|
I. Crónica romana: los peregrinos
Son las cinco de la mañana y la Piazza
Risorgimento parece tomada por las masas:
mire uno donde mire, sólo ve muchedumbres,
ora grupos compactos, ora familias con
niños, ora religiosos solitarios como
eremitas en una selva urbana. Algunos llevan
banderas; otros, guitarras; otros, sólo a sí
mismos. Las masas se acercan a la vieja
muralla vaticana dispuestas a asaltar la
Sede de Pedro: van a venerar el cadáver de
quien ha sido su último avatar –hasta que el
Espíritu Santo disponga otra cosa.
Aún no ha amanecido y el frío nocturno de
Roma, húmedo de Tíber, se te mete en los
huesos mientras caminas, junto a columnas
interminables de personas anónimas, hacia la
Via della Conciliazione. A esta hora, la
cola, la ingente aglomeración de peregrinos,
es algo menor y uno puede ver al Papa en
cuatro horas, tres y media si hay suerte.
Nos lo han dicho las monjas (las monjas
romanas lo saben todo, desde siempre) y es
verdad: la noche anterior, a eso de las
diez, la muchedumbre era tan numerosa que la
cola se perdía entre las callejas vaticanas,
viejas de historia, salpicadas estos días de
tenderetes con comida, urinarios públicos y
policía, y el peregrino ni siquiera
alcanzaba a ver la Basílica de San Pedro;
ahora, sin embargo, ahí está la basílica,
majestuosa, levantando la cabeza coronada
bajo el amanecer y abriendo hacia los fieles
aquellos portentosos brazos de columnas que
imaginó Bernini. La multitud es
extraordinaria, pero al menos se ve la
Basílica, la gran puerta abierta, la gente
desfilando. Y los servicios vaticanos,
previsores, han colocado en la calle grandes
pantallas que te muestran la imagen del
continuo flujo de fieles ante el cuerpo sin
vida de Juan Pablo II; esas imágenes ayudan
a esperar: tarde o temprano, te tocará a ti
–las dos cosas: despedir al muerto y, a tu
vez, morir.
Las masas son masas en todas partes. Aquí,
sin embargo, se comportan de otra manera:
hay mucho silencio, hay mucho respeto,
también hay una pena tibia y suave; hay una
atmósfera como de gran cita familiar, como
de despedida entrañable y serena a un
anciano de la casa. Hay peregrinos polacos
que, en un italiano espantoso, cuentan su
peripecia a otros peregrinos españoles, los
cuales, a su vez, explican también cómo han
llegado hasta allí (se lo explican en
español: los polacos no entienden nada). Hay
monjas centroamericanas, hay frailes de
largas barbas, hay parejas maduras, hay
padres jóvenes con niños dormidos en los
brazos. Por todas partes la misma historia:
muchas horas de carretera y automóvil, esa
emoción profunda y resignada del duelo
familiar, el albergue improvisado (“Dios
proveerá” –y, efectivamente, provee), el
eterno caos de la Roma eterna, la sola
certidumbre de que merece la pena. Entre la
muchedumbre, grupos parroquiales rezan con
su cura a la cabeza. Hay muchos jóvenes de
mochila y saco, y hay también otros que
cantan sin parar. Abajo, donde la Via della
Conciliazone se pierde sobre el Tíber, un
escocés arranca suspiros de una gaita
aparatosa; la voz antigua y rústica de la
gaita se desliza, tímida, entre las columnas
de la Plaza de San Pedro, como acariciando
esos árboles tan extraños de la
civilización.
En la Plaza, la megafonía vaticana se
despliega con la monotonía de un Rosario:
los breves compases de una marcha, una
prolongada cadena de jaculatorias en los
idiomas más dispares, todo ello entre largos
lapsos de silencio. Cuando al fin logras
llegar hasta la suntuosa escalinata, miras
atrás y puedes ver la extensión pasmosa de
quienes te siguen: cientos de miles, pronto
millones, tal vez. Efectivamente, las monjas
romanas tenían razón. Ya sólo resta entrar
en la basílica y despedir al Papa.
