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Celebración de la Cruz de Mayo

Círculos - Círculo carlista san Miguel

 

 

Un acto para recordar. En la noche del 2 de mayo, las Margaritas de Lliria volvieron –benditas sean- a confeccionar la Cruz de Mayo y a instalarla en la fachada del círculo carlista. En el bar del mismo, dos inmensas mesas repletas de carlistas lirianos y forasteros, esperando la bienvenida del Presidente en funciones de la entidad anfitriona, d. Rafael Perona Villegas y la bendición de los alimentos que hizo el Reverendo d. José Alonso, para dar buena cuenta de los mismos. Los que vinieron de más lejos fueron d. Santiago Arellano, consejero nacional de la CTC y d. Javier Melchor de Abajo, un amigo acompañante, ambos desplazados desde Pamplona a cosa hecha. En el senado natural del grupo, el requeté excombatiente d. Rubén de Cardeñosa Serrano y dña Trinidad Ferrando Sales, ambos presidentes honorarios del círculo Aparisi y Guijarro, y d. José Romero Ferrer, ex Secretario del círculo San Miguel y d. Pascual Cebriá Torrent, antiguo vicepresidente del mismo. La máxima representación de la Comunión Tradicionalista Carlista la ostentaba d. Jesús J. Blasco Lagunilla, Presidente regional.

 

Ultimada la cena, en la sala museo del círculo, tuvo lugar el acto político cultural, que este año fue de auténtico lujo carlista. Blasco dio lectura a un texto remitido al efecto por d. Salvador Aulló, carlista de Tafalla (Navarra), que recientemente tuvo notoriedad por dos motivos bien diferentes: el primero, por haber movilizado a media España en ayuda del círculo San Miguel, en un apuro económico, empezando por hacerse socios del mismo toda su familia, desde el interesado y su esposa hasta su siete hijos; el segundo, por haber protagonizado, a su pesar, las páginas de sucesos, a causa del accidente que costó la vida a su nieto Marcos, de 3 años.

En ese escrito, a modo de pregón de la cruz, animaba a los carlistas a ser conscientes de la cruz que comporta la división y a superarla, juntando fuerzas para que “después de un Juan III, venga un Carlos VII” que actualice en España el mensaje carlista. Los aplausos de los asistentes rubricaron que habían tomado nota.

 

 

Santiago Arellano había enviado también unas hojas mecanografiadas, pero se quedaron en el bolsillo. En su lugar dio una breve pero jugosísima lección magistral sobre las consecuencias de la exclusión de Dios de la vida pública y su sustitución por una nueva divinidad impersonal disfrazada de democracia. Nos expuso los fundamentos de la Legitimidad y la Tradición y las diferencias entre el interés general y el bien común. Fijó el papel del carlismo en la historia de España y su virtualidad en la hora presente. Sus palabras calaron en su auditorio que lo ovacionó calurosamente.

En la calle, los carlistas congregados ante la Cruz floral de la fachada del Círculo San Miguel, entonaron la Salve Regina y el Oriamendi. Una velada completa y feliz.


 

Discurso preparado por don Santiago Arellano:

CONSECUENCIAS POLÍTICAS, SOCIALES Y CULTURALES DE LA CRUZ PARA LOS PUEBLOS DE LA BIMILENARIA CRISTIANDAD

 

Es un gozoso honor para mí participar aquí en Liria, en este reducto vivo de la Tradición y de la Inconmensurable Causa Carlista, en un acto tan sencillo como profundo en su simbología doctrinal.

 

Para la sociedad que nos rodea no le resultará fácil entender que El día de la Cruz se comience celebrando su víspera con una cena festiva. ¡Cómo puede ser ocasión de alegre regocijo conmemorar La Cruz, siempre motivo de escándalo para los judíos y de necedad para los griegos, aunque para los creyentes fuerza y sabiduría de Dios! No pueden comprender que La Cruz se ha convertido en causa de nuestra alegría.

 

Naturalmente que los creyentes celebramos los acontecimientos religiosos en los templos y como carlistas también reconocemos en todo la supremacía de Dios, pero la incorporación de su Santo Nombre en nuestro Trilema, ni toma el nombre de Dios en vano, ni está defendiendo una sociedad teocrática ni menos sugiriendo que suban los curas al poder.

 

Los carlistas alzamos el nombre de Dios en nuestras banderas cuando se le quiso echar de la vida social y política. Queremos proclamar que Él es el origen de toda autoridad; que invocamos su nombre como garantía de la dignidad de todo hombre, fundamento de la grandeza de toda persona, origen y razón primera de todos los derechos humanos. Dios creador de toda naturaleza es el aval del derecho natural cuyo fruto asombroso son los fueros. Se convierte en la piedra clave de la unidad política de España; en la única argamasa posible de la Unión Europea e incluso, en su día, de la Unidad Universal. Pero para estupor de los más nuestra bandera sigue proclamando que no depende de la voluntad, ni individual ni general, ni de la “Soberanía Nacional” definir el bien y el mal, ni delimitar el orden moral establecido por Dios, si queremos una ciudad en paz y prosperidad fundada en el bien común y no en el interés general.

