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Cuando en 1986, los fragmentos del pueblo
carlista se fundieron en la actual Comunión
Tradicionalista Carlista, hubo que recurrir
a los factores que unían y no a los que se
habían revelado como fuente de
discrepancias. Fue necesario hacer un
ejercicio de generosidad que no afectó a
todas las partes por igual. La concreción
dinástica de la legitimidad se retrotrajo a
1936, dándola por finalizada con Don Alfonso
Carlos, último vástago de la línea directa.
Los carlistas que se habían enfrentado a la
Regencia instituida en la persona de Don
Javier de Borbón Parma o no habían secundado
su proclamación como Rey sucesor y
continuador, no tuvieron que hacer ningún
sacrificio ideológico ni programático. Los
de la Comunión Católico Monárquica, tampoco
renunciaron a nada, porque nunca aceptaron
otra rama que la que se acomodara a las
exigencias de su mentor espiritual, el
profesor don Francisco Elías de Tejada, que
igual simpatizaba con los Braganza que
elaboraba para doña Carmen Polo de Franco un
alegato sobre los presuntos derechos de su
entonces nieto político Don Alfonso de
Borbón Dampierre. Los de Unión Carlista
ubicaban la autoridad política en la
Regencia de Estella, de cuyo titular los no
iniciados desconocíamos su identidad. Nunca
se hizo pública la disolución de dicha
Regencia, a pesar de la existencia de la
Comunión Tradicionalista Carlista. Los
procedentes de la Comunión Tradicionalista
habíamos dejado en suspenso nuestros
vínculos con el infante Don Sixto Enrique,
que se había aparentemente eclipsado tras
los luctuosos hechos del Montejurra del 76,
que tanto daño ocasionaron al carlismo en su
conjunto. Aún así se nos exigió el borrar de
nuestra historia la figura y el reinado de
Don Javier I. Y los procedentes del Partido
Carlista hubieron de renunciar igualmente a
Don Carlos Hugo como nuevo eslabón de la
dinastía legítima.
Han pasado desde entonces 21 años. España
está constituida oficialmente en una
Monarquía Parlamentaria, que obviamente no
coincide con el proyecto político carlista
ni los príncipes reinantes de hecho gozan de
la legitimidad de origen que el carlismo
exigiría a los Reyes de España.
La Comunión Tradicionalista Carlista sigue
al pie del cañón, unida en torno a su Junta
de Gobierno, pero con el problema dinástico
sin resolver. Un grupo de correligionarios
acaudillados por don Rafael Gambra, q. e. P.
d., siguió nuevamente a Don Sixto Enrique en
su proyecto de reconstitución de la Comunión
Tradicionalista, legalmente integrada en la
CTC. Y han hecho de la discrepancia de la
Iglesia Católica en materia de disciplina
eclesiástica banderín de enganche. Para
ellos los de la CTC somos integristas,
democristianos o sivattistas, según a quién
de sus próceres corresponda descalificarnos.
Nosotros preferimos como norma (que tiene
desafortunadas excepciones) no responder a
esas agresiones dialécticas.
Don Carlos Hugo, por su parte, abandonó el
Partido Carlista poco después de su
legalización, y ha reconocido de hecho
reiteradamente al Régimen imperante que le
ha premiado con el pasaporte español, del
que no gozaron sus antecesores. Aún así,
amparándose en su ducado de Parma, recorre
libremente el territorio nacional, pronuncia
conferencias e imparte, como su hermano,
Cruces de la Legitimidad Proscrita. El peso
de los años le ha hecho buscar el relevo
generacional en sus hijos varones Don Carlos
Javier y Don Jaime, ahora Duques de Madrid y
San Jaime, respectivamente.
A su vez, el llamado Partido Carlista, se ha
radicalizado no ya sólo en el lenguaje ,
sino en los conceptos antitéticos con el
ideario carlista de siempre, avergonzándose
y renegando expresamente de su participación
en la guerra del 36, de la que culpabilizan
a “integristas” y “tradicionalistas”. En su
literatura es frecuente invocaciones al
republicanismo y a lugares comunes de la
izquierda de laboratorio.
Las aventuras electorales de cada una de las
fracciones del carlismo se cuentan por
fracasos. Nuestra marca, en sus versiones
conservadoras o revolucionarias, no vende en
este mercado de la democracia liberal.
El panorama es desolador. No es descabellado
añorar tiempos de unidad y de liderazgo. Los
buenos años del Rey Javier. Más aún: la
época de don Manuel Fal Conde al timón de la
nave. ¿Será posible que ni eso nos sea
permitido? Hace cinco años nos presionaron
para evitar el homenaje a Don Javier en el
25º aniversario de su fallecimiento. Al fin,
se realizó y con la grata presencia
inestimable de doña María Cuervo-Arango,
presidenta de la CTC. Hoy, en plan menos
oficial, hemos asistido a la santa Misa en
sufragio del alma del Rey y nos reunimos en
torno a la mesa recordando su figura
paternal. Asumo la responsabilidad de estos
actos. Y aclaro que no queremos con ellos
importunar a nadie. Entre otras cosas porque
no merece la pena poner en peligro valores
positivos reales, a cambio de quimeras
dinásticas futuribles. Pero a los 30 años de
su muerte y a los 21 del nacimiento de la
CTC, nos atrevemos a pedir a la Junta de
Gobierno, que el retrato de Don Javier –Rey
de unos, Príncipe Regente de todos- sea
entronizado en el local central de la calle
Zurbano, junto al de Don Alfonso Carlos I,
don Mauricio de Sivatte y el de don Manuel
J. Fal Conde. Y que a estas horas no actúe
el odio partidista que no cabe en una
Comunión unida, aunque huérfana.
En todo caso quede sobre la mesa la
propuesta de sacar del congelador el tema de
la legitimidad dinástica de cara al futuro,
sin apasionamientos ni inmovilismos.
Y luego de haber rezado por su alma, levanto
la copa por la memoria entrañable de nuestro
amado Rey, Don Javier de Borbón Parma.
José Miguel Orts Timoner
Valencia, 24 de junio de 2007, Día de San
Juan Bautista, Precursor del Señor.
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