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Portal Avant de los carlistas del Reino de Valencia Opinión Opinión política CTC: 30 años de camino

CTC: 30 años de camino

Opinión - Opinión política

INTERVENCIÓN DE DON JOSÉ MIGUEL ORTS EN EL XXX ANIVERSARIO DE LA COMUNIÓN TRADICIONALISTA CARLISTA (Madrid, 21 de mayo de 2016)

 

Sra. Presidente de la Junta de Gobierno, amigos carlistas:

 

Gracias a Dios y a vosotros por permitirme celebrar este trigésimo cumpleaños de la Comunión Tradicionalista Carlista.

 

Felicidades a la organización. A sus dirigentes. A sus militantes. A sus amigos.

Es importante que lo celebremos. Que apreciamos lo que tenemos. Que nos demos cuenta de que se trata de una acumulación de esfuerzos. Un camino hecho de muchas huellas. De los que ya no están, pero que forman el Tercio de la Eternidad. De los que se dejaron la salud en el tajo. De los que caminaron junto a nosotros un trecho y se bajaron del tren por cansancio o por disgustos. De los que no comprendieron o fueron incomprendidos. De los que fueron promesa que no llegó a cuajar. De los que hicieron de la Causa elemento medular de su vida. De los que nos ven desde fuera, nos miran con curiosidad, con respeto, con admiración. De los que nos alientan. De los que nos critican. De los que nos combaten.

 

De los que nos dan luz. De los que nos dan humo. De los que comparten con nosotros un porcentaje significativo de nuestro proyecto.

 

Con aciertos y errores también acumulados. Con sacrificios y renuncias. Con tenacidad y perseverancia. Esperando contra toda esperanza lógica.

 

Con criterios de mercado de votos, somos una empresa equivocada. No vendemos soluciones mágicas a los problemas de la sociedad. No sabemos decirle al electorado las mentiras que pide. No somos una agencia de colocación en la casta. No tenemos padrinos ni patrocinadores. Aparentemente nada justifica nuestra pervivencia.

 

Y sin embargo abrimos la tienda en 1986 y la tenemos abierta 30 años. Ofrecemos bienes y servicios para un público selecto, de un gusto especial.

 

Para acabar de complicarnos la vida, continuando el símil, tenemos competidores. Con imagen comercial parecida, con mensajes calcados. Que no sólo nos disputan la clientela sino que quieren llevarse a nuestros comerciales. Y que nos amenazan con una OPA hostil.

 

Algún espacio ocupamos en el microcosmos político cuando desean abducirnos, fagocitarnos, sustituirnos.

 

Por eso hemos de inventariar nuestros activos y nuestros pasivos. Y trazar estrategias no sólo de supervivencia sino de crecimiento. Sacar conclusiones de esta singladura de tres décadas para desarrollar la empresa.

 

Analizando la coyuntura política hemos de repensar lo que España necesita y no encuentra para regenerar las instituciones: los bienes y los servicios que, como depositarios de una Tradición que no es nuestra, podemos y debemos poner a la disposición de nuestros potenciales clientes.

 

Esos bienes y servicios han de llegar al mercado con un formato acorde con la sensibilidad vigente.

 

Si queremos ser aceptados, tendremos que cuidar nuestra imagen de marca y empresa que condiciona la viabilidad de nuestras ofertas.

 

Y no hemos de descartar eventuales convergencias con las empresas competidoras en las áreas que convenga. Sin demasiado respeto a registros y a patentes. Que nos copien y copiemos si eso mejora nuestra producción.

 

No somos los únicos que ofrecemos la etiqueta ‘carlismo’.

 

Si la sociedad española, en trance agónico, repara en los significados múltiples y aun opuestos entre sí que ese ‘–ismo’ encierra, lo catalogará como objeto de museo y distracción de eruditos.

 

Cuando el carlismo es noticia va unido frecuentemente – tengámoslo en cuenta si no queremos autoengañarnos – a los ecos de sociedad y a los movimientos de una determinada familia en la que recae la herencia histórica de la Causa. La prensa caricaturiza las posturas del carlismo dinástico extremando las tintas de la fractura ideológica de hace más de 40 años.

