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Fijación de orientaciones

Documentos históricos del carlismo - SMC Javier (Francisco Javier de Borbón-Parma)

 

FIJACIÓN DE ORIENTACIONES

 

La orientación actual es positivamente mala y el descontento llega a grado sumo alarmante. En lo uno y en lo otro hay que separar lo que es inevitable de lo que urge gravemente evitar y corregir. Porque, ciertamente, en un período de crisis de las instituciones y de honda reconstrucción, la previsión gubernativa es insuficiente o lenta, y tampoco puede creerse que ha de haber una general satisfacción cuando hay que pedir a un pueblo redoblados sacrificios.

 

 

Pero la expresión de que hay muchísimo que se puede evitar y que es imputable a la mala orientación es esa exclamación unánime que se escapa a cada momento de todos los labios: “Para esto tanta sangre”.

 

Porque hay en la conciencia colectiva dictados de justicia invariables y universales. Uno, el de la proporcionalidad entre los sacrificios y el fin para el que se orientan; y otro, el de la categoría de esos diversos fines, concediéndose los primeros puestos en importancia o gradación a los fines sociales, a los que se refieren al orden espiritual y moral.

 

Lejos de existir en España, en esa conciencia colectiva, la satisfacción de que los sacrificios inmensos realizados han redundado en provecho de altos fines espirituales, la verdad es que constantemente se levanta la queja contra la injusticia imperante, contra la elevación de los mismos dirigentes de los peores tiempos republicanos, contra la entronización de los métodos socialistas , contra las persecuciones despiadadas de los mejores, y ni siquiera se puede tranquilizar a los descontentos con bienes del orden material, porque la política económica rebasa toda medida de irregularidad, y mucho más de lo que es inherente a estas circunstancias graves, el malestar en lo económico se ve claramente que es en gran parte imputable a la política partidista.

 

Y ese descontento social llega a tal extremo que la odiosidad contra el partido oficial registra grados que nunca en España se han conocido, y en el desgaste del régimen y de sus hombres, día a día, se va llegando al Generalísimo. Sobre este último punto conviene señalar la disminución de prestigio ante esos tres sectores: El Clero, el Ejército y las clases productoras económicas.

 

Ni podía ser por menos. No era, en verdad, fácil vaticinar este desdichado final, sino desde las inspiraciones de la Ciencia o Escuela Tradicionalista, porque todo lo demás, por muy inspirado que se creyera en los más nobles y generosos impulsos, y por muy desprovisto de aficiones personales, no podía determinar más que una incondicional aceptación de una política personalista y aduladora que ha representado para la Nación, un manifiesto engaño y, para el Generalísimo, un gravísimo mal, quizás incurable.

 

Era agradable cerrar los ojos y dejarse arrastrar por la corriente; pero, repetimos, a quienes no tenían las inspiraciones de estas profundas verdades del Tradicionalismo, no se les podía pedir más. Quienes estábamos obligados a declarar con seguridad este vaticinio, éramos aquellos que, gracias a Dios, teníamos la evidencia de que, una vez más, había de suceder que las mismas causas producen los mismos efectos. Y, dejando de lado, a toda aspiración personal, desoyendo las provocaciones que la incesante persecución desde arriba nos hacía y, desdeñando la constante maledicencia contra nosotros, hemos estado avisando y declarando la verdad.

 

Téngase en cuenta que no hay político alguno fuera de esta incontaminada Comunión Tradicionalista, que entregue a sus adversarios las soluciones de gobierno. Y es, porque, comúnmente, esas soluciones consisten en la acción personal de gobierno de sus autores; mientras que las verdaderas y solidísimas concepciones del Tradicionalismo, en teoría al menos, pueden ser ejecutadas por quien las quiera llevar a la práctica, si tienen competencia y altezas de miras.

 

Ya va siendo hora de que levantemos la voz para clamar contra la injusticia que se nos ha hecho y para hacer ostentación tan gallarda como nobilísima de nuestro servicio. Y no es el menor, haber tenido la austeridad de negar la colaboración en la función política a un régimen que teníamos la evidencia de que sería contrario al propósito de la guerra y a la convivencia nacional.

