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Mesa redonda "Antonio Aparisi y Guijarro"

Círculos - Círculo carlista Aparisi y Guijarro

 

 

 

El viernes día 11 de diciembre se ha cerrado el año conmemorativo que el círculo valentino del mismo nombre ha dedicado al insigne jurista y parlamentario valenciano don Aparisi y Guijarro. Lo ha hecho con el plato fuerte, una mesa redonda dedicada a su figura en un salón del Ateneo Mercantil, con gran participación de asistentes.

 

 

 

Presidida por don José Miguel Orts, debido a los problemas de salud del presidente del círculo don José Monzonís, ha contado, además de con su acertada introducción, con el profesor en derecho don Arturo Martínez, el doctor en historia de la Ciencia don Luis Amorós y el catedrático de sociología en la universidad Abat Oliba don Javier Barraycoa.


 

 

 

 

Arturo Martínez ha glosado un retrato biográfico completo y resumido de la vida de Antonio Aparisi (1815-1872), sus humildes orígenes, su acendrada formación católica y su brillante carrera jurídica, conocido como el abogado de los pobres, en la que salvó de la horca a casi 500 reos. También ser recordado como uno de los mejores oradores del congreso liberal en todo el siglo XIX. Su hombría de bien y su honradez fueron ponderadas por todos, amigos y enemigos, simpatizantes y adversarios.

 

Luis Amorós ha hablado de la evolución política de Aparisi, desde su posición católica dentro del partido moderado y su apuesta por la unión dinástica entre la infanta Isabel y don Carlos VI, para acabar, desengañado con la monarquía liberal, adhiriendo al carlismo los últimos años de su vida, al darse cuenta de que era la Causa que realmente respondía s sus inquietudes políticas desde joven. Ha aportado numerosas citas de textos del autor que nos ilustran sobre su pensamiento político y que tanto han influido en el tradicionalismo.

 

El último en hablar ha sido Javier Barraycoa, que ha glosado todos los pensamientos filosóficos, sociales y políticos que Aparisi fue desgranando y que, de un modo sorprendentemente profético, se pueden aplicar hoy en día a la situación actual. La crisis de la partitocracia, la disolución de una sociedad que no apoya sus leyes en los principios cristianos, o la degradación materialista del hombre sin Dios ya fueron enunciadas por el genial jurista valentino. Barraycoa ha citado también numerosas sentencias, opúsculos y fragmentos de discursos en el parlamento que nos dejó don Antonio, y que tantas enseñanzas nos proporcionan hoy en día.

 

Finalmente ha habido un coloquio con los presentes en el que, junto a diversas cuestiones sobre don Antonio Aparisi, la mayoría de las preguntas han girado en torno a la situación política actual y en concreto a las experiencias que don Javier Barraycoa ha contado sobre la situación de las entidades cívicas catalanas que defienden la hispanidad de Cataluña están sufriendo en medio del régimen totalitario impuesto por el gobierno nacionalista en el principado.

 

A continuación, reproducimos la introducción de don José Miguel Orts y la intervención de don Luis Amorós.

 

Introducción

 

Antonio Aparisi y Guijarro nació en Valencia el 29 de marzo de 1815.

 

Ese mismo día de 2015 un grupo de socios del Círculo Aparisi y Guijarro visitaba la calle que Valencia le dedicó entre Gobernador Viejo y Nápoles y Sicilia y se sorprendió comprobando el “homenaje” que unos desconocidos habían tributado a su memoria en el II centenario del nacimiento: unos garabatos ensuciaban el rótulo recayente a Gobernador Viejo, como “zona antifascista”.

 

Una carta a Las Provincias y una solicitud a la Alcaldía repararon la gamberrada.

 

Una gamberrada menor que la cometida por el primer alcalde socialista de Aldaya en el nuevo régimen que castigó a Aparisi con la sustitución de su nombre en el rótulo de una calle que databa de los años 20, acusándolo de “franquista”, a pesar de haber fallecido en 1873. En su lugar, Pablo Iglesias, fundador del PSOE y la UGT.

