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Manifiesto que dirige al pueblo español una federación de realistas puros

Documentos históricos del carlismo - SMC Fernando VII

MANIFIESTO QUE DIRIGE AL PUEBLO ESPAÑOL UNA FEDERACIÓN DE REALISTAS PUROS, SOBRE EL ESTADO DE LA NACIÓN Y SOBRE LA NECESIDAD DE ELEVAR AL TRONO AL SERENÍSIMO SEÑOR INFANTE DON CARLOS

¡ESPAÑOLES!

 

El deplorable estado de nuestra amada patria y el eminente peligro en que se hallan la Religión y el trono por la casi consumada traición de nuestros gobernantes, han cubierto de luto el corazón de los buenos y llenado de terror a los menos fuertes de nuestros compatriotas. Es llegado el caso de ver inutilizados todos los esfuerzos que nos ha costado el restablecimiento del antiguo orden de cosas, porque éste va a desaparecer de nuestro suelo según todas las apariencias.

 

La sangre que vertieran en la última lucha nuestros más decididos campeones, o es ya olvidada, o es considerada por nuestros enemigos con el más escandaloso vilipendio. Lo peor de todo es que el mismo Monarca, el mismo príncipe a quien hemos arrancado dos veces de la esclavitud comprando su libertad con nuestra propia sangre, Fernando, en fin, es un activo instrumento de la más maquiavélica conspiración que jamás vieron los siglos. ¡Horrorizaos!

 

¿Y será posible que se abuse hasta ese extremo de nuestra lealtad? ¿Y querrán todavía que callemos a tantos insultos? ¿Se nos exigirá por más tiempo esta moderación y esta mansedumbre que, alentando las esperanzas de los discípulos de Voltaire y Rousseau, han fomentado sus planes contra nuestro sosiego y han conducido a la Religión y al trono hacia el cráter de un volcán revolucionario que los espera para destruirlos? Nos estremecemos al considerar la audacia de esa peste de innovadores que, a fuer de liberales, no han temido ni temen el provocar con tanto descaro nuestra indignación; porque conociendo como conocemos el carácter y firmeza nacional, vemos que se aproxima el fatal momento de obligarnos a repeler con las armas la más amarga prueba que pudiera haberse exigido de nuestro sufrimiento. ¡¡¡Ésta es, españoles, la de imponernos otra vez aquella cadena constitucional que rompió nuestro heroísmo y despojar después a la nación de sus Américas!!!

 

En semejante crisis, cuando un peligro tan eminente amenaza por instantes la nave del estado, fuera mengua del nombre español el someterse cobardemente a esa facción desorganizadora que se ha apoderado del trono. Pero, como no sería cuerdo ni digno de la sensatez y religiosidad de los españoles el empuñar las armas contra el gobierno existente sin antes poner de manifiesto las poderosas razones que han podido motivar una medida tan violenta, de aquí es que esta Federación se ha sometido a la dura necesidad de enumerarlas, y esto le costará el amargo conflicto de tener que pronunciar, más de una vez, el nombre del Rey, envuelto con el de los más encarnizados enemigos de la legitimidad, y casi siempre, como el primer agente y motor de nuestras desgracias.

 

Así pues, empezaremos por la narración de nuestros infortunios, con el reinado del señor don Fernando VII, y al bosquejar el cuadro de los crímenes, de los desvaríos y de las debilidades de este príncipe, se nos permitirá el detenernos en lo absolutamente necesario, porque la compasión que en cierto modo merecen sus flaquezas no debe disminuir ni en un ápice aquel profundo resentimiento que ha debido inspirar con su atroz conducta dentro del corazón de sus más fieles vasallos.

