sábado, 23 de diciembre de 2006

Dios.Patria.Fueros.Rey Legítimo 

 

 Índice

 

 Círculos carlistas

 C. C Aparisi y Guijarro

 C. C. C. San Miguel

 C. C. La Lealtad

 

 Secretaría de prensa

 Comunicados

 Noticias

 Notas de prensa

 Especiales

 

 Opinión

 Política

 Bióetica y moral

 El rincón de Federico

 

 El carlismo

 Artículos de historia

 Pensamiento   tradicionalista

 Documentos históricos del carlismo

 Monografías

 Biografías

 Archivo histórico carlista

 

 Jóvens carlistes

 

 Crítica literaria

 

 Extras

 Himnos y canciones

 El carlismo en tu PC

 

 Prensa carlista

 Boletín Reino de Valencia

 Ahora Información

 

 Enlaces

 Comunión Tradicionalista Carlista

 Cruz de Borgoña

 

 Bazar carlista

 

 

 

 

 

 

abril de 2005. Especiales. In memoriam Johannes Paulus II. Crónica romana. por José Javier Esparza

I. Crónica romana: los peregrinos

Son las cinco de la mañana y la Piazza Risorgimento parece tomada por las masas: mire uno donde mire, sólo ve muchedumbres, ora grupos compactos, ora familias con niños, ora religiosos solitarios como eremitas en una selva urbana. Algunos llevan banderas; otros, guitarras; otros, sólo a sí mismos. Las masas se acercan a la vieja muralla vaticana dispuestas a asaltar la Sede de Pedro: van a venerar el cadáver de quien ha sido su último avatar –hasta que el Espíritu Santo disponga otra cosa.

Aún no ha amanecido y el frío nocturno de Roma, húmedo de Tíber, se te mete en los huesos mientras caminas, junto a columnas interminables de personas anónimas, hacia la Via della Conciliazione. A esta hora, la cola, la ingente aglomeración de peregrinos, es algo menor y uno puede ver al Papa en cuatro horas, tres y media si hay suerte. Nos lo han dicho las monjas (las monjas romanas lo saben todo, desde siempre) y es verdad: la noche anterior, a eso de las diez, la muchedumbre era tan numerosa que la cola se perdía entre las callejas vaticanas, viejas de historia, salpicadas estos días de tenderetes con comida, urinarios públicos y policía, y el peregrino ni siquiera alcanzaba a ver la Basílica de San Pedro; ahora, sin embargo, ahí está la basílica, majestuosa, levantando la cabeza coronada bajo el amanecer y abriendo hacia los fieles aquellos portentosos brazos de columnas que imaginó Bernini. La multitud es extraordinaria, pero al menos se ve la Basílica, la gran puerta abierta, la gente desfilando. Y los servicios vaticanos, previsores, han colocado en la calle grandes pantallas que te muestran la imagen del continuo flujo de fieles ante el cuerpo sin vida de Juan Pablo II; esas imágenes ayudan a esperar: tarde o temprano, te tocará a ti –las dos cosas: despedir al muerto y, a tu vez, morir.

Las masas son masas en todas partes. Aquí, sin embargo, se comportan de otra manera: hay mucho silencio, hay mucho respeto, también hay una pena tibia y suave; hay una atmósfera como de gran cita familiar, como de despedida entrañable y serena a un anciano de la casa. Hay peregrinos polacos que, en un italiano espantoso, cuentan su peripecia a otros peregrinos españoles, los cuales, a su vez, explican también cómo han llegado hasta allí (se lo explican en español: los polacos no entienden nada). Hay monjas centroamericanas, hay frailes de largas barbas, hay parejas maduras, hay padres jóvenes con niños dormidos en los brazos. Por todas partes la misma historia: muchas horas de carretera y automóvil, esa emoción profunda y resignada del duelo familiar, el albergue improvisado (“Dios proveerá” –y, efectivamente, provee), el eterno caos de la Roma eterna, la sola certidumbre de que merece la pena. Entre la muchedumbre, grupos parroquiales rezan con su cura a la cabeza. Hay muchos jóvenes de mochila y saco, y hay también otros que cantan sin parar. Abajo, donde la Via della Conciliazone se pierde sobre el Tíber, un escocés arranca suspiros de una gaita aparatosa; la voz antigua y rústica de la gaita se desliza, tímida, entre las columnas de la Plaza de San Pedro, como acariciando esos árboles tan extraños de la civilización.

