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Don Javier de Borbón Parma, nuestro "viejo"
Rey Legítimo
El pasado 7 de mayo se cumplió el vigésimo
quinto aniversario del fallecimiento de Don
Javier de Borbón Parma y Braganza, nuestro
"viejo Rey" cuya memoria sigue viva y
presente en quienes lealmente le servimos.
Se conmemora también en este año el
quincuagésimo aniversario de su proclamación
como Rey Legítimo y el trigésimo quinto de
la Consagración de la Comunión
Tradicionalista a la Virgen de Fátima, en
Portugal.
Nacido en Pianore, en el antiguo Ducado de
Lucca (Italia), el 25 de mayo de 1889, en la
partida de nacimiento de Don Javier se hizo
constar que había nacido un varón hijo del
"Infante de España y Duque de Parma" Don
Roberto de Borbón y de su segunda esposa
doña María Antonia de Braganza. Al solemne
bautizo que ofició en el gran salón del
Palacio el Arzobispo de Lucca, Monseñor
Ghilardi, asistieron la Reina Doña
Margarita, esposa de Carlos VII, y su hijo
el Príncipe Don Jaime, quien sostuvo al
neófito en la pila aunque no era su padrino.
La rama de Parma, de la Casa Real de España,
descendiente por línea recta de varón de
Felipe V, ha estado siempre profundamente
vinculada a la Causa Carlista.
Don Javier de Borbón Parma cursó en París
las carreras de Ingeniero Agrónomo y
Ciencias Políticas y Económicas. Hablaba,
como lenguas nativas, la castellana, la
portuguesa y la italiana, y además, dominaba
a la perfección el francés ("con ligero
acento extranjero", como decían en Francia),
el inglés y el alemán. Su formación
religiosa era profunda y sincera, y de ella
dio testimonio constantemente. Fue un
apasionado defensor y servidor de la Iglesia
Católica y uno de los más estrechos
colaboradores seglares de Su Santidad el
Papa Pío XII, el gran Pontífice del siglo XX,
el paladín de una Europa unida, pero de la
Europa de la Cristiandad frente a la Europa
de los mercaderes, que ya se barruntaba
entonces.
Del matrimonio de don Javier con Doña
Magdalena de Borbón-Busset, de la rama más
antigua de los Borbones de Francia, que
había sido autorizado en 1927 por Don Jaime
III como Jefe de la Casa Real Española, y
que presidió los esponsales, el 12 de
noviembre de aquel mismo año, en la iglesia
del castillo de Lignières, nacieron la
Infanta Doña María Francisca, casada con el
Príncipe Eduardo de Lobkowickz; el Príncipe
Don Carlos Hugo, casado con la Princesa Doña
Irene de Orange-Nassau; las Infantas Doña
Cecilia, Doña María Teresa y Doña María de
las Nieves y el Infante Don Sixto Enrique.
Que Don Javier poseía la nacionalidad
española es cosa clara para todo aquel que
conozca mínimamente el Derecho Sucesorio
español. La Rama Ducal de Parma, a la que
pertenecía Don Javier, como Jefe de la
misma, forma parte de la Casa de Borbón
española, por descender sus miembros, de
varón en varón, de Felipe V. Todos los
Duques de Parma han ostentado, incluso
delante de este título, el de Infantes de
España, y un Infante de España no puede
perder su nacionalidad de origen.
Don Alfonso Carlos I veía en Don Javier a su
único sucesor posible, por su lealtad y su
entrega total a los principios del Carlismo.
Existen cartas y documentos de este Rey en
los que, con base en el Derecho Tradicional,
se elimina jurídicamente a los miembros de
las dinastías que combatieron la
Legitimidad.
El 23 de enero de 1936 S. M. el Rey Don
Alfonso Carlos I firmaba en el destierro un
Real Decreto en el que instituía como
Regente a S. A. R. Don Javier de Borbón
Parma, "y a quien esta Regencia no privaría
de su derecho eventual a la Corona", según
palabras textuales del Real Decreto. Ese
sería el primer hito histórico
imprescindible para comprender la
trayectoria vital y la evolución del
Carlismo contemporáneo. Es sin duda la
Regencia la gran obra política de don Manuel
Fal Conde, discutida y polémica en el seno
del Carlismo, pero perfectamente acorde con
el Derecho sucesorio, oportuna, necesaria y
clarificadora en unos momentos de crisis en
que era preciso arbitrar una solución al
problema sucesorio.