 

Públicos son y notorios los esfuerzos que hicimos los españoles, antes y después de la guerra de la independencia, para sentar sobre el trono de Castilla a don Fernando. Por aquel tiempo tuvimos que luchar a la vez con las armas victoriosas del colosal poder de Bonaparte y contra los rápidos progresos de ese fatal liberalismo que abortaran para nuestro mal las llamadas Cortes de Cádiz. El santo celo que siempre ha distinguido a nuestro clero secular y regular y la infatigable actividad con que se aprovecharan nuestros virtuosos, así del confesionario, como de la cátedra del Evangelio durante aquel periodo de calamidad, puso en algún tanto coto a la malignidad del jacobinismo; sin dejar por esto de contribuir muy eficazmente al mantenimiento de aquel furor heroico que destruyera tantas legiones enemigas y que acabó por domeñar el orgullo de Bonaparte.

 

Llegó Fernando VII al territorio español, y esta nación generosa lo recibió con las mayores demostraciones de adicción y de lealtad, sin embargo de que nadie ignoraba que había cumplimentado a Napoleón por los triunfos que al principio de la guerra obtuvo sobre nuestras tropas, y además todos sabían que nos llamaba salvajes porque tan constante y honrosamente lo defendíamos.

 

El clero, una gran parte de la nobleza, varios generales, inclusos La Bisbal y Elío, y muchos miembros de las mismas Cortes, corrieron presurosos a los pies del monarca para advertirle del daño que habían causado los principios liberales y del eminente riesgo en que estaba su soberanía. Sin embargo de este gran paso, no pudieron impedir que su debilidad accediese al Decreto de Valencia, por el cual se comprometió el Rey a restablecer las antiguas Cortes, dejando con este documento un arma poderosa con la que nos han mortificado sordamente nuestros enemigos.

 

Seis años de errores, de atropellamientos, de robos y de todo género de males sucedieron a la entrada de Fernando, y como éste careciese de las luces más indispensables y aun de la energía necesaria para sostener sus propios crímenes, de aquí es que su gobierno, empezando por hacerse odioso a todas las clases, acabó por desacreditarse hasta el ridículo. Reducido a la más lastimosa situación, falto de recursos por el general desorden de la administración pública, sin crédito, sin fuerza moral y, finalmente, en el más perfecto caos de desorganización y de anarquía, atrajo por sí mismo la rebelión militar del año veinte, sin que el pronunciamiento de ésta despertase su apatía, ni menos lo estimulase a oponerse de algún modo contra la revolución que sucedió inmediatamente y de la cual se nos han seguido tantos males, no siendo el menor la pérdida de mil millones de reales que se habían empleado para el apresto militar de la expedición de América.

 

El rey, débil y acobardado, juró y nos mandó jurar la Constitución del año doce, se puso al frente del gobierno revolucionario del mismo modo y con la misma confianza que si fuese el tal gobierno su propia hechura; firmó y sancionó sin el menor escrúpulo las más democráticas leyes, y en las conmociones populares que tuvieron lugar durante aquel periodo para sostener la misma soberanía que él renunciara, ¡alentaba, perseguía y delataba al mismo tiempo a sus más ardientes defensores! Un conjunto de inmoralidad y de bajeza semejante no parece posible en ningún hombre, pero es forzoso decirlo: Fernando VII no es hombre, es un monstruo de crueldad, es el más innoble de todos los seres, es un cobarde que, semejante a un azote del cielo, lo ha vomitado el averno para castigo de nuestras culpas, ¡es una verdadera calamidad para nuestra desventurada patria!

 