 

Y, ¿qué han conseguido los que han colaborado? ¿Qué han conseguido los que han puesto tanto empeño en arrancar a las filas del Carlismo, hombres desdichados que habían de caer después, sin más paga que la que, se dice, el diablo a quien le sirve? Si algo han conseguido, ha sido aprender, a fuerza de desengaños, lo que nosotros teníamos aprendido por la verdad de unos principios y por la experiencia de un siglo.

 

Con esa misma experiencia y con la posesión de soluciones de gobierno, volvemos a avisar los peligros del porvenir. Como siempre, con absoluta serenidad.

 

Que no se nos hable de optimismo ni pesimismo, impresiones, sentimentalismos propios de espíritus inquietos, de criterios vacilantes, de almas, en fin, poco curtidas en el sacrificio.

 

Serenamente, y con toda nuestra responsabilidad afirmamos que, en España, hay un problema de régimen y nada más. Pues que, en el acto mismo, instantáneamente, de resolverse ese problema de régimen, se produciría tal bienestar social, tal paz en los espíritus que, para la consecución de todo lo demás, se habrían ganado las mayores probabilidades y conseguido los mayores recursos.

 

Y, serenamente también afirmamos con toda nuestra responsabilidad que, mientras no se aborde, una vez más, el único y exclusivo punto capital aludido, los males de España no tendrán remedio y fracasarán cuantos hombres y capacidades tengan la inconsciencia de mezclarse en esta desorientada y turbia acción política.

 

 

EL HORIZONTE QUE SE DIBUJA

 

Es unánime la sensación de interinidad. En vano la propaganda ha querido endiosar a un hombre para que la sociedad no mire el día de mañana y se crea perpetuamente bien gobernada. Antes del Año de la Victoria, se ha adueñado de todos los espíritus esta verdad: Estamos en interinidad.

 

No se nos oculta el gravísimo peligro que existe en España, efecto de la inconsciencia padecida en la antigua orientación alemana, que hoy se está rectificando. La “Gestapo”, toda la red del espionaje alemán, en propaganda (sólo en propaganda de la guerra tiene la Embajada alemana un presupuesto de varios miles de duros diarios), y las células del comunismo francés, fomentados en España y desarrollados por la misma “Gestapo”, representan el valimiento para cierto factor falangista en acuerdo con los comunistas españoles.

 

Pero no es éste el punto a que nos queremos referir, porque lo que parece que tiene más horizontes es la Monarquía. Y, así para tirios y troyanos, lo que va a venir es la Monarquía. La demanda en lo exterior, la necesidad de robustecer nuestro crédito moral y económico ante las potencias que hoy sustituyen el papel alemán en nuestras relaciones, y, en lo interior, la angustiosa necesidad de pacificación espiritual.

 

Una política absurda ha dado la sensación pública de amistad con Alfonso XIII, y, en telegramas dulzones y en la ley de reconocimientos de ciudadanía, ha declarado una compatibilidad que nos parece injusta e impolítica.

 

De otra parte, las maniobras del grupo monárquico Sainz Rodríguez, pudieron llegar a movilizar las logias inglesas para que intentaran estorbar las bodas “ahora hace un año” del Príncipe Don Luis Parma con la Princesa María de Italia, queriendo ver en la misma- ilusión o suspicacia- un peligro para la restauración Alfonsina en España. En las redes de esta maniobra quedó prendido el propio Generalísimo, cuando se dirigió en carta al Duce mostrando “inconscientemente” su desagrado por aquella boda. A dicha boda de notoria importancia en la vida informativa se hizo en España el mayor vacío.

 

En París, sin cesar, se ha estado abriendo un amplio horizonte monárquico, con utilización de toda clase de medios, sin excluir los intentos alfonsinos para interponer en las soluciones de concordia entre Inglaterra y España, o de transacción entre nacionales y rojos- conferencias de Lausanne-, actuando esa turbia diplomacia a dos manos; con una ha ido manejando los intereses del Estado español para presentar en el mundo una incompatibilidad entre el Generalísimo Franco y la desacreditada persona de don Alfonso, y con la otra ha hecho concebir esperanza y hasta se dice que ha atraído el reconocimiento por las siniestras figuras de Negrín y Prieto.

 

Aquí, en España, el efectivo rector de nuestra política se dio prisa para situar su signo en ese horizonte monárquico, y, también laborando a dos manos, hizo concebir esperanzas a Don Juan, y ha producido el hecho público que cualquier incauto creerá significativo, de una promesa, de poner al lado de Don Juan a un secretario de nuestra carrera diplomática. Y, con la otra, con la mano izquierda por lo visto, parece como si hubiera creado lazos y puesto estribaciones en la C.N.T. cerrando los ojos a sus cotizaciones, a sus actividades en los campos de concentración y a sus aspiraciones a los nuevos “fondos de reptiles”.

