viernes, 22 de diciembre de 2006

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21 de diciembre de 2006. Especiales. Ciclo de conferencias sobre Cabrera organizado por el CEU. Conferencia de don Hugo O´Donnell sobre "O´Donnell y Cabrera"

El ciclo de conferencias que sobre la figura de Ramón Cabrera, de cuyo nacimiento se celebra el bicentenario la semana que viene, está ofreciendo el Ateneo Mercantil conjuntamente con la Universidad CEU Cardenal Herrera de Valencia, se ha cerrado con la conferencia titulada  "O´Donnell y Cabrera", dictada por don Hugo O´Donnell, duque de Tetuán, miembro de la Real Academia de la Historia y bisnieto del general moderantista. Como siempre, ha sido don Alfonso Bullón de Mendoza, catedrático de Historia de la universidad CEU, el encargado de presentar al ponente. Unas 50 personas han seguido la exposición.

 
La conferencia ha tenido un eje conductor: el paralelismo entre las vidas de ambos generales, protagonistas de la primera guerra carlista y de buena parte de la actividad política española en las décadas centrales del siglo XIX. Lo más paradójico es constatar que ambos personajes, que un protagonismo contemporáneo tan importante tuvieron, fueron muy diferentes, más bien opuestos, en sus caracteres y trayectoria vital.

Dado que las exposiciones previas han glosado extensamente la vida de Ramón Cabrera, el conferenciante, unido por lazos de sangre directísimos con el general O´Donnell, ha hecho descansar el peso de su disertación en la biografía del comandante liberal, citando a Cabrera únicamente a la hora de establecer paralelismos o diferencias. Leopoldo O´Donnell era nieto de un irlandés jacobita, emigrado a España tras la derrota de los estuardistas en la guerra escocesa, ingresando, como tantos otros como él, en los regimientos de irlandeses que servían al rey de España, donde ascendió hasta obtener el grado de coronel. Todos sus descendientes estuvieron desde ese momento ligados a la carrera militar, inicialmente en los regimientos irlandeses y, al ser disueltos estos, en la guardia real, elite del ejército español.

Don Hugo ha trazado a partir de ese momento la descripción humana y la biografía comparativa de los primeros años de ambos protagonistas, basándose en diversos biógrafos, pero apoyándose principalmente en Pérez Galdós. Las diferencias entre ellos en complexión y carácter son abismales. Ramón Cabrera responde al tipo mediterráneo: de talla mediana, pelo oscuro, mostacho terrible pero sin barba, tez morena, casi biliosa, complexión recia, y unos brillantes ojos donde se traslucen las pulsiones de un alma apasionada, impulsiva, generosa e incluso a veces cruel, empujada por su propio vitalismo. Leopoldo O´Donnell, por el contrario, es alto, de pelo rubio, tez clara, casi albina, herencia de su sangre irlandesa, peinado al uso elegante de la época y completamente afeitado, salvo por una pequeña perilla bajo el labio inferior. Relata la anécdota de que, en ocasión de la guerra, un reportero, al ver al entonces capitán conversando con varios oficiales de la Legión inglesa afirmaba que "parecía más británico el capitán español que los mismos ingleses". Su carácter es completamente opuesto al del carlista: frío, metódico, desapasionado, reflexivo, calmado aún en medio de los mayores peligros.

El ponente compara la vida de O´Donnell con la calle que lleva su nombre en Madrid. Como aquella, la vida del espadón se cruzó continuamente con la de otro célebre general liberal, Ramón María Narváez. No se halla un paralelismo evidente en su biografía con la de Cabrera, si bien, junto a las evidentes diferencias relatadas, también se hallarán puntos de coincidencia interesantes. Si Cabrera nace en una familia acomodada, hijo de un marino mercante, y los beneficios eclesiásticos de sus tíos le empujan a una carrera eclesiástica para la que no está llamado y que pronto abandona por empresas más altas, el nieto del irlandés nace en Santa Cruz de Tenerife, donde su padre ejerce el cargo de gobernador militar, en una familia exclusivamente empleada en el oficio de la milicia profesional, estando destinado a la única carrera donde podía tener futuro. La agitada vida política española de las primeras décadas del siglo XIX va a arrastrar a la división familiar: en ocasión de la revolución de 1820, Carlos, el padre de Leopoldo, y otro hermano suyo, se postulan en el bando apostólico, exiliándose para recabar la ayuda de los absolutismos europeos, mientras otro hermano, Enrique, enviado por el gobierno para acabar con la sublevación liberal exaltada de Riego, se pasa con armas y bagajes a la misma, logrando su triunfo. Otro hermano, Alejandro, ha combatido con Napoleón en Rusia, es afrancesado y también se alinea con los revolucionarios. Esta división familiar sólo va a ser el preludio de futuros desgarros, que en opinión de don Hugo, marcaron profundamente el carácter de Leopoldo, haciéndole inclinado a la misericordia y el perdón hacia sus adversarios. Debido a las obediencias de su padre, el joven cadete de la guardia real es arrestado por los revolucionarios, logrando escapar y unirse al ejército de la Santa Alianza al mando del Duque de Angulema, con el que viene don Carlos O´Donnell. Repuesto el poder real, es ascendido a capitán, ocupando cargos de responsabilidad en la persecución de adversarios políticos de S.M.C d. Fernando VII, tanto liberales radicales como absolutistas. A la muerte de su padre, en vísperas de la primera confrontación civil, Leopoldo rompe con el partido apostólico y se afilia al liberalismo moderado, que no abandonará en toda su vida.