Llegó, en fin, el año 21, y la Divina Providencia, satisfecha de nuestros padecimientos bajo la férula revolucionaria, se dignó en virtud de nuestros fervientes ruegos mover e inspirar a la Augusta Majestad del señor rey Luis XVIII y a los demás príncipes de la Santa Alianza para que se pusiese remedio a tantos males. No quisiéramos recordar aquí los inmensos gastos que ha costado al clero regular y secular, a varias corporaciones religiosas, a muchos beneméritos nobles, y en particular a las órdenes monacales, esa fatal intervención armada que se hizo absolutamente precisa, vista la irresolución del rey para ponerse a la cabeza de su propio partido; pero como además se hayan hecho otros extraordinarios desembolsos que, unidos a los anteriores, prueban los incalculables sacrificios que han hecho las clases privilegiadas en favor del altar y del trono y en sostenimiento de la sacrosanta doctrina de la legitimidad, justo es que lloremos ahora la pérdida casi irremediable del total de esos medios pecuniarios, pues habrían bastado por sí solos para enderezar la vacilante monarquía y sostenerla después debidamente si la malversación, la impiedad y el pillaje no hubiesen sellado constantemente todas las disposiciones gubernativas del rey Fernando.

 

Permítasenos pasar de largo el doloroso sacrificio de la guardia real de infantería, ¡mandada exterminar por el mismo Rey desde los balcones de palacio! ¡Omitamos también el descubierto en que quedaron los guardias de corps que fueron fieles por no haber tenido el Rey valor para protegerlos ni resolución para mandarlos! Olvidemos, si es posible, aquella conducta doble con que el Rey, alentando indistintamente a los dos partidos, ¡prolongaba todos los horrores de una guerra civil! Y, finalmente, cerremos los ojos a las escenas de sangre que han manchado nuestro suelo y se representan a cada instante delante de nuestra imaginación con el doloroso recuerdo de los tremendos sacrificios que nos cuesta el Rey en estos seis últimos años. Sobre esta página de nuestra historia política se han agolpado las lágrimas de millares de inocentes, reducidos a la orfandad, a la emigración y a la miseria.

 

Pasemos, pues, al sitio de Cádiz y al glorioso triunfo del Serenísimo Señor Duque de Angulema, a cuya consumada pericia militar, a cuya sagacidad y a cuya política se debió en gran parte la libertad del Rey, obtenida milagrosamente y por medio de la prostitución inaudita del gobierno revolucionario. Transportémonos en fin al cuartel general del ejército francés, en el Puente de Santamaría, y sigamos desde allí la marcha del Rey hasta la presente época. De este modo, veremos que, restituido el Monarca a la legitimidad y soberanía de sus derechos y sentado nuevamente en el trono absoluto de sus antepasados (con el imponente apoyo de un ejército extranjero), lejos de sacar el mejor partido posible de tan ventajosa posición para asegurar su gobierno y consolidarlo, lo ha comprometido nuevamente con su posterior conducta y ha desplegado a mayor abundamiento, con mucho más furor y con escándalo de sus augustos aliados, la natural propensión de su alma hacia la ingratitud y la incapacidad moral y física que lo hacen absolutamente indigno de la corona.

 

La mano tiembla al estampar sobre el papel el sinnúmero de horrores que se han seguido a este memorable libertamiento de la segunda cautividad de nuestro Rey.

 

En vez de una justa consideración a los anteriores sufrimientos de esta nación magnánima y generosa, se ha entronizado una nueva especie de arbitrariedad que es mucho más intolerable que la tiranía. Los castigos han ocupado el lugar de las recompensas y la emigración al extranjero se ha hecho ya necesidad entre todas las clases, siendo el común azote de todos los partidos.

 