 

¿Qué ha pasado? Que Inglaterra- la diplomacia maestra- se ha interpuesto en todos esos hilos y la política anglófila de ciertos elementos del Estado, por un lado y, paralelamente, la acción masónica, firme y segura, la han adueñado de la forma hoy posible- posibilista, mejor dicho, de la restauración monárquica española, de antemano admitida por los sectores hasta hace diez meses en guerra. Monarquía del Rey que sepa lavarse las manos en la cuestión de esa guerra y declararse el nuevo- Pacificador-.

 

Las consignas que se están recibiendo en los núcleos vitales del izquierdismo español, son verdaderamente alarmantes y las maquinaciones masónicas, como dichas consignas, orientadas a la restauración monárquica que viene fraguada desde fuera, inspiran una seria preocupación.

 

LA GRAVEDAD DE UNA FALSA RESTAURACIÓN MONÁRQUICA

 

La gravedad de una falsa restauración monárquica estriba, precisamente, en que el anhelo de la monarquía es vehemente y unánime y, por tanto, sería recibida clamorosamente, y, como quiera que la Monarquía es, de suyo, instrumento político aptísimo, si se le aplica al mal, es tan eficaz y corruptor, como bueno, óptimo, cuando se le aplica al bien común de la sociedad.

 

De ahí es que la impaciencia por salir de los presentes males- al fin y al cabo soportables, si se recuerda, que estamos en situación interina-, puede acarrear una gran fuerza de atracción hacia esas formas perversas de la Monarquía.

 

Hay que notar el grave mal de la confusión pavorosa que rodea este proyecto:

 

1º Es confuso todo lo que rodea a la dinastía caída el 14 de abril: confuso por la naturaleza política, por el signo político que representan. La más leve luz que se proyecte sobre esa estirpe arroja tales responsabilidades que, de candidatos al Trono, tendrían que pasar, tendrán que pasar, a reos de alta traición. Y confuso, además, por los propios métodos personales, por el desbridamiento de todo el sentido moral, por las ambiciones sin medida, por espíritu nepotista y de camarilla, por el afán de impunidad a sus anteriores y, desgraciadamente, demasiado olvidados errores. Sin una enmarañada confusión en España, honorablemente, no se podría ostentar el nombre de esos Príncipes, al igual- y quién sabe si con más razón- que no se pueden ostentar los nombres de los políticos republicanos, ni aun de aquellos que han permanecido ajenos a la guerra.

 

2º Confusa con fórmula por la imprecisión de su contenido, por la ausencia de programa, por el abuso que se hace de la fraseología monárquica y patriótica, incluso de vocablos tradicionalistas; porque se le busca por pura pasión de huida de lo actual, por puro negativismo, igualmente al del 18 de Julio, cuyo grito, negativo contra la República, no constituyó, conscientes, razonables y bien meditadas afirmaciones. Se busca esa fórmula monárquica por esta inquietud del carácter político, vacilante, de zigzag, que obra por reacciones y así viene a depositar su confianza en el Rey, fuere el que fuere, sin meditar que si el Generalísimo ha fracasado políticamente, con más razón fracasará cualquiera de esos supuestos Reyes, porque no le igualan en virtud ni en dotes y porque nunca habrá hombres que logren la plenitud de poderes y la delirante confianza que en sus manos se está malogrando.

 

3º Y, de donde más se desprende y con caracteres más alarmantes, la confusión que envuelve a ese enmarañado proyecto, es de la observación de las heterogéneas fuerzas que concurren a propugnarlo, alguna de las cuales anda los pasos de la conspiración:

  1. Ese conjunto desacreditado de viejos políticos, restos del naufragio de Renovación Española que fingieron la unificación para sabotearla.

  2. Un pequeño grupo, digno, bien intencionado, pero frenético, que se llama Acción Española, anatematizadores de los anteriores doctrinarios, y ciegos confiados en que Don Juan, una vez ungido, va a ser el redentor, porque lee Acción Española, está casado con una Princesa excelente y se deja inspirar de ese grupo de jóvenes estudiosos.

