sábado, 23 de diciembre de 2006

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abril de 2005. Especiales. In memoriam Johannes Paulus II. Y salimos hacia Roma. por Javier Zazu Lafuente

Qué difícil es resumir el motivo que nos llevó a Roma. Qué difícil hablar de lo que siente el corazón. Qué difícil “justificar una locura”. Difícil de explicar, aunque muy fácil de comprender si se mira uno el corazón.

Testimoniar nuestro afecto, sumisión, respeto al Sumo Pontífice peregrinando hasta su lecho de muerte para pedirle, siempre pidiendo, infinidad de gracias. Para que uno mismo inicie el camino de la santidad, que ya es hora. Por su matrimonio, vocación que nos ha de llevar a aquella. Por los hijos, su formación humana y espiritual. Por el colegio de los críos y su pronta ampliación. Por los padres, hermanos, familiares y por todos los conocidos. Por las “empresas” en las que uno anda metido, y por la CTC especialmente. Por España.

Devolver una mínima parte de lo que él nos ha dado con su vida, peregrinando como él, con esfuerzo como él, sin mirar atrás si no es para pedir perdón como él. Para llenar el corazón y contagiar el alma en la cercanía de un hombre ...

Queríamos que pasase desapercibido y no ha podido ser. Ahora, además me piden que escriba una crónica.

Al enterarnos de la muerte de Juan Pablo II acudimos a la llamada que en forma de SMS recibimos para ir a la Plaza de Colón. Una vez acostados los niños y acompañados de su tía, nos fuimos a Madrid. De vuelta a casa dormimos un rato.

De camino a la Misa dominical comentamos la posibilidad de ir a Roma. A la salida, decidimos ir, peregrinar y confiar; todo se resolvería. Sería una experiencia imborrable para nuestros hijos. Preparamos todo en dos o tres horas. Mientras, el teléfono no paraba de sonar. Que si fulano quería venir con nosotros, que si mengana se sumaba, que fuese sensato y ofreciese una misa, cuyo valor es infinito, y no hiciese esa locura… Resueltos los problemillas logísticos y con unos dos mil kilómetros y 24 horas de camino por delante, emprendimos la marcha.

Sin haber abandonado Galapagar, nos llamaron unos amigos que estaban haciendo las maletas. Otros locos. Con un bebé de meses, un niño de 2 años, y dos más de 4 y 8 años y un tío de los niños. Nos juntaríamos en Zaragoza.

En la Ciudad de “El Pilar” se subieron al coche mi hermana y mi cuñado. De la facilidad de los dos para apuntarse a proyectos imposibles nadie puede dudar, si bien en esta ocasión y por lo que se verá más adelante se montaron en la “fragoneta” para ayudar, igual que el tío de los otros niños.

Entre nuestro coche y el otro sumábamos 18 personas: 7 adultos y 11 niños. Cuatrocientos kilómetros más adelante, parada y fonda, a repostar vehículos y personas en una improvisada mesa de papel de rollo de cocina en el suelo. Después, mareos, nauseas, vómitos, niños durmiendo en dónde podían y mucha carretera por delante.... Francia, Italia y por fin Roma. Eran aproximadamente las 3 de la tarde.

La comida no te entra. Estás cansado y sólo piensas en dormir. Los niños, que han dormido, juegan y hacen imposible el descanso. .... ¡venga, vamos al Vaticano! .... y allí nos fuimos.

Hacia las siete de la tarde llegábamos. El corazón late a todo trapo. No se puede pasar, toda la avenida de la Conciliación está abarrotada de gente que espera que abran el camino para ver al Papa. Ya están repartiendo agua a la gente que lleva horas en la fila.

Vimos el panorama y después de contestar a las preguntas de un reportero de RNE, decidimos irnos a cenar y dormir un poco para volver de madrugada. Un sacerdote amigo, al que queremos mucho y que subdivide el “ahorita” en 10 ó 15 espacios temporales de 5 minutos, nos invitó a cenar. Devoramos los manjares que nos dieron y nos fuimos a dormir pasadas cerca de la 1:00.