Nuevas exacciones han sido requeridas de los maltratados pueblos, repetidos sacrificios se han exigido, como de por fuerza, al Estado Eclesiástico, ya para mejorar la escuadra, ya para las expediciones militares contra la insurgente América, para la formación y organización del ejército permanente, para el armamento de los voluntarios realistas, para fortificar algunas plazas y, después de todo, nos hallamos en peor condición que en la que estaríamos si a lo menos no se hubiesen malgastado tantas sumas, porque si se trata de llevar a cabo la reconquista de América, ni ha mejorado el ejército permanente, ni se han organizado enteramente las milicias, ni están armados todos los realistas, ni se ha rehabilitado ninguna plaza, resultando de esta desorganización interior del reino la necesidad de pagar al gobierno francés ocho millones de reales todos los meses para que nos haga el favor humillante de la continuación de sus tropas. A este efecto se han creado contribuciones extraordinarias sobre diferentes ramos de la industria pública, las cuales, después de cubrir el expresado tributo, producen muchos sobrantes que, a costa de nuestra pobreza general, el rey y sus favoritos han debido destinar, con la mayor imprudencia, hacia otros propósitos. Donativos cuantiosos de muchos reverendos arzobispos y obispos del reino, de corporaciones municipales, de grandes de España, de títulos de Castilla, de comerciantes de la Habana y de otros puntos y, en fin, el sudor y la sustancia de cuantos fieles vasallos se han hallado en disposición de contribuir al restablecimiento de la religión y del absolutismo, todo, todo se ha disipado como el agua, entre las manos impuras de esos agentes inmorales de la Camarilla. ¿De qué han servido, pues, tantos esfuerzos? ¿Con qué objeto se ha esmerado nuestro celo en la multiplicación de tan importantísimos servicios? ¿Para qué tantas pruebas heroicas de nuestra lealtad y de nuestro patriotismo? Para dejarnos reducidos a la nulidad vergonzosa en que nos hallamos, y lo que es aún más horroroso, ¡¡¡para entregarnos desarmados a nuestros regeneradores políticos!!!

 

No os aturdáis, españoles, de lo que acabáis de oír. Todo es verdad, todo es demostrable, pero, ¿qué pudierais esperar de un Rey que mientras lavabais con vuestra noble sangre las manchas que él dejara sobre el trono, mientras agotabais vuestros recursos en sostén de la santa causa que él mismo no osara defender, al mismo tiempo que oponíais el escudo diamantino de vuestros leales pechos contra el torrente impetuoso de la revolución y del jacobinismo y, por último, cuando la emulación de la más acrisolada fidelidad produjera entre nosotros rasgos sublimes de virtud, entonces, ese desagradecido Monarca, apático e insensible a vuestros sacrificios y sin dolerse de ellos, pasaba sus horas alegremente jugando a la cometa, desde las azoteas de Cádiz? ¿Qué pudierais prometeros, repetimos, de un príncipe cuya debilidad, plegándose a las insinuaciones del último que le habla, no ha hecho escrúpulo de firmar a un tiempo o el destierro o el patíbulo de sus mejores amigos? ¡Díganlo, si no, los Ugarte, los Morenos, los Artienda, los Escoiquiz y posteriormente los Merino, los Trapense, los Chambó, los Capapé, los Locho, los Sampere, los Misas y tantos otros sostenedores del altar y el trono! ¡Que hablen los manes del inmortal Bessières y de sus ínclitos compañeros, asesinados de orden del Rey por el traidor conde de España! ¡Que se levanten de la tumba tantos desgraciados que no han tenido más delito que el de manifestarse decididos por la sacrosanta causa de la legitimidad! ¡Preguntad a muchos que aún siguen encarcelados y bajo la feroz dominación de la policía! En una palabra, preguntaos a vosotros mismos, ya como labradores, ya como artesanos o ya como particulares, ¿qué bienes, qué ventajas se os han hecho tocar después de haber verificado a tanta costa nuestra última contrarrevolución? ¿Qué favor, qué prerrogativas, qué protección han experimentado vuestras respectivas clases, procedente de la mano, o de la voluntad o del consentimiento de ese desnaturalizado príncipe?

 

¡Pero acabemos de rasgar el velo con que ha querido ocultar a vuestros ojos su perfidia! Manifestemos con mayores datos hasta dónde ha podido llegar la debilidad, la estupidez, la ingratitud y la mala fe de ese príncipe indigno, de ese parricida (Nota al pie: Porque es sabido que mandó envenenar a sus ancianos padres cuando éstos se hallaban en Roma, habiéndolo intentado anteriormente, como consta del manifiesto que, en el año siete, hizo S.M. el Señor don Carlos IV al pueblo español. Véanse las gacetas de aquella época.), de ese mal esposo, de ese pérfido amigo, de ese mal hermano y de ese monstruoso compuesto de lo más refinado de la perversidad.

