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Portal Avant de los carlistas del Reino de Valencia Pensamiento tradicionalista Rafael Gambra ¿Hacia dónde se encamina la humanidad?

¿Hacia dónde se encamina la humanidad?

Pensamiento tradicionalista - Rafael Gambra Ciudad

Érase un buitre que me picoteaba los pies. Estoy indefenso porque es muy poderoso y quería saltarme a la cara. Preferí sacrificarle los pies, que los tengo ya destrozados”. F. Kafka.


Señora mía, veo que no entendéis los tiempos presentes: lo hecho, hecho está, y procuradnos pues novedades porque sólo lo nuevo llama ya nuestra atención. J. W. Goethe (El Diablo, en Fausto).


 

La reacción vitalista y existencial con que se inició el siglo xx constituyó, sin duda, un importante paso hacia una visión coherente y verdadera del universo. El espiritualismo y el pensar metafísico que durante los últimos siglos se mantuvieron a la defensiva frente a los ataques del materialismo, del determinismo -de la orgullosa concepción racionalista en suma-, parecieron durante la primera mitad del xx tomar la ofensiva y penetrar resueltamente en el propio camino de las ciencias físico-naturales. Si a principios de siglo los filósofos se disculpaban de serlo y procuraban aparecer como científicos experimentales, a mediados del mismo los científicos tenían que ser filósofos y hacían culminar sus obras en un capítulo filosófico, a menudo espiritualista. La crisis del racionalismo positivista supuso la remoción de un gran obstáculo que se oponía a la búsqueda abierta y sincera de la verdad. Era como un cristalino colocado ante las inteligencias, que orientaba su acción en un sentido cuya radical inadecuación se puso de manifiesto.


 

Hemos asistido, en la plenitud del siglo xx, a un renacimiento de la metafísica en sistemas de profunda penetración intelectual. Sin embargo, estos sistemas permanecen hoy un tanto desconectados en el contexto de nuestra cultura, como aislados o colgados de sí mismos como fruto de una mera labor de especialistas. Si se comparan en su papel e influencia con las grandes construcciones teológicos-filosóficas de la  Edad Media salta a la vista su falta de relación viva con un sistema cultural de ideas y creencias.  La raíz de esta incapacidad actual de la filosofía para coronar y coordinar el sentido de la cultura está seguramente en la pérdida, en los albores de la Edad Moderna, de algo que era como el germen para la fecundación y desarrollo de nuestra civilización.  Podemos observar ahora, en una mirada retrospectiva, cómo las grandes figuras de la filosofía no han surgido aisladamente en cualquier pueblo o ambiente, sino que han sucedido en el seno de la cultura grecolatina, primero, y de la cristiana, después, fuentes ambas de una tradición filosófica de muchos siglos de desarrollo. Ello se explica porque ese medio cultural se asentaba en un esquema básico de la realidad que constituía una comunidad de ideas y creencias. Para la cultura clásica este esquema se reducía a la dualidad y la tensión entre el mundo imperfecto y móvil de las cosas concretas y el logos o esfera superior inteligible. Este dualismo fue confirmado, en su raíz última, por la concepción cristiana del mundo que daba así una prueba de su verdad fundamental, aunque concretando y ampliando aquel esquema con las determinaciones positivas de un orden sobrenatural. La época cristiana es, así, heredera y continuadora en el plano cultural de la grecolatina, y ambas forman la columna vertebral de la cultura humana y la patria de la filosofía.   Volvamos por un momento a nuestro ejemplo del lago: si al observador que otea el fondo oscuro de las aguas se le impone un esquema o prejuicio falso de lo que allí ha de ver, cuanto descubra lo encajará como manifestación de ello, invalidándose así su obra. La destrucción de este prejuicio deliberará de ese fracaso forzoso, y a ello corresponde la destrucción de la concepción racionalista, que hacía las veces de ese esquema previo. Sin embargo, en nuestro lago había un principio de orientación y de guía –la idea de la ciudad sepultada en su fondo-, principio que no era fruto de un capricho casual o de un idea dominante en una época, como aconteció con el racionalismo, sino producto de una iluminación  superior, de una fe que era de común aceptación en aquel medio cultural y germen de su civilización. La fe no predeterminará el contenido de la filosofía, pero será hito de orientación para que las miradas no se pierdan en estériles y desesperantes sondeos. De hecho, nunca se ha dado una tradición filosófica constructiva sin este ambiente previo, y de él, precisamente, está necesitada la filosofía en su coyuntura actual.