 

Dos ilustres juristas recordaron esos días a D. Antonio, Carlos Flores Juberías en el suplemento de ABC de la Comunidad Valenciana y Antonio Colomer Viadel en Las Provincias. El boletín REINO DE VALENCIA y la revista AHORA INFORMACIÓN publicaron un artículo alusivo y reprodujeron los de Flores y Colomer.

 

El Círculo Cultural que se fundó en 1959 con su nombre celebró el evento con una conferencia de Pablo Bel Siurana y con la reproducción en la página web carlistes.org de varios discursos del jurista y político valenciano.

 

En 1973 celebraron el I centenario del fallecimiento de Aparisi, el Círculo, la Facultad de Derecho de la Universidad de Valencia, con un ciclo de conferencias que contó con la participación de Diego Sevilla Andrés y Raimundo de Miguel López, y el Ateneo Mercantil, con una conferencia de Vicente Pons Franco, decano del colegio de Abogados y de la Academia Valencia de Jurisprudencia y Legislación.

 

Con este antecedente, el socio del Ateneo José Monzonís Pons solicitó de la Junta de Gobierno de la entidad la celebración de esta Mesa redonda.

 

Una inesperada enfermedad ha impedido a Monzonís presentar este evento y he tenido que suplirlo a última hora. En su nombre y en el del grupo de socios que respaldaban su iniciativa, he de agradecer al Ateneo Mercantil su contribución a honrar la memoria de un valenciano ilustre.

 

Soy José Miguel Orts Timoner, pedagogo y responsable de publicaciones del Círculo Cultural Aparisi y Guijarro.

 

En esta Mesa Redonda intervendrán:

D. Arturo Martínez García, abogado en ejercicio, doctor en Derecho y profesor de Derecho Administrativo de la Universidad Politécnica de Valencia,

 

D. Luis Ignacio Amorós Sebastiá, médico otorrilaringólogo, doctor en Historia de la Ciencia, Secretario General de la Comunión Tradicionalista Carlista del Reino de Valencia,

 

D. Javier Barraycoa Martínez, sociólogo, profesor de la Universidad CEU Abat Oliba de Barcelona, escritor y animador de iniciativas cívicas de defensa de la hispanidad de Cataluña, como Somatemps, en nombre del cual entregó a la Presidenta del Parlament de Catalunya una declaración de desobediencia civil en protesta por la declaración separatista del 29 de noviembre.

Licenciado en Filosofía por la Universidad de Barcelona (1988)

Doctor en Filosofía por la Universidad de Barcelona con la tesis: Poder de Dios, Poder de Estado. El protestantismo en la Génesis de la modernidad política (1993).

Estancias en la University of Berkeley (1999), Harvard University (2004), Universidad de los Andes -Colombia- (2010), Universidad de Chipre (2011).

Profesor en la Universidad de Barcelona de 1996 a 2012, impartiendo diversas materias en las facultades de Sociología, Ciencias del Trabajo y Criminología.

Profesor en la Universitat Abat Oliba CEU desde 2000.

Director de Estudios de Ciencias Políticas y de la Administración

 

Autor de:

-La Ruptura Demográfica: un análisis de los cambios demográficos (1998),

-El Trabajador Inútil: reinventando el proletariado (1999).

-Tradicionalismo y espiritualidad en Antonio Gaudí (2002).

-Sobre el poder, en la modernidad y la posmodernidad (2003).

-Tiempo muerto. Tribalismo, civilización y neotribalismo en la construcción cultural del tiempo (2005).

-Fundamentos sociológicos de la corrección política (2008).

-Los mitos actuales al descubierto (2008).

-Historias ocultadas del nacionalismo catalán (2011).

-Cataluña Hispana (2013)

-Doble Abdicación (2014)

Co-autor de:

-Competencias e inserción laboral (2009).

-Narciso en el espejo. La despersonalización de la cultura (2010).

-El camino hacia el empleo en un mundo complejo (2010).

-Hombre/animal. La disolución de una frontera (2012).

Co-director del Observatorio laboral de la UAO.

Investigador principal del GICEM.

Cada uno de ellos tratará un aspecto de la vida y obra de Antonio Aparisi y Guijarro, con la obligada concisión a que nos constriñe el horario.

