domingo, 24 de junio de 2007

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24 de junio de 2007. Especiales. 30 aniversario de la muerte del rey Don Javier.

Homenaje al rey don Javier de Borbón Parma.

Memoria de nuestro viejo Rey. por Juan Manuel Rodríguez

 

Con el tiempo, lo que no se transmite se olvida, y entonces es como si no hubiera sucedido.

 

Memoria de nuestro Viejo Rey

 

Es de justicia recordar a los que nos precedieron; De justicia histórica, dar su lugar a los hombres que forjaron a golpe de sacrificios personales y sinsabores imprevistos la grandeza de nuestro pasado. Hoy, los carlistas valencianos hacéis aquí un acto de justicia, evocando al Rey Javier en el aniversario de su fallecimiento. Un pueblo que olvida su Historia está condenado a perder su identidad, a diluirse en un pasar dando tumbos, desorientado, hacia un futuro incierto. Y si algo caracteriza al Carlismo es precisamente el no tratarse de una masa de desmemoriados.

 

Sabemos que Don Javier de Borbón es uno de los personajes más ignorados de nuestra historia reciente, pese la crucial importancia de su figura para el Carlismo y para España. Por interés malsano unos, con afán de evitar supuestas rencillas pasadas otros, la figura del Rey Javier ha sido aparcada en un rincón indigno de alguien de su talla, de su categoría humana y política. Creo que ya es hora de reivindicar sin ambages su memoria, no sólo para recrearnos en un pasado del que aprender, sino para avanzar con paso firme hacia un futuro que pasa, inevitablemente, por Parma. Lo sabía Vázquez de Mella cuando en 1909, en las páginas del Heraldo de Madrid, respondía a la pregunta “si desapareciese su rama quién la heredaría” con una respuesta sin titubeos: “La de Parma”. Lo sabía el Rey Don Jaime, cuando antes de viajar a Hispanoamérica para una estancia de dos años, le dijo a Don Javier, proféticamente, que él tendría que hacer su trabajo en España para el Carlismo. Y lo sabía el Rey Don Alfonso Carlos, al preparar su sucesión, cuando instituyó la Regencia en Don Javier afirmando que él sería “su ideal” de Rey. Lo sabía incluso después de redactar ese documento, cuando orquestado el definitivo espaldarazo que no hiciese necesario el paso por la Regencia y dejase anuladas las espurias aspiraciones alfonsinas, le sorprendió una misteriosa muerte paseando por las calles de Viena. Lo sabía también la Reina María de las Nieves, aquella santa, que jamás paró de interceder ante su esposo en favor de Don Javier. Lo supo el mismo Don Javier, que desde una humildad sin límites, fruto de su acendrada, indiscutida e indiscutible fe católica, se mostró en un principio reacio a aceptar su destino histórico, abrumado por la grandeza y el peso del trono español. Y lo supo el pueblo carlista, que en masa le empujó a tomar el cetro que le correspondía y que no se apartó de su lado ni un solo instante hasta el día mismo de su muerte.

 

Hablaba antes de la importancia crucial que representa la figura del Rey Javier en la historia reciente de España. Inútil sería volver a repetir lo que todos ya sabéis. Inútil explicar de nuevo que sin él, sin su concurso y su dirección en la preparación del Alzamiento, la guerra del 36 habría sido algo muy distinto. Inútil volver a recordar su heroica resistencia en Dachau, o cómo la Comunión bajo su liderazgo representó la única oposición seria y patriótica al régimen de Franco. Inútil es volver a hablar de cómo le fue negada la entrada en España una y otra vez, o de cómo se le negaba la nacionalidad que le correspondía por nacimiento, esa misma nacionalidad que tuvieron sus mayores. Inútil sería volver a recordaros cómo juró los fueros en Guernica y en Montserrat, haciéndolos extensibles a todas las Españas, o cómo fue maltratado por algunos fieles de cinco minutos que a la más mínima desavenencia se echaban en brazos de Carlos, Juanes o Francos, o todo a la vez. Inútil ver cómo sus propios hijos le hicieron sufrir, entregados a causas ajenas a la que él siempre defendió, en su augusta ancianidad. Inútil, digo, pues todos lo conocéis. Algunos lo habéis vivido en primera persona, y sois testigos de excepción de la vida de aquél hombre al que se le podrá discutir lo que se quiera, menos su entrega desinteresada, total y absoluta a Dios y a España. Otros lo conocéis a través de testimonios directos y emocionados, de la lectura de su correspondencia, de sus diarios...

 

Pero sí quiero, sin embargo, detenerme en algo que no puede jamás quedar en el olvido, y que debe traspasarse a las generaciones venideras como un tesoro que, sólo Dios sabe cuándo, habrá de dar sus frutos. No olvidéis nunca lo que fue Don Javier. No olvidéis nunca su liderazgo. No olvidéis que su figura congregó en torno a sí a la masa carlista. Que “su” Comunión hizo brotar carlismo en regiones en las que nada se sabía de dinastías legítimas más que por los libros de historia. Recordad siempre, y repetidlo a cuantos podáis, que sin él, la Comunión habría quedado fagocitada definitivamente en un régimen político que de carlista sólo tenía la boina. No apartéis de vuestra memoria aquella Comunión viva, activa y fuerte en la guerra, la posguerra y la paz. Y cuando os hablen de disensiones internas, egoístas o bienintencionadas, de insumisiones con maledicencia o de buena voluntad, cuando os hablen de Juanismo y desvaríos por el estilo, recordad en qué organización, y a las órdenes de quién, se congregaban por miles esos locos de la boina roja, que con todos sus defectos, no tenían un pelo de tontos. Recordad siempre cómo aglutinó alrededor suya al pueblo carlista, y tendréis la clave de por qué este homenaje es, y será necesario. Recordad su vida, su sacrificio y su entrega hasta el extremo, recordad cómo fue ejemplo en el que se miraron tantos, y al que tantos buenos carlistas admiraron. Recordadlo rezando, arrodillado ante Dios, con una fe inquebrantable, y como aquel centurión, salvando las distancias, no tendréis más remedio que afirmar que en verdad fue Rey.  Él. Javier I. Nuestro Viejo Rey.

 

Es de justicia dar a cada uno el lugar que en la historia le corresponde, y al Rey Javier le corresponde un puesto entre los primeros. Os felicito de nuevo por mantener vivo su recuerdo para que no perdamos nuestra identidad, para que su figura sirva de referente y de eslabón inexcusable con las generaciones venideras.

 

Alzad vuestras copas.

 

¡Viva el Rey Javier!

 

 

 

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