 

A esa desfiguración contribuyen supuestos pronunciamientos de personas reales que reinciden en errores del pasado y vuelven a abrir viejas heridas. Ni se aceptan las condiciones preceptuadas por D. Alfonso Carlos I para sus sucesores ni cuajan estrategias de integración y reconciliación. En lugar de ello, parecen buscar asimilarse a los valores del sistema, respaldando los radicalismos que desnaturalizaron la Causa.

 

No resuelven el conflicto las posturas de los que se presentan ante nuestra gente arrogándose la personalidad de uno de los fragmentos del cuerpo social carlista que en 1986 se integraron en la Comunión Tradicionalista Carlista, ignorando la existencia de ésta y las circunstancias que determinaron su reconstitución. Aunque invoquen purezas doctrinales y legitimidades dinásticas.

 

La gente tiene problemas más perentorios que descifrar qué carlismo es el bueno y cuál el malo. Lo reducen a un fenómeno “friki” y pasan página.

 

Ese es el peligro de abusar de un lenguaje y un folclore que fuera de nuestro gueto no traspasa las fronteras de lo pintoresco.

 

Necesitamos hacer un esfuerzo de reconversión de nuestro mensaje: alejarnos del metalenguaje. Hablar cada vez menos de carlismo y, a la luz del tradicionalismo político, hablar más en carlista de los problemas reales de la sociedad.

 

En estos años la CTC ha hecho una gran labor de sistematización del Ideario y del programa. Perseveremos en la tarea sin complejos.

 

Aprovechemos en lo posible el trabajo realizado por los carlistas ajenos a la CTC y aun de otros ambientes distintos y distantes que se preocupan por encontrar soluciones.

 

La experiencia del Boletín REINO DE VALENCIA en su última etapa como revista digital es de algún modo extrapolable a la proyección que la Comunión necesita. Hemos de encontrar nuevos métodos para llegar a nuevos amigos.

 

Que la celebración de este XXX aniversario sea la base para un relanzamiento de la CTC como instrumento útil al servicio de los valores de siempre.

 

Muchas gracias.

 

 

CTC: 30 AÑOS DE CAMINO

 

Las conmemoraciones de números redondos tienen un efecto psicológico especial. Invitan al alto en el camino y la reflexión. Si eso es cierto en la vida personal, jalonada de cumpleaños, aún lo es más en la existencia colectiva, de problemáticas coincidencias. Los carlistas, nacidos como tales a la vida pública en 1833, ya estamos acostumbrados a las efemérides, no le damos la importancia que otros menos veteranos les atribuyen. Pero treinta años de una organización política también merece tarta y velitas, en un contexto de depreciación de compromisos y lealtades. Precisamente no es la unidad lo que ha caracterizado la historia del Carlismo. Tal vez por eso ha sido uno de los valores más estimados como deseables. La letra del Oriamendi es reiterativa al respecto: “Todos juntos en unión”. Pero al ser pueblo en armas tras su Rey legítimo antes que partido político, la Causa carlista ha conocido siempre sus banderías. Eso que la modernidad creía haber inventado: el pluralismo interno, de límites poco definidos.

 

Los que rehicimos lazos de comunicación y amistad que nos llevaron a reemprender el viaje juntos proveníamos todos de anteriores rupturas y escisiones, con sus consiguientes dolores y disgustos. No somos, pues, los carlistas, pese a nuestra mala fama, propensos al gregarismo y a marcar el paso al son del tambor.

 

¿Quiénes confluyeron en la CTC de 1986?

 

Aparte de los que iban por libre, nos juntamos entonces seguidores de Unión Carlista, Comunión Católico-Monárquica y Comunión Tradicionalista.

 

Unión Carlista reunía a los partidarios de la histórica Regencia Nacional Carlista de Estella, fundada en 1958 por don Mauricio de Sivatte. Y contaba con incorporaciones de antiguos miembros de lo que desde 1972 fue oficialmente Partido Carlista y que allí permanecieron hasta que se hartaron de experimentos socialistas autogestionarios. También integraban sus filas parte de los restos del carloctavismo.

