desarrollado”, nos enfrentamos a la paradoja de padecer e ignorar al mismo tiempo una tremenda crisis de civilización. Algunos aspectos de esta crisis no pueden ignorarse: el terrorismo, la inseguridad ciudadana, la vaciedad de la clase política o la fragilidad de la economía, son demasiado evidentes para dejar de inquietar a la población.
El peligro que corren nuestros hijos en una calle que debiera ser segura, o en una escuela que debiera ser educadora, no puede evitarse por un aislamiento egoísta que nos desentienda de los problemas sociales. Se teme, con razón, que estos males acabarán afectando a todos.
Sin embargo, la cultura oficial -aquella del liberalismo dominante- impone un diagnóstico superficial. Se admite la existencia de estos problemas, pero únicamente como producto de errores aislados, o de una determinada política.
Se habla de las “excentricidades” de Zapatero (Zaplana y Acebes) o de su “sectarismo” (Aznar), o de su “cerrazón al diálogo” (Hazte-Oir), pero se evita cuidadosamente -también en algunos medios católicos- que el ciudadano aturdido se cuestione la validez del propio sistema.
Solo una pequeña minoría advierte el abismo en el que se precipita la sociedad, porque solo una pequeña minoría -aquella que resiste la abrumadora presión manipuladora audiovisual- es capaz de medir la gravedad de las agresiones que destruyen la estructura social.
Al ciudadano medio se le oculta, por ejemplo, el significado último de la norma que faculta el “matrimonio” homosexual, e incluso se le consuela informándole de que muy pocas parejas se han acogido a esa “ley”: Se ignora frívolamente su utilización para cuestionar y erradicar la moral cristiana.
(Mientras tanto, una joven profesora -de un centro religioso concertado- que osó citar un texto teológico sobre ese tema en clase (singularmente moderado, además), se ve acosada por la inspección pública con una saña claramente disuasoria, dirigida al conjunto del estamento docente. Y no se aprecian reacciones solidarias con la aludida por parte de las organizaciones católicas implicadas en la enseñanza). (Y como este otros tantos ejemplos en temas como el divorcio, el aborto, la eutanasia, etc.)
Como si la imposición de la homosexualidad como “opción” natural y válida en las escuelas no afectase al núcleo mismo de la civilización. Y lo mismo con la utilización “científica” de la vida; el aborto convertido en auténtico genocidio (un millón de víctimas en España desde 1985); la destrucción de la familia por el divorcio y la negación práctica del derecho natural de los padres; y otras prácticas infrahumanas que adquieren rápidamente carta de ciudadanía.

Las quiebras más definitivas de la moral social se producen y se consolidan sin encontrar otra resistencia que las protestas circunstanciales. Se manifiesta así el equívoco de fondo que hace inevitable coexistir con estas aberraciones, aplicándoles en todo caso remedios puntuales. Sin contemplar nunca el horizonte de una restauración efectiva del bien común y de la justicia, quizá porque ese horizonte ofende los mitos de la cultura dominante.
Este equívoco impera sobre muchas conciencias invirtiendo en la práctica su escala de valores: el credo político moderno, la democracia, es el único valor indiscutido e indiscutible. Y, por lo tanto, todo, incluido el bien y el mal, está sometido al veredicto del número, no solo a la hora de establecer las normas -cuando podría ser prudente e incluso aconsejable contar los criterios- sino, por desgracia, en el proceso mismo que reivindica la verdad y rebate el error.
Se intenta competir con el mundo en la exhibición de cifras de adhesión y multitudes, olvidando la eficacia taumatúrgica de la verdad, con independencia del número. Se teme y se relega el argumento de autoridad, quizá porque el concepto mismo de autoridad, en todos los ámbitos, ha sido proscrito.

Conviene meditar de nuevo, libres de prejuicios positivistas, el hecho incuestionable de que leyes inhumanas obtengan hoy refrendos y consensos mayoritarios en muchas sociedades. Que el mal exhiba descarado sus “derechos” con el aplauso de las masas.
Esta realidad invita a descubrir el signo de los mecanismos actuales de comunicación y de cuantos factores deforman la cultura. La corrupción de la libertad exige revisar nociones teológicas y antropológicas influidas de modernismo.