 

 

 

 

Evolución política de Antonio Aparisi y Guijarro

 

Antonio Aparisi y Guijarro afirmaba de sí mismo no tener vocación política: “me aparto de la política, para la que ciertamente no nací”. Sus vocaciones eran la carrera jurídica y su familia, y Rico y Amat dijo de él que era “un hombre de bien”. En cuanto a su infancia, decía que “nací y crecí entre liberales, sin haber sido nunca liberal”. Su primo segundo y también célebre orador, el eldense Emilio Castelar, escribió sobre Aparisi: “la familia materna de Aparisi era una familia piadosa, religiosísima, liberal, profundamente liberal”. Tal vez por ello, en Aparisi coexistía una rigurosa formación católica con un temperamento tolerante en lo personal.

 

Durante la primera guerra carlista, joven universitario, se mantuvo totalmente apartado de la política. No fue hasta la dictadura de Espartero, en 1843, cuando don Antonio comience a participar en la opinión pública. Lo hizo en las páginas de la revista valenciana “La Restauración”, cuyo subtítulo es muy descriptivo de las inquietudes de nuestro abogado: “consagrada a los intereses de la Religión, a la política, ciencia literatura y artes en sus relaciones con ella”.

 

La victoria de los liberales había servido para comenzar a debilitar, so capa de proteger a la joven reina, tanto la autoridad monárquica como a la Iglesia, sostenedores de su rival Carlos María Isidro. Esas dos cualidades serán las que pronto defenderá la pluma de Aparisi y Guijarro, alineándose en el conservadurismo católico dentro del sistema liberal. Los títulos de sus artículos durante dos años son muy elocuentes sobre sus ideas: “La Religión y la libertad”, “Consideraciones sobre nuestra situación actual- Bienes de la Iglesia”, “Conducta de la Providencia en los sucesos humanos- Revolución francesa; revolución española”, “Del principio cristiano en España como elemento de su nacionalidad”, “Observaciones sobre el estado político y religioso de España”. En uno de sus artículos más destacados, “Situación de España a la muerte de Fernando VII”, reproduce a modo de declaración personal estos párrafos del Manifiesto de la Reina Gobernadora a los españoles: “la Religión y la Monarquía, primeros elementos de vida para la España, serán respetadas, protegidas, mantenidas por mí en todo su vigor y pureza… mi corazón se complace en cooperar, en presidir a este celo de una nación eminentemente católica, en asegurarla que la Religión inmaculada que profesamos, su doctrina, sus templos y sus ministros serán el primero y más grato cuidado de mi gobierno…”, como este otro párrafo: “Yo mantendré religiosamente la forma y las leyes fundamentales de la monarquía, sin admitir innovaciones peligrosas, aunque halagüeñas en su principio, probadas ya sobradamente por nuestra desgracia. La mejor forma de gobierno para un país es aquella a la que está acostumbrado”. En este artículo, el propio Aparisi confiesa su estado de ánimo parangonándolo al de los españoles con aquel manifiesto de este modo, “a estas palabras, trescientos mil realistas depusieron las armas, y la nación entera, si no se tranquilizó completamente, esperó al menos, y calló”.

 

Los principios católicos de don Antonio se resumen en estos fragmentos: “Nuestra libertad, es decir, la que en cambio de tanta sangre se nos ha vendido como tal, nada tiene de común y en nada asemeja a la que en distintas épocas gozaron nuestros abuelos. Estos se reunían para deliberar en nombre de Dios, y después de elevar hasta los reyes acentos nobles y valientes, corrían a humillarse ante los mismo altares que suntuosamente habían alzado, no sabiendo sin duda que sus mismos nietos habían de destruirlos. Entonces la palabra que daba un ciudadano, la cumplía religiosamente: el juramento que daba un soldado, lo sellaba con su sangre. Había más frailes, pero menos patriotas de los que buscan empleo; no se conocían los pronunciamientos, pero se respetaban las leyes. La libertad de que nosotros gozamos, o lo que es lo mismo, la licencia que disfrutan los que mandan, no es hija de aquella; es hija natural del fantasma horrible que se entronizó en Francia sobre los escombros de los templos”.