II- Crónica romana: de cuerpo presente
El silencio en la Basílica de San Pedro es
impresionante. Parece mentira que tantas
personas juntas no hagan ruido; apenas un
murmullo de breves conversaciones a media
voz. La muchedumbre de peregrinos, guiada
por el pasillo central de la nave, se acerca
hasta la capilla ardiente. El cuerpo de Juan
Pablo II está al fondo, delante del
baldaquino de Bernini y sus columnas
salomónicas, bajo la mirada inmóvil de los
guardias suizos. Los peregrinos avanzan como
un río tranquilo. A quien no haya estado
allí le costará imaginarse lo que representa
esa riada continua de personas, el flujo
incesante, hora tras hora, de esa columna de
quince en fondo. Por contraste con el
imponente boato de la Basílica, llama la
atención el escueto ornamento del catafalco,
también la austeridad del atuendo del Papa,
mitra blanca y casulla roja. Lo primero que
el peregrino percibe es el extraño color del
rostro de Juan Pablo II, entre amoratado y
gris, por efecto de la iluminación. La
figura del venerable difunto se graba en la
retina con fuerza imborrable.
Todos los embalsamados se parecen: los
rasgos afilados, el tono cerúleo, el aspecto
estatuario. La imagen del Papa, sin embargo
es distinta. Los entendidos dicen que los
embalsamadores han hecho muy bien su
trabajo. Será verdad, pero hay algo más,
algo que va más allá de la pericia técnica
post-mortem. Porque uno contempla el gesto
dormido de Karol Wojtyla y le encuentra una
expresividad nueva, un aire distinto al de
estos últimos años. Es que, bajo el velo
piadoso de la muerte, en el semblante del
anciano papa ha desaparecido aquel rictus de
dolor que le ha acompañado en el último
tramo de su vida. Y lo que hoy aflora al
rostro es, en vez del dolor, una suerte de
fatiga insuperable, un cansancio infinito,
también una serenidad propiamente
sobrenatural. He aquí a un hombre que apuró
a fondo hasta el último segundo de su
existencia. El peregrino apenas puede
vislumbrar esto unos segundos: el tiempo de
pasar, persignarse y marcharse, siguiendo el
estricto orden de la organización vaticana.
Detrás vienen otros cientos de miles y para
todos tiene que haber Papa. Pero los más
imaginativos encuentran un recurso para
prolongar el homenaje: de salida, uno puede
acercarse al lateral del atrio, vallado, y
desde allí, a medio centenar de metros,
contemplar aún unos instantes más a Juan
Pablo II. Es el momento que muchos
aprovechan para hacer lo que antes les ha
sido vetado: rezar ante el cadáver.
Después de una espera tan prologada, después
de la impresión profunda de la visión del
Papa muerto, lo último que uno desea es
abandonar la Basílica. Bajo la benevolente
reprobación de los servicios de seguridad,
los peregrinos remolonean: admiran la
decoración de las cúpulas, contemplan las
lápidas, se extasían ante las grandes
columnas, hacen algunas fotos… Por el
pasillo central sigue fluyendo la riada
interminable. Cuando sales a la Plaza de San
Pedro, descubres que el río es ya un océano:
la muchedumbre se extiende hasta el Tíber.
Se habla de cinco kilómetros de apiñada
humanidad; la cifra llegará a multiplicarse
por tres. Se habla de dos millones de
peregrinos; la cifra llegará a superar los
cuatro millones. En las vías de salida, los
que han tenido la suerte de cumplir su
objetivo forman corrillos, incluso si no se
conocen de nada. Todos tienen, tenemos, la
impresión de haber participado en un
acontecimiento histórico. En las
conversaciones se oye una palabra
recurrente: “il Magno”. La idea ha saltado
espontáneamente, de voz en voz, hasta
convertirse en un clamor popular, en una
exigencia unánime: Juan Pablo II pasará a la
historia como Juan Pablo Magno. Por
aclamación popular. |