 

Otros antiguos carloctavistas formaban parte de la Comunión Católico Monárquica. Este fue el nombre que la Causa usó en varias ocasiones y que hicieron suyo los partidarios de Don Carlos Pío de Habsburgo Lorena, disidentes ya de Don Alfonso Carlos en 1932 por el enfoque que éste daba al problema sucesorio. Pero el nexo común de esta nueva Comunión Católico Monárquica fue el liderazgo intelectual del Profesor Francisco Elías de Tejada. Y el motivo de aparecer en el escenario político fue su discrepancia con el modo elegido por la Comunión Tradicionalista de Don Sixto de acceder a la legalización, presentados por D. José María de Oriol y D. José Luis Zamanillo, históricos dirigentes de la Junta Carlista de Guerra, pero que en 1976 habían pasado ya por Estoril y La Zarzuela, respectivamente.

 

El tercer grupo, teóricamente el más numeroso, era la Comunión Tradicionalista. El nombre pretendía establecer continuidad con la organización oficial que en 1972 (Congreso del Pueblo Carlista, Arbonne) lo había cambiado por el de Partido Carlista, en abierto desafío a la legalidad franquista. Fue adoptado por los “Jefes Naturales del Requeté” encabezados por José Arturo Márquez de Prado, que proclamaron Abanderado a Don Sixto Enrique de Borbón Parma, en 1975 y éste constituyó una Junta de Gobierno presidida por D. Juan Sáenz Díez. Diferencias internas, a partir de la preparación y desarrollo del Montejurra de 1976, llevaron a la Comunión Tradicionalista a un distanciamiento con el Abanderado y al discreto alejamiento de éste, dos años después.


Los tres grupos buscaron la unidad a lo largo de unos ocho años. Tenían en común un ideario básico, como patrimonio positivo, y una orfandad dinástica, como factor negativo. No fue fácil el proceso de acercamiento, pero el tesón de sus propiciadores pudo más que los prejuicios y las desconfianzas. De ahí que, “congeladas” las preferencias dinásticas, fuera posible llegar, en 1986, a un acuerdo en el Congreso de El Escorial. Allí nació –renació a efectos legales- la Comunión Tradicionalista Carlista. Tuve el inmerecido honor de redactar el comunicado que anunciaba la confluencia de los tres grupos en una sola formación. Y formé parte de la primera Junta de Gobierno presidida por Miguel Garísoain Fernández. Aquellas vivencias quedaron impresas en lo más profundo de mi corazón.

 

 

Una de las anécdotas de aquella etapa, expresiva de la peculiar psicología de los carlistas dispersos y convergentes, la protagonizó Camilo Menéndez Vives, que había alcanzado notoriedad a raíz de sus choques con el Teniente General Gutiérrez Mellado, Vicepresidente del Gobierno de Adolfo Suárez. La CTC ofreció a Menéndez una plaza como Consejero Nacional. El marino declinó el nombramiento porque se declaró incapaz de comprometerse a una disciplina respecto al partido ya que no la había mantenido respecto a la jerarquía del Ejército de la que dependía su nómina.


En efecto, la tranquilidad no ha sido la tónica de la singladura de la CTC. Las peculiaridades, los personalismos, las añoranzas del gueto, los maximalismos doctrinales, la esterilidad electoral, la inseguridad del espacio político… han sido factores limitantes de la vitalidad de la empresa reconstituida en 1986.

 

A pesar de todo, la CTC ha cumplido –está cumpliendo- su misión. Los relevos generacionales se han ido sucediendo en sus cuadros de mando. La militancia no se ha renovado biológicamente lo suficiente para asegurar su supervivencia. Pero, contra todo lo previsible, la vitalidad de su juventud, siempre contrapuesta por definición a la generación precedente, permite albergar esperanza. Sus estructuras organizativas más consolidadas – los campamentos Cruz de Borgoña – han provisto más plaza en seminarios y conventos que en candidaturas y juntas. Algo habrá que revisar.

 

Sus pronunciamientos sobre el contexto político se han caracterizado por su equilibrio y mesura, dentro de una clara ortodoxia tradicionalista. Esa ubicación ideológica condiciona su estrategia. No es fácil hacer política católica cuando nos marcan nuevos paradigmas laicistas. Como tampoco es sencillo conservar la teoría monárquica carlista sin un referente de carne y hueso que asuma los compromisos de la legitimidad.

 

Pero el análisis de estas aparentes aporías nos lleva a temática más allá del espacio disponible y de la paciencia del lector. Queda pendiente.

 

José Miguel Orts es consejero nacional de CTC y ex-presidente de la Junta regional de la Comunión Tradicionalista Carlista del Reino de Valencia

 

 
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