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La conferencia ha tenido
un eje conductor: el paralelismo entre las
vidas de ambos generales, protagonistas de
la primera guerra carlista y de buena parte
de la actividad política española en las
décadas centrales del siglo XIX. Lo más
paradójico es constatar que ambos
personajes, que un protagonismo
contemporáneo tan importante tuvieron,
fueron muy diferentes, más bien opuestos, en
sus caracteres y trayectoria vital.
Dado que las
exposiciones previas han glosado
extensamente la vida de Ramón Cabrera, el
conferenciante, unido por lazos de sangre
directísimos con el general O´Donnell, ha
hecho descansar el peso de su disertación en
la biografía del comandante liberal, citando
a Cabrera únicamente a la hora de establecer
paralelismos o diferencias. Leopoldo
O´Donnell era nieto de un irlandés jacobita,
emigrado a España tras la derrota de los
estuardistas en la guerra escocesa,
ingresando, como tantos otros como él, en
los regimientos de irlandeses que servían al
rey de España, donde ascendió hasta obtener
el grado de coronel. Todos sus descendientes
estuvieron desde ese momento ligados a la
carrera militar, inicialmente en los
regimientos irlandeses y, al ser disueltos
estos, en la guardia real, elite del
ejército español.
Don Hugo ha
trazado a partir de ese momento la
descripción humana y la biografía
comparativa de los primeros años de ambos
protagonistas, basándose en diversos
biógrafos, pero apoyándose principalmente en
Pérez Galdós. Las diferencias entre ellos en
complexión y carácter son abismales. Ramón
Cabrera responde al tipo mediterráneo: de
talla mediana, pelo oscuro, mostacho
terrible pero sin barba, tez morena, casi
biliosa, complexión recia, y unos brillantes
ojos donde se traslucen las pulsiones de un
alma apasionada, impulsiva, generosa e
incluso a veces cruel, empujada por su
propio vitalismo. Leopoldo O´Donnell, por el
contrario, es alto, de pelo rubio, tez
clara, casi albina, herencia de su sangre
irlandesa, peinado al uso elegante de la
época y completamente afeitado, salvo por
una pequeña perilla bajo el labio inferior.
Relata la anécdota de que, en ocasión de la
guerra, un reportero, al ver al entonces
capitán conversando con varios oficiales de
la Legión inglesa afirmaba que "parecía más
británico el capitán español que los mismos
ingleses". Su carácter es completamente
opuesto al del carlista: frío, metódico,
desapasionado, reflexivo, calmado aún en
medio de los mayores peligros.
El ponente
compara la vida de O´Donnell con la calle
que lleva su nombre en Madrid. Como aquella,
la vida del espadón se cruzó continuamente
con la de otro célebre general liberal,
Ramón María Narváez. No se halla un
paralelismo evidente en su biografía con la
de Cabrera, si bien, junto a las evidentes
diferencias relatadas, también se hallarán
puntos de coincidencia interesantes. Si
Cabrera nace en una familia acomodada, hijo
de un marino mercante, y los beneficios
eclesiásticos de sus tíos le empujan a una
carrera eclesiástica para la que no está
llamado y que pronto abandona por empresas
más altas, el nieto del irlandés nace en
Santa Cruz de Tenerife, donde su padre
ejerce el cargo de gobernador militar, en
una familia exclusivamente empleada en el
oficio de la milicia profesional, estando
destinado a la única carrera donde podía
tener futuro. La agitada vida política
española de las primeras décadas del siglo
XIX va a arrastrar a la división familiar:
en ocasión de la revolución de 1820, Carlos,
el padre de Leopoldo, y otro hermano suyo,
se postulan en el bando apostólico,
exiliándose para recabar la ayuda de los
absolutismos europeos, mientras otro
hermano, Enrique, enviado por el gobierno
para acabar con la sublevación liberal
exaltada de Riego, se pasa con armas y
bagajes a la misma, logrando su triunfo.
Otro hermano, Alejandro, ha combatido con
Napoleón en Rusia, es afrancesado y también
se alinea con los revolucionarios. Esta
división familiar sólo va a ser el preludio
de futuros desgarros, que en opinión de don
Hugo, marcaron profundamente el carácter de
Leopoldo, haciéndole inclinado a la
misericordia y el perdón hacia sus
adversarios. Debido a las obediencias de su
padre, el joven cadete de la guardia real es
arrestado por los revolucionarios, logrando
escapar y unirse al ejército de la Santa
Alianza al mando del Duque de Angulema, con
el que viene don Carlos O´Donnell. Repuesto
el poder real, es ascendido a capitán,
ocupando cargos de responsabilidad en la
persecución de adversarios políticos de
S.M.C d. Fernando VII, tanto liberales
radicales como absolutistas. A la muerte de
su padre, en vísperas de la primera
confrontación civil, Leopoldo rompe con el
partido apostólico y se afilia al
liberalismo moderado, que no abandonará en
toda su vida.