 

También su prevención contra las constituciones liberales: “Adiós, amigo mío, usted desea, y yo también, que cuando se piense en España dar otra Constitución, se dé en nombre de Dios, que sólo puede comunicar estabilidad a las obras de los hombres. Estos se afanarán en vano por hallar una libertad que tan bella se les pintó y ha dado tan amargos frutos; sólo conozco una cosa que pueda ponerles al abrigo de la esclavitud… el Cristianismo”.

Es significativo que ya en aquellos años, y pese a sus conocimientos como jurista, se manifestara ante el pleito dinástico en estos términos “yo no diré a quien asiste mejor derecho, si a la augusta hija de Fernando, o al prisionero, o al prisionero de Bourges [en referencia a don Carlos V]; y la razón que me lo impide, no es ciertamente ni temor ni ambición de ningún género, sino el carecer de suficientes datos y sin duda de bastantes luces para formar uno de aquellos juicios irrevocables que obligan al hombre de honor a permanecer hasta la muerte en un mismo punto y bajo una sola bandera”. Y pese a no ser aún carlista, hace admonición a los liberales, a propósito de los crímenes de la guerra “los excesos de las bandas carlistas eran bajo cierto aspecto más disimulables que los de las tropas liberales, a la vista de un gobierno establecido, de unas Cortes ilustradas, callando y consintiéndolo éstas, y en virtud de órdenes de un demonio delirante, se ha fusilado a sangre fría a mujeres inocentes que tocaban ya al sepulcro, a niños que podían apenas tartamudear el nombre de sus padres. Quién lo hizo, no lo diré; pero os ruego meditéis, si cometieron vuestros enemigos tan locas atrocidades”. Y comentando el convenio entre Maroto y Espartero afirma, “¡no cayó rota la espada carlista en los campos de Vergara!”.

No es raro que ya en estos años, aún más en los siguientes, fuese partidario de que los liberales moderados (o conservadores) llegasen a un entendimiento con los carlistas, contra la revolución, postulando el matrimonio de doña Isabel con el hijo de don Carlos, y el establecimiento de una monarquía según las bases tradicionales, encarnado en la reunión dinástica. Aparisi fue uno de los más entusiastas de esta solución, propugnada por Balmes, entre las filas de los liberales católicos. De aquella época son sus versos recogidos en “El rey que necesita España”, en los que resume su ideal monárquico: “Un rey que imponga la ley contra todo injusto fuero; un rey, Señora, de acero, que sepa decir: Yo, el rey. Que la doctrinaria grey nunca puede sojuzgallo, un padre para el vasallo y un soldado que en la guerra vez ensancharse la tierra delante de su caballo. Un rey que a Cides y a Guzmanes vaya en zaga. Y si desnuda la espada, al empuñar el acero nunca se olvida su mano: la cruz, que es un rey cristiano; la hoja, que es rey caballero”. Versos que no pocos españoles memorizaron en su tiempo, y que nos describe lo que Aparisi y Guijarro esperaba del hijo de Carlos V.

 

Se frustró el plan matrimonial, pues Reino Unido y Francia- al no ponerse de acuerdo los partidos liberales- impusieron a Francisco de Asís de Borbón, pero la década de gobierno del moderado Narváez alejó el miedo a una nueva convulsión revolucionaria, y Aparisi regresó a la tranquilidad de su bufete, alejándose momentáneamente de la política. La sublevación de militares progresistas encabezada por el general O´Donnell, la llamada “vicalvarada”, da paso a un bienio de carácter más revolucionario a partir de 1854. En ese momento, don Antonio regresa a la palestra dirigiendo la revista “El Pensamiento de Valencia”, y da el salto a la política representando al partido moderado por Valencia en varias legislaturas, en las que se opondrá a la desamortización de Madoz en el Congreso de los diputados. Allí se erigirá pronto como uno de los mejores oradores del hemiciclo.