En la Plaza, la megafonía vaticana se despliega con la monotonía de un Rosario: los breves compases de una marcha, una prolongada cadena de jaculatorias en los idiomas más dispares, todo ello entre largos lapsos de silencio. Cuando al fin logras llegar hasta la suntuosa escalinata, miras atrás y puedes ver la extensión pasmosa de quienes te siguen: cientos de miles, pronto millones, tal vez. Efectivamente, las monjas romanas tenían razón. Ya sólo resta entrar en la basílica y despedir al Papa.

 

 

II- Crónica romana: de cuerpo presente

El silencio en la Basílica de San Pedro es impresionante. Parece mentira que tantas personas juntas no hagan ruido; apenas un murmullo de breves conversaciones a media voz. La muchedumbre de peregrinos, guiada por el pasillo central de la nave, se acerca hasta la capilla ardiente. El cuerpo de Juan Pablo II está al fondo, delante del baldaquino de Bernini y sus columnas salomónicas, bajo la mirada inmóvil de los guardias suizos. Los peregrinos avanzan como un río tranquilo. A quien no haya estado allí le costará imaginarse lo que representa esa riada continua de personas, el flujo incesante, hora tras hora, de esa columna de quince en fondo. Por contraste con el imponente boato de la Basílica, llama la atención el escueto ornamento del catafalco, también la austeridad del atuendo del Papa, mitra blanca y casulla roja. Lo primero que el peregrino percibe es el extraño color del rostro de Juan Pablo II, entre amoratado y gris, por efecto de la iluminación. La figura del venerable difunto se graba en la retina con fuerza imborrable.

Todos los embalsamados se parecen: los rasgos afilados, el tono cerúleo, el aspecto estatuario. La imagen del Papa, sin embargo es distinta. Los entendidos dicen que los embalsamadores han hecho muy bien su trabajo. Será verdad, pero hay algo más, algo que va más allá de la pericia técnica post-mortem. Porque uno contempla el gesto dormido de Karol Wojtyla y le encuentra una expresividad nueva, un aire distinto al de estos últimos años. Es que, bajo el velo piadoso de la muerte, en el semblante del anciano papa ha desaparecido aquel rictus de dolor que le ha acompañado en el último tramo de su vida. Y lo que hoy aflora al rostro es, en vez del dolor, una suerte de fatiga insuperable, un cansancio infinito, también una serenidad propiamente sobrenatural. He aquí a un hombre que apuró a fondo hasta el último segundo de su existencia. El peregrino apenas puede vislumbrar esto unos segundos: el tiempo de pasar, persignarse y marcharse, siguiendo el estricto orden de la organización vaticana. Detrás vienen otros cientos de miles y para todos tiene que haber Papa. Pero los más imaginativos encuentran un recurso para prolongar el homenaje: de salida, uno puede acercarse al lateral del atrio, vallado, y desde allí, a medio centenar de metros, contemplar aún unos instantes más a Juan Pablo II. Es el momento que muchos aprovechan para hacer lo que antes les ha sido vetado: rezar ante el cadáver.

Después de una espera tan prologada, después de la impresión profunda de la visión del Papa muerto, lo último que uno desea es abandonar la Basílica. Bajo la benevolente reprobación de los servicios de seguridad, los peregrinos remolonean: admiran la decoración de las cúpulas, contemplan las lápidas, se extasían ante las grandes columnas, hacen algunas fotos… Por el pasillo central sigue fluyendo la riada interminable. Cuando sales a la Plaza de San Pedro, descubres que el río es ya un océano: la muchedumbre se extiende hasta el Tíber. Se habla de cinco kilómetros de apiñada humanidad; la cifra llegará a multiplicarse por tres. Se habla de dos millones de peregrinos; la cifra llegará a superar los cuatro millones. En las vías de salida, los que han tenido la suerte de cumplir su objetivo forman corrillos, incluso si no se conocen de nada. Todos tienen, tenemos, la impresión de haber participado en un acontecimiento histórico. En las conversaciones se oye una palabra recurrente: “il Magno”. La idea ha saltado espontáneamente, de voz en voz, hasta convertirse en un clamor popular, en una exigencia unánime: Juan Pablo II pasará a la historia como Juan Pablo Magno. Por aclamación popular.

   

 

 

 

 

Esta página está editada por la Comunión Tradicionalista Carlista del Reino de Valencia. Las opiniones vertidas son responsabilidad de sus autores salvo aquellas sin firma, de las cuales se responsabiliza el editor de la página. Se permite la reproducción de los textos e imágenes, siempre que se utilicen de buena fe y se cite autor, si lo hubiere, y procedencia