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Profanación y ofensa de sentimientos religiosos

Opinión - Opinión política

 

Según el autor Manuel Revuelta González en “El anticlericalismo español en sus documentos”, el universo religioso, con toda su simbología, representa una sociedad sacralizada, un orden ideológico y social, un sistema de dominación, una concepción tradicional del mundo. Frente a este modelo de sociedad tradicional y jerárquica, sostenido por la Iglesia, se opone otro modelo radicalmente contrario, liberalizador, modernizador y secularizador. Todo el sentido sacramental de la Iglesia, la visualización de sus dogmas, las liturgias, ritos, imágenes, sacerdotes, templos, tiempos y lugares sagrados son interpretados, por los grupos anticlericales más exaltados, como signos de un mundo que debe liquidarse de raíz.

Si a esta idea de la Iglesia y de los sacerdotes se añaden todos los tópicos de oscurantismos y corrupciones que les atribuye la retórica anticlerical, no es extraño que, en momentos de exaltación revolucionaria, se produzca el sacrilegio reivindicativo, el incendio purificador o el asesinato justiciero. En esta “cultura” anticlerical también aflora buenas dosis de utopía, psicosis y fanatismo.

 

Antaño lo típico en los ataques anticlericales era la desmesura y la pasión. No interesaba buscar la verdad. El combate era una guerra dialéctica en la que valía todo: la mentira, la calumnia y, con mucha frecuencia, la verdad a medias, escamoteada con exageraciones y generalizaciones. Los defectos individuales se extendían a todo el cuerpo clerical, o a toda la institución eclesiástica. El fin que se pretendía era siempre el mismo: hacer odioso y despreciable al sacerdote y sobre todo al fraile, o interpretar los hechos de manera tan tendenciosa que la Iglesia pareciera una cámara de horrores.

 

Y se presentaban como grandes apóstoles de la libertad y tolerancia.

 

Los métodos y formas de actuación fueron la difusión de las ideas, las manifestaciones exteriores y las medidas legislativas, todas ellas concatenadas en aras del mismo fin; la propaganda llevaba a la acción, y ambas impulsaban las medidas del gobierno.

 

Las movilizaciones anticlericales podían presentar formas diferentes: reuniones seguidas de mítines o manifiestos, comidas cívicas en semana santa, entierros, bodas y bautizos civiles, desfiles públicos con pancartas y gritos, disturbios callejeros con lapidación de templos y conventos, contramanifestaciones para reventar procesiones y actos religiosos, motines acompañados de incendios y asesinatos, y persecución sistemática.

 

Últimamente, la intolerancia ha progresado en sucesivas manifestaciones. Una de ellas, ha sido liderada por quien posteriormente ha promovido como portavoz del Ayuntamiento de Madrid, irrumpiendo en el altar de la Capilla del campus de Somosaguas, en plena celebración eucarística, profiriendo insultos y haciendo proselitismo de la violencia como así quedaba escrito en sus torsos desnudos y en sus palabras.

 

Estos acontecimientos fueron resultado de una semana de agitación, pues desde principio de semana en que acontenció la profanación, las paredes y puertas de la Capilla aparecieron llenas de improperios hacia la religión católica, que no la musulmana.

 

Tal como viene jalonándose la historia reciente, si no quedasen nítidamente tasados por la Administración de Justicia estos delitos contra la libertad religiosa, harían a ésta copartícipe moral de los acontecimientos futuros.

 
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