A través de los escritos en su revista, va perfilando las bases de su pensamiento político. Muy significativos en este sentido son estos párrafos: “Ya es tiempo que se proclame, no la unión liberal, sino la unión española. ¡Pues qué! ¿Todos los hombres de buena voluntad, guiados por la conciencia, no queremos lo mismo, esto es, la gloria y el bien de la patria? ¿No pensamos casi lo mismo todos los hombres de buena voluntad, enseñados por esa maestra dolorosa que tiene por nombre la experiencia? ¿Amáis sinceramente la Santa Religión de nuestros padres? ¿Amáis el trono de vuestros reyes, y en todo su esplendor y su alteza? ¿Amáis la libertad, pero entendámonos, la libertad verdadera? ¿Hay quién se asuste a su nombre? ¡Fuera ese temor pusilánime!”

 

Su profundización en la historia política hispana le va acercando a posturas tradicionalistas, y en su revista escribirá “si alguien abriga miedo a la libertad, venga con nosotros a ese antiguo edificio donde hoy se administra justicia [se refiere al actual Palau de la Generalitat, entonces Real Audiencia]; penetre con nosotros en su magnífico salón de Cortes; mire con nosotros esas nobles figuras, que inmortalizó el pincel de Ribalta, y tiemble su corazón, como el nuestro, de entusiasmo y de orgullo al recuerdo de los fueros de Valencia”. Efectivamente, corre el año 1859, y en un discurso en el Congreso, afirma el diputado “Yo os confieso, señores, que soy un poco fuerista; vuelvo de cuando en cuando mis ojos hacia los fueros de mi hermosa Valencia con amor y con dolor; no puedo menos de querer, por el interés de mi patria, la centralización gubernativa, mas protesto en nombre de la libertad y del derecho contra esa centralización administrativa exagerada y absurda, que a la postre puede matar de consunción a la provincia y quizá de plétora a la corte. ¿Hay en los pueblos libertad? Le nombráis su alcalde, le vendéis sus bienes, le corrompéis manteniendo en él viva división. Hay en muchos lucha continua por mandar, por administrar; a cambio del mando se entrega la conciencia, la lucha hace casi imposible la justicia. Sin que comencéis por dar la paz a los pueblos es imposible la moralidad, la libertad en la nación”.

 

Muchos de sus discursos son auténticas joyas, y ese mismo año pronuncia unas palabras que son ya un amargo anticipo del desengaño que el sistema liberal y parlamentario le ha producido ante los hechos que sacuden la nación: “en España, en vez de reformar hemos destruido y ahora no encontramos base sólida donde edificar; como hijos sin padres no tenemos tradiciones. Hemos recibido doctrinas y sistemas de manos extranjeras. Sistema que, entendedlo bien, si prevalece la idea progresista es una república vergonzante; si la idea moderada, es un absolutismo disfrazado; en el primer caso, la opresión viene de abajo, en el segundo, de arriba; y en todos se engendra, se aviva la discordia entre los hijos de un mismo país y se engendra y cunde en todos la corrupción. Y yo declaro que este sistema es contrario a nuestros hábitos, a nuestras costumbres, a nuestro modo de ser, a nuestras antiguas leyes y a la constitución del Estado. Es planta parásita que ahoga al árbol que estrecha”.

 

Su honradez intelectual y su elocuencia estaban fuera de toda duda, y eran reconocidas por sus compañeros de la cámara, pese a que la inmensa mayoría no compartieran su visión política, hasta el punto de que su nombre mereció el honor de ser inscrito en los muros del salón de sesiones. Fue también académico de la Lengua y de las Ciencias Morales y Políticas.

 

La defensa de la Religión católica, de la autoridad del monarca, de la unión de los españoles en torno a la patria, e incluso de los fueros, van conformando un pensamiento político que ya no es el del liberal al uso en la década de 1860. Aparisi se ve cansado de acudir a un parlamento cada vez más estéril y artificioso, inútil para ejercer el adecuado control del gobierno. Con gran clarividencia, pronóstico con antelación la caída de Isabel II, cuyo fracasado reinado fue una gran frustración para Aparisi, parafraseando aquellas célebres palabras de una obra de Shakespeare, “Adiós, mujer de York, reina de los tristes destinos”.