Un mes antes de la firma del Real Decreto
que instituía la Regencia, el 20 de
diciembre de 1935 don Manuel Fal Conde
recibía el nombramiento de Jefe Delegado. Y
Don Alfonso Carlos I había nombrado a su
sobrino el Príncipe Don Javier delegado
personal suyo en la dirección de los
trabajos de conspiración contra la República
que ya se habían iniciado. Don Manuel Fal
Conde tomó el asunto de la Regencia con
especial empeño, lo trató con el Rey, que ya
se mostraba favorable a que el nombramiento
de Regente recayera en su sobrino Don
Javier, y encomendó a don Luis Hernando de
Larramendi -el gran tribuno de la Tradición,
prestigioso jurista y brillante abogado en
la Villa y Corte- la redacción de un
ateproyecto de Decreto de creación de la
Regencia, labor en la que contaría con la
colaboración y asesoramiento del propio Fal
Conde, de don Manuel Senante y de don José
María Lamamié de Clairac.
Don Esteban Bilbao se adhirió de manera
entusiasta al proyecto, manifestando que
convenía tener presente "que el Regente
pudiera acaso convertirse en sucesor", y
añadió: "Igualmente, si fuere Don Javier,
convendría indicar algunas circunstancias
que avaloran su designación ante el partido.
Su estrecho parentesco con la Familia Real
(sobrino de Doña Margarita, primo de Don
Jaime); su linaje, perseguido siempre por
las revoluciones y depositario fidelísimo de
la doctrina legitimista; y su adscripción al
orden sucesorio, en su lugar y su puesto,
dentro de la ley de Felipe V".
En el Real Decreto, Don Alfonso Carlos I
nombra Regente "a Mi muy querido sobrino S.
A. R. Don Javier de Borbón Parma, en el que
tengo plena confianza por representar
enteramente nuestros principios, por su
piedad cristiana, sus sentimientos del
honor, y a quien esta Regencia no privaría
de su derecho eventual a la Corona". Como se
ve, quedaba abierta la puerta a la
posibilidad -como en efecto sucedería
posteriormente- de que Don Javier fuera
reconocido como Rey legítimo, sin
contravenir, en modo alguno, ni el espíritu
ni la letra del Real Decreto.
El 1 de octubre de 1936 la Jefatura Nacional
de la Comunión Tradicionalista publicaba un
decreto en Burgos anunciando el
fallecimiento de S. M. el Rey Don Alfonso
Carlos I y la entrada en vigor del Real
Decreto que creaba la Regencia. Dos días
después, el 3 de octubre, Don Javier de
Borbón Parma pronunciaba una alocución y el
juramento como Príncipe Regente ante el
cadáver de su augusto tío el Rey difunto, en
el castillo de Puccheim. Inmediatamente se
puso Don Javier a ejercer su alta autoridad
y representación confirmando a don Manuel
Fal Conde en la Jefatura Nacional de la
Comunión Tradicionalista, mediante carta
fechada en Viena el 6 de octubre siguiente.
El 13 de febrero de 1937, S.A.R. el Príncipe
Regente presidía la reunión de la Junta
Nacional Carlista de Guerra en el Palacio de
Insua, en Portugal, y pronunciaba el
discurso inaugural. El 6 de marzo siguiente,
Don Javier dirigía una carta a don Francisco
Franco Bahamonde en la que solicitaba el
levantamiento del destierro impuesto a don
Manuel Fal Conde.
El 19 de abril de 1937 se firma el Decreto
de Unificación, que no es aceptado por Don
Javier. Todo carlista que reconociera este
decreto y aceptara cargos del nuevo régimen
sería expulsado de la Comunión
Tradicionalista. En este mismo año de 1937
Don Javier sufriría su primera expulsión de
suelo español. El Carlismo no colabora con
la situación imperante, y algunos de sus
miembros sufren cárcel, persecución y
destierro. El 25 de julio de 1941, desde el
castillo de Bostz, en Francia, el Príncipe
Regente dirigía un manifiesto a los
carlistas.
A lo largo de la Guerra Civil y durante la
postguerra, la Comunión Tradicionalista,
como organización política más o menos en la
clandestinidad o no reconocida por el
aparato político oficial del régimen, y que
encuadraba a los carlistas auténticos,
continuó su devenir sometida a constantes
presiones, persecuciones y censuras. Don
Manuel Fal Conde se hallaba confinado en
Sevilla desde su regreso del destierro en
Portugal, que Franco le había impuesto en
diciembre de 1936, y aún sería confinado, en
octubre de 1941, al pueblecito de Ferrerías,
en la isla de Menorca, sin explicaciones ni
trámites legales.
