|
|
|
abril de 2005. Especiales.
In memoriam Johannes Paulus II.
Texto de
la homilía pronunciada en el funeral de Juan
Pablo II por el cardenal Joseph Ratzinger |
|
|
|
|
Sígueme -esta palabra lapidaria de Cristo
puede ser considerada la llave para
comprender el mensaje que viene de la vida
de nuestro llorado y amado papa Juan Pablo
II, cuyos restos trasladamos hoy a la tierra
como semilla de inmortalidad- el corazón
lleno de tristeza, pero también de alegre
esperanza y profunda gratitud.
Estos son los sentimientos de nuestro ánimo,
Hermanos y Hermanas en Cristo, presentes en
la Plaza de San Pedro, en las calles
adyacentes y en otros lugares de la ciudad
de Roma, poblada estos días de una inmensa
multitud silenciosa y en oración. A todos
saludo cordialmente. También, en nombre del
Colegio de Cardenales, deseo dirigir mi
deferente pensamiento a los jefes de Estado,
de Gobierno y a las delegaciones de los
distintos países. Saludo a las autoridades y
representantes de las Iglesias y Comunidades
cristianas, así como a los de diversas
religiones. Saludó también a los Arzobispos,
los Obispos, los sacerdotes, los religiosos,
las religiosas y los fieles venidos de cada
continente; en modo especial a los jóvenes,
que Juan Pablo II amaba definir como futuro
y esperanza de la Iglesia. Mi saludo
alcanza, además, a los que en cada parte del
mundo se unen a nosotros a través de la
radio y la televisión en esta participación
coral en el solemne rito de despedida al
amado Pontífice.
Sígueme -como joven estudiante, Karol
Wojtyla era un entusiasta de la literatura,
del teatro, de la poesía. Trabajando en una
fábrica química, rodeado y amenazado por el
terror nazi, sintió la voz del Señor:
`Sígueme! En este contexto concreto comenzó
a leer libros de filosofía y teología, entró
después en el seminario clandestino creado
por el Cardenal Sapieha y tras la guerra
pudo completar sus estudios en la facultad
teológica de la Universidad Jaghellonica de
Cracovia. Muchas veces, en sus cartas a los
sacerdotes y en sus libros autobiográficos
nos ha hablado de su sacerdocio, en el que
fue ordenado el 1 de noviembre de 1946. En
estos textos interpreta su sacerdocio en
particular a partir de tres mensajes del
Señor. Sobre todo éste: "No me habéis
elegido vosotros a mí, sino que yo os he
elegido a vosotros y os he instruido para
que vayáis y llevéis fruto y vuestro fruto
permanezca" (Gv 15,16). La segunda frase es:
"El buen pastor ofrece la vida por las
ovejas" (Gv 10,11). Y finalmente: "Como el
Padre me ha amado, así os he amado yo.
Permanecéis en mi amor" (GV 15,9). En estas
tres frases vemos toda el alma de nuestro
Santo Padre. Realmente anduvo a todos los
lugares e incansablemente para llevar fruto,
un fruto que permanece.
"¡Levantaos, vamos!", es el título de su
penúltimo libro. "`Levantaos, vamos!". Con
estas palabras nos ha despertado de una fe
cansada, del sueño de los discípulos de ayer
y de hoy. "`Levantaos, vamos!" nos dice
también hoy. El Santo Padre ha sido un
sacerdote hasta el final, porque ha ofrecido
su vida a Dios por sus ovejas y por toda la
familia humana, en un dono cotidiano al
servicio de la Iglesia y sobre todo en las
difíciles pruebas de los últimos meses.
Así se ha convertido en una sola cosa con
Cristo, el buen pastor que ama a sus ovejas.
Y finalmente "permaneced en mi amor": El
Papa que ha buscado el encuentro con todos,
que ha tenido una capacidad de perdón y de
apertura del corazón para todos, nos dice,
también hoy, con estas palabras del Señor:
Viviendo en el amor de Cristo aprendemos, en
la escuela de Cristo, el arte del verdadero
amor.
`Sígueme! En julio de 1958 comienza para el
joven sacerdote Karol Wojtyla una nueva
etapa en el camino con el Señor y detrás del
Señor. Karol se había dirigido, como de
costumbre, con un grupo de jóvenes
apasionados de la canoa a los lagos Masuri
para pasar unas vacaciones juntos. Pero
llevaba con él una carta que lo invitaba a
presentarse al Primado de Polonia, Cardenal
Wyszynski, y podía adivinar el objetivo del
encuentro: su nombramiento como obispo
auxiliar de Cracovia.
Dejar la enseñanza académica, dejar esta
estimulante comunión con los jóvenes, dejar
el gran esfuerzo intelectual para conocer e
interpretar el misterio de la criatura
hombre, para hacer presente en el mundo de
hoy la interpretación cristiana de nuestro
ser - todo lo que debía parecerle como un
perderse a sí mismo, perder precisamente
cuanto se había convertido en la identidad
humana de este joven sacerdote. |
|
|
|
 |
|
|
Sígueme - Karol Wojtyla aceptó, sintiendo en
la llamada de la Iglesia la voz de Cristo. Y
luego se dio cuenta de que la palabra del
Señor es auténtica: "Quien trate de salvar
su propia vida la perderá, quien en cambio
la haya perdido la salvará".
