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Razones para una alternativa: El Sistema es
el problema
Justificación de las alternativas carlistas
de revisión constitucional.
1.-Respuestas insuficientes a la crisis
de civilización.
Los españoles, como las restantes sociedades
del mundo “desarrollado”, nos enfrentamos a
la paradoja de padecer e ignorar al mismo
tiempo una tremenda crisis de civilización.
Algunos aspectos de esta crisis no pueden
ignorarse: el terrorismo, la inseguridad
ciudadana, la vaciedad de la clase política
o la fragilidad de la economía, son
demasiado evidentes para dejar de inquietar
a la población.
El peligro que corren nuestros hijos en una
calle que debiera ser segura, o en una
escuela que debiera ser educadora, no puede
evitarse por un aislamiento egoísta que nos
desentienda de los problemas sociales. Se
teme, con razón, que estos males acabarán
afectando a todos.
Sin embargo, la cultura oficial -aquella del
liberalismo dominante- impone un diagnóstico
superficial. Se admite la existencia de
estos problemas, pero únicamente como
producto de errores aislados, o de una
determinada política.
Se habla de las “excentricidades” de
Zapatero (Zaplana y Acebes) o de su
“sectarismo” (Aznar), o de su “cerrazón al
diálogo” (Hazte-Oir), pero se evita
cuidadosamente -también en algunos medios
católicos- que el ciudadano aturdido se
cuestione la validez del propio sistema.
Solo una pequeña minoría advierte el abismo
en el que se precipita la sociedad, porque
solo una pequeña minoría -aquella que
resiste la abrumadora presión manipuladora
audiovisual- es capaz de medir la gravedad
de las agresiones que destruyen la
estructura social.
Al ciudadano medio se le oculta, por
ejemplo, el significado último de la norma
que faculta el “matrimonio” homosexual, e
incluso se le consuela informándole de que
muy pocas parejas se han acogido a esa
“ley”: Se ignora frívolamente su utilización
para cuestionar y erradicar la moral
cristiana.
(Mientras tanto, una joven profesora -de un
centro religioso concertado- que osó citar
un texto teológico sobre ese tema en clase
(singularmente moderado, además), se ve
acosada por la inspección pública con una
saña claramente disuasoria, dirigida al
conjunto del estamento docente. Y no se
aprecian reacciones solidarias con la
aludida por parte de las organizaciones
católicas implicadas en la enseñanza). (Y
como este otros tantos ejemplos en temas
como el divorcio, el aborto, la eutanasia,
etc.)
Como si la imposición de la homosexualidad
como “opción” natural y válida en las
escuelas no afectase al núcleo mismo de la
civilización. Y lo mismo con la utilización
“científica” de la vida; el aborto
convertido en auténtico genocidio (un millón
de víctimas en España desde 1985); la
destrucción de la familia por el divorcio y
la negación práctica del derecho natural de
los padres; y otras prácticas infrahumanas
que adquieren rápidamente carta de
ciudadanía.
Las quiebras más definitivas de la moral
social se producen y se consolidan sin
encontrar otra resistencia que las protestas
circunstanciales. Se manifiesta así el
equívoco de fondo que hace inevitable
coexistir con estas aberraciones,
aplicándoles en todo caso remedios
puntuales. Sin contemplar nunca el horizonte
de una restauración efectiva del bien común
y de la justicia, quizá porque ese horizonte
ofende los mitos de la cultura dominante.
Este equívoco impera sobre muchas
conciencias invirtiendo en la práctica su
escala de valores: el credo político
moderno, la democracia, es el único valor
indiscutido e indiscutible. Y, por lo tanto,
todo, incluido el bien y el mal, está
sometido al veredicto del número, no solo a
la hora de establecer las normas -cuando
podría ser prudente e incluso aconsejable
contar los criterios- sino, por desgracia,
en el proceso mismo que reivindica la verdad
y rebate el error.
Se intenta competir con el mundo en la
exhibición de cifras de adhesión y
multitudes, olvidando la eficacia
taumatúrgica de la verdad, con independencia
del número. Se teme y se relega el argumento
de autoridad, quizá porque el concepto mismo
de autoridad, en todos los ámbitos, ha sido
proscrito.
Conviene meditar de nuevo, libres de
prejuicios positivistas, el hecho
incuestionable de que leyes inhumanas
obtengan hoy refrendos y consensos
mayoritarios en muchas sociedades. Que el
mal exhiba descarado sus “derechos” con el
aplauso de las masas.
