lunes, 07 de mayo de 2007

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7 de mayo de 2007. Especiales. 30 aniversario de la muerte del rey Don Javier. Don Javier de Borbón Parma, nuestro "viejo" Rey Legítimo. por Julio V. Brioso y Mayral

El 7 de mayo de 1977, hace ahora 30 años fallecía en Chur (Suiza), a los 87 años de edad, SMC D. Javier de Borbón Parma.

 

En 2002, al cumplirse los 25 años de su fallecimiento los Círculos Carlistas y la CTC del Reino de Valencia prepararon una serie de celebraciones en recuerdo y homenaje hacia su persona que culminaron en el acto celebrado el 8 de diciembre en Valencia, en el que intervino, entre otros, D. Julio V. Brioso y Mayral con una magnífica exposición sobre la vida de Don Javier. Poco tiempo después, el 14 de enero de 2004, fallecería en Huesca a la edad de 53 años.

 

Como homenaje a ambos reproducimos desde AVANT! las palabras pronunciadas por Julio Brioso en aquella ocasión que nos servirán a todos para conocer más a la gran persona que fue Don Javier.

 

Nuestro recuerdo y oración por ellos.

 
   

Don Javier de Borbón Parma, nuestro "viejo" Rey Legítimo

 

El pasado 7 de mayo se cumplió el vigésimo quinto aniversario del fallecimiento de Don Javier de Borbón Parma y Braganza, nuestro "viejo Rey" cuya memoria sigue viva y presente en quienes lealmente le servimos. Se conmemora también en este año el quincuagésimo aniversario de su proclamación como Rey Legítimo y el trigésimo quinto de la Consagración de la Comunión Tradicionalista a la Virgen de Fátima, en Portugal.

 

Nacido en Pianore, en el antiguo Ducado de Lucca (Italia), el 25 de mayo de 1889, en la partida de nacimiento de Don Javier se hizo constar que había nacido un varón hijo del "Infante de España y Duque de Parma" Don Roberto de Borbón y de su segunda esposa doña María Antonia de Braganza. Al solemne bautizo que ofició en el gran salón del Palacio el Arzobispo de Lucca, Monseñor Ghilardi, asistieron la Reina Doña Margarita, esposa de Carlos VII, y su hijo el Príncipe Don Jaime, quien sostuvo al neófito en la pila aunque no era su padrino. La rama de Parma, de la Casa Real de España, descendiente por línea recta de varón de Felipe V, ha estado siempre profundamente vinculada a la Causa Carlista.

 

Don Javier de Borbón Parma cursó en París las carreras de Ingeniero Agrónomo y Ciencias Políticas y Económicas. Hablaba, como lenguas nativas, la castellana, la portuguesa y la italiana, y además, dominaba a la perfección el francés ("con ligero acento extranjero", como decían en Francia), el inglés y el alemán. Su formación religiosa era profunda y sincera, y de ella dio testimonio constantemente. Fue un apasionado defensor y servidor de la Iglesia Católica y uno de los más estrechos colaboradores seglares de Su Santidad el Papa Pío XII, el gran Pontífice del siglo XX, el paladín de una Europa unida, pero de la Europa de la Cristiandad frente a la Europa de los mercaderes, que ya se barruntaba entonces.

 

Del matrimonio de don Javier con Doña Magdalena de Borbón-Busset, de la rama más antigua de los Borbones de Francia, que había sido autorizado en 1927 por Don Jaime III como Jefe de la Casa Real Española, y que presidió los esponsales, el 12 de noviembre de aquel mismo año, en la iglesia del castillo de Lignières, nacieron la Infanta Doña María Francisca, casada con el Príncipe Eduardo de Lobkowickz; el Príncipe Don Carlos Hugo, casado con la Princesa Doña Irene de Orange-Nassau; las Infantas Doña Cecilia, Doña María Teresa y Doña María de las Nieves y el Infante Don Sixto Enrique.

 

Que Don Javier poseía la nacionalidad española es cosa clara para todo aquel que conozca mínimamente el Derecho Sucesorio español. La Rama Ducal de Parma, a la que pertenecía Don Javier, como Jefe de la misma, forma parte de la Casa de Borbón española, por descender sus miembros, de varón en varón, de Felipe V. Todos los Duques de Parma han ostentado, incluso delante de este título, el de Infantes de España, y un Infante de España no puede perder su nacionalidad de origen.

