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El tiempo, ese
juez implacable pero justo, acaba poniendo a
cada uno en su lugar, porque sus sentencias
exentas de la influencia de las pasiones del
momento, no se ven mediatizadas por
intereses de clase alguna. La distancia que
imponen los años tiene la virtud de
sedimentar las polémicas, atemperar las
opiniones, aquilatar los aciertos en su
exacta medida y, con frecuencia, nos ayuda a
comprender los errores al ubicarlos en su
contexto histórico. De ahí que hoy, liberada
al fin de la ganga acumulada, nos sea
posible contemplar en su prístina grandeza,
en su precisa dimensión, aureolada por el
juicio de la historia, la figura de D.
Javier de Borbón Parma, nuestro último Rey.
Verdad es que quienes
nos mantuvimos siempre leales a D. Javier no
hemos necesitado del transcurso de los años
para depurar la visión que teníamos –y
mantenemos- del largo período que permaneció
al frente de la España carlista. A su lado
estuvimos y con él sufrimos y trabajamos por
la mejor de las causas. Es cierto, y sería
inútil negarlo, que en tan prolongada
trayectoria hubo luces y sombras. Más
–muchas más- de las primeras que de las
segundas. Pero no es menos cierto que el
paso de los años ha prestado nueva luz que
permite entender sin las suspicacias de
aquellos días las motivaciones que le
impulsaron a adoptar decisiones
comprometidas, a veces de difícil
percepción.
Don Javier, nuestro
rey, enarboló la bandera de la Tradición
durante una etapa compleja. Una guerra
civil, cruenta y dolorosa con singulares
connotaciones bien conocidas, que terminaron
con una República cicatera, ruin, enemiga
declarada de la Religión católica. Un
régimen político no deseado, nacido de
aquella ocasión, que bien lejos de valorar
la aportación carlista y el sacrificio de
tantas vidas generosamente ofrendadas en
los campos de batalla y en la retaguardia,
pretendió –nada menos -acabar con la misma
existencia del Carlismo. Una posguerra ardua
y fatigosa, que nos condenó a vivir en la
semiclandestinidad, plagada de celadas en
las que cayeron los más débiles o los menos
convencidos. En este marco perturbador, con
enconados enemigos dentro y fuera, D. Javier
tuvo que pilotar la nave carlista. No era
una tarea sencilla. Que lograra salir
indemne da muestra de su temple, capacidad y
esfuerzo. Al final, inmerso en un juego
político con las cartas marcadas, D. Javier
peleó con denuedo, realizando arriesgados
equilibrios para salvar el depósito de la
Tradición que le había sido confiado. De que
lo consiguió, nosotros, aunque pocos, somos
concluyente prueba. Porque a despecho de
torpedeamientos internos y asaltos externos,
el Carlismo se mantiene vivo. Maltrecho,
pero vivo.
Todavía ahora, después
de tantos años, nos sentimos conmovidos por
la muerte de nuestro anciano rey y por las
circunstancias que la rodearon. Y quienes
hemos iniciado ya la recta final de nuestra
propia existencia, comprendemos y hacemos
nuestro el inmenso dolor de nuestro Señor al
verse traicionado por quienes estaban
destinados a ser ejemplo de fidelidad,
continuando y perfeccionando su obra. Una
obra sentada sobre el legado acumulado de
sus antecesores, la Dinastía de la
Legitimidad, ahora torpemente destrozada por
el capricho, la soberbia y la impaciencia
de quienes llevaban su sangre.
Nuestro consuelo se
cifra en la convicción de que Dios Nuestro
Señor, En su infinita misericordia, habrá
premiado ya a quien tanto le amó y sirvió
desde el puesto a que fue llamado, y las
penas y sufrimientos que experimentó en su
peregrinaje por este mundo, se habrá trocado
en el gozo eterno reservado para los justos
que le confesaron sin rubor. Que quien fue
nuestro rey en la tierra, nos tienda su mano
cuando Dios nos convoque a su presencia,
siendo nuestra boina roja la prenda que nos
identifique, porque es la limpia expresión
de nuestra militancia carlista y la
confesión inequívoca de nuestra fe
religiosa.
Valencia, 24.6.07
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