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Portal Avant de los carlistas del Reino de Valencia Pensamiento tradicionalista Vicente Pou Marca Los males del gobierno liberal

Los males del gobierno liberal

Pensamiento tradicionalista - Vicente Pou Marca

Si Carlos V, cuando en 1833 murió su Augusto Hermano, hubiese subido al Trono, ¿sufriría la España los trastornos y calamidades en que se halla en envuelta? ¿Habría el partido cristino-liberal osado siquiera levantar la cabeza para disputar la corona a su legítimo Rey? ¿Habría éste necesitado para defender su derecho de legiones estranjeras, inglesas, portuguesas, francesas o argelinas? ¿O pidiera de gracia un tratado de alianza que tan caro ha costado y cuesta a la Nación, estando en paz con toda Europa? ¿Habría desolado la Iglesia hasta ponerse en abierto cisma con su suprema Cabeza? ¿O se habría apoderado de sus bienes y sagradas halajas, vendiéndolas en beneficio de agiotistas y de extranjeros, sin alivio alguno de los pueblos, ni realce del crédito nacional? ¿Hiciera subir el presupuesto de gastos de su administración y gobierno a la cifra exorbitante de mil y trescientos millones de reales? ¿Se permitiera tiranizar las provincias con un despotismo no visto, quitándoles de una plumada sus fueros y costumbres, sus privilegios antiquísimos adquiridos con los más justos títulos? ¿Abatiera las artes e industria nacional para hacer rico en España el mercado de la Inglaterra? ¿Se complaciera en degradar la antigua nobleza para luego destruirla, después de haberse valido de sus buenos servicios; rodeándola de una nueva oligarquía compuesta de banqueros opulentos que suplen el heroísmo de familia con el oro, de agiotistas obscuros, de empleados que han comerciado con sus destinos, y de publicanos que han avasallado el gobierno apagándole su sed de dinero con algunos adelantos?

Si responden, preciso es que convengan en que no sólo no hubiera sucedido nada de esto, pero que ni posible fuera el intentarlo; y sin embargo, todo y aun mucho más ha sucedido con el gobierno de estos diez años. Ahí está la España: que diga lo que ha pasado y pasa por ella: ahí están amigos y enemigos que lo publican.

 

Dirán tal vez nuestros adversarios, que es preciso contar los bienes que han venido al pueblo por la causa de Isabel, y hacerse cargo de los males que acarreara al mismo la causa de Carlos V. Éste, dicen, mantendría estacionaria la Nación bajo el yugo del despotismo real, y en vez de dirigirla por las sendas del progreso y la reforma hasta ponerla al nivel de las Naciones más cultas, la haría retrogradar de un siglo, como ya lo tiene amenazado; al paso que a la causa de Isabel se deben las nuevas formas de gobierno representativo, con la libertad civil y política de todos los ciudadanos, las reformas progresivas, y el beneficio de las luces del siglo. ¡Qué palabras tan hermosas en otro tiempo para alucinar los pueblos, cuando aún no se sabía su significado! Más ahora, ¿cómo se atreverán los cristino-liberales a pronunciarlas desde un rincón del destierro que sufren por causa de esas mismas teorías? ¡Retrogradar de un siglo! ¿Qué? ¡Tan malo o vergonzoso sería para los españoles volver a los tiempos afortunados del reinado de Fernando VI, cuando todas las Potencias de Europa se honraban con la alianza y amistad de España, y la solicitaban con ansia! ¡Cuando las sobervias y ricas flotas españolas iban y venían de América y de la India oriental con una seguridad que ahora no tiene aquella abandonada marina en sus mismos puertos! ¡Cuando las arcas Reales se hallaban tan atestadas de onzas y pesos duros, que fue necesario poner fuertes estribos a las salas del Real tesoro! ¡Cuando los españoles no conocían la ominosa policía, ni sus inoportunos agentes, ni las inmorales cartas de seguridad, ni los pasaportes refrendados en regla, ni la fuerza armada sino en los presidios militares! ¡Cuando las providencias del gobierno eran pocas y fielmente observadas, sus agentes no más que los estrictamente necesarios, y nadie casi se apercibían de la acción del poder sino por el orden público que seguía inalterable, y por la seguridad con que cada uno era mantenido en el goce de sus derechos y propiedades! ¡Oh, qué bien sienta al cristino-liberal perseguido y atropellado por un efecto de sus mismos principios el compadecerse de sus pobres mayores que vivían felices en el seno de sus familias, sin inquietud ni zozobra, bajo el gobierno que con un tono magistralmente ridículo llama despotismo a la antigua Monarquía! ¡Que bien le sienta hablar de las nuevas luces que han hecho de la España una Babilonia en la que ya nadie se entiende, y un profundo caos en cuya obscuridad él mismo y sus compañeros han quedado confundidos! ¿Dónde están esos bienes incomparables de un sistema que tanto mal ha acarreado a sus mismos autores? ¿Dónde esa libertad y esa armonía afianzadas en la famosa invención del gobierno constitucional o representativo? ¡Qué don tan precioso a la vista antes de poseerle; pero cuan amargo y fatal en su posesión! Él no ha servido ni servirá jamás sino para agravar el yugo de los pueblos, secar las fuentes de su prosperidad, y causarles por último la muerte, porque trae consigo naturalmente el germen de todos los males en los más opuestos sentidos, de licencia y despotismo, de orgullo y bajeza, de rigor y flojedad, de impiedad y de hipocresía. Los más avanzados liberales en España, en Francia y en Inglaterra convienen ya en que este gobierno es una pura ficción, una mentira, un imposible, expuesto a todos los inconvenientes, a todas las dificultades y a todos los casos sin ventaja alguna efectiva. Él es sumamente dispendioso, porque necesita de muchos agentes, y en esto convienen sus mismos apologistas; está sujeto a grandes y frecuentes trastornos, porque su mecanismo es muy complicado, y el choque de las piezas fuerte y continuo; es débil. Mayormente en la defensa, por falta de unidad principio de la fuerza; es un foco terrible de corrupción, de intrigas y de insidiosos manejos, de ambiciones desmesuradas, de pasiones violentas, de sediciones, de luchas en las que vive como en su propio elemento. Él es en fin el más déspota y tiránicos de cuantos gobiernos intrusos haya inventado el orgullo.

 

Vicente Pou. La España en la presente crisis. 1843

 

 
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