 

Don Alfonso Carlos I veía en Don Javier a su único sucesor posible, por su lealtad y su entrega total a los principios del Carlismo. Existen cartas y documentos de este Rey en los que, con base en el Derecho Tradicional, se elimina jurídicamente a los miembros de las dinastías que combatieron la Legitimidad.

 

El 23 de enero de 1936 S. M. el Rey Don Alfonso Carlos I firmaba en el destierro un Real Decreto en el que instituía como Regente a S. A. R. Don Javier de Borbón Parma, "y a quien esta Regencia no privaría de su derecho eventual a la Corona", según palabras textuales del Real Decreto. Ese sería el primer hito histórico imprescindible para comprender la trayectoria vital y la evolución del Carlismo contemporáneo. Es sin duda la Regencia la gran obra política de don Manuel Fal Conde, discutida y polémica en el seno del Carlismo, pero perfectamente acorde con el Derecho sucesorio, oportuna, necesaria y clarificadora en unos momentos de crisis en que era preciso arbitrar una solución al problema sucesorio.

 

Un mes antes de la firma del Real Decreto que instituía la Regencia, el 20 de diciembre de 1935 don Manuel Fal Conde recibía el nombramiento de Jefe Delegado. Y Don Alfonso Carlos I había nombrado a su sobrino el Príncipe Don Javier delegado personal suyo en la dirección de los trabajos de conspiración contra la República que ya se habían iniciado. Don Manuel Fal Conde tomó el asunto de la Regencia con especial empeño, lo trató con el Rey, que ya se mostraba favorable a que el nombramiento de Regente recayera en su sobrino Don Javier, y encomendó a don Luis Hernando de Larramendi -el gran tribuno de la Tradición, prestigioso jurista y brillante abogado en la Villa y Corte- la redacción de un ateproyecto de Decreto de creación de la Regencia, labor en la que contaría con la colaboración y asesoramiento del propio Fal Conde, de don Manuel Senante y de don José María Lamamié de Clairac.

 

Don Esteban Bilbao se adhirió de manera entusiasta al proyecto, manifestando que convenía tener presente "que el Regente pudiera acaso convertirse en sucesor", y añadió: "Igualmente, si fuere Don Javier, convendría indicar algunas circunstancias que avaloran su designación ante el partido. Su estrecho parentesco con la Familia Real (sobrino de Doña Margarita, primo de Don Jaime); su linaje, perseguido siempre por las revoluciones y depositario fidelísimo de la doctrina legitimista; y su adscripción al orden sucesorio, en su lugar y su puesto, dentro de la ley de Felipe V".

           

En el Real Decreto, Don Alfonso Carlos I nombra Regente "a Mi muy querido sobrino S. A. R. Don Javier de Borbón Parma, en el que tengo plena confianza por representar enteramente nuestros principios, por su piedad cristiana, sus sentimientos del honor, y a quien esta Regencia no privaría de su derecho eventual a la Corona". Como se ve, quedaba abierta la puerta a la posibilidad -como en efecto sucedería posteriormente- de que Don Javier fuera reconocido como Rey legítimo, sin contravenir, en modo alguno, ni el espíritu ni la letra del Real Decreto.

           

El 1 de octubre de 1936 la Jefatura Nacional de la Comunión Tradicionalista publicaba un decreto en Burgos anunciando el fallecimiento de S. M. el Rey Don Alfonso Carlos I y la entrada en vigor del Real Decreto que creaba la Regencia. Dos días después, el 3 de octubre, Don Javier de Borbón Parma pronunciaba una alocución y el juramento como Príncipe Regente ante el cadáver de su augusto tío el Rey difunto, en el castillo de Puccheim. Inmediatamente se puso Don Javier a ejercer su alta autoridad y representación confirmando a don Manuel Fal Conde en la Jefatura Nacional de la Comunión Tradicionalista, mediante carta fechada en Viena el 6 de octubre siguiente.

           

El 13 de febrero de 1937, S.A.R. el Príncipe Regente presidía la reunión de la Junta Nacional Carlista de Guerra en el Palacio de Insua, en Portugal, y pronunciaba el discurso inaugural. El 6 de marzo siguiente, Don Javier dirigía una carta a don Francisco Franco Bahamonde en la que solicitaba el levantamiento del destierro impuesto a don Manuel Fal Conde.

           

El 19 de abril de 1937 se firma el Decreto de Unificación, que no es aceptado por Don Javier. Todo carlista que reconociera este decreto y aceptara cargos del nuevo régimen sería expulsado de la Comunión Tradicionalista. En este mismo año de 1937 Don Javier sufriría su primera expulsión de suelo español. El Carlismo no colabora con la situación imperante, y algunos de sus miembros sufren cárcel, persecución y destierro. El 25 de julio de 1941, desde el castillo de Bostz, en Francia, el Príncipe Regente dirigía un manifiesto a los carlistas.