 

Pero, en el conjunto de la cultura, las circunstancias han variado hoy de frente. La secularización y el abandono de unidad religiosa, que en un tiempo se estimaron como el medio de acabar con las luchas religiosas, aparecen hoy como los grandes males, que abocan al mundo a situaciones sin salida. En el terreno de la ciencia, la hipertrofia (por “monocultivo”) de su desarrollo ha convertido en problemáticos todos los aspectos del existir humano y ha planteado la posibilidad de una destrucción de la vida humana global, víctima de su propia técnica. En el campo de la política, caducada la época liberal en que se creía en el normal funcionamiento de un Estado constitucional y jurídico, sólo hay ya sitio para tiranías y los dirigismos. La década de los años sesenta se ha caracterizado, junto a la difusión de nuevas formas de racionalismo, al modo del neopositivismo, por una rápida escalada del marxismo y de la masificación tecnificada. Incluso reductos otrora inasequibles al racionalismo moderno y a sus consecuencias, como la Iglesia Católica, se han visto invadidos, en la llamada de la “época postconciliar”, por tendencias proclives a esa actitud mental, como el “progresismo religioso”. Pseudo-teólogos como el jesuita Teilhard de Chardin han servido de inspiración a tendencias eclesiásticas que reniegan de la tradición histórica de la Iglesia y abogan por una “desmitificación” cientifista de la fe y por una adaptación de la misma al “mundo moderno”, con claras tendencias al socialismo y aun al marxismo. Paralelamente con este fenómeno, otros signos de disolución amenazan súbitamente a la civilización occidental y, con ella, a su tradición filosófica. La pasada década de los setenta se inició bajo el signo de las “revoluciones culturales”.


 

Al igual que la Revolución política de 1789 inició la disolución de la estructura institucional corporativa de la sociedad cristiana, esta nueva revolución intenta disolver la estructura de las mentes en sus convicciones básicas y en la noción de una verdad objetiva e inmutable. Como consecuencia de ello, una juventud estudiantil masificada y desarraigada de todo mundo de fe y de valores, hastiada de una sociedad tecnificada de mero “consumo”, irrumpe con su protesta violenta hacia cauces de anarquismo y de nihilismo. Fenómeno este en que podría reconocerse la auténtica y actual “rebelión de las masas”. El filósofo Marcuse y el marxismo “culturalizado” de Gramsci parecen ser los ídolos más señalados de esta sorda marea en que culminan dos siglos de espíritu revolucionario.     ¿Cuál será el futuro de la filosofía? Caben dos posibilidades: hoy los hombres carecen de la antigua unidad de creencias, y sólo de la fe religiosa brotan los impulsos interiores, de pura honradez, que llevan a la cooperación y al sacrificio que requiere la verdadera sociabilidad. Tampoco tienen ya esa pseudo-fe en un orden de valores morales y jurídicos (de estilo kantiano o similares) que mantuvieron el orden en las últimas centurias. Como reconoce Sartre, suprimida la existencia de Dios, desaparecen esos valores previos que se mantuvieron artificialmente colgados de sí mismos. Si sólo se cree en la vida, en sus impulsos inmediatos, y en su constante evolución, puede caer la humanidad bajo el dominio de estados puramente técnicos en los que la vida del hombre, la filosofía y el mismo concepto de verdad queden sometidos a una organización dirigida, a una creación circunstancial. Tal modo de vivir y de gobernar puede llegar a ser inevitable, pero ello determinaría un trágico eclipse del espíritu humano y, con él, de la filosofía.


 

Sin embargo, cabe también confiar en ese renacer de la metafísica que nos ha ofrecido este siglo nuestro, como fruto de una aguda crisis del orgulloso racionalismo moderno. En que la percepción del ser y de la contingencia del existir abran para el hombre de hoy una actitud de humildad en la cual reviva en nuestra cultura la luz de la fe y el espíritu de gratitud. Sólo así, en una renacida comunidad de creencias y voluntades, podría levantarse la filosofía del actual marasmo de dispersión e infecundidad para reencontrar, como escribiera Menéndez Pelayo, los serenos templos de la antigua sabiduría.


 

Epílogo de Historia sencilla de la filosofía

 
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