  3. Cierta aristocracia que, también, se fingió falangista y se encuentra incómoda en lo nuevo, porque, amante del valer- muy cierto y estimabilísimo valer- de lo rancio y de abolengo, no se aviene a la plebeyez y al espíritu innovador de estos improvisadores.

  4. Algunos generales dignísimos, con una tradición de servicio personal a la familia.

  5. Otros generales monárquicos, que han servido lealmente al nuevo orden y que sufren tremendo desengaño.

  6. Ciertos generales apolíticos, que fueron incluso republicanos, generosos, patriotas, que ven con estupor esta situación.

  7. Otros generales, jefes, y una masa de oficialidad falangistas, incorporados a Falange por obediencia al Caudillo que, ante el abismo que presienten quieren buscar una forma estatal que recoja lo que se pueda de lo actual y encauce el porvenir.

  8. Los separatistas vascos, que, a través de los compromisos ingleses con Aguirre, ven en la monarquía, amnistías y tolerancias estatuistas o autonomistas.

  9. El orden financiero inglés y los intereses de sectores catalanes y bilbaínos, que ven abrirse horizontes riquísimos para las finanzas del tipo que caracterizó el reinado de Don Alfonso.

  10. Cierta tendencia del alto clero español, profundamente desengañado, y, podríamos decir, que hasta avergonzado.

  11. Y, para acabar: la masonería y los rojos, seguros de su impunidad y esperanzados en las futuras agitaciones.

 

¡Con qué distintas y contrarias intenciones anhelan esos elementos la monarquía! Salvas personalidades aisladas, la Comunión Tradicionalista es el único sector español que ve clara esa confusión en que aquellos andan sumidos y sus dirigentes observanesa diversidad de miras con que es deseada la monarquía por aquellos, porque cada uno quiere influir en su propio sentido.

 

Total: que el grito ¡Viva el Rey!, interesa a toda esa turba-multa de elementos heterogéneos y contradictorios, al mismo tiempo que levanta generosos- no interesados, repetimos- movimientos de pasión en el noble pueblo español y a la cabeza del mismo, aún en los requetés, a los que cuesta sobrehumano esfuerzo sujetar en sus impaciencias por tener un titular del Derecho Soberano a lo Carlista y sin sombra de complicidad con los caídos el 14 de abril.

 

Bueno es anotar ese sacrificio que se está haciendo en los sentimientos carlistas para mantener en pie la fórmula de la Regencia que, así como es la más perfecta para el momento español, hay que reconocer que es insuficiente para el corazón de esta juventud ardiente.

 

De ahí es que la nota, acabada de observar, impone una aclaración. Mientras no se vea desplazada de la realidad española la Instauración en España de la Regencia de esencia tradicionalista, habremos de seguir ahogando ardores realistas; mas, apenas se viere alejada esa coyuntura y relegando el carlismo a posición de nueva espera histórica, ipso facto, habría que declarar quién era el Príncipe Carlista porta-estandarte de la Legitimidad ideológica y tradicional.

 

Item más: La Comunión Tradicionalista, que nunca dejó de existir como tal Comunión, aunque, noblemente, rompiera sus cuadros de partido, hoy está fortalecida y vigorizada, por pura determinación de exigencia biológica, más unida que nunca. Queramos o no queramos sus dirigentes. Porque uno de los muchos errores que se han cometido en la dirección política de España, ha sido, el de atavismo liberal, de creer que, arrastrando a algunos destacados carlistas a la unificación, iban a conseguir el arrastre de nuestras masas. Y la experiencia dolorosa ha demostrado que, cuando un carlista ha ido a la unificación, no ha llevado consigo otra cosa que su propio descrédito.

 

Pues esa Comunión Tradicionalista, incomprendida y padeciendo una persecución más dolorosa que ninguna otra de las que ha sufrido en su historia, ha servido y sirve al Generalísimo y Jefe de Estado, no como Caudillo político en cuyo sentido se equivocó al proclamarse tal, y la Comunión manifestó por cuantos medios tuvo, el error y avisó las fatales consecuencias.