En el año 1937, hallándose en Sevilla el
Príncipe Regente, S.A.R. Don Francisco
Javier de Borbón Parma y Braganza, fue
expulsado de España por Franco. Los
servicios de información de Don Javier le
habían puesto al tanto de que un coronel de
las SS había exigido a Franco su inmediata
expulsión.
El que Don Javier fuera perseguido por nazis
y fascistas no debe parecer extraño en
absoluto. Se ha pretendido ignorar que
frente al Nacional-Socialismo o nazismo
alemán acaudillado por Hitler, la postura de
la Iglesia Católica fue de rotunda condena.
Y no lo fue al dictado de una moda surgida
del hecho de haber sido los nazis los
perdedores de la II Guerra Mundial, ni lo
fue por el prurito de una postura falsamente
"progre" que ni adoptó entonces la Iglesia
ni tiene por qué adoptar nunca. La condena
del Nacional-Socialismo por el Magisterio
Eclesiástico, dentro de la Doctrina Social
de la Iglesia, se halla en el contexto de la
condena y rechazo de todas las ideologías y
actitudes políticas negadoras de la dignidad
de la persona humana y de su dimensión y
trascendencia religiosa y sobrenatural, como
lo son también el marxismo, el socialismo y
el liberalismo.
En Alemania, el acoso de los nazis a los
militantes católicos y sacerdotes fue
patente desde el primer momento. Y en esa
línea, el siniestro campo de concentración
de Dachau es un auténtico símbolo de la
persecución religiosa nazi. Allí padeció
martirio el Carmelita holandés Tito Brandsma,
hace unos años beatificado, y allí fueron
deportados el Obispo de Clermont-Ferrand
(Francia) y Su Alteza Real el Príncipe
Regente Don Francisco Javier de Borbón Parma
y Braganza, relevante católico seglar
español. Aunque pesaba sobre él una condena
a muerte, Don Javier se libró de la
ejecución por haberse perdido su
documentación en un bombardeo, pero estuvo a
punto de morir de enfermedad, siendo
intervenido quirúrgicamente, en condiciones
dramáticas, por un compañero de prisión. A
raíz de su detención y condena a muerte,
interpelado el Gobierno español sobre si
deseaba salvar la vida del prisionero, no
manifestó ningún interés. El escritor y
poeta Ignacio Romero Raizábal, en un bello y
estremecedor libro, El prisionero de
Dachau 156.270, transmitió fielmente, de
primera mano, la narración que le hizo Don
Javier de los escalofriantes episodios
vividos por él en Dachau. Cuando yo conocí,
traté y serví lealmente al Rey Don Javier I
en los últimos años de su intensa y
ajetreada vida, llevaba aún impresos en su
apacible mirada de anciano venerable los
horribles sufrimientos padecidos en Dachau.
Si al tema de la Regencia de Don Javier le
dediqué especial atención en mi estudio "Fal
Conde y la Asamblea de Insua" (Aportes,
núm. 25, mayo 1995, pp. 3-39), que obtuvo el
Premio Fal Conde de Historia, en mi
aportación a las Jornadas sobre Identidad
y nacionalismo en la España Contemporánea:
el Carlismo, 1833-1975 (Madrid, 1996,
pp. 155-171) analicé la singladura de este
movimiento político en la postguerra y en la
transición, aunque haciendo un mayor
hincapié en la primera etapa, y me ocupé
luego de "El Carlismo en la Transición" en
la revista Aportes (núm. 46, 2001,
pp. 4-19).
A lo largo de los años cuarenta del siglo XX
se había hecho patente el deseo del pueblo
carlista, fielmente representado y
hábilmente dirigido por el Jefe Delegado don
Manuel Fal Conde, de que Don Javier de
Borbón Parma concluyera la Regencia y se
proclamara Rey. Así, en el extracto de las
actas de la reunión del Consejo Nacional de
la Tradición y de los Jefes Provinciales
conjuntamente, celebrada del 19 al 21 de
febrero de 1949, se lee: "El Consejo se da
por enterado del anhelo de las masas
carlistas de tener un Rey, asunto cuya
resolución corresponde al Príncipe Regente;
y se adhiere y hace suyo el deseo que se va
manifestando cada vez con más extensión de
que sea el propio Príncipe quien ocupe el
Trono de España el día que la oportunidad
política lo permita".
