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A París me llegan noticias de todo tipo.
Quizá la que mayor relevancia social haya
tenido sea la de la beatificación de los
mártires en la guerra civil. Tanto, que ayer
me sorprendía al leer en un diario gratuito
francés la noticia de la polémica surgida a
raíz de tales beatificaciones. Ciertamente,
no entiendo tal polémica. La verdad es que
ya venía leyendo los últimos días algunos
artículos y opiniones al respecto. Cada cual
más peregrina. Ha debido de doler mucho a
los cerebros de la Memoria Histórica -de
“cierta” memoria, deberíamos decir- el hecho
de que se rememore a quienes murieron
defendiendo la fe, lo cual no viene sino a
admitir lo que es de dominio público. A
saber: que ya desde antes de la guerra hubo
odio a Cristo, a sus fieles seguidores, y
que no razones políticas, sino vengativas,
cobardes y siniestras, fueron las que
llevaron a unos hombres, veinte siglos
después, a tener que dar su vida por Él. Las
políticas fueron de inevitable ligazón, pero
cada cosa por su orden. |
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Según tengo entendido,
perdónenme ustedes la superficialidad, parte
de la polémica se ha levantado con motivo de
la existencia de sacerdotes y religiosos
muertos en la contienda de manos el bando
nacional. Reivindica
Josu Jon Imaz la memoria de
sacerdotes y fieles católicos ejemplares,
muertos por la causa republicana, o
nacionalista. Reivindica asimismo su
memoria. Y a mí no me parece mal, si es que
de verdad fueron fieles a Cristo, más que a
cualquier causa terrenal. Pero he de decir
asimismo que todas las declaraciones
vertidas en el mismo sentido adolecen del
mismo problema de base y de fondo: no
entienden lo que es martirio. No seré yo
quien explique ahora lo que durante siglos
cualquier cristiano de formación media
habría sabido explicar. Un mártir es quien
muere por defender la fe, ante la cual se
levantó el odio durante los años
republicanos, y con más virulencia durante
la sangrienta guerra. Quien muere por la
democracia, o la monarquía, la paz o la
república, por muy católico que sea, no es
un mártir de la Iglesia Católica, a pesar de
que merezca todos los honores y
reconocimientos humanos y cristianos. Son
“héroes” de tales causas, si que quiere,
pero no son mártires. Quien muere por causa
del odio a la fe, por defenderla, sí lo es.
Así que pongamos el debate en su sitio.
Quizá lo que subyace en todo esto no es ni
más ni menos que el intento por sustituir la
verdadera religión, la que dio origen a
nuestra civilización, la enriqueció y de la
que surgieron los grandes valores e ideas
que hoy, tan tergiversados, se dicen
defender. Con la idea laicista, agnóstica y
progresista de sociedad no se cae en otra
cosa sino en la deificación de lo humano. Se
creen que con acabar con la religión, con la
presencia de Dios en la vida pública, se
progresa en la libertad. Nada más alejado de
la realidad, pues lo que aquí vemos y cada
día se confirma, es una pura y llana
sustitución del catolicismo por la religión
pagana de la ciudadanía, con su propia
inquisición (véase si no, el revuelo causado
por Rajoy, o por cualquiera que reclame algo
de debate ante el discurso apocalíptico del
cambio climático), sus propios dogmas
indiscutibles (la “libertad” sexual, la
“tolerancia”, el silencio de Dios en lo
público o, cada vez más, la imposición de un
modelo “ciudadano” ante el que no cabe
objetar, ni en razón de la libertad, tan
manipulada), sus dioses (el Estado o la
“nación”, sea la real o la inventada) o sus
mitos (véase la Memoria “histórica”). Por
eso, Imaz, considera “mártir” a quien murió
por la “libertad” o la “nación” vasca.
Porque él, tan cristiano que se considera,
ha perdido el sano orden de las cosas, al
colocar al mismo nivel lo que Dios ha creado
(las instituciones políticas humanas, las
ideas y los valores) y el mismo Dios (la
fe). Cuando debería saber que cuanto más
alto es por lo que se da la vida, tanto más
valor tiene esa muerte. Por tanto, ¿no
deberían todos aquellos que se dicen
cristianos y critican las beatificaciones
dejarse de otras consideraciones y admitir
que aquellos que murieron por Dios y su
Iglesia, perseguida por la República y
quienes la sustentaron, merecen un lugar
preeminente en la historia, los corazones y
la memoria de todos? A esto no creo que
alcancen.
JorgePe. Del blog
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