Desde el tradicionalismo carlista invitamos a esta meditación con la seguridad que nos otorga ver confirmadas las razones de nuestra disidencia histórica, sabiendo perfectamente que el sistema es el problema. Pero lo hacemos con humildad, tratando de ceñirnos en todo momento a la caridad que inspira la conducta de la Iglesia hacia el mundo post-moderno.



2.-El fondo religioso del problema y la subsistencia providencial del tradicionalismo español.

Sabemos bien que el problema del sistema no puede solventarse mediante una mera revisión de su constitución formal.
El mal de la cultura contemporánea es tan profundo que apenas podría vencerse con un cambio radical de filosofía, porque para erradicar el veneno inoculado desde la llamada Ilustración es necesario mucho más. Es necesario recuperar la autenticidad cristiana del pensamiento y del comportamiento.
Salta a la vista que dicha recuperación, que implica una profunda transformación de los corazones, se sitúa en una dimensión espiritual que escapa a la política.
Es la Iglesia Católica pues, como cuerpo vivo dirigido por el Papa y los sucesores de los apóstoles, la que tiene en sus manos la llave que conduce a una verdadera superación de la actual crisis de civilización.

La C.T.C. ha hecho constar públicamente su respaldo filial e identificación con las pautas marcadas por los últimos Papas, especialmente por Juan Pablo II, que prestan una atención prioritaria al acontecimiento religioso esencial: el acercamiento de los hombres a Cristo y su santificación. “Creemos que este fortalecimiento religioso es absolutamente providencial, aunque somos conscientes de que ha estado acompañado por el diálogo con la modernidad y por la participación en la cultura democrática” -decíamos entonces-.
Y ahora, cuando ese diálogo y esta participación tienen que afrontar su verdadera dificultad -cuando es fácil comprender el signo (antiteo) que preside la deriva de la cultura dominante- la C.T.C. ratifica ese respaldo filial y aquella absoluta identificación.
No solo por espíritu de obediencia a Roma y de confianza en el Vicario de Cristo. Además, por convencimiento de que - al buscar la autenticidad religiosa y asegurar la supremacía de la Gracia y de la vida interior - la Iglesia realiza una función determinante también para la transformación de las estructuras sociales.
Nosotros quisiéramos demostrar en toda ocasión dicha adhesión, con el tratamiento dado a los problemas temporales y políticos que, siendo también parte corporativa de la Iglesia, nos incumben más directamente.

La Comunión Tradicionalista tiene como cometido principal transmitir y tratar de llevar a la práctica el legado de la Monarquía Católica. Aquel legado de autoridad, libertad y justicia, destruido precisamente por la llamada Ilustración a la que justamente se atribuye la presente crisis de civilización. Nadie puede extrañarse pues de que, al tiempo que aplaudimos y secundamos de corazón el orden de prioridades de la Iglesia, pongamos de relieve con realismo las dificultades y límites que tiene la coexistencia práctica con la cultura política postmoderna: alertando especialmente sobre el riesgo que implica cualquier contagio acrítico en temas complejos de sociología cultural o de juicio histórico. E igualmente en temas aparentemente más simples, como la asimilación cotidiana por el pueblo cristiano de mitos e ídolos de la modernidad.
Ciertamente, no podemos pretender estar libres de toda influencia neopagana, porque esta Comunión la forman hombres y mujeres de carne y hueso, como todos los demás hijos de la Iglesia. Pero sí podemos manifestar que los principios y las pautas fundamentales del orden político cristiano han tenido cobijo en nuestro seno, generación tras generación, hasta esta hora decisiva.
 


3.- Unas alternativas para que la sociedad reflexione.