           

A lo largo de la Guerra Civil y durante la postguerra, la Comunión Tradicionalista, como organización política más o menos en la clandestinidad o no reconocida por el aparato político oficial del régimen, y que encuadraba a los carlistas auténticos, continuó su devenir sometida a constantes presiones, persecuciones y censuras. Don Manuel Fal Conde se hallaba confinado en Sevilla desde su regreso del destierro en Portugal, que Franco le había impuesto en diciembre de 1936, y aún sería confinado, en octubre de 1941, al pueblecito de Ferrerías, en la isla de Menorca, sin explicaciones ni trámites legales.

           

En el año 1937, hallándose en Sevilla el Príncipe Regente, S.A.R. Don Francisco Javier de Borbón Parma y Braganza, fue expulsado de España por Franco. Los servicios de información de Don Javier le habían puesto al tanto de que un coronel de las SS había exigido a Franco su inmediata expulsión.

           

El que Don Javier fuera perseguido por nazis y fascistas no debe parecer extraño en absoluto. Se ha pretendido ignorar que frente al Nacional-Socialismo o nazismo alemán acaudillado por Hitler, la postura de la Iglesia Católica fue de rotunda condena. Y no lo fue al dictado de una moda surgida del hecho de haber sido los nazis los perdedores de la II Guerra Mundial, ni lo fue por el prurito de una postura falsamente "progre" que ni adoptó entonces la Iglesia ni tiene por qué adoptar nunca. La condena del Nacional-Socialismo por el Magisterio Eclesiástico, dentro de la Doctrina Social de la Iglesia, se halla en el contexto de la condena y rechazo de todas las ideologías y actitudes políticas negadoras de la dignidad de la persona humana y de su dimensión y trascendencia religiosa y sobrenatural, como lo son también el marxismo, el socialismo y el liberalismo.

           

En Alemania, el acoso de los nazis a los militantes católicos y sacerdotes fue patente desde el primer momento. Y en esa línea, el siniestro campo de concentración de Dachau es un auténtico símbolo de la persecución religiosa nazi. Allí padeció martirio el Carmelita holandés Tito Brandsma, hace unos años beatificado, y allí fueron deportados el Obispo de Clermont-Ferrand (Francia) y Su Alteza Real el Príncipe Regente Don Francisco Javier de Borbón Parma y Braganza, relevante católico seglar español. Aunque pesaba sobre él una condena a muerte, Don Javier se libró de la ejecución por haberse perdido su documentación en un bombardeo, pero estuvo a punto de morir de enfermedad, siendo intervenido quirúrgicamente, en condiciones dramáticas, por un compañero de prisión. A raíz de su detención y condena a muerte, interpelado el Gobierno español sobre si deseaba salvar la vida del prisionero, no manifestó ningún interés. El escritor y poeta Ignacio Romero Raizábal, en un bello y estremecedor libro, El prisionero de Dachau 156.270, transmitió fielmente, de primera mano, la narración que le hizo Don Javier de los escalofriantes episodios vividos por él en Dachau. Cuando yo conocí, traté y serví lealmente al Rey Don Javier I en los últimos años de su intensa y ajetreada vida, llevaba aún impresos en su apacible mirada de anciano venerable los horribles sufrimientos padecidos en Dachau.

           

Si al tema de la Regencia de Don Javier le dediqué especial atención en mi estudio "Fal Conde y la Asamblea de Insua" (Aportes, núm. 25, mayo 1995, pp. 3-39), que obtuvo el Premio Fal Conde de Historia, en mi aportación a las Jornadas sobre Identidad y nacionalismo en la España Contemporánea: el Carlismo, 1833-1975 (Madrid, 1996, pp. 155-171) analicé la singladura de este movimiento político en la postguerra y en la transición, aunque haciendo un mayor hincapié en la primera etapa, y me ocupé luego de "El Carlismo en la Transición" en la revista Aportes (núm. 46, 2001, pp. 4-19).

