|
Qué difícil es resumir el motivo que nos
llevó a Roma. Qué difícil hablar de lo que
siente el corazón. Qué difícil “justificar
una locura”. Difícil de explicar, aunque muy
fácil de comprender si se mira uno el
corazón.
Testimoniar nuestro afecto, sumisión,
respeto al Sumo Pontífice peregrinando hasta
su lecho de muerte para pedirle, siempre
pidiendo, infinidad de gracias. Para que uno
mismo inicie el camino de la santidad, que
ya es hora. Por su matrimonio, vocación que
nos ha de llevar a aquella. Por los hijos,
su formación humana y espiritual. Por el
colegio de los críos y su pronta ampliación.
Por los padres, hermanos, familiares y por
todos los conocidos. Por las “empresas” en
las que uno anda metido, y por la CTC
especialmente. Por España.
Devolver una mínima parte de lo que él nos
ha dado con su vida, peregrinando como él,
con esfuerzo como él, sin mirar atrás si no
es para pedir perdón como él. Para llenar el
corazón y contagiar el alma en la cercanía
de un hombre ...
Queríamos que pasase desapercibido y no ha
podido ser. Ahora, además me piden que
escriba una crónica.
Al enterarnos de la muerte de Juan Pablo II
acudimos a la llamada que en forma de SMS
recibimos para ir a la Plaza de Colón. Una
vez acostados los niños y acompañados de su
tía, nos fuimos a Madrid. De vuelta a casa
dormimos un rato.
De camino a la Misa dominical comentamos la
posibilidad de ir a Roma. A la salida,
decidimos ir, peregrinar y confiar; todo se
resolvería. Sería una experiencia imborrable
para nuestros hijos. Preparamos todo en dos
o tres horas. Mientras, el teléfono no
paraba de sonar. Que si fulano quería venir
con nosotros, que si mengana se sumaba, que
fuese sensato y ofreciese una misa, cuyo
valor es infinito, y no hiciese esa locura…
Resueltos los problemillas logísticos y con
unos dos mil kilómetros y 24 horas de camino
por delante, emprendimos la marcha.
Sin haber abandonado Galapagar, nos llamaron
unos amigos que estaban haciendo las
maletas. Otros locos. Con un bebé de meses,
un niño de 2 años, y dos más de 4 y 8 años y
un tío de los niños. Nos juntaríamos en
Zaragoza.
En la Ciudad de “El Pilar” se subieron al
coche mi hermana y mi cuñado. De la
facilidad de los dos para apuntarse a
proyectos imposibles nadie puede dudar, si
bien en esta ocasión y por lo que se verá
más adelante se montaron en la “fragoneta”
para ayudar, igual que el tío de los otros
niños.
Entre nuestro coche y el otro sumábamos 18
personas: 7 adultos y 11 niños.
Cuatrocientos kilómetros más adelante,
parada y fonda, a repostar vehículos y
personas en una improvisada mesa de papel de
rollo de cocina en el suelo. Después,
mareos, nauseas, vómitos, niños durmiendo en
dónde podían y mucha carretera por
delante.... Francia, Italia y por fin Roma.
Eran aproximadamente las 3 de la tarde.
La comida no te entra. Estás cansado y sólo
piensas en dormir. Los niños, que han
dormido, juegan y hacen imposible el
descanso. .... ¡venga, vamos al Vaticano!
.... y allí nos fuimos.
Hacia las siete de la tarde llegábamos. El
corazón late a todo trapo. No se puede
pasar, toda la avenida de la Conciliación
está abarrotada de gente que espera que
abran el camino para ver al Papa. Ya están
repartiendo agua a la gente que lleva horas
en la fila.
Vimos el panorama y después de contestar a
las preguntas de un reportero de RNE,
decidimos irnos a cenar y dormir un poco
para volver de madrugada. Un sacerdote
amigo, al que queremos mucho y que subdivide
el “ahorita” en 10 ó 15 espacios temporales
de 5 minutos, nos invitó a cenar. Devoramos
los manjares que nos dieron y nos fuimos a
dormir pasadas cerca de la 1:00.
A las 5:00 de la mañana todos en marcha para
ir a ver al Papa. Llegamos hacia las 6:00. A
la salida del cercano aparcamiento del
Vaticano un guardia nos dice que no podíamos
continuar por allí, que había que ir a la
cola, si bien, por mi condición de
minusválido, podía seguir ese camino
acompañado de una persona. Mi hijo, dormido
en la silleta, mi mujer y yo continuamos
adelante. Los demás, y los otros 6 niños se
fueron a buscar el principio de la cola.