El objetivo final de la Comunión Tradicionalista no es otro que la consecución plena del orden social. El imperio del bien común. Aquella situación -hoy casi inimaginable- en la que las estructuras políticas favorecen y ayudan la vocación del hombre. Todo ello en la medida en que es posible en este mundo con auxilio de la Gracia.
No perseguimos una utopía sino el bien posible, deseable y necesario, que es mucho mayor que el que admite una sociedad resignada a coexistir con el crimen y la injusticia.
Es evidente que este objetivo implica una revisión radical de la herencia política ilustrada, y en general de todo el racionalismo político: una “revolucionaria” sustitución del derecho nuevo por normas directamente deudoras de la sociabilidad natural. Inspiradas por la sabiduría evangélica, que perfecciona y sublima los mejores logros de organización humana.
Pero esto no significa el retorno al punto de partida, allí donde quedó truncado por las revoluciones liberales. Ni siquiera la aplicación brusca de todos los principios salvaguardados por el carlismo o de la experiencia doctrinal acumulada por éste. Estos principios y esta doctrina son, eso sí, los puntos de referencia que guían nuestra acción e inspiran las medidas deseables en cada caso.
Una sociedad desvertebrada no se reconstruye en un instante, ni por decreto. Aun contando con una previa restauración de las conciencias que permitiese impulsar la renovación -y que sería (¡será!) milagrosa en el sentido literal del término- la sustitución de toda una cultura política no es cosa de un día, ni de un año, ni siquiera de una generación.
Los principios esenciales que expresan el ser de la patria no pueden encerrarse en la síntesis de unos artículos “permanentes e inalterables”, porque es el conjunto orgánico e histórico de la sociedad quien les da vida o los sentencia.
Pero la convivencia diaria exige gobierno y el gobierno necesita de la norma. Por eso las naciones se ven obligadas a improvisar en momentos críticos de su historia.
Es cuestión de sencilla supervivencia tratar de que esas improvisaciones pretenciosas que son las constituciones liberales no ahoguen por completo el ser de España.
En este sentido, presentar desde el carlismo unas sugerencias para el debate de reforma constitucional, no es un brindis al sol, ni un ejercicio inútil de ingenuidad política, sino una llamada al contraste: para que se aprecie la diferencia entre las fórmulas encorsetadas del Sistema y las ideas que nacen de la experiencia histórica española. Y del sentido común…

La CTC es consciente de que, incluso con este punto de partida caritativo -adoptar como hipótesis de trabajo la ficción racionalista de que un código puede dar forma a un estado- la distancia entre sus sugerencias y la corrección política del sistema es insalvable. -¿Entonces por qué las hacen?- se preguntarán algunos. Las hacemos porque somos humildes. Las hacemos porque somos más que ambiciosos: somos providencialistas.
Las hacemos porque nos basta con que muevan a la reflexión de un solo español consciente. Las hacemos para que algunos católicos confundidos comiencen a ver la distancia que existe entre el mal vigente y el bien posible. Las hacemos, en suma, para que las mejores voluntades, todavía dispersas, sepan donde alumbra el pequeño candil que mañana será gran faro.

Tras esta iniciativa de la CTC hay, sobre todo, una voluntad de servicio al pueblo español. Ese pueblo que, en su gran mayoría, no llegará a conocer nuestras sugerencias, silenciadas por la mordaza informativa.
Ideas destinadas, sin pretenderlo, a la atención de un círculo relativamente minoritario. Pero el servicio se presta iluminando varias conciencias que pueden, con la ayuda de Dios, llegar a comprender que se acerca la hora del compromiso.
Es preciso sacudir el egoísmo y la inhibición en la minoría que aun tiene espíritu.
La fuerza, la resolución y el futuro, no están en el número ni en el dominio de los medios materiales. Tampoco en la aparente eficacia de métodos y estilos tomados de una cultura política sin alma. Están, y estarán cada día más, en la esgrima de la verdad completa, afilada y sin otras concesiones que las que exige la caridad verdadera.
Por eso las alternativas que ofrece la CTC son parte de un hacer lo que se debe hacer, dejando la cosecha en manos de Dios.

Los carlistas, cuando afirmamos que el Sagrado Corazón de Jesús es dueño de la Historia, dispone de ella y puede cambiar su curso en un instante, no hacemos retórica piadosa, sino que verdaderamente así lo creemos. También creemos que los instrumentos que el Señor utiliza no se miden por su tamaño, sino por su disponibilidad y por la conciencia humilde de su humana impotencia.


Madrid, 16 de Septiembre del 2005

 

 

 

 

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