La guerra carlista de 1833 a 1839 fue un conflicto civil que, como todos, produjo separaciones entre hermanos. Caso paradigmático fue el de la familia O´Donnell, donde los tres hermanos de Leopoldo, en fidelidad a las lealtades de su padre, se sumaron al bando de S.M.C d. Carlos V, mientras Leopoldo jura lealtad, con una fidelidad casi romántica, a la infanta niña Isabel. Aquí hallamos un nuevo paralelismo con Cabrera, pues si el tortosino sufrió el fusilamiento de su madre y la prisión de sus hermanas a manos de los cristinos, O´Donnell perdió a un sobrino (ahijado suyo, nieto del Enrique liberal exaltado) al principio de la guerra, al ser capturado en el frente del Norte por las fuerzas del general Zumalacárregui. El propio general carlista, amigo de la familia O´Donnell, trató de salvar su vida, intercediendo porque se le perdonara la vida si juraba lealtad al rey. Al negarse este, fue fusilado con otros oficiales prisioneros. Uno de los hermanos de Leopoldo murió en una carga de la caballería carlista de Zumalacárregui, y otro, hacia el final de la guerra, al ahogarse vadeando un río.

El joven Leopoldo fue destinado al frente del norte, donde en dos ocasiones su pericia y valor (en una de ellas cargando personalmente a la bayoneta), permitió salvar a sendas columnas gubernamentales sorprendidas por emboscadas carlistas. Sus méritos de guerra le valieron el ascenso a comandante y luego a Coronel, y tres cruces de san Fernando. Tras la toma de los fuertes carlistas de Cantabria, a las órdenes de Espartero, y la firma del tratado de Oñate y el posterior abrazo de Vergara, el propio generalísimo liberal recomendó al ministro de la guerra que O´Donnell se encargara de la comandancia efectiva (la oficial la llevaba el propio Espartero) del frente del Maestrazgo y del Bajo Aragón, donde el general Ramón Cabrera estaba derrotando claramente a las fuerzas del gobierno.

Aquí es donde las vidas de ambos se encuentran, en una sola pero magnífica epopeya: la del ocaso del ejército carlista del Maestrazgo, que de no haber mediado la traición de Maroto, podría haber decidido la guerra en favor de Carlos V. Nuevamente salta el contraste entre ambos. Cabrera es el arquetipo del guerrillero español: intuitivo y conocedor exhaustivo del terreno, basa su acción en el valor de la sorpresa, es valiente y osado hasta el riesgo personal, infundiendo el terror moral a sus adversarios y la euforia a sus soldados, y es, en fin, un genio militar formado a sí mismo o incluso innato. O´Donnell, por contra, es un militar de escuela, un gran estudioso de la guerra, con dotes de mando, de organización y facilidad para evaluar las situaciones y corregir los errores incluso en las circunstancias más adversas. A su llegada al frente, el general carlista ha establecido un formidable sitio a la plaza fuerte de Lucena, donde los liberales están a punto de capitular por falta de suministros. O´Donnell confía en la superioridad de su ejército, pero al ver las fortificaciones emplazadas por los sitiadores para evitar el socorro a la fortaleza, opta por una ingeniosa solución, y dando un rodeo aparece por la sierra, cogiendo desprevenidos a los carlistas y forzando su retirada. Numerosas acciones, en las que aprovecha magistralmente el desplazamiento de hombres y materiales liberados del finiquitado frente del Norte, permiten al estratega de carrera hacer retroceder al guerrillero legendario. Una cualidad común comparten ambos: el valor personal. O´Donnell porta él mismo el morado pendón real del regimiento número 1 de la Guardia Real (la crema del ejército gubernamental) que comanda, en el asalto y posterior toma de la plaza de Aliaga, en imagen que nos recuerda a Cabrera ondeando su famosa bandera pirata en el castillo de la recién tomada Morella.

En la segunda guerra carlista, en la que fue protagonista absoluto Ramón Cabrera, el encuentro no tuvo lugar, al hallarse durante la misma el general liberal disfrutando de su cargo de gobernador de la isla de Cuba. Ambos tuvieron un ocaso, nuevamente, con paralelismos y divergencias. Ambos casaron mayores, y ambos murieron en el exilio con el grado reconocido de capitán general, ambos dejaron viudas que se convirtieron en sus principales hagiógrafas y responsables máximas de codificar los mitos con los que se les conoció. Su trayectoria final es irónicamente contradictoria con su vida. Ramón Cabrera, el gran batallador carlista, reconoció en sus últimos años al infante Alfonso de Borbón (llamado el XII), siendo plenamente rehabilitado por el gobierno, que le reconoció todos los cargos concedidos por los reyes legítimos. O´Donnell, el fidelísimo a Isabel, terminó sus días 10 años antes en un amargo exilio en Biarritz, por negarse a respaldar los manejos de la corte dominada por el espadón radical general Serrano.

Don Augusto Cartier, vicepresidente primero del Ateneo Mercantil, ha sido el encargado de cerrar oficialmente el ciclo de conferencias sobre Cabrera, que ha acogido su institución.

   

 

 

 

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