La amabilidad de los policías, de los
voluntarios que nos guiaron por la Plaza de
San Pedro y nos acompañaron al ascensor, de
los ujieres que nos hacían paso, nos
permitió entrar en la Basílica hacia las
7:00 de la mañana.
Allí delante estaba el Papa, la fila
avanzaba despacio pero sin pausa. Todo lo
que tenía preparado para pedir se me estaba
yendo de la cabeza, casi casi me quedo en
blanco. Me acordé del Colegio, de la CTC, de
España, de los más cercanos y poco más. No
me atreví a pedir por mi curación. No creo
ser digno de ella, aunque creo que si la
llego a pedir dejo allí el bastón. La
Guardia Suiza a ambos lados del Papa y
ujieres que te solicitan con gestos que no
te detengas. El Papa, su cuerpo, revestido.
Quizás lo más llamativo sean sus zapatos,
como los tuyos o los míos. Su cara
resplandeciente, sus manos, .... No sé
relatar ese momento, no sé si alguien tiene
ese don, aunque creo que es tan íntimo que
no se puede describir.
Una oración recitada junto con mi mujer
desde donde no molestábamos, y mi hijo que
seguía dormido. De camino hacia la puerta de
salida por el lateral derecho de la
Basílica, nos detuvimos un momento junto al
cuerpo del beato Juan XXIII.
Al llegar al atrio de la entrada y salir a
la parte alta de la escalinata, la
perspectiva era para impresionar, aunque
nada te impresiona ya. Ves a miles de
personas en un ambiente de recogimiento
avanzando despacio, muy despacio hacia la
basílica. Esperábamos al resto de la
familia. Los voluntarios, dirigiendo a la
muchedumbre sin un mal gesto por parte de
nadie.
Hacia las 8:30 llegaron. Qué formalitos iban
los niños. Tenían que estar reventados y no
se quejaron de nada. Posiblemente sus tíos
les aleccionaron en esas dos horas y media,
aunque no creo que hiciese mucha falta, el
ambiente era de respeto y oración. Volvimos
a entrar con ellos y volvimos a pasar al
lado del Santo (permítaseme decirlo). De
salida, esta vez por la parte izquierda, nos
detuvimos a los pies de San Pío X. Una breve
oración en familia y de nuevo a la calle.
Alguna de las niñas reclamó entonces ir al
baño.... corriendo. La vida sigue y se
muestra así, de repente, sacándote de
profundidades, aunque con el corazón
rebosante.
La impresión recibida fue muy similar a la
recibida en las Jornadas Mundiales de la
Juventud que el Señor me ha permitido vivir.
El ambiente también: oración, respeto,
espíritu de sacrificio, ayuda a los demás,
etc. Un trocito de cielo en la tierra.
La familia con la que habíamos hecho el
viaje de ida y de la que, por logística, nos
habíamos separado a la entrada de Roma,
había hecho igual que nosotros. Una visita
la tarde anterior y después del madrugón, a
las 9:30 de la mañana ya habían pasado
delante del Papa.
Reunirnos con ellos, desayunar, recoger las
maletas y salir de Roma. Las 12:00. Y a la
carretera. Esta vez y en lugar de los 2.000
kms. Hicimos 100 de regalo. El guía, no vio
el desvío en Florencia y no se enteró de su
error hasta que el copiloto se lo hizo ver a
la altura de Bolonia.
Comida en Parma y carretera. Niños
durmiendo, eso creía, por todas partes. Una
de las niñas se dedicó a contar los túneles
que pasábamos: 162 entre Roma y la frontera
francesa y 10 más entre ésta y Mónaco.
“Descargamos” a los pesados de los tíos en
Zaragoza y después de una siesta de los
padres de muchas horas llegamos a casa hacia
las 22:00 horas.
Fin del viaje. Empieza mi camino hacia la
vida verdadera: la santidad. Querido amigo
Juan Pablo, ayúdame a que esta sea la
determinada determinación que me haga
ponerme en marcha de una santa vez. Que
conmigo recorran un camino paralelo: mi
mujer, mis hijos, mi hermana y mi cuñado,
los amigos que nos han acompañado y la gente
y las empresas en las que estoy metido.
Nos vemos en el cielo. |