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Han pasado bastantes años desde su muerte
y es buen momento para traerlo a la memoria
y recordar con cariño sí, pero también con
la objetividad que da una cierta lejanía, su
figura que acogió con expectación la
irrupción en las filas carlistas de otra
generación de jóvenes que traían el bagaje
de sus ilusiones, no contaminadas por las
rivalidades de quienes aún desfilando entre
las filas de los vencedores el 1º de abril
de 1939, habían perdido otra guerra. Lo más
triste es que algunos no eran conscientes de
ello y desobedeciendo las consignas de Don
Javier, no dudaron en servir a la dictadura.
Glosaré varios rasgos, a mi juicio, los
más representativos de su personalidad: Fe,
sentido de la responsabilidad, conciencia
europea, lealtad, compromiso por la justicia
y la libertad, y… dudas y titubeos
importantes.
Sin duda, el rasgo más sobresaliente de
la personalidad de D. Javier era la
reciedumbre de su fe. Cristiano consciente,
fiel hijo de la Iglesia, su vida entera
estuvo marcada por el seguimiento de Jesús
y la entrega a la causa de su Reino. Su
relación estrecha con la orden benedictina y
su especial vinculación con la Santa Sede en
trabajos diplomáticos por la paz son de
sobra conocidas.
Otro rasgo a subrayar es su acendrado
sentido de responsabilidad. Hijo del último
Duque soberano de Parma, era muy consciente
que su familiar posición entrañaba un
privilegio y como tal sólo podría ser
legitimado por su responsabilidad al
servicio de los demás. Sus vinculaciones con
varias casas reinantes las empleó en
misiones delicadas, aunque no siempre
coronadas por el éxito.
Destacaba su aguda conciencia europea en
las crisis que antecedieron, coincidieron y
siguieron a la 1ª y 2ª guerras
mundiales. Tenía claro que fueron guerras
fraticidas que desgarraron nuestro viejo
continente y que sólo la generosidad en las
victorias podía salvarnos de nuevas
catástrofes. Al servicio de Europa, de sus
gentes, de nuestra común cultura consagró
sus energías sin desmayos.
La lealtad de nuestro viejo rey era
proverbial. Fiel a sus Principios
inspiradores, a las personas con las que
colaboraba, al servicio de lo que creía
justo. Nada más lejos de su carácter que esa
frivolidad con que se a menudo se emplea
las personas como mero trampolín para
ambiciones egoístas. Las circunstancias
trágicas de su vida acentuaron ese rasgo que
combinaba el respeto sincero y la férrea
exigencia que empezaba aplicando consigo
mismo.
Su compromiso por la justicia y la
libertad no menguó a lo largo de su vida. Ni
en los meses previos al 18 de julio, ni en
su enfrentamiento con el totalitarismo del
general Franco que le valió el destierro y
el alejamiento de los carlistas. Ni tampoco,
cuando tras la invasión nazi de Francia,
colaboraba en el maquis activamente con
partisanos católicos y comunistas para
oponerse al invasor. Y luego, encerrado en
el campo de concentración resistiendo
heroicamente con otras víctimas como él, a
la barbarie del ateísmo racista.
Y por último, un rasgo negativo de su
personalidad que hizo sufrir a sus
seguidores. Cierta indecisión dubitativa que
podía nacer de un talante hamletiano y de
una conciencia que quizá derivaba hacia el
escrúpulo, en aspectos de su vida que se
referían a su personal proyección. Si era
capaz de empeñarse totalmente en el servicio
a los demás, su falta de ambiciones
personales, le oscurecía el camino a seguir
y le llevaba a titubeos importantes. Cuando
su anciano tío Don Alfonso Carlos quiso
reconocer en él al heredero de la dinastía
carlista, dudó y tuvo que nombrarle Regente,
aunque este nombramiento no le vedaba el
acabar enarbolando la bandera de la
Legitimidad, sino aparecía otro príncipe de
mejor derecho. Como no lo había, y al poder
encontrarse con sus leales en el Congreso
Eucarístico, de Barcelona, le convencieron
para que aceptarse la realeza. Luego, un
encuentro de seudocarlistas le llevó a
volver a su anterior posición de Regente,
hasta que el clamor del pueblo carlistas le
convenció de asumir con todas sus
consecuencias la herencia de de la dinastía
legítima.
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