domingo, 24 de junio de 2007

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24 de junio de 2007. Especiales. 30 aniversario de la muerte del rey Don Javier.

Homenaje al rey don Javier de Borbón Parma.

Los carlistas y el Rey. por José Miguel Orts

 

 

Cuando en 1986, los fragmentos del pueblo carlista se fundieron en la actual Comunión Tradicionalista Carlista, hubo que recurrir a los factores que unían y no a los que se habían revelado como fuente de discrepancias. Fue necesario hacer un ejercicio de generosidad que no afectó a todas las partes por igual. La concreción dinástica de la legitimidad se retrotrajo a 1936, dándola por finalizada con Don Alfonso Carlos, último vástago de la línea directa. Los carlistas que se habían enfrentado a la Regencia instituida en la persona de Don Javier de Borbón Parma o no habían secundado su proclamación como Rey sucesor y continuador, no tuvieron que hacer ningún sacrificio ideológico ni programático. Los de la Comunión Católico Monárquica, tampoco renunciaron a nada, porque nunca aceptaron otra rama que la que se acomodara a las exigencias de su mentor espiritual, el profesor don Francisco Elías de Tejada, que igual simpatizaba con los Braganza que elaboraba para doña Carmen Polo de Franco un alegato sobre los presuntos derechos de su entonces nieto político Don Alfonso de Borbón Dampierre. Los de Unión Carlista ubicaban la autoridad política en la Regencia de Estella, de cuyo titular los no iniciados desconocíamos su identidad. Nunca se hizo pública la disolución de dicha Regencia, a pesar de la existencia de la Comunión Tradicionalista Carlista. Los procedentes de la Comunión Tradicionalista habíamos dejado en suspenso nuestros vínculos con el infante Don Sixto Enrique, que se había aparentemente eclipsado tras los luctuosos hechos del Montejurra del 76, que tanto daño ocasionaron al carlismo en su conjunto. Aún así se nos exigió el borrar de nuestra historia la figura y el reinado de Don Javier I. Y los procedentes del Partido Carlista hubieron de renunciar igualmente a Don Carlos Hugo como nuevo eslabón de la dinastía legítima.

 

Han pasado desde entonces 21 años. España está constituida  oficialmente en una Monarquía Parlamentaria, que obviamente no coincide con el proyecto político carlista ni los príncipes reinantes de hecho gozan de la legitimidad de origen que el carlismo exigiría a los Reyes de España.

 

La Comunión Tradicionalista Carlista sigue al pie del cañón, unida en torno a su Junta de Gobierno, pero con el problema dinástico sin  resolver. Un grupo de correligionarios acaudillados por don Rafael Gambra, q. e. P. d., siguió nuevamente a Don Sixto Enrique en su proyecto de reconstitución de la Comunión Tradicionalista, legalmente integrada en la CTC. Y han hecho de la discrepancia de la Iglesia Católica en materia de disciplina eclesiástica banderín de enganche. Para ellos los de la CTC somos integristas, democristianos o sivattistas, según a quién de sus próceres corresponda descalificarnos. Nosotros preferimos como norma (que tiene desafortunadas excepciones) no responder a esas agresiones dialécticas.

 

Don Carlos Hugo, por su parte, abandonó el Partido Carlista poco después de su legalización, y ha reconocido de hecho reiteradamente al Régimen imperante que le ha premiado con el pasaporte español, del que no gozaron sus antecesores. Aún así, amparándose en su ducado de Parma, recorre libremente el territorio nacional, pronuncia conferencias e imparte, como su hermano, Cruces de la Legitimidad Proscrita. El peso de los años le ha hecho buscar el relevo generacional en sus hijos varones Don Carlos Javier y Don Jaime, ahora Duques de Madrid y San Jaime, respectivamente.

 

A su vez, el llamado Partido Carlista, se ha radicalizado no ya sólo en el lenguaje , sino en los conceptos antitéticos con el ideario carlista de siempre, avergonzándose y renegando expresamente de su participación en la guerra del 36, de la que culpabilizan a “integristas” y “tradicionalistas”. En su literatura es frecuente invocaciones al republicanismo y a lugares comunes de la izquierda de laboratorio.

 

Las aventuras electorales de cada una de las fracciones del carlismo se cuentan por fracasos. Nuestra marca, en sus versiones conservadoras o revolucionarias, no vende en este mercado de la democracia liberal.

 

El panorama es desolador. No es descabellado añorar tiempos de unidad y de liderazgo. Los buenos años del Rey Javier. Más aún: la época de don Manuel Fal Conde al timón de la nave. ¿Será posible que ni eso nos sea permitido? Hace cinco años nos presionaron para evitar el homenaje a Don Javier en el 25º aniversario de su fallecimiento. Al fin, se realizó y con la grata presencia inestimable de doña María Cuervo-Arango, presidenta de la CTC. Hoy, en plan menos oficial, hemos asistido a la santa Misa en sufragio del alma del Rey y nos reunimos en torno a la mesa recordando su figura paternal. Asumo la responsabilidad de estos actos. Y aclaro que no queremos con ellos importunar a nadie. Entre otras cosas porque no merece la pena poner en peligro valores positivos reales, a cambio de quimeras dinásticas futuribles. Pero a los 30 años de su muerte y a los 21 del nacimiento de la CTC, nos atrevemos a pedir a la Junta de Gobierno, que el retrato de Don Javier –Rey de unos, Príncipe Regente de todos- sea entronizado en el local central de la calle Zurbano, junto al de Don Alfonso Carlos I, don Mauricio de Sivatte y el de don Manuel J. Fal Conde. Y que a estas horas no actúe el odio partidista que no cabe en una Comunión unida, aunque huérfana.

 

En todo caso quede sobre la mesa la propuesta de sacar del congelador el tema de la legitimidad dinástica de cara al futuro, sin apasionamientos ni inmovilismos.

 

Y luego de haber rezado por su alma, levanto la copa por la memoria entrañable de nuestro amado Rey, Don Javier de Borbón Parma.

 

 

José Miguel Orts Timoner

Valencia, 24 de junio de 2007, Día de San Juan Bautista, Precursor del Señor.

 

 

 

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