Nuestro Papa -lo sabemos todos- nunca quiso
salvar la propia vida, guardarla para sí;
quiso darse sin reservas, hasta el último
momento, para Cristo y también para
nosotros. De tal manera pudo experimentar
que todo lo que había dejado en las manos
del Señor volvió de una nueva manera: el
amor a la palabra, a la poesía, a las
cartas, fue una parte esencial de su misión
pastoral y ha dado nueva frescura, nueva
actualidad, nueva atracción al anuncio del
Evangelio, incluso cuando ello es signo de
contradicción.
¡Sígueme! En octubre de 1978, el Cardenal
Wojtyla oye de nuevo la voz del Señor. Se
renueva el diálogo con Pedro traído de nuevo
en el Evangelio de esta celebración: "Simón
de Juan, ¿me amas? ¡Pace mis ovejas!". A la
pregunta del Señor: Karol, ¿me amas?, el
arzobispo de Cracovia respondió desde lo
profundo de su corazón: "Señor, tú lo sabes
todo: Tú sabes que te amo". El amor de
Cristo fue la fuerza dominante en nuestro
amado Santo Padre; quien lo ha visto rezar,
quien lo ha oído predicar, lo sabe. Y así,
gracias a este profundo enraizamiento en
Cristo, ha podido llevar un peso que va más
allá de las fuerzas puramente humanas: Ser
el pastor del rebaño de Cristo, de su
Iglesia universal. No es este el momento de
hablar de los argumentos individuales de
este Pontificado tan rico. Me gustaría sólo
leer dos pasajes de la liturgia de hoy, en
los que aparecen elementos centrales de su
anuncio. En la primera lectura nos dice San
Pedro -y dice el Papa con San Pedro-: "En
verdad me doy cuenta de que Dios no tiene
preferencias entre las personas, sino que
quien lo teme y practica la justicia, a
cualquier pueblo que pertenezca, es aceptado
por él". (...)
Y, en la segunda lectura, San Pablo -y con
San Pablo nuestro Papa difunto- nos exhorta
en voz alta: "Hermanos míos tan queridos y
tan deseados, mi joya y mi corona,
permaneced sólidos en el Señor así como
habéis aprendido". (...)
En el primer periodo de su Pontificado, el
Santo Padre, todavía joven y lleno de
fuerzas, bajo la guía de Cristo iba hasta
los confines del mundo. Pero luego cada vez
más entró en la comunión del sufrimiento de
Cristo, cada vez más comprendió la verdad de
las palabras: "Otro te sostendrá...". Y
precisamente en esta comunión con el Señor
doliente anunció, incansablemente y con
renovada intensidad, el Evangelio, el
misterio del amor que va hasta el final.
El interpretó para nosotros el misterio
pascual como misterio de la divina
misericordia. Escribe en su último libro: El
límite impuesto al mal es, "en definitiva,
la divina misericordia" ("Memoria e
Identidad", pág. 70). Y reflexionando sobre
el atentado dice: "Cristo, sufriendo por
todos nosotros, ha conferido un nuevo
sentido al sufrimiento, lo ha introducido en
una nueva dimensión, en un nuevo orden: el
del amor... Es el sufrimiento que quema y
consume el mal con la llama del amor y
extrae también del pecado un multiforme
florecer del bien" (pág. 199). Animado por
esta visión, el Papa ha sufrido y amado en
comunión con Cristo, y por eso el mensaje de
su sufrimiento y de su silencio ha sido tan
elocuente y profundo.
Divina Misericordia: El Santo Padre ha
encontrado el reflejo más puro de la
misericordia de Dios en la Madre de Dios.
El, que perdió su madre a tierna edad, ha
amado mucho más a la Madre divina. Oyó las
palabras del Señor crucificado como dichas a
él personalmente: "¡Aquí está tu madre!". E
hizo como el discípulo predilecto: las
acogió en lo íntimo de su ser - Totus Tuus.
Y de la madre aprendió a parecerse a Cristo.
Para todos nosotros es inolvidable cómo en
este último domingo de Pascua de su vida, el
Santo Padre, marcado por el sufrimiento, se
asomó una vez más a la ventana del Palacio
Apostólico y una última vez dio la bendición
"Urbi et Orbi".
Podemos estar seguros de que nuestro amado
Papa está ahora en la ventana de la casa del
Padre (señalando a la ventana de sus
aposentos desde la que tantas veces bendijo
a los fieles), nos ve y nos bendice. Sí,
bendícenos, Santo Padre. Nosotros confiamos
tu alma querida a la Madre de Dios, tu
Madre, que te ha guiado cada día y te guiará
ahora a la gloria eterna de Su Hijo,
Jesucristo nuestro Señor. Amén. |
|
|
|
 |
|
|
|
|