Esta realidad invita a descubrir el signo de
los mecanismos actuales de comunicación y de
cuantos factores deforman la cultura. La
corrupción de la libertad exige revisar
nociones teológicas y antropológicas
influidas de modernismo.
Desde el tradicionalismo carlista invitamos
a esta meditación con la seguridad que nos
otorga ver confirmadas las razones de
nuestra disidencia histórica, sabiendo
perfectamente que el sistema es el problema.
Pero lo hacemos con humildad, tratando de
ceñirnos en todo momento a la caridad que
inspira la conducta de la Iglesia hacia el
mundo post-moderno.
2.-El fondo religioso del problema y la
subsistencia providencial del
tradicionalismo español.
Sabemos bien que el problema del sistema no
puede solventarse mediante una mera revisión
de su constitución formal.
El mal de la cultura contemporánea es tan
profundo que apenas podría vencerse con un
cambio radical de filosofía, porque para
erradicar el veneno inoculado desde la
llamada Ilustración es necesario mucho más.
Es necesario recuperar la autenticidad
cristiana del pensamiento y del
comportamiento.
Salta a la vista que dicha recuperación, que
implica una profunda transformación de los
corazones, se sitúa en una dimensión
espiritual que escapa a la política.
Es la Iglesia Católica pues, como cuerpo
vivo dirigido por el Papa y los sucesores de
los apóstoles, la que tiene en sus manos la
llave que conduce a una verdadera superación
de la actual crisis de civilización.
La C.T.C. ha hecho constar públicamente su
respaldo filial e identificación con las
pautas marcadas por los últimos Papas,
especialmente por Juan Pablo II, que prestan
una atención prioritaria al acontecimiento
religioso esencial: el acercamiento de los
hombres a Cristo y su santificación.
“Creemos que este fortalecimiento religioso
es absolutamente providencial, aunque somos
conscientes de que ha estado acompañado por
el diálogo con la modernidad y por la
participación en la cultura democrática”
-decíamos entonces-.
Y ahora, cuando ese diálogo y esta
participación tienen que afrontar su
verdadera dificultad -cuando es fácil
comprender el signo (antiteo) que preside la
deriva de la cultura dominante- la C.T.C.
ratifica ese respaldo filial y aquella
absoluta identificación.
No solo por espíritu de obediencia a Roma y
de confianza en el Vicario de Cristo.
Además, por convencimiento de que - al
buscar la autenticidad religiosa y asegurar
la supremacía de la Gracia y de la vida
interior - la Iglesia realiza una función
determinante también para la transformación
de las estructuras sociales.
Nosotros quisiéramos demostrar en toda
ocasión dicha adhesión, con el tratamiento
dado a los problemas temporales y políticos
que, siendo también parte corporativa de la
Iglesia, nos incumben más directamente.
La Comunión Tradicionalista tiene como
cometido principal transmitir y tratar de
llevar a la práctica el legado de la
Monarquía Católica. Aquel legado de
autoridad, libertad y justicia, destruido
precisamente por la llamada Ilustración a la
que justamente se atribuye la presente
crisis de civilización. Nadie puede
extrañarse pues de que, al tiempo que
aplaudimos y secundamos de corazón el orden
de prioridades de la Iglesia, pongamos de
relieve con realismo las dificultades y
límites que tiene la coexistencia práctica
con la cultura política postmoderna:
alertando especialmente sobre el riesgo que
implica cualquier contagio acrítico en temas
complejos de sociología cultural o de juicio
histórico. E igualmente en temas
aparentemente más simples, como la
asimilación cotidiana por el pueblo
cristiano de mitos e ídolos de la
modernidad.
Ciertamente, no podemos pretender estar
libres de toda influencia neopagana, porque
esta Comunión la forman hombres y mujeres de
carne y hueso, como todos los demás hijos de
la Iglesia. Pero sí podemos manifestar que
los principios y las pautas fundamentales
del orden político cristiano han tenido
cobijo en nuestro seno, generación tras
generación, hasta esta hora decisiva.
3.- Unas alternativas para que la
sociedad reflexione.
El objetivo final de la Comunión
Tradicionalista no es otro que la
consecución plena del orden social. El
imperio del bien común. Aquella situación
-hoy casi inimaginable- en la que las
estructuras políticas favorecen y ayudan la
vocación del hombre. Todo ello en la medida
en que es posible en este mundo con auxilio
de la Gracia.