 

Con esa misma caballerosa lealtad y con esa misma desusada claridad, a trueque de captarse nuevas enemistades, no desaprovecha ocasión para consignar que, así como sabe esperar días mejores para la Patria, no colaborará y, antes al contrario, se opondrá con toda la pujanza de sus decisiones heroicas, a todo intento de restauración monárquica del tipo antes denunciado, ya venga concertado por el actual Estado Español, ya sea fruto de la criminal intentona de cualquier audaz conspirador. Porque está segura de que, así como esta situación actual es todavía sanable, esa Monarquía caerá en tremendas aberraciones, por inercia política de sus titulares, por el ambiente corruptor que le rodea, por la acción de los colaboradores secretos y de las fuerzas imponderables del mal, y por el propio equilibrio en que, como motivo determinante de la restauración, habrán de constituirla, inestable equilibrio de mixtificación entre los bandos hasta hace poco beligerantes.

 

Ante la contemplación de estos fundados temores, ¿qué pueden valer los infantiles sueños de los que todo lo fían a la simpatía personal de un Príncipe inexperto y a la fuerza de unas promesas y declaraciones selladas o no con juramento?

 

 

LA REGENCIA

 

Ya hemos dicho que es la única solución que tiene el problema español. De ella vamos a dar una idea sucinta, porque su desarrollo es tarea ardua y estas notas no tiene más aspiración que la de unas pinceladas sobre estos temas. Quien quiera explicaciones más amplias las puede tener, gustosamente, para los que no tenemos más interés que el de la Patria.

 

Vamos a fijar tres bases previas:

1ª Que el régimen de partido es contrario al bien común. Nos remitimos al trabajo presentado al Generalísimo en 10 de marzo del año 1939, en vísperas de la Victoria, o sea, cuando se estaba en la ocasión ideal, desgraciadamente desaprovechada.

A estas alturas, ya es del dominio público el convencimiento de que hay que rectificar y reconstruir el Estado sobre órganos de auténtica raíz social, o sea gremial y corporativa, y con la supresión absoluta de toda casta política interpuesta entre los gobernantes y los gobernados.

 

2º Los poderes del Generalísimo, por su misma naturaleza, son circunstanciales. Circunstanciales en cuanto al tiempo, porque nadie pudo pensar seriamente, que un hombre es eterno y que en él pueden fundarse las mismas instituciones del Estado. Y circunstanciales en cuanto al objeto, porque su misión, acabada la guerra, nunca pudo ser otra que la de poner en marcha las instituciones del Estado, quedando él como pieza de la máquina, si cabía, o cesando, para representar una vigía y una reserva.

 

3º Esto supuesto, la situación actual tiene que cambiar por rectificación radical en la orientación, desaparición del partido político, declaración del régimen monárquico y Gobierno fundado en un orden social, orgánico, o como quiera llamarse, pero no de concepción panteísta, estatolátrica, sino, al contrario, de acusadísimo sentido nacional, regional, municipal, gremial, o sea verdadera fuerza popular. Eso no quita para que la autoridad sea con toda propiedad autoridad, que nunca lo es tanto, como cuando se desliga de camarillas políticas y busca al pueblo en sus organizaciones y naturales fuerzas vitales.

 

Todas esas características tiene que recoger la Regencia y las recoge, ciertamente, pues sólo caben en la Monarquía y la Regencia es forma monárquica.

 

La Regencia es la forma monárquica creadora de las instituciones estables de la Monarquía tradicional. Enseña la historia que ello representa la máxima eficacia y tiene precisamente- como institucion típica de movimientos heróicos- un quid especial de fecundidad y acierto.

 

La Monarquía es un maravilloso conjunto de órganos en los que el Rey es la cabeza rectriz, pero en coordinación orgánica con las demás instituciones, complementarias de su capacidad y limitativas de su albedrío. No hay régimen de tan encantadoras perfecciones. Y se funda en la característica dinastica. Porque un Rey no es un individuo surgido al acaso, sino un eslabón de una personalidad histórica contínua, con tradición del pasado e impulsos del porvenir. Mas, en las crisis dinásticas, no puede ser un Rey, normalmente, el restaurador de las instituciones, aparte otras razones, por la más vulgar de que no va a ser él quien levante los muros de contención de su albedrío. La historia enseña que esos grandes y sabios muros fueron resultado de las incesantes luchas entre el poder regio y los pueblos. A menos que esa restauración se haga por el resultado de la conquista del Rey, como caudillo militar y, a menos que esa restauración sea fruto de la audacia de un político, como en regímenes liberales, y se funde en el absurdo concepto democrático del poder. En tesis normal, como los pueblos no son para los Reyes, sino los Reyes para los pueblos, la aparición en el Trono de un nuevo monarca, tiene que ser efecto de una institución adecuada monárquica, pero arbitral, creadora de las instituciones. Esa, la constitución de la Regencia, es la misión histórica que corresponde al Generalísimo.