Frente a las iniciales vacilaciones del
Príncipe Regente, los carlistas no dudaban
ya en cantar una copla que se hizo popular:
"En realidad,/ ya tenemos Rey,/ ha muerto
Alfonso Carlos,/ ¡viva Don Javier!/ ¡Arriba
el Clero,/ curas y frailes,/ y abajo todos/
los liberales!". Y hablando de coplas y
canciones, recuerdo algunas otras, que
cantábamos con entusiasmo y cariño, algunas
adaptando a la letra antigua el nombre del
nuevo monarca, y que revistieron, incluso,
varias versiones diferentes, como la de "Don
Javier tiene un cañón/ que lo llaman
'Bocanegra'..."; o aquella entusiasta que
decía: "Si nadie entra en Madrid,/ nosotros
entraremos/ y en el Palacio Oriente/ a Don
Javier pondremos"; o aquélla, tan foral, que
comenzaba "¡Vivan los Fueros de Navarra!/
¡Vivan los Fueros de Aragón!", el tercer
verso podía variar según la procedencia
regional de quienes la cantaran o dónde la
cantaran, y el ultimo verso era,
naturalmente, "¡Viva Don Javier de Borbón!".
O en "Si nos preguntan: '¡Alto!, ¿quién
vive?'...", los voluntarios éramos, por
supuesto, los "del Rey Javier". Momentos
para la nostalgia.
Un paso decisivo para la consecución de este
propósito fue la publicación, en 1949, del
libro de Fernando Polo ¿Quién es el Rey?
(Editorial Tradicionalista, Madrid, 1949,
reimpresión en Editorial Católica de
Sevilla, 1968), obra incontestable y
definitiva en que se demuestra
documentadamente, con acopio de sana
doctrina y de alegaciones irrefutables, la
Legitimidad de Don Javier, sus derechos a
ocupar el Trono de España de acuerdo con la
doble Legitimidad de origen y de ejercicio.
El 7 de mayo de 1950 se produce el encuentro
de Don Javier con numerosos carlistas que
acudían como peregrinos a Roma para asistir
a la canonización del Beato Padre Claret. En
la declaración efectuada con tal motivo por
el Príncipe Regente en la audiencia
concedida a los carlistas peregrinos, se
expresó de esta manera:
"Las presentes circunstancias no permiten
una designación imprudente y comprometedora
y obligan a prolongar el interregno. Pero
quiero decir a los carlistas que os doy la
seguridad de que en ocasión adecuada haré
esa designación y que, si apuradas todas las
posibilidades no resultare Príncipe de mejor
derecho y merecedor de la confianza del
último Rey, de la que soy depositario, no
olvidaré que la Casa de Parma, españolísima
de origen, y leal a la Legitimidad, sabrá
recoger la herencia de mi abuelo Don Felipe
V junto con todos sus derechos y gravísimos
deberes".
El 26 de junio siguiente, ante el árbol de
Guernica, Su Alteza Real el Príncipe Regente
pronunció el solemne juramento de todos los
Fueros y Privilegios de las Coronas de las
Españas. Los Fueros de Cataluña los juraría
en el monasterio de Montserrat el 3 de
diciembre de 1951.
Tras la declaración a los peregrinos en
Roma, estaba el camino allanado para el acto
de proclamación de Don Javier como Rey de la
Dinastía Legítima, celebrado en Barcelona el
31 de mayo de 1952 ante el Consejo Nacional
de la Comunión Tradicionalista, reunido con
motivo de la celebración del Congreso
Eucarístico Internacional, al que asistía
Don Javier. El mismo día, en carta fechada
en Barcelona, Don Javier I comunicaba a su
hijo primogénito Don Carlos Hugo el haber
aceptado la sucesión en la Dinastía Carlista
a la Corona de España:
"... Es por todo esto, mi querido hijo, por
lo que hoy, festividad de la Mediación
Universal de María Santísima y postrado ante
la Divina Realeza de Jesucristo
Sacramentado, he resuelto asumir la realeza
de las Coronas de España en sucesión del
último Rey, aunque pendiente la promulgación
de este acuerdo de la oportunidad que espero
próxima para su publicación y para Nuestro
Juramento. De corazón te abraza tu padre,
Francisco Javier. Barcelona, 31 de marzo de
1952" (Revista Montejurra, núm. 29,
p. 11).