No perseguimos una utopía sino el bien
posible, deseable y necesario, que es mucho
mayor que el que admite una sociedad
resignada a coexistir con el crimen y la
injusticia.
Es evidente que este objetivo implica una
revisión radical de la herencia política
ilustrada, y en general de todo el
racionalismo político: una “revolucionaria”
sustitución del derecho nuevo por normas
directamente deudoras de la sociabilidad
natural. Inspiradas por la sabiduría
evangélica, que perfecciona y sublima los
mejores logros de organización humana.
Pero esto no significa el retorno al punto
de partida, allí donde quedó truncado por
las revoluciones liberales. Ni siquiera la
aplicación brusca de todos los principios
salvaguardados por el carlismo o de la
experiencia doctrinal acumulada por éste.
Estos principios y esta doctrina son, eso
sí, los puntos de referencia que guían
nuestra acción e inspiran las medidas
deseables en cada caso.
Una sociedad desvertebrada no se reconstruye
en un instante, ni por decreto. Aun contando
con una previa restauración de las
conciencias que permitiese impulsar la
renovación -y que sería (¡será!) milagrosa
en el sentido literal del término- la
sustitución de toda una cultura política no
es cosa de un día, ni de un año, ni siquiera
de una generación.
Los principios esenciales que expresan el
ser de la patria no pueden encerrarse en la
síntesis de unos artículos “permanentes e
inalterables”, porque es el conjunto
orgánico e histórico de la sociedad quien
les da vida o los sentencia.
Pero la convivencia diaria exige gobierno y
el gobierno necesita de la norma. Por eso
las naciones se ven obligadas a improvisar
en momentos críticos de su historia.
Es cuestión de sencilla supervivencia tratar
de que esas improvisaciones pretenciosas que
son las constituciones liberales no ahoguen
por completo el ser de España.
En este sentido, presentar desde el carlismo
unas sugerencias para el debate de reforma
constitucional, no es un brindis al sol, ni
un ejercicio inútil de ingenuidad política,
sino una llamada al contraste: para que se
aprecie la diferencia entre las fórmulas
encorsetadas del Sistema y las ideas que
nacen de la experiencia histórica española.
Y del sentido común…
La CTC es consciente de que, incluso con
este punto de partida caritativo -adoptar
como hipótesis de trabajo la ficción
racionalista de que un código puede dar
forma a un estado- la distancia entre sus
sugerencias y la corrección política del
sistema es insalvable. -¿Entonces por qué
las hacen?- se preguntarán algunos. Las
hacemos porque somos humildes. Las hacemos
porque somos más que ambiciosos: somos
providencialistas.
Las hacemos porque nos basta con que muevan
a la reflexión de un solo español
consciente. Las hacemos para que algunos
católicos confundidos comiencen a ver la
distancia que existe entre el mal vigente y
el bien posible. Las hacemos, en suma, para
que las mejores voluntades, todavía
dispersas, sepan donde alumbra el pequeño
candil que mañana será gran faro.
Tras esta iniciativa de la CTC hay, sobre
todo, una voluntad de servicio al pueblo
español. Ese pueblo que, en su gran mayoría,
no llegará a conocer nuestras sugerencias,
silenciadas por la mordaza informativa.
Ideas destinadas, sin pretenderlo, a la
atención de un círculo relativamente
minoritario. Pero el servicio se presta
iluminando varias conciencias que pueden,
con la ayuda de Dios, llegar a comprender
que se acerca la hora del compromiso.
Es preciso sacudir el egoísmo y la
inhibición en la minoría que aun tiene
espíritu.
La fuerza, la resolución y el futuro, no
están en el número ni en el dominio de los
medios materiales. Tampoco en la aparente
eficacia de métodos y estilos tomados de una
cultura política sin alma. Están, y estarán
cada día más, en la esgrima de la verdad
completa, afilada y sin otras concesiones
que las que exige la caridad verdadera.
Por eso las alternativas que ofrece la CTC
son parte de un hacer lo que se debe hacer,
dejando la cosecha en manos de Dios.
Los carlistas, cuando afirmamos que el
Sagrado Corazón de Jesús es dueño de la
Historia, dispone de ella y puede cambiar su
curso en un instante, no hacemos retórica
piadosa, sino que verdaderamente así lo
creemos. También creemos que los
instrumentos que el Señor utiliza no se
miden por su tamaño, sino por su
disponibilidad y por la conciencia humilde
de su humana impotencia.
Madrid, 16 de Septiembre del 2005 |