           

A lo largo de los años cuarenta del siglo XX se había hecho patente el deseo del pueblo carlista, fielmente representado y hábilmente dirigido por el Jefe Delegado don Manuel Fal Conde, de que Don Javier de Borbón Parma concluyera la Regencia y se proclamara Rey. Así, en el extracto de las actas de la reunión del Consejo Nacional de la Tradición y de los Jefes Provinciales conjuntamente, celebrada del 19 al 21 de febrero de 1949, se lee: "El Consejo se da por enterado del anhelo de las masas carlistas de tener un Rey, asunto cuya resolución corresponde al Príncipe Regente; y se adhiere y hace suyo el deseo que se va manifestando cada vez con más extensión de que sea el propio Príncipe quien ocupe el Trono de España el día que la oportunidad política lo permita".

           

Frente a las iniciales vacilaciones del Príncipe Regente, los carlistas no dudaban ya en cantar una copla que se hizo popular: "En realidad,/ ya tenemos Rey,/ ha muerto Alfonso Carlos,/ ¡viva Don Javier!/ ¡Arriba el Clero,/ curas y frailes,/ y abajo todos/ los liberales!". Y hablando de coplas y canciones, recuerdo algunas otras, que cantábamos con entusiasmo y cariño, algunas adaptando a la letra antigua el nombre del nuevo monarca, y que revistieron, incluso, varias versiones diferentes, como la de "Don Javier tiene un cañón/ que lo llaman 'Bocanegra'..."; o aquella entusiasta que decía: "Si nadie entra en Madrid,/ nosotros entraremos/ y en el Palacio Oriente/ a Don Javier pondremos"; o aquélla, tan foral, que comenzaba "¡Vivan los Fueros de Navarra!/ ¡Vivan los Fueros de Aragón!", el tercer verso podía variar según la procedencia regional de quienes la cantaran o dónde la cantaran, y el ultimo verso era, naturalmente, "¡Viva Don Javier de Borbón!". O en "Si nos preguntan: '¡Alto!, ¿quién vive?'...", los voluntarios éramos, por supuesto, los "del Rey Javier". Momentos para la nostalgia.

           

Un paso decisivo para la consecución de este propósito fue la publicación, en 1949, del libro de Fernando Polo ¿Quién es el Rey? (Editorial Tradicionalista, Madrid, 1949, reimpresión en Editorial Católica de Sevilla, 1968), obra incontestable y definitiva en que se demuestra documentadamente, con acopio de sana doctrina y de alegaciones irrefutables, la Legitimidad de Don Javier, sus derechos a ocupar el Trono de España de acuerdo con la doble Legitimidad de origen y de ejercicio.

           

El 7 de mayo de 1950 se produce el encuentro de Don Javier con numerosos carlistas que acudían como peregrinos a Roma para asistir a la canonización del Beato Padre Claret. En la declaración efectuada con tal motivo por el Príncipe Regente en la audiencia concedida a los carlistas peregrinos, se expresó de esta manera:

           

"Las presentes circunstancias no permiten una designación imprudente y comprometedora y obligan a prolongar el interregno. Pero quiero decir a los carlistas que os doy la seguridad de que en ocasión adecuada haré esa designación y que, si apuradas todas las posibilidades no resultare Príncipe de mejor derecho y merecedor de la confianza del último Rey, de la que soy depositario, no olvidaré que la Casa de Parma, españolísima de origen, y leal a la Legitimidad, sabrá recoger la herencia de mi abuelo Don Felipe V junto con todos sus derechos y gravísimos deberes".

           

El 26 de junio siguiente, ante el árbol de Guernica, Su Alteza Real el Príncipe Regente pronunció el solemne juramento de todos los Fueros y Privilegios de las Coronas de las Españas. Los Fueros de Cataluña los juraría en el monasterio de Montserrat el 3 de diciembre de 1951.

           

Tras la declaración a los peregrinos en Roma, estaba el camino allanado para el acto de proclamación de Don Javier como Rey de la Dinastía Legítima, celebrado en Barcelona el 31 de mayo de 1952 ante el Consejo Nacional de la Comunión Tradicionalista, reunido con motivo de la celebración del Congreso Eucarístico Internacional, al que asistía Don Javier. El mismo día, en carta fechada en Barcelona, Don Javier I comunicaba a su hijo primogénito Don Carlos Hugo el haber aceptado la sucesión en la Dinastía Carlista a la Corona de España:

           

"... Es por todo esto, mi querido hijo, por lo que hoy, festividad de la Mediación Universal de María Santísima y postrado ante la Divina Realeza de Jesucristo Sacramentado, he resuelto asumir la realeza de las Coronas de España en sucesión del último Rey, aunque pendiente la promulgación de este acuerdo de la oportunidad que espero próxima para su publicación y para Nuestro Juramento. De corazón te abraza tu padre, Francisco Javier. Barcelona, 31 de marzo de 1952" (Revista Montejurra, núm. 29, p. 11).

