viernes, 02 de noviembre de 2007

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31 de octubre de 2007. Especiales. Beatificación de 498 mártires españoles de 1934-1939. De mártires y pseudo-mártires. por Jorge Peño Iglesias

A París me llegan noticias de todo tipo. Quizá la que mayor relevancia social haya tenido sea la de la beatificación de los mártires en la guerra civil. Tanto, que ayer me sorprendía al leer en un diario gratuito francés la noticia de la polémica surgida a raíz de tales beatificaciones. Ciertamente, no entiendo tal polémica. La verdad es que ya venía leyendo los últimos días algunos artículos y opiniones al respecto. Cada cual más peregrina. Ha debido de doler mucho a los cerebros de la Memoria Histórica -de “cierta” memoria, deberíamos decir- el hecho de que se rememore a quienes murieron defendiendo la fe, lo cual no viene sino a admitir lo que es de dominio público. A saber: que ya desde antes de la guerra hubo odio a Cristo, a sus fieles seguidores, y que no razones políticas, sino vengativas, cobardes y siniestras, fueron las que llevaron a unos hombres, veinte siglos después, a tener que dar su vida por Él. Las políticas fueron de inevitable ligazón, pero cada cosa por su orden.
   

Según tengo entendido, perdónenme ustedes la superficialidad, parte de la polémica se ha levantado con motivo de la existencia de sacerdotes y religiosos muertos en la contienda de manos el bando nacional. Reivindica Josu Jon Imaz la memoria de sacerdotes y fieles católicos ejemplares, muertos por la causa republicana, o nacionalista. Reivindica asimismo su memoria. Y a mí no me parece mal, si es que de verdad fueron fieles a Cristo, más que a cualquier causa terrenal. Pero he de decir asimismo que todas las declaraciones vertidas en el mismo sentido adolecen del mismo problema de base y de fondo: no entienden lo que es martirio. No seré yo quien explique ahora lo que durante siglos cualquier cristiano de formación media habría sabido explicar. Un mártir es quien muere por defender la fe, ante la cual se levantó el odio durante los años republicanos, y con más virulencia durante la sangrienta guerra. Quien muere por la democracia, o la monarquía, la paz o la república, por muy católico que sea, no es un mártir de la Iglesia Católica, a pesar de que merezca todos los honores y reconocimientos humanos y cristianos. Son “héroes” de tales causas, si que quiere, pero no son mártires. Quien muere por causa del odio a la fe, por defenderla, sí lo es. Así que pongamos el debate en su sitio.

Quizá lo que subyace en todo esto no es ni más ni menos que el intento por sustituir la verdadera religión, la que dio origen a nuestra civilización, la enriqueció y de la que surgieron los grandes valores e ideas que hoy, tan tergiversados, se dicen defender. Con la idea laicista, agnóstica y progresista de sociedad no se cae en otra cosa sino en la deificación de lo humano. Se creen que con acabar con la religión, con la presencia de Dios en la vida pública, se progresa en la libertad. Nada más alejado de la realidad, pues lo que aquí vemos y cada día se confirma, es una pura y llana sustitución del catolicismo por la religión pagana de la ciudadanía, con su propia inquisición (véase si no, el revuelo causado por Rajoy, o por cualquiera que reclame algo de debate ante el discurso apocalíptico del cambio climático), sus propios dogmas indiscutibles (la “libertad” sexual, la “tolerancia”, el silencio de Dios en lo público o, cada vez más, la imposición de un modelo “ciudadano” ante el que no cabe objetar, ni en razón de la libertad, tan manipulada), sus dioses (el Estado o la “nación”, sea la real o la inventada) o sus mitos (véase la Memoria “histórica”). Por eso, Imaz, considera “mártir” a quien murió por la “libertad” o la “nación” vasca. Porque él, tan cristiano que se considera, ha perdido el sano orden de las cosas, al colocar al mismo nivel lo que Dios ha creado (las instituciones políticas humanas, las ideas y los valores) y el mismo Dios (la fe). Cuando debería saber que cuanto más alto es por lo que se da la vida, tanto más valor tiene esa muerte. Por tanto, ¿no deberían todos aquellos que se dicen cristianos y critican las beatificaciones dejarse de otras consideraciones y admitir que aquellos que murieron por Dios y su Iglesia, perseguida por la República y quienes la sustentaron, merecen un lugar preeminente en la historia, los corazones y la memoria de todos? A esto no creo que alcancen.

JorgePe. Del blog Siempre Avanzando

 

 

 

 

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