 

Se escandalizan hipócritamente nuestros conciudadanos cuando saltan uno tras otro los escándalos económicos, los robos, fraudes, estafas a cual mayor y más despreciable. No hago mención de las demás inmoralidades no menos corrosivas de los pueblos. Digo “hipócritamente” porque cuando el sustituto de Dios es la riqueza y hacerse ricos a tuerto o a derecho la razón de vivir, no cabe esperar del comportamiento general sino una vocación al latrocinio, en la que la perversión no está en robar, sino en que te cojan con las manos en la masa, seas familiar del Jefe de Gobierno, presidente o consejero de cualquier autonomía, empresario, banquero, policía o chofer de cualquier cargo menor.

 

Riquezas quiero pero honestamente ganadas” nos enseñaron nuestros mayores. Hoy no se lo cree nadie. Robar es un mérito; y necedad la honradez. ¿No veis que se trata de un asunto de legalidad y no de Justicia ni de Ética ni de Moral? Un robo es delito si se infringe una ley positiva. Si no está previsto en la norma a nadie le pueden condenar y si está, para ello existen las argucias de los abogados y sus ingeniosidades.

 

En el “Manifiesto de los persas” se le decía ingenuamente a Fernando VII, refiriéndose a los cabecillas de Las Cortes de Cádiz, “no tienen temor de Dios y se atreven con todo”. Recientemente el periodista Raúl del Pozo escribía en El Mundo “El fundamento de nuestra sociedad es la corrupción” Y que yo sepa nadie se ha querellado. Estad atentos a Guipuzcoa y no sólo por la política sobre los presos de ETA. Era más eficaz el mandamiento “No robarás”.

 

Hoy sabemos cómo empiezan los juicios y hasta las sentencias; pero no cómo acaban. Es lamentable que ningún ladrón devuelva lo robado y que al poco tiempo aparezcan tan ricamente en medio de la sociedad como si tal cosa.

 

Algo parecido ocurre con la representación política. Se acusan los políticos de contradecir lo prometido en las campañas electorales o lo proclamado en sus programas electorales.

 

Suele despertar enojos generalizados en la población el escaso respeto que les merecen a los elegidos los programas electorales, y menos los compromisos y promesas, en contraste con el ingente esfuerzo que realizan para convencernos de sus maravillas durante las campañas electorales. Es sorprendente que unos políticos a otros se acusen de mentirosos. El profesor Tierno Galván lo dijo con total sinceridad: los programas de los partidos están para no cumplirlos.

 

No crean que se trataba de una salida provocativa con su chispa de gracia. Expresa la doctrina fundamental de la Democracia moderna. Resume la doctrina política en vigor sobre la representación política. Su inicio, entre nosotros, las Cortes de Cádiz de 1812.

 

El pueblo y todos los dirigentes conocían entonces qué significaba, en la representación política de la España de siempre, el mandato imperativo. Por eso la Constitución de Cádiz no lo nombra, pero lo suprime. La auténtica representación de los pueblos desaparece en ese momento. Se suprimió en el Art. 100. Dice de los Diputado “que en su consecuencia les otorgan poderes amplios a todos juntos, y a cada uno de por sí, para cumplir y desempeñar las augustas funciones de su encargo, y para que con los demás Diputados de Cortes, como representantes de la Nación española, puedan acordar y resolver cuanto entendieren conducente al bien general de ella, en uso de las facultades que la Constitución determina, y dentro de los límites que la misma prescribe”

 

A partir de ese momento ningún diputado representa a quien lo elige ni al pueblo o distrito que lo vota. En la España de siempre el Diputado tenía que defender en Cortes lo encomendado por la ciudad, región o sector de la Nación que lo hubiera elegido. Lo elige con un “mandato”, del que no puede escabullirse. Es lógico: te elijo para que me representes y defiendas. Por eso era mandato “imperativo”.

 

Como en 1978 ya nadie sabía qué significaba el mandato imperativo, sin ningún sonrojo, pero por si acaso, manda la Constitución vigente en su artículo 67,2: “Los miembros de las Cortes Generales no estarán ligados por mandato imperativo”. Es decir, ningún diputado elegido está obligado, por ley, a cumplir lo prometido en la campaña electoral; tan solo lo que el partido le mande. No le deis vueltas; es así. Aunque no nos guste.