A las 5:00 de la mañana todos en marcha para ir a ver al Papa. Llegamos hacia las 6:00. A la salida del cercano aparcamiento del Vaticano un guardia nos dice que no podíamos continuar por allí, que había que ir a la cola, si bien, por mi condición de minusválido, podía seguir ese camino acompañado de una persona. Mi hijo, dormido en la silleta, mi mujer y yo continuamos adelante. Los demás, y los otros 6 niños se fueron a buscar el principio de la cola.

La amabilidad de los policías, de los voluntarios que nos guiaron por la Plaza de San Pedro y nos acompañaron al ascensor, de los ujieres que nos hacían paso, nos permitió entrar en la Basílica hacia las 7:00 de la mañana.

Allí delante estaba el Papa, la fila avanzaba despacio pero sin pausa. Todo lo que tenía preparado para pedir se me estaba yendo de la cabeza, casi casi me quedo en blanco. Me acordé del Colegio, de la CTC, de España, de los más cercanos y poco más. No me atreví a pedir por mi curación. No creo ser digno de ella, aunque creo que si la llego a pedir dejo allí el bastón. La Guardia Suiza a ambos lados del Papa y ujieres que te solicitan con gestos que no te detengas. El Papa, su cuerpo, revestido. Quizás lo más llamativo sean sus zapatos, como los tuyos o los míos. Su cara resplandeciente, sus manos, .... No sé relatar ese momento, no sé si alguien tiene ese don, aunque creo que es tan íntimo que no se puede describir.

Una oración recitada junto con mi mujer desde donde no molestábamos, y mi hijo que seguía dormido. De camino hacia la puerta de salida por el lateral derecho de la Basílica, nos detuvimos un momento junto al cuerpo del beato Juan XXIII.

Al llegar al atrio de la entrada y salir a la parte alta de la escalinata, la perspectiva era para impresionar, aunque nada te impresiona ya. Ves a miles de personas en un ambiente de recogimiento avanzando despacio, muy despacio hacia la basílica. Esperábamos al resto de la familia. Los voluntarios, dirigiendo a la muchedumbre sin un mal gesto por parte de nadie.

Hacia las 8:30 llegaron. Qué formalitos iban los niños. Tenían que estar reventados y no se quejaron de nada. Posiblemente sus tíos les aleccionaron en esas dos horas y media, aunque no creo que hiciese mucha falta, el ambiente era de respeto y oración. Volvimos a entrar con ellos y volvimos a pasar al lado del Santo (permítaseme decirlo). De salida, esta vez por la parte izquierda, nos detuvimos a los pies de San Pío X. Una breve oración en familia y de nuevo a la calle.

Alguna de las niñas reclamó entonces ir al baño.... corriendo. La vida sigue y se muestra así, de repente, sacándote de profundidades, aunque con el corazón rebosante.

La impresión recibida fue muy similar a la recibida en las Jornadas Mundiales de la Juventud que el Señor me ha permitido vivir. El ambiente también: oración, respeto, espíritu de sacrificio, ayuda a los demás, etc. Un trocito de cielo en la tierra.

La familia con la que habíamos hecho el viaje de ida y de la que, por logística, nos habíamos separado a la entrada de Roma, había hecho igual que nosotros. Una visita la tarde anterior y después del madrugón, a las 9:30 de la mañana ya habían pasado delante del Papa.

Reunirnos con ellos, desayunar, recoger las maletas y salir de Roma. Las 12:00. Y a la carretera. Esta vez y en lugar de los 2.000 kms. Hicimos 100 de regalo. El guía, no vio el desvío en Florencia y no se enteró de su error hasta que el copiloto se lo hizo ver a la altura de Bolonia.

Comida en Parma y carretera. Niños durmiendo, eso creía, por todas partes. Una de las niñas se dedicó a contar los túneles que pasábamos: 162 entre Roma y la frontera francesa y 10 más entre ésta y Mónaco.

“Descargamos” a los pesados de los tíos en Zaragoza y después de una siesta de los padres de muchas horas llegamos a casa hacia las 22:00 horas.

Fin del viaje. Empieza mi camino hacia la vida verdadera: la santidad. Querido amigo Juan Pablo, ayúdame a que esta sea la determinada determinación que me haga ponerme en marcha de una santa vez. Que conmigo recorran un camino paralelo: mi mujer, mis hijos, mi hermana y mi cuñado, los amigos que nos han acompañado y la gente y las empresas en las que estoy metido.

Nos vemos en el cielo.

   

 

 

 

 

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