           

Como afirma Manuel de Santa Cruz, "en la biografía política del Jefe Delegado, don Manuel Fal Conde, el Acto de Barcelona que él preparó con increíble tesón frente a adversidades que cualquiera hubiera juzgado insuperables, es el mérito que en magnitud sigue a la preparación del Alzamiento de 1936, a la contribución a la Victoria de 1939, y a la resistencia a la Unificación" (Apuntes y documentos para la Historia del Tradicionalismo Español, t. XII, pp. 107-108).

           

Esta proclamación supondría un nuevo destierro del Rey y un reverdecer del entusiasmo en las filas carlistas. Con anterioridad, se había iniciado un mayor contacto de toda la Familia Borbón Parma con España y lo español en sucesivos viajes y estancias del Príncipe Don Carlos Hugo y de los Infantes Don Sixto, Doña María Francisca -casada con el Príncipe Lobkowickz-, Doña María Cecilia, Doña María Teresa y Doña María de las Nieves, así como de la Reina Doña Magdalena de Borbón-Busset, esposa de Don Javier.

           

En carta fechada en el castillo de Bostz, Besson (Allier), el 11 de julio de 1963, y dirigida a don Rufino Menéndez, Don Javier se expresa así sobre los viajes de sus augustos hijos por los pueblos de España: "Ya que nosotros no podemos hacer personalmente esos viajes, como sería nuestro ardiente deseo, para conocer y hablar con los nuestros, y en especial con nuestros queridos obreros y campesinos, sentimos una gran satisfacción en que el Príncipe y los Infantes puedan hacerlos, viviendo en medio de nuestro pueblo para compartir sus preocupaciones e inquietudes y estudiar la forma más rápida y eficaz en que deben resolverse sus problemas. Este contacto personal es fundamental para nosotros, porque permite conocernos mejor y conocer también la realidad social, a cuya solución hemos de aportar nuestra ayuda y nuestro trabajo en la realización de la justicia social, que es la primera tarea de un Rey y de un Príncipe Cristiano" (publicada en el número 84 de Boina Roja, una copia mecanografiada se halla en el Archivo Carlista de Sevilla).

           

Tras el cese de don Manuel Fal Conde como Jefe Delegado en agosto de 1955, hubo un momento de colaboración con Franco bajo la Jefatura de don José María Valiente, y la hábil promoción, al hilo de las previsiones de la Ley de Sucesión dictada por Franco, de la candidatura de Don Carlos Hugo, frente a la pálida y desdibujada figura de Don Juan Carlos, que acabaría, sin embargo, por triunfar. A menudo se ha acusado a don José María Valiente de colaboracionismo con el régimen de Franco, pero sin esa etapa que hubo de atravesar el Carlismo no hubiera sido posible la difusión de la doctrina y de una Dinastía actual y perpectamente preparada para las labores de gobierno, en amplios sectores de la opinión pública de España y del extranjero. Recuerdo cómo los miembros de la Dinastía Legítima eran habituales en las páginas -incluso en algunas portadas- de la prestigiosa revista francesa Point de Vue. Images du Monde, dedicada casi monográficamente a las testas coronadas y a la aristocracia europea -de la que yo era asiduo lector cuando llegaba a algún kiosco de Zaragoza-, mientras a la rama usurpadora, en esas mismas páginas, se la ignoraba y se le dedicaba el más absoluto silencio durante unos cuantos años.

           

De cualquier modo, Franco no hizo sino jugar con los carlistas, como con todos los demás sectores del régimen, en función de sus intereses, que no eran sino la permanencia de su persona en el poder absoluto y totalitario a lo largo de su dilatada vida. Lo que ocurriera después de su muerte le traía sin cuidado, como lo demuestra la solución que dio a la cuestión dinástica. Por ello pudo decir, a mediados de 1958, a su primo Francisco Franco Salgado-Araujo, con total y absoluta frialdad: "La rama que defienden los señores Valiente y Zamanillo se está portando muy bien con el régimen; pero no se comprende que sean partidarios y que hagan propaganda en favor de un príncipe extranjero que no tiene el menor arraigo en el país y que nada inspira a los españoles" (citado por CANAL, Jordi: El Carlismo, Madrid, 2000, p. 357).