La guerra
carlista de 1833 a 1839 fue un conflicto
civil que, como todos, produjo separaciones
entre hermanos. Caso paradigmático fue el de
la familia O´Donnell, donde los tres
hermanos de Leopoldo, en fidelidad a las
lealtades de su padre, se sumaron al bando
de S.M.C d. Carlos V, mientras Leopoldo jura
lealtad, con una fidelidad casi romántica, a
la infanta niña Isabel. Aquí hallamos un
nuevo paralelismo con Cabrera, pues si el
tortosino sufrió el fusilamiento de su madre
y la prisión de sus hermanas a manos de los
cristinos, O´Donnell perdió a un sobrino
(ahijado suyo, nieto del Enrique liberal
exaltado) al principio de la guerra, al ser
capturado en el frente del Norte por las
fuerzas del general Zumalacárregui. El
propio general carlista, amigo de la familia
O´Donnell, trató de salvar su vida,
intercediendo porque se le perdonara la vida
si juraba lealtad al rey. Al negarse este,
fue fusilado con otros oficiales
prisioneros. Uno de los hermanos de Leopoldo
murió en una carga de la caballería carlista
de Zumalacárregui, y otro, hacia el final de
la guerra, al ahogarse vadeando un río.
El joven
Leopoldo fue destinado al frente del norte,
donde en dos ocasiones su pericia y valor
(en una de ellas cargando personalmente a la
bayoneta), permitió salvar a sendas columnas
gubernamentales sorprendidas por emboscadas
carlistas. Sus méritos de guerra le valieron
el ascenso a comandante y luego a Coronel, y
tres cruces de san Fernando. Tras la toma de
los fuertes carlistas de Cantabria, a las
órdenes de Espartero, y la firma del tratado
de Oñate y el posterior abrazo de Vergara,
el propio generalísimo liberal recomendó al
ministro de la guerra que O´Donnell se
encargara de la comandancia efectiva (la
oficial la llevaba el propio Espartero) del
frente del Maestrazgo y del Bajo Aragón,
donde el general Ramón Cabrera estaba
derrotando claramente a las fuerzas del
gobierno.
Aquí es
donde las vidas de ambos se encuentran, en
una sola pero magnífica epopeya: la del
ocaso del ejército carlista del Maestrazgo,
que de no haber mediado la traición de
Maroto, podría haber decidido la guerra
en favor de Carlos V. Nuevamente salta el
contraste entre ambos. Cabrera es el
arquetipo del guerrillero español: intuitivo
y conocedor exhaustivo del terreno, basa su
acción en el valor de la sorpresa, es
valiente y osado hasta el riesgo personal,
infundiendo el terror moral a sus
adversarios y la euforia a sus soldados, y
es, en fin, un genio militar formado a sí
mismo o incluso innato. O´Donnell, por
contra, es un militar de escuela, un gran
estudioso de la guerra, con dotes de mando,
de organización y facilidad para evaluar las
situaciones y corregir los errores incluso
en las circunstancias más adversas. A su
llegada al frente, el general carlista ha
establecido un formidable sitio a la plaza
fuerte de Lucena, donde los liberales están
a punto de capitular por falta de
suministros. O´Donnell confía en la
superioridad de su ejército, pero al ver las
fortificaciones emplazadas por los
sitiadores para evitar el socorro a la
fortaleza, opta por una ingeniosa solución,
y dando un rodeo aparece por la sierra,
cogiendo desprevenidos a los carlistas y
forzando su retirada. Numerosas acciones, en
las que aprovecha magistralmente el
desplazamiento de hombres y materiales
liberados del finiquitado frente del Norte,
permiten al estratega de carrera hacer
retroceder al guerrillero legendario. Una
cualidad común comparten ambos: el valor
personal. O´Donnell porta él mismo el morado
pendón real del regimiento número 1 de la
Guardia Real (la crema del ejército
gubernamental) que comanda, en el asalto y
posterior toma de la plaza de Aliaga, en
imagen que nos recuerda a Cabrera ondeando
su famosa bandera pirata en el castillo de
la recién tomada Morella.
En la
segunda guerra carlista, en la que fue
protagonista absoluto Ramón Cabrera, el
encuentro no tuvo lugar, al hallarse durante
la misma el general liberal disfrutando de
su cargo de gobernador de la isla de Cuba.
Ambos tuvieron un ocaso, nuevamente, con
paralelismos y divergencias. Ambos casaron
mayores, y ambos murieron en el exilio con el
grado reconocido de capitán general, ambos
dejaron viudas que se convirtieron en sus
principales hagiógrafas y responsables
máximas de codificar los mitos con los que
se les conoció. Su trayectoria final es
irónicamente contradictoria con su vida.
Ramón Cabrera, el gran batallador carlista,
reconoció en sus últimos años al infante
Alfonso de Borbón (llamado el XII), siendo
plenamente rehabilitado por el gobierno, que
le reconoció todos los cargos concedidos por
los reyes legítimos. O´Donnell, el fidelísimo
a Isabel, terminó sus días 10 años antes en
un amargo exilio en Biarritz, por negarse a
respaldar los manejos de la corte dominada
por el espadón radical general Serrano.
Don Augusto
Cartier, vicepresidente primero del Ateneo
Mercantil, ha sido el encargado de cerrar
oficialmente el ciclo de conferencias sobre
Cabrera, que ha acogido su institución. |