domingo, 24 de junio de 2007

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24 de junio de 2007. Especiales. 30 aniversario de la muerte del rey Don Javier.

Homenaje al rey don Javier de Borbón Parma.

Recordando al rey Javier. por Pedro J. Zabala

 

 

Han pasado bastantes años desde su muerte y es buen momento para traerlo a la memoria y recordar con cariño sí, pero también con la objetividad que da una cierta lejanía, su figura que acogió con expectación la irrupción en las filas carlistas de otra generación de jóvenes que traían el bagaje de sus ilusiones, no contaminadas por las rivalidades de quienes aún desfilando entre las filas de los vencedores el 1º de abril de 1939, habían perdido otra guerra. Lo más triste es que algunos no eran conscientes de ello y desobedeciendo las consignas de Don Javier, no dudaron en servir a la dictadura.

 

Glosaré varios rasgos, a mi juicio, los más representativos de su personalidad: Fe, sentido de la responsabilidad, conciencia europea, lealtad, compromiso por la justicia y la libertad, y… dudas y titubeos importantes.

 

Sin duda, el rasgo más sobresaliente de la personalidad de D. Javier era la reciedumbre de su fe. Cristiano consciente, fiel hijo de la Iglesia, su vida entera estuvo marcada  por el seguimiento de Jesús y la entrega a la causa de su Reino. Su relación estrecha con la orden benedictina y su especial vinculación con la Santa Sede en trabajos diplomáticos por la paz son de sobra conocidas.

 

Otro rasgo a subrayar es su acendrado sentido de responsabilidad. Hijo del último Duque soberano de Parma, era muy consciente que su familiar posición entrañaba un privilegio y como tal sólo podría ser legitimado por su responsabilidad al servicio de los demás. Sus vinculaciones con varias casas reinantes las empleó en misiones delicadas, aunque no siempre coronadas por el éxito.

 

Destacaba su aguda conciencia europea en las crisis que antecedieron, coincidieron y siguieron a la 1ª y 2ª guerras mundiales. Tenía claro que fueron guerras fraticidas que desgarraron nuestro viejo continente y que sólo la generosidad en las victorias podía salvarnos de nuevas catástrofes. Al servicio de Europa, de sus gentes, de nuestra común cultura consagró sus energías sin desmayos.

 

La lealtad de nuestro viejo rey era proverbial. Fiel a sus Principios inspiradores, a las personas con las que colaboraba, al servicio de lo que creía justo. Nada más lejos de su carácter que esa frivolidad con que se a menudo se emplea  las personas como mero trampolín para ambiciones egoístas. Las circunstancias trágicas de su vida acentuaron ese rasgo que combinaba el respeto  sincero y la férrea exigencia que empezaba aplicando consigo mismo.

 

Su compromiso por la justicia y la libertad no menguó a lo largo de su vida. Ni en los meses previos al 18 de julio, ni en su enfrentamiento con el totalitarismo del general Franco que le valió el destierro y el alejamiento de los carlistas. Ni tampoco, cuando tras la invasión nazi de Francia, colaboraba en el maquis activamente con partisanos católicos y comunistas para oponerse al invasor. Y luego, encerrado en el campo de concentración resistiendo heroicamente con otras víctimas como él, a la barbarie del ateísmo racista.

 

Y por último, un rasgo negativo de su personalidad que hizo sufrir a sus seguidores. Cierta indecisión dubitativa que podía nacer de un talante hamletiano y de una conciencia que quizá derivaba hacia el escrúpulo, en aspectos de su vida que se referían a su personal proyección. Si era capaz de empeñarse totalmente en el servicio a los demás, su falta de ambiciones personales, le oscurecía  el camino a seguir y le llevaba a titubeos importantes. Cuando su anciano tío Don Alfonso Carlos quiso reconocer en él al heredero de la dinastía carlista, dudó y tuvo que nombrarle Regente, aunque este nombramiento no le vedaba el acabar enarbolando la bandera de la Legitimidad, sino aparecía otro príncipe de mejor derecho. Como no lo había, y al poder encontrarse con sus leales en el Congreso Eucarístico, de Barcelona, le convencieron para que aceptarse la realeza. Luego, un encuentro de seudocarlistas le llevó a volver a su anterior posición de Regente, hasta que el clamor del pueblo carlistas le convenció de asumir con todas sus consecuencias la herencia de de la dinastía legítima.

 

 

 

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