 

Sabed, pues, españoles, que el resultado de todo cuanto hemos hecho ha sido el de colocarnos, según dejamos referido, en una condición mucho más espinosa que aquella en que nos vimos antes del pronunciamiento de la revolución. Sabed que Calomarde, ese ministro del Rey en quien todos los hombres de bien habían fijado los ojos, ese atleta de la lealtad, corrompido al fin con el ejemplo de su amo, acaba de hacer traición a sus propios principios, vendiéndose por veinte millones de reales a la influencia inglesa y acordando con el ministro británico residente en esta Corte el contribuir por su parte al deshonorable reconocimiento de los empréstitos que hicieron las llamadas Cortes durante el imperio de la revolución y al mucho más deshonorable reconocimiento de la independencia de América. Sabed que Fernando VII, insensible ya a toda clase de delicadeza y barrenando el principio de la legitimidad a que debe el trono, ha vendido su consentimiento para acceder a las expresadas medidas en la primera ocasión favorable que se le presente, resolviéndose de este modo a sacrificar el honor, los derechos de conquista y tantos otros intereses de este país, por el valor de quinientos millones de reales que el maquiavélico gabinete de Saint James, de acuerdo con los americanos, ha ofrecido depositar a las órdenes del Rey en el Banco de Inglaterra.

 

Sabed que ese mismo Fernando se ha dejado igualmente sobornar para reconocer muy pronto a ese gobierno revolucionario que acaba de instalarse en Portugal, con eminente peligro del orden y de la tranquilidad de estos reinos, atendida la facilidad con que pueden comunicarse los principios democráticos por el inmediato contacto de ambas potencias. Sabed que, con este objeto, ha rechazado fríamente las ofertas de la Reina viuda de Portugal, su augusta hermana, y las de varios nobles, prelados, militares y otros celosísimos barones que habrían tomado sobre sí la extirpación del germen revolucionario desde el punto y hora en que apareció, si Fernando les hubiese acordado desde un principio la sencilla cooperación que para tan santo objeto necesitaban.

 

Sabed que se han vendido y se venden subrepticiamente varias alhajas pertenecientes a la corona, así en esta Corte como fuera de España, sin que se sepa hasta ahora el objeto que puedan tener ni el Rey ni sus favoritos para una enajenación tan desusada.

 

Sabed que, para colmo de todas nuestras desgracias, se nos asegura que ha cedido el Rey a las insinuaciones de algunos gabinetes extranjeros, hasta los cuales ha penetrado ya el iluminismo, y de acuerdo con ellos, se ha comprometido a imponernos, si le ayudan, el insoportable yugo de una Carta Constitucional, muy parecida a la del Emperador don Pedro, con cuyo último paso, facilitando el acceso de aquellos espíritus inquietos y turbulentos que andan vagando por tierras lejanas, acabará de dar al través con nuestra Religión Católica, Apostólica, Romana, dejando que se entronice el vicio sobre la virtud, o lo que es lo mismo, estableciendo el imperio de lo que llaman ilustración esos furibundos apóstoles del jacobinismo. Sabed que, en virtud de este cambio de política y según ciertas medidas alarmantes de nuestro actual gobierno, debemos temer con algún fundamento que el ejército francés no tiene ya por objeto el contener a los liberales, sino el apoyar al Rey para las reformas indicadas, burlando de este modo nuestra fidelidad y pagándonos tan inicuamente por la buena acogida que ha recibido de nosotros. Sabed que Carlos X, separándose de la senda recta que le trazaron las virtudes de su antecesor, el señor Luis XVIII, de gloriosa memoria, y destruyendo los principios de la legitimidad de los cuales hace poco tiempo se titulaba defensor, se ha declarado en favor de las ideas revolucionarias, dando entre otras pruebas la de facilitar entrada al pabellón de los insurgentes americanos dentro de los puertos, ensenadas, bahías y surgideros del reino de Francia.