 

Llegó entonces 1868 y el levantamiento militar de las fuerzas liberales más exaltadas, el partido democrático y el progresista, posteriormente llamada por los triunfadores “la revolución Gloriosa”, encabezada por el general Prim, amigo personal que no político de Aparisi y Guijarro. Llegó el exilio de Isabel II, y la sustitución de la dinastía borbónica por el experimento de Amadeo de Saboya como monarca liberal demócrata. En ese momento, don Antonio tenía 53 años, y vio claramente que el sistema liberal, enredado en una espiral de pronunciamientos militares, conspiraciones partidistas y bancarrotas de la alta burguesía, no podría responder a sus aspiraciones para España.

 

Los llamados por sus enemigos políticos neocatólicos o “neos”, eran liberales moderados que formaban el sector católico coherente del partido. A ese apelativo pretendidamente ofensivo, respondió en el Congreso don Antonio con estas palabras: “¡Los grande shipócritas de la época me llamaron “neo”! Ha dicho vuestra señoría que si yo era neo-católico lo dijera sin vergüenza. ¿Vergüenza yo? Lo que hay aquí (señalándose la cabeza) está aquí (señalando el corazón). Pero ¿cómo he de decir que soy neo-católico, si lo fue mi abuelo, si lo fue mi bisabuelo, si soy católico, en fin, por los cuatro costados? ¿Qué es ser neo-católico?”.

 

Estos católicos coherentes dentro del partido moderado buscaron su lugar. Su principal cabeza visible, Balmes, había muerto sin llegar a definirse abiertamente, pero era un tradicionalista conocido. Gabino Tejado, Navarro Villoslada o Cándido Nocedal volvieron sus ojos al pretendiente exiliado.

 

El último paso era inevitable: Aparisi y Guijarro viaja a París conocer a don Carlos VII, y escribe aquellas palabras ya conocidas: “Salí de Madrid, volaba el tren y todo me parecía un sueño. Llegaba a París con el corazón apretado y temeroso ¡Si será don Carlos el rey que necesita España! He visto ya al joven, le he conocido, le he tratado por largos días y yo que nada sé en el mundo, sino sé lo que es el corazón humano, me atrevo a saludar en don Carlos de Borbón y Austria-Este a la esperanza de España”.

 

Allí se hizo carlista convencido, y allí se quedó, designado miembro del consejo Particular de Don Carlos VII por su prestigio. Fue mano derecha del rey en el tratamiento del asunto Cabrera, desplazándose a Londres para entrevistarse con el general. También desempeñó una misión diplomática en Roma con el papa Pío IX. Los últimos cuatro años de su vida están al servicio de la Causa del rey desterrado, siendo elegido senador por Guipúzcoa.

De su pluma sale el fundamental manifiesto “El Rey de España”, de 1869, del que se repartieron más de cincuenta mil ejemplares, en el que afirma su idea de la constitución del estado: “Ahí tenéis una gran constitución, los Mandamientos de la Ley de Dios. Esta es la constitución moral de la sociedad humana. ¿Cuál será la mejor constitución política? La que mejor asegure el cumplimiento de aquella contitución moral”; “Nadie tema decir ¡Viva la libertad! Que la libertad es cristiana. Donde está el Espíritu de Dios, dice san Pablo, allí está la libertad”. “El Pueblo no está hecho para el rey, sino el rey para el pueblo, porque la realeza no es beneficio, sino ministerio. Él sabe que no puede tocar las leyes fundamentales del pueblo porque esas leyes son obra mixta de Dios y de los hombres. Sabe que no puede proceder por capricho, sino conforme a las leyes y por consejo; y sabe que la monarquía española fue siempre acompañada de los concilios de Toledo, de las cortes de Aragón o de los consejos de Castilla. Un rey sin consejo, no es rey”.

 

Ese mismo año publica “La cuestión dinástica”, en el que demuestra jurídicamente que la razón estaba de parte de don Carlos María Isidro en la reclamación frente a su sobrina Isabel. También es autor de la Carta-Manifiesto de don Carlos a su hermano don Alfonso.