           

Las figuras del Rey Don Javier I de Borbón Parma y de su hijo Don Carlos Hugo fueron en principio decisivas en el proceso de evolución que se produjo en el seno del Carlismo. Muchos estábamos de acuerdo en que era necesaria una evolución y una puesta al día en el seno de la Comunión Tradicionalista. Pero hubo una mayor diversidad al escoger el momento cronológico en considerar que la evolución había pasado a ser ruptura con los principios esenciales del Carlismo y abandonar, por tanto, ese proyecto inviable y absurdo, carente de futuro, en que la ambición de Don Carlos Hugo había convertido al Partido Carlista.

           

La expulsión de la Familia Borbón Parma de España en diciembre de 1968 supuso una mayor radicalización del Partido Carlista de Don Carlos Hugo y la progresiva deriva hacia posturas ideológicas y políticas claramente incompatibles con el verdadero Carlismo.

           

El Carlismo de Don Carlos Hugo, en unos momentos en que la acentuada senectud de Don Javier hacía inviable su intervención para rectificar el rumbo, derivó hacia una progresiva izquierdización del ya denominado Partido Carlista, hacia una delirante proclamación de un "socialismo autogestionario" que nada tenía ya que ver con el auténtico Carlismo tradicionalista. De la lógica y necesaria evolución y adecuación a los tiempos, se había pasado a una injustificable ruptura con la Tradición.

           

El 20 de abril de 1975 Don Javier de Borbón Parma anuncia oficialmente su abdicación en favor de su hijo primogénito. No era sino un mero trámite, pues el Partido Carlista estaba ya hacía tiempo en manos de Don Carlos Hugo, y la avanzada edad de Don Javier no le permitía ya atisbar los desdichados derroteros por los que su hijo estaba llevando a lo que antaño fuera un movimiento político fuerte y respetado. Sí vio con lucidez la gravedad de la situación, y se enfrentó a ella con energía, la Reina Doña Magdalena, en palabras de Manuel de Santa Cruz, "tan firme y heroicamente opuesta a las ideas políticas postreras de Don Carlos Hugo" (SANTA CRUZ, Manuel de: "Don Javier, una vida al servicio de la libertad", Aportes, núm. 35, Madrid, 1997, p. 25).

           

La lamentable utilización alternativa de un Don Javier próximo ya a la muerte por sus hijos Don Carlos y Don Sixto, representantes de dos tendencias ya irreconciliables, y el sangriento enfrentamiento en el acto de Montejurra de 1976, tras la muerte de Franco, propiciaron la progresiva desintegración del Partido Carlista, reducido ya a un grupúsculo inviable, y el lento proceso de unidad y convergencia de los auténticos carlistas en una Comunión Tradicionalista-Carlista, distante ya de las posturas extremas de ambos hijos de Don Javier, que va poco a poco recuperando el terreno que corresponde al Carlismo tradicionalista en el espectro político español, con su permanente lema de Dios, Patria, Fueros y Rey Legítimo, actualizado y adecuado a las circunstancias presentes.

           

El 7 de mayo de 1977 fallecía Don Javier de Borbón Parma en el Hospital de Chur (Suiza), víctima de un infarto de miocardio, a los ochenta y siete años de edad. Sus restos mortales reposan en la célebre Abadía francesa de Solesmes, en el departamento de Sarthe, cerca de Tours. Don Javier había sido reconocido como Duque de Parma por todas las Casas Reales europeas tras el fallecimiento sin sucesión, en 1974, de su sobrino Don Roberto II, Duque de Parma, hijo del Duque Don Elías I.

           

El papel de Don Javier, de cuyo fallecimiento se cumple ahora el vigésimo quinto aniversario, debe reconocerse como fundamental en la Historia del Carlismo contemporáneo. Si hemos de intentar una aproximación a su figura histórica y analizarla con objetividad e imparcialmente -aunque no podamos tampoco sustraernos a los sentimientos de simpatía, afecto y respeto quienes en un tiempo ya lejano lo servimos con entusiasmo y lealtad-, no es posible soslayar su recia personalidad, su profunda religiosidad, su integridad moral y su lealtad a los sagrados principios de Dios, Patria, Fueros y Rey, que mantuvo siempre con el mayor decoro y dignidad mientras conservó la lucidez de su mente. Frente a algunos intentos de desprestigiar o de minimizar su dimensión histórica y su valía personal, aquí estamos nosotros, la Comunión Tradicionalista Carlista, tributándole este merecido homenaje.

 

Julio V. Brioso y Mayral

De la Real Academia de la Historia

 

 

 

 

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