 

Sabed que a favor del cambio que se proyecta ya se consideran otra vez ministros y gobernantes los refugiados liberales que están en Francia e Inglaterra, es decir tornaremos a ver las riendas del gobierno en las ineptas manos de los Argüelles, de los Valdez, de los Yandiola, de los Quadra, de los Calatrava, de los Toreno y de todos aquellos desnaturalizados españoles que, después de haber sido traidores a su Rey como autores de la constitución del año doce, fueron también traidores a esta misma constitución para sustituir a ella las decantadas cámaras en que se habían propuesto figurar más durablemente, con la investidura de Pares. Y, finalmente, sabed que está todo perdido y que el triunfo de la revolución nos amenaza muy de cerca, si cuanto antes no nos reunimos en rededor del trono y de la Iglesia para salvarnos.

 

He aquí, españoles, en compendio, la enumeración de nuestros presentes males y de los innumerables peligros que nos rodean. He aquí las razones que han puesto la pluma en nuestras manos para dirigiros la palabra. He aquí el fundamento sobre el cual levantamos la voz a la faz de la Nación y de la Europa, proclamando nuestro honor, nuestra religión y nuestra independencia. De aquí deducimos la absoluta necesidad de un simultáneo pronunciamiento que, reuniendo en masa a la honrada mayoría del pueblo español, concentre en un objeto único la concurrencia general de todos nuestros esfuerzos. El objeto, pues, a que nos referimos, la santa empresa a la cual os convidamos en el nombre de nuestro salvador Jesucristo y de Pedro y Pablo sus Apóstoles, nuestro plan, en fin, no es ni será otro que el de salvar de un solo golpe LA RELIGIÓN, LA IGLESIA, EL TRONO y EL ESTADO.

 

Para todo esto se necesita que, ante todas las cosas, derroquemos del trono al estúpido y criminal Fernando de Borbón, instrumento y origen de todas nuestras adversidades, y esta medida, por violenta que parezca, es absolutamente necesaria, pues está escrito que salus populi suprema lex est. Es menester, pues, arrojarlo ignominiosamente, no sólo del asilo del Palacio y de la Corte, sino también del territorio que hoy pertenece y del que pueda pertenecer en lo sucesivo a esta Monarquía. Separemos de nuestro contacto y de nuestra vista la impureza de su persona, no sea que, como el leproso de la Escritura, infeste en adelante cualquier cosa humana que se le acerque, y cuando la Divina Providencia nos haya facilitado este primer paso coronando nuestras armas del laurel de la victoria si fueren obligadas a batirse contra las auxiliares francesas, entonces, españoles, sin más detención, concluyamos la obra de nuestra verdadera regeneración política saliendo de una vez de este abismo de peligros en que nadamos al más perfecto estado de seguridad, de paz y de gracia. Hagamos resonar por el aire himnos de alabanza para impetrar la ayuda del Todopoderoso y pedirle que proteja nuestra obra. Pongamos en sus divinas manos los destinos futuros de nuestra amada patria con la zozobrante nave de la Iglesia y juremos como cristianos triunfar o morir en esta santa causa.

 

Finalmente, españoles, proclamemos como jefe de ella a la AUGUSTA MAJESTAD DEL SEÑOR DON CARLOS V. Porque las virtudes de este príncipe excelso, su conocido carácter y magnanimidad y su firme adicción al clero y a la Iglesia, son otras tantas garantías que ofrecen a la España bajo el suave yugo de su paternal dominación, un reinado de piedad, de prosperidad y de ventura.

 

He aquí lo que os deseamos en Jesucristo, Nos, los miembros de esta CATÓLICA FEDERACIÓN, con el favor del Cielo y la bendición eterna. Amén.

 

Madrid, a 1 de noviembre de 1826.

 
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