 

Sus líneas generales son:

 

1º Estudiar, con los debidos y competentes asesoramientos, la Ley fundamental constitutiva de la Regencia. Ley funcional y orgánica.

 

2º Definir en ella los órganos de la Regencia que después señalaremos, estatuyéndola y designando los hombres para los cargos.

 

3º Fijación del mandato que se les da, en cuanto al objeto- el arriba señalado- y en cuanto al tiempo. En uno o dos años, ciertamente, se logra el propósito.

 

4º Especial mandato de reunión de Cortes Generales del Reino, pero representativas y orgánicas y de carácter consultivo, y, excepcionalmente, legislativo, absolutamente apolíticas, en el sentido de partido. Ante estas Cortes habrá de jurar el nuevo Rey.

 

5º Mandato de determinación del Rey, cabeza de su estirpe. La Regencia, en función verdaderamente soberana, habrá de hacer los llamamientos de rigor, con fijación de condiciones a decidir, de manera judicial, quién es el legítimo Rey.

 

6º Sujeción forzosa a juicio de residencia de cuantos hombres figuran en la institución de la Regencia, de tal modo, que no podrá ninguno cesar, ni menos, desempeñar otros cargos, sin ser absueltos, en juicio correspondiente, en el que puedan ser oídos en agravio, cuantos quisieran querellarse.

 

Las instituciones consultivas de la Regencia son:

 

1º El Regente, si fuere un Príncipe o, en su defecto, la Junta de Regencia, compuesta por tres o cinco miembros. Con tres basta. Tres figuras representativas de lo nacional, desprovistas de aficiones personales y de sectarismos partidistas, cuya función es la soberanía en su alta dirección, pero acompañada del dictamen del Consejo.

 

2º El Consejo de la Regencia. No es razonable el ejercicio de la autoridad si no tiene la garantía del dictamen de Consejeros expertos. El Consejo tiene una doble misión. El asesoramiento del Soberano y el de los Ministros. Los Consejeros han de ser elegidos entre capacidades en las ciencias o en los sectores de la vida nacional. Consejeros responsables, con dictámenes escritos individuales, distribuidos por secciones y aplicados, también por secciones, al asesoramiento de los Ministerios.

 

3º El gobierno propiamente dicho, compuesto de hombres versados en las ciencias políticas o técnicas en la Administración General del Estado, porque el Gobierno tiene dos distintas funciones básicas: La primera, la de los intereses que al Estado corresponden, como persona jurídica. Y la otra, la de encauzar, fomentar y proteger las actividades sociales para cuya mejora existe el Estado.

 

De ahí que unos son los Ministerios de interés estatal, y otros los de interés directamente nacional. A los primeros corresponden, para su servicio, los Cuerpos del Estado, jerarquías de funcionarios, que parten del poder Soberano y descienden hasta la ciudadanía. Y, los otros Ministerios, son a los que corresponden las Corporaciones, o sea, los que tienen que fomentar y encauzar los múltiples organismos en que vive la sociedad y que son aquellos llaamdos a recoger las necesidades de los pueblos, sin que les haga falta, pues al contrario les estorba, la aglutinación amorfa del sentido partidista de los ciudadanos.

 

La Ley fundamental de la Regencia, acompañada de todas las disposiciones necesarias para deshacer súbitamente o del modo que la prudencia política permita, todo este artilugio estatal, es obra tan grande, tan grande y eficaz, que no hay otra comparable.

 

Estas notas son iniciación al tema. Repetimos: Prontos estamos a dar pormenores, y, sobre todo, prontos estamos a llevar, una vez más, al supremo Poder del Estado, aunque tantas veces ha desestimados nuestros buenos deseos, cuanto de nosotros se necesite. Porque nos debemos a nuestra fe religiosa y española y nos jactamos de que no somos servidores de ningún hombre.

 

Enero de 1940.

 

(Manuel Fal Conde. Probable autor)

 

 

Tomado de “Apuntes y documentos para la historia del Tradicionalismo español. 1939-1966”. Tomo 2 (1940). Manuel de Santa Cruz.

 

 

 
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