 

Los políticos no mienten, los políticos no nos engañan, por mucho que nos exaspere a quienes todavía conservamos un mínimo de conciencia y un mínimo de sentido común. Es peor. Los políticos juegan la partida con reglas fundadas en la utilidad y no en la verdad. Les llamamos cínicos, pero ellos son maestros en la escuela de Maquiavelo. Recordemos alguno de sus consejos:

 

Todos sabemos cuán digno de alabanza es que el príncipe mantenga la fe dada y viva con integridad y sin astucia. Pero la experiencia de nuestros tiempos nos dice que los príncipes que han hecho grandes cosas son los que menos han mantenido su palabra y con la astucia han sabido engañar a los hombres, superando en fin de cuentas a quienes ponen sus fundamentos en la lealtad.

 

...Es cosa que conviene entender bien: que un príncipe, sobre todo un príncipe nuevo, no debe observar todo lo que hace que los hombres sean tenidos por buenos, porque en ocasiones, para defender su Estado, necesitará actuar contra la lealtad, contra la caridad, la humanidad y la religión. Tiene que contar con un ánimo dispuesto a moverse según sople el viento de la fortuna e impongan las diferentes circunstancias, sin apartarse del bien -si es posible- pero sabiendo también entrar en el mal, si es necesario...

Haga el príncipe cuanto deba por dominar y conservar el Estado, que los medios siempre serán considerados justos y alabados por todos; pues al vulgo lo convencen las apariencias y el resultado de cada cosa.”

 

La Cruz que hoy celebramos es más que una señal que asegura la victoria en batallas como las del puente Milvio cuyo 1700 aniversario se cumple este año. Es el origen de una fraternidad verdadera; de una igualdad que no destruya la equidad y de una libertad que garantice el crecimiento en el bien sin cortapisas ni impedimentos de todo pelaje para lograr la aspiración universal de ser felices aquí y ahora, tú, yo y todos los seres humanos.

 

No me extraña que carlistas de Pro se irriten cuando algo puede sonarles a integrismo. El integrismo es una parodia grotesca de la propuesta integral y armónica del carlismo. No se puede dar a Dios lo que es propio del Cesar como no puede darse al Cesar lo que pertenece a Dios. Todo clericalismo es inadmisible; del mismo modo que cualquier laicismo moderado o radical resulta demoledor. El integrismo es una concepción demoledora del ser de España; como demoledora está resultando una organización política que va a conseguir que a España no la conozca ni la madre que la parió. La sociedad es el campo libre y creativo de los hombres para hacer que el orden natural alcance su perfección.

 

La Cruz que hoy celebramos y levantamos con entusiasmo es un emblema de nuestras aspiraciones políticas. Es el amparo del derecho a vivir desde la concepción a la muerte natural, el derecho a la familia basada en el matrimonio de un hombre y de una mujer como pilar de la sociedad, cobijo de la vida y del amor y enlace en la incorporación con eficacia de cada persona a la sociedad; proclama el derecho de los padres a la educación de sus hijos; el derecho a un trabajo en el que la persona ejerce y colabora en la perfección y dominio de la tierra y no se le ve como simple elemento en la cadena de producción. Exige la prevalencia de la sociedad sobre el Estado ordenada bajo el principio de subsidiariedad; exige la protección y amparo de los desvalidos y desamparados y enseña que la sociedad lo mismo que la familia, no es un equilibrio de fuerzas contrapuestas en la que cada cual trata de llevarse la mayor y mejor parte sino “Ayuntamiento” de menudos, medianos y grandes, para entre todos sacar adelante el bien común, lo mismo en los municipios, que en las regiones, comunidades o como las llaman ahora “autonomías”.

 

Para nosotros carlistas la sociedad no es una suma de individuos sino una comunidad de personas. España irá dando bandazos entre la uniformidad y la fragmentación. Solo el sistema jurídico de los fueros, que se fundamenta en el reconocimiento de la persona como ser común y diverso, devolverá a España la unidad y la paz. Nada menos que una organización que frente al equilibrio entre fuerzas contrapuestas, hoy vigente, reconozca como bien la diversidad de nuestros pueblos explicitada en sus Fueros, eso que el Carlismo ha llamado siempre las Españas, en la que la Autoridad verdadera no define sino que jura defender, amparar y acatar

 

No es la Cruz sólo consuelo en las aflicciones sino causa de nuestras alegrías de la vida cotidiana en medio de la sociedad, la que nos legaron nuestros padres y la que queremos que sirva de referencia a nuestros hijos y nietos. Tiempos tan adversos exigen una resistencia numantina. Más aún, empecinamiento. Sentirnos herederos del espíritu de nuestros mayores, no menos macabeicos, que los macabeos del Antiguo Testamento. No nos engañen las apariencias. Del rey, abajo, ninguno está exento de la escuela del amor. La vocación política es la manifestación máxima de la caridad, que no se alcanza de rodillas en el templo, su prueba se contrasta sirviendo honradamente a la ciudad.

 
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