Como afirma Manuel de Santa Cruz, "en la
biografía política del Jefe Delegado, don
Manuel Fal Conde, el Acto de Barcelona que
él preparó con increíble tesón frente a
adversidades que cualquiera hubiera juzgado
insuperables, es el mérito que en magnitud
sigue a la preparación del Alzamiento de
1936, a la contribución a la Victoria de
1939, y a la resistencia a la Unificación" (Apuntes
y documentos para la Historia del
Tradicionalismo Español, t. XII, pp.
107-108).
Esta proclamación supondría un nuevo
destierro del Rey y un reverdecer del
entusiasmo en las filas carlistas. Con
anterioridad, se había iniciado un mayor
contacto de toda la Familia Borbón Parma con
España y lo español en sucesivos viajes y
estancias del Príncipe Don Carlos Hugo y de
los Infantes Don Sixto, Doña María Francisca
-casada con el Príncipe Lobkowickz-, Doña
María Cecilia, Doña María Teresa y Doña
María de las Nieves, así como de la Reina
Doña Magdalena de Borbón-Busset, esposa de
Don Javier.
En carta fechada en el castillo de Bostz,
Besson (Allier), el 11 de julio de 1963, y
dirigida a don Rufino Menéndez, Don Javier
se expresa así sobre los viajes de sus
augustos hijos por los pueblos de España:
"Ya que nosotros no podemos hacer
personalmente esos viajes, como sería
nuestro ardiente deseo, para conocer y
hablar con los nuestros, y en especial con
nuestros queridos obreros y campesinos,
sentimos una gran satisfacción en que el
Príncipe y los Infantes puedan hacerlos,
viviendo en medio de nuestro pueblo para
compartir sus preocupaciones e inquietudes y
estudiar la forma más rápida y eficaz en que
deben resolverse sus problemas. Este
contacto personal es fundamental para
nosotros, porque permite conocernos mejor y
conocer también la realidad social, a cuya
solución hemos de aportar nuestra ayuda y
nuestro trabajo en la realización de la
justicia social, que es la primera tarea de
un Rey y de un Príncipe Cristiano"
(publicada en el número 84 de Boina Roja,
una copia mecanografiada se halla en el
Archivo Carlista de Sevilla).
Tras el cese de don Manuel Fal Conde como
Jefe Delegado en agosto de 1955, hubo un
momento de colaboración con Franco bajo la
Jefatura de don José María Valiente, y la
hábil promoción, al hilo de las previsiones
de la Ley de Sucesión dictada por Franco, de
la candidatura de Don Carlos Hugo, frente a
la pálida y desdibujada figura de Don Juan
Carlos, que acabaría, sin embargo, por
triunfar. A menudo se ha acusado a don José
María Valiente de colaboracionismo con el
régimen de Franco, pero sin esa etapa que
hubo de atravesar el Carlismo no hubiera
sido posible la difusión de la doctrina y de
una Dinastía actual y perpectamente
preparada para las labores de gobierno, en
amplios sectores de la opinión pública de
España y del extranjero. Recuerdo cómo los
miembros de la Dinastía Legítima eran
habituales en las páginas -incluso en
algunas portadas- de la prestigiosa revista
francesa Point de Vue. Images du Monde,
dedicada casi monográficamente a las testas
coronadas y a la aristocracia europea -de la
que yo era asiduo lector cuando llegaba a
algún kiosco de Zaragoza-, mientras a la
rama usurpadora, en esas mismas páginas, se
la ignoraba y se le dedicaba el más absoluto
silencio durante unos cuantos años.
De cualquier modo, Franco no hizo sino jugar
con los carlistas, como con todos los demás
sectores del régimen, en función de sus
intereses, que no eran sino la permanencia
de su persona en el poder absoluto y
totalitario a lo largo de su dilatada vida.
Lo que ocurriera después de su muerte le
traía sin cuidado, como lo demuestra la
solución que dio a la cuestión dinástica.
Por ello pudo decir, a mediados de 1958, a
su primo Francisco Franco Salgado-Araujo,
con total y absoluta frialdad: "La rama que
defienden los señores Valiente y Zamanillo
se está portando muy bien con el régimen;
pero no se comprende que sean partidarios y
que hagan propaganda en favor de un príncipe
extranjero que no tiene el menor arraigo en
el país y que nada inspira a los españoles"
(citado por CANAL, Jordi: El Carlismo,
Madrid, 2000, p. 357).
