|

Con el tiempo, lo que no se transmite se
olvida, y entonces es como si no hubiera
sucedido.
Memoria de nuestro Viejo Rey
Es de justicia recordar a los que nos
precedieron; De justicia histórica, dar su
lugar a los hombres que forjaron a golpe de
sacrificios personales y sinsabores
imprevistos la grandeza de nuestro pasado.
Hoy, los carlistas valencianos hacéis aquí
un acto de justicia, evocando al Rey Javier
en el aniversario de su fallecimiento. Un
pueblo que olvida su Historia está condenado
a perder su identidad, a diluirse en un
pasar dando tumbos, desorientado, hacia un
futuro incierto. Y si algo caracteriza al
Carlismo es precisamente el no tratarse de
una masa de desmemoriados.
Sabemos que Don Javier de Borbón es uno de
los personajes más ignorados de nuestra
historia reciente, pese la crucial
importancia de su figura para el Carlismo y
para España. Por interés malsano unos, con
afán de evitar supuestas rencillas pasadas
otros, la figura del Rey Javier ha sido
aparcada en un rincón indigno de alguien de
su talla, de su categoría humana y política.
Creo que ya es hora de reivindicar sin
ambages su memoria, no sólo para recrearnos
en un pasado del que aprender, sino para
avanzar con paso firme hacia un futuro que
pasa, inevitablemente, por Parma. Lo sabía
Vázquez de Mella cuando en 1909, en las
páginas del Heraldo de Madrid, respondía a
la pregunta “si desapareciese su rama quién
la heredaría” con una respuesta sin
titubeos: “La de Parma”. Lo sabía el Rey Don
Jaime, cuando antes de viajar a
Hispanoamérica para una estancia de dos
años, le dijo a Don Javier, proféticamente,
que él tendría que hacer su trabajo en
España para el Carlismo. Y lo sabía el Rey
Don Alfonso Carlos, al preparar su sucesión,
cuando instituyó la Regencia en Don Javier
afirmando que él sería “su ideal” de Rey. Lo
sabía incluso después de redactar ese
documento, cuando orquestado el definitivo
espaldarazo que no hiciese necesario el paso
por la Regencia y dejase anuladas las
espurias aspiraciones alfonsinas, le
sorprendió una misteriosa muerte paseando
por las calles de Viena. Lo sabía también la
Reina María de las Nieves, aquella santa,
que jamás paró de interceder ante su esposo
en favor de Don Javier. Lo supo el mismo Don
Javier, que desde una humildad sin límites,
fruto de su acendrada, indiscutida e
indiscutible fe católica, se mostró en un
principio reacio a aceptar su destino
histórico, abrumado por la grandeza y el
peso del trono español. Y lo supo el pueblo
carlista, que en masa le empujó a tomar el
cetro que le correspondía y que no se apartó
de su lado ni un solo instante hasta el día
mismo de su muerte.
Hablaba antes de la importancia crucial que
representa la figura del Rey Javier en la
historia reciente de España. Inútil sería
volver a repetir lo que todos ya sabéis.
Inútil explicar de nuevo que sin él, sin su
concurso y su dirección en la preparación
del Alzamiento, la guerra del 36 habría sido
algo muy distinto. Inútil volver a recordar
su heroica resistencia en Dachau, o cómo la
Comunión bajo su liderazgo representó la
única oposición seria y patriótica al
régimen de Franco. Inútil es volver a hablar
de cómo le fue negada la entrada en España
una y otra vez, o de cómo se le negaba la
nacionalidad que le correspondía por
nacimiento, esa misma nacionalidad que
tuvieron sus mayores. Inútil sería volver a
recordaros cómo juró los fueros en Guernica
y en Montserrat, haciéndolos extensibles a
todas las Españas, o cómo fue maltratado por
algunos fieles de cinco minutos que a la más
mínima desavenencia se echaban en brazos de
Carlos, Juanes o Francos, o todo a la vez.
Inútil ver cómo sus propios hijos le
hicieron sufrir, entregados a causas ajenas
a la que él siempre defendió, en su augusta
ancianidad. Inútil, digo, pues todos lo
conocéis. Algunos lo habéis vivido en
primera persona, y sois testigos de
excepción de la vida de aquél hombre al que
se le podrá discutir lo que se quiera, menos
su entrega desinteresada, total y absoluta a
Dios y a España. Otros lo conocéis a través
de testimonios directos y emocionados, de la
lectura de su correspondencia, de sus
diarios...
Pero sí quiero, sin embargo, detenerme en
algo que no puede jamás quedar en el olvido,
y que debe traspasarse a las generaciones
venideras como un tesoro que, sólo Dios sabe
cuándo, habrá de dar sus frutos. No olvidéis
nunca lo que fue Don Javier. No olvidéis
nunca su liderazgo. No olvidéis que su
figura congregó en torno a sí a la masa
carlista. Que “su” Comunión hizo brotar
carlismo en regiones en las que nada se
sabía de dinastías legítimas más que por los
libros de historia. Recordad siempre, y
repetidlo a cuantos podáis, que sin él, la
Comunión habría quedado fagocitada
definitivamente en un régimen político que
de carlista sólo tenía la boina. No apartéis
de vuestra memoria aquella Comunión
viva, activa y fuerte en la guerra, la
posguerra y la paz. Y cuando os hablen de
disensiones internas, egoístas o
bienintencionadas, de insumisiones con
maledicencia o de buena voluntad, cuando os
hablen de Juanismo y desvaríos por el
estilo, recordad en qué organización, y a
las órdenes de quién, se congregaban por
miles esos locos de la boina roja, que con
todos sus defectos, no tenían un pelo de
tontos. Recordad siempre cómo aglutinó
alrededor suya al pueblo carlista, y
tendréis la clave de por qué este homenaje
es, y será necesario. Recordad su vida, su
sacrificio y su entrega hasta el extremo,
recordad cómo fue ejemplo en el que se
miraron tantos, y al que tantos buenos
carlistas admiraron. Recordadlo rezando,
arrodillado ante Dios, con una fe
inquebrantable, y como aquel centurión,
salvando las distancias, no tendréis más
remedio que afirmar que en verdad fue Rey.
Él. Javier I. Nuestro Viejo Rey.
Es de justicia dar a cada uno el lugar que
en la historia le corresponde, y al Rey
Javier le corresponde un puesto entre los
primeros. Os felicito de nuevo por mantener
vivo su recuerdo para que no perdamos
nuestra identidad, para que su figura sirva
de referente y de eslabón inexcusable con
las generaciones venideras.
Alzad vuestras copas.
¡Viva el Rey Javier!
|