 

Su trabajo fue valorado de esta manera por don Carlos VII, a propósito de su folleto “la política carlista”: “Es un trabajo de inmenso mérito y de grande utilidad para la Causa. Cuando venga a España le tendré muy en cuenta y creo que cuanto más me acerque a él, más bien podré hacer. Allí se concilia la antigua España con las legítimas aspiraciones de la época. Si algún día quiere Jaime [su hijo] estudiar la política de su padre en estos dos años, que tome “la política carlista” y encontrará principios, encontrará ideas y cuando quiera obrar, obrará con antecedentes, ilustrado por un hombre que sabe mucho y que ha sido una verdadera conquista para su padre, pues los hombres como Aparisi escasean; son pues un tesoro cuando se encuentran. En Aparisi hay un gran corazón y un claro talento. Es ancho de ideas, aunque firme en principios. Tiene tal fama de honradez y verídico, que cuando se diga en España “Aparisi lo ha dicho”, todo el mundo lo crea; sus mismos adversarios le hacen esa justicia”.

 

En el folleto “Restauración”, de 1872, leemos párrafos que nos explican muy bien sus motivos para adherir al carlismo y su proyecto de nación: “En el juego de los partidos perdió España su Hacienda y también su honra”. “Llámese partido al carlista; mas es el único que proclama y procura el acabamiento de todos los partidos”. “La verdad política deriva de la social, como ésta de la religiosa. De los derechos del hombre para con Dios, nacen sus derechos respecto a los hombres”. “El partido carlista no es sólo un partido político, es un partido católico; es, sobre todo, un partido católico”. “Quien dice Dios, Patria y Rey dice también justicia y libertad”. “Un hombre sin libertad no sería hombre, sino máquina; un hombre sin Dios no es hombre, sino bestia. Estupenda aberración llamarse liberal un hombre que niega a Dios”. “Contribuiría a hacer menos posibles o más raros los abusos de poder una magistratura honrada, independiente en cuanto es dable que pueda serlo, para amparar más fácilmente el derecho”. “El rey reina y gobierna conforme a las leyes y con intervención, en casos graves, del Reino junto en Cortes”. “En España, más que en ningún otro país del mundo, se puede decir con verdad que la libertad es antigua y el despotismo moderno”.

 

Aparisi descolló también en esta postrera etapa de consejero real como persona en absoluto servil. Un buen ejemplo lo tenemos cuando el mismo secretario de Carlos VII, don Emilio Arjona, publica una carta con esta aseveración, de resabios absolutistas: “la verdadera doctrina monárquica entraña la obediencia como libre y espontáneo acatamiento a los principios que simboliza el rey; rechaza toda discusión de los actos soberanos y no admite la duda sobre la perfecta equidad de sus determinación”. Don Antonio no puede evitar replicar (junto a otros como Navarro Villoslada o Canga-Argüelles) con estas palabras en carta pública de 23 de febrero de 1872: ”Esa, señor, no es la verdadera doctrina monárquica; eso, Señor, no se ha dicho jamás ni aprobado en una república cristiana; esas cosas, Señor, sólo pueden decirse de Dios”.

 

Los artículos que escribe en el portavoz tradicionalista “La Regeneración” a partir de 1869 no son en el fondo muy distintos de su juventud. Sencillamente, la unidad española que propugnaba se materializa en la monarquía católica y tradicional: “si se me dice ¿qué cree usía del partido carlista? Yo diré: Creo y debo creer que si se muestra digno de ello, tiene un encargo providencial y es el de salvar a la sociedad española cuando parezca a los ojos de los hombres que no hay para esa sociedad que se hunde, humano remedio. Esa es la verdad”. Esas fueron las últimas palabras pronunciadas por Aparisi y Guijarro en las Cortes españolas, y bien valen como resumen y epitafio de su pensamiento político.

 

En la carta que don Carlos VII dirigió a su hijo el 9 de noviembre de 1872 dándole el pésame por su repentina e inesperada muerte, le dedicó estas sentidas palabras: “Era mi amigo, y amigo muy querido. Era fiel servidor de mi causa. Era el tipo de la honradez y de la lealtad”. Probablemente no existe mejor definición de lo que fue y representó don Antonio Aparisi y Guijarro.

 

 

 
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