Las figuras del Rey Don Javier I de Borbón
Parma y de su hijo Don Carlos Hugo fueron en
principio decisivas en el proceso de
evolución que se produjo en el seno del
Carlismo. Muchos estábamos de acuerdo en que
era necesaria una evolución y una puesta al
día en el seno de la Comunión
Tradicionalista. Pero hubo una mayor
diversidad al escoger el momento cronológico
en considerar que la evolución había pasado
a ser ruptura con los principios esenciales
del Carlismo y abandonar, por tanto, ese
proyecto inviable y absurdo, carente de
futuro, en que la ambición de Don Carlos
Hugo había convertido al Partido Carlista.
La expulsión de la Familia Borbón Parma de
España en diciembre de 1968 supuso una mayor
radicalización del Partido Carlista de Don
Carlos Hugo y la progresiva deriva hacia
posturas ideológicas y políticas claramente
incompatibles con el verdadero Carlismo.
El Carlismo de Don Carlos Hugo, en unos
momentos en que la acentuada senectud de Don
Javier hacía inviable su intervención para
rectificar el rumbo, derivó hacia una
progresiva izquierdización del ya denominado
Partido Carlista, hacia una delirante
proclamación de un "socialismo
autogestionario" que nada tenía ya que ver
con el auténtico Carlismo tradicionalista.
De la lógica y necesaria evolución y
adecuación a los tiempos, se había pasado a
una injustificable ruptura con la Tradición.
El 20 de abril de 1975 Don Javier de Borbón
Parma anuncia oficialmente su abdicación en
favor de su hijo primogénito. No era sino un
mero trámite, pues el Partido Carlista
estaba ya hacía tiempo en manos de Don
Carlos Hugo, y la avanzada edad de Don
Javier no le permitía ya atisbar los
desdichados derroteros por los que su hijo
estaba llevando a lo que antaño fuera un
movimiento político fuerte y respetado. Sí
vio con lucidez la gravedad de la situación,
y se enfrentó a ella con energía, la Reina
Doña Magdalena, en palabras de Manuel de
Santa Cruz, "tan firme y heroicamente
opuesta a las ideas políticas postreras de
Don Carlos Hugo" (SANTA CRUZ, Manuel de:
"Don Javier, una vida al servicio de la
libertad", Aportes, núm. 35, Madrid,
1997, p. 25).
La lamentable utilización alternativa de un
Don Javier próximo ya a la muerte por sus
hijos Don Carlos y Don Sixto, representantes
de dos tendencias ya irreconciliables, y el
sangriento enfrentamiento en el acto de
Montejurra de 1976, tras la muerte de
Franco, propiciaron la progresiva
desintegración del Partido Carlista,
reducido ya a un grupúsculo inviable, y el
lento proceso de unidad y convergencia de
los auténticos carlistas en una Comunión
Tradicionalista-Carlista, distante ya de las
posturas extremas de ambos hijos de Don
Javier, que va poco a poco recuperando el
terreno que corresponde al Carlismo
tradicionalista en el espectro político
español, con su permanente lema de Dios,
Patria, Fueros y Rey Legítimo, actualizado y
adecuado a las circunstancias presentes.
El 7 de mayo de 1977 fallecía Don Javier de
Borbón Parma en el Hospital de Chur (Suiza),
víctima de un infarto de miocardio, a los
ochenta y siete años de edad. Sus restos
mortales reposan en la célebre Abadía
francesa de Solesmes, en el departamento de
Sarthe, cerca de Tours. Don Javier había
sido reconocido como Duque de Parma por
todas las Casas Reales europeas tras el
fallecimiento sin sucesión, en 1974, de su
sobrino Don Roberto II, Duque de Parma, hijo
del Duque Don Elías I.
El papel de Don Javier, de cuyo
fallecimiento se cumple ahora el vigésimo
quinto aniversario, debe reconocerse como
fundamental en la Historia del Carlismo
contemporáneo. Si hemos de intentar una
aproximación a su figura histórica y
analizarla con objetividad e imparcialmente
-aunque no podamos tampoco sustraernos a los
sentimientos de simpatía, afecto y respeto
quienes en un tiempo ya lejano lo servimos
con entusiasmo y lealtad-, no es posible
soslayar su recia personalidad, su profunda
religiosidad, su integridad moral y su
lealtad a los sagrados principios de Dios,
Patria, Fueros y Rey, que mantuvo siempre
con el mayor decoro y dignidad mientras
conservó la lucidez de su mente. Frente a
algunos intentos de desprestigiar o de
minimizar su dimensión histórica y su valía
personal, aquí estamos nosotros, la Comunión
Tradicionalista Carlista, tributándole este
merecido homenaje.
Julio V. Brioso y Mayral
De la Real Academia de la Historia |