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La primera
pregunta que se hace un joven que conoce el
mundo tradicionalista es ¿qué sentido tiene
el carlismo en el siglo XXI? Pues, para
aquellos que lo hemos encontrado, sin duda
el de formar parte del pueblo de los
españoles por antonomasia, de aquellos que,
parafraseando los primitivos textos
cristianos, viven con el sano temor de Dios,
el respeto a sus mayores y el amor
incondicional a su patria y a sus
semejantes.
El pueblo carlista,
verdadera reserva de los valores seculares
de la Hispanidad católica que recobró una
nación al Islam y evangelizó un continente,
peregrina desde hace 170 años en esta España
liberal que, poco a poco, se va deshaciendo,
desmoronando y corrompiendo ante nuestros
ojos. La fidelidad a nuestros principios de
Dios, Patria, Fueros y Rey legítimo son el
soporte y columna con el que continuamos
firmemente en ese camino. Sin embargo, el
hombre es débil, y el combate en solitario
mina la moral del más bravo y convencido.
Necesitamos los carlistas, como cualquiera,
tener modelos y referencias, guías y
autoridad que den ejemplo y aliento. En esta
triste época para nuestra Causa, en la que
tantos buenos carlistas se han separados en
distintos grupos, o incluso se han
desmovilizado por completo, en la que
nuestros fundamentos morales y sociales se
ven atacados por todas partes, no siendo la
menos importante la de aquellos que los
atacan so capa de su pertenencia a la
Iglesia; en esta triste época, decía, sin
duda los buenos ejemplos son más necesarios
que nunca.
Para un joven carlista,
por su cercanía en el tiempo, por su
ejecutoria vital, por sus hechos y palabras,
por su entrega absoluta a su deber, la
figura del rey Don Javier se erige, sin
lugar a dudas, como el gran referente de
nuestro tiempo. Y la convicción del joven
carlista debe partir de que “la Comunión
Tradicionalista es católica antes que nada,
patriótica en la unidad intangible de las
variedades regionales y esencialmente
monárquica a través del curso fecundo de una
historia milenaria y auténticamente
española”, en palabras de don Javier en el
funeral de su augusto tío el rey don Alfonso
Carlos, en octubre de 1936.
Y sabemos que ese
camino emprendido es duro, como lo fue el de
don Javier y como él mismo lo anunciaba con
ocasión de su aceptación de la corona
legítima de España, en Barcelona, en mayo de
1952, con estas palabras: “Rey de derecho es
una bandera de justicia, un programa de
reivindicación, un paladín de causa noble,
una promesa de salvación. Pero además es un
ejemplo y una vida de hondos sacrificios,
totales renuncias, línea y camino, de padres
a hijos, de servicios y trabajos”.
El programa de ese
camino lo conocemos gracias a la síntesis
que de él realizó don Javier en 1966: La
monarquía, “institución
verdaderamente popular que hoy ha de
proteger a la sociedad contra los nuevos
feudalismos políticos: los grupos de presión
y los monopolios”. Una monarquía, la
tradicional, que “no necesita de partidos
monárquicos, mucho menos de un partido
único, sino de doctrina monárquica seria”.
Un sistema político “fuerte, que no de
fuerza, que tenga una gran autoridad moral,
con las necesarias libertades públicas, y
que se vea adecuadamente fiscalizado por las
Cortes Representativas”. En esta época de
anarquía moral y destrucción de la
autoridad, estas palabras de don Javier son
las más oportunas y adecuadas, el verdadero
remedio para los males de nuestra Patria. En
sus propias palabras “monarquía católica,
social y representativa, principios de
derecho público cristiano, respeto a la
natural y humana diversidad de opiniones,
representación de tipo territorial y
profesional, aplicación de la
subsidiariedad, no sólo a las regiones, sino
a toda la vida pública, unidad nacional
foral y federativa, justicia social e
iniciativa privada”. No se puede resumir
mejor la acción política del carlismo, y la
vigencia de este sumario llega hasta
nuestros días. Como resumen de la acción del
monarca, don Javier hacía suyas, y nosotros
con él, las palabras de S.M.C don Carlos VII:
“no daré ni un paso adelante ni un paso
atrás de lo que diga la Iglesia católica”.
La
trayectoria de don Javier es ejemplo también
de coherencia, defendiendo desde el primero
al último aliento los mismos principios, y
en marzo de 1977, apenas dos meses antes de
su fallecimiento, recordaba que el carlismo
afirmaba “la confesionalidad católica, la
unidad nacional y el conjunto de las
tradiciones específicas de cada una de las
Españas, la defensa de los fueros y la
necesidad de la monarquía, por ser
herencia permanente de autoridad,
responsabilidad, independencia y
continuidad”. Tal
coherencia vital no fue imitada, para
desgracia de nuestra Causa, por los
príncipes que le sucedieron y debieron haber
continuado su labor.
Termino parafraseando las últimas palabras
públicas de don Javier: “Pido a Dios
que el Carlismo, sin desviación alguna, siga
fiel a sí mismo para el mejor servicio a
España y la Cristiandad”. Que Dios
ilumine a todos y bendiga
a España.
¡Viva el Rey Legítimo!
Muchas gracias.
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