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Portal Avant de los carlistas del Reino de Valencia Pensamiento tradicionalista Antonio Aparisi y Guijarro Discurso sobre los productos de la desamortización de Madoz

Discurso sobre los productos de la desamortización de Madoz

Pensamiento tradicionalista - Antonio Aparisi y Guijarro

OBRAS DE DON ANTONIO APARISI Y GUIJARRO.

Discursos políticos y académicos. Tomo II

 

DISCURSO SOBRE EL PROYECTO DE LEY DETERMINANDO LOS MEDIOS DE ATENDER A LA MEJORA Y FOMENTO DEL MATERIAL EXTRAORDINARIO DE TODOS LOS SERVICIOS DEL ESTADO, Y FIJANDO EL EMPLEO QUE LOS PUEBLOS Y CORPORACIONES CIVILES HAN DE DAR AL PRODUCTO DE SUS BIENES.

 

En este proyecto se concedían al Gobierno créditos extraordinarios por la suma de 2.000 millones de reales, destinados al aumento del material de Guerra y Marina, a la edificación y restauración de templos, a la reparación, conclusión y nueva construcción de carreteras, canales, puertos, faros y otras obras de esta clase; a la construcción y mejora de los establecimientos penales y de beneficencia; y a la de edificios y objetos necesarios para la conveniente administración y explotación de las rentas públicas.

A satisfacer estos créditos se destinaban: el importe total de pagarés de compradores de bienes nacionales de bienes del Estado, de corporaciones civiles y otras procedencias por efecto de ventas anteriores a la ley 1º de Mayo de 1855, y por las realizadas hasta 2 de octubre de 1858 con arreglo a las leyes de 1º de Mayo de 1855 y 11 de Julio de 1856. El producto de las ventas hechas desde el 2 de octubre de 1858 y que se hagan en lo sucesivo de las fincas, censos y foros del Estado, secuestros, instrucción pública, beneficencia, y el 20 por 100 de los propios de los pueblos, el de las dos terceras partes del 80 por 100 restantes, y de la totalidad de los de las provincias: los sobrantes del fondo de la sustitución militar, después de cubrir los premios de los voluntarios y otros productos de menos monta).

 

Contra el artículo 6º de esa ley, en el cual se designaban los recursos destinados a satisfacer esos créditos, pidió la palabra el señor Aparisi y Guijarro en la sesión del 17 de febrero de 1859, y concediéndosela el Presidente, dijo:

 

El Sr. APARISI Y GUIJARRO: La tengo pedida, y casi estaba por renunciarla. No se vislumbra ni siquiera esperanza; no hay remedio; la suerte está echada; se nos pide nuestra riquísima herencia, y todo se va a vender. España se asemeja a una gran casa en que se hace almoneda de muebles y alhajas, y el encargado de hacerla es el conde de Lucena: le deseo que saque buen partido. Pero según oí estos días pasados, señores diputados, no recuerdo si a alguno de los dignos individuos de la comisión, o acaso a alguno de los consejeros de la Corona, los bienes, los recursos que se nos piden, vendidos aquellos, realizados estos, darán una suma mayor, mucho mayor de la de 2.000 millones que al parecer se necesitan. No recuerdo quien la hizo subir a 3.000, 4.000 o 5.000 millones. Y si esto es así, bien decía el señor Balmaceda: jamás voto de confianza igual se dio a otro ministerio; y yo francamente, en los individuos del actual, como hombres particulares, deposito suma confianza; mucho que tuviera lo pondría en sus manos; pero ¿quién tiene confianza en gobierno español, que aún naciendo robusto, vive a lo más un año? Siento no ver sentado en este momento en el banco azul al señor conde de Lucena, porque diría entonces con más gusto que ahora, que los ministerios pasan como sombras; y pasarán, siquiera algún hombre de los que tienen corazón, en el sueño alegre de sus altivas esperanzas, fantasee que ha de vivir más de ocho años. Ese hombre, señores diputados, echa en olvido que el sistema hace gran consumo de ministerios, y no repara que semeja a un anciano, ya en los cansados y últimos días de su vida, que manda abrir grandes cimientos para construir un palacio magnífico donde imagina vivir largos años, sin apercibirse de que una tosecilla tenaz le está anunciando una muerte no lejana.

 

Señores diputados, el señor Balmaseda decía que su posición era embarazosa; la mía es incomparablemente más embarazosa que la suya. Ayer firmé una enmienda y fui vencido; hoy me he aventurado a asociarme a otra y he sido derrotado. Pero si el señor Vidarte, si el señor Balmaseda, si el que está hablando, en este punto al menos piensan y sienten lo mismo en lo esencial; si somos hermanos, pues, y trabajamos en un campo común, ¿llevarán a mal que yo les preste el débil auxilio de mi palabra? Mas ¡con qué esperanza! Si queréis, con ninguna. Pero, señores diputados, cuando mueren las esperanzas, aún quedan en pie los deberes... ¡Esperanza! Aún tengo alguna, señores diputados.

 

Ocúrreme que en los pasados tiempos, en lo que se llamaba reales audiencias se usaba una práctica rara, casi incomprensible, sino creyésemos y supiésemos que aquellos varones que honraban la majestad de la toga, tenían en más la voz de su conciencia, que las instigaciones de su amor propio. La práctica era la siguiente: de una providencia dada por una sala, se suplicaba a la misma sala; presentábase el abogado y esforzaba nuevas razones, y en más de una ocasión se vio que aquellos magistrados, que eran la justicia viviente, retrocedieron en el camino andado, y ellos propios enmendaron la sentencia que habían pronunciado. ¿No podríais asemejaros vosotros, señores diputados, a aquellos jueces? Aún tengo esa esperanza. Olvido que han tenido infausta suerte los señores Vidarte y Balmaseda, pero aun vencido yo les envidio su gloria; ellos han peleado y pelean, mientras es posible la lucha, por los pobres; y ha dicho bien el señor Alonso Martínez, que esta es causa sagrada.

 

¡Los propios! ¡Los bienes del pueblo! ¡El patrimonio de los pobres!... Ocurríame ahora mismo una idea. Si llego a hablar (pensaba hace un instante) dirigiéndome a los señores diputados, les diré: apuntad, apuntad, en el libro grande que se está escribiendo, y que será, para nuestros hijos, archivo de verdades y sepulcro de ilusiones, apuntad lo que vais a oír. A nombre de la libertad se venden los bienes de los pueblos, los bienes del municipio, los bienes que con el sudor de su frente, en el largo transcurso de los siglos y por la protección de grandes Reyes, el municipio adquirió; los bienes que le hicieron propietario, que le dieron la dignidad y la independencia del propietario... ¿No habéis dicho muchas veces, señores diputados: ¡oh! El municipio, el municipio es la cuna de la libertad española; ¡oh! El municipio empleaba a los pobres en el trabajo de sus tierras y así los apartaba del castillo feudal; y a los pegados al terruño hacíalos libres; ¡oh! El municipio, aliado secretamente de los Reyes, ponía coto a las demasías del poder feudal, le combatía, le humillaba, y al fin hacía posible el reinado de la justicia sobre todos, grandes y pequeños?

 

Esto habéis dicho mil veces, recordadlo bien; y ahora vendiéndole todos sus bienes, y nombrándole además su alcalde, habéis acabado con la vida del municipio. A nombre de la libertad (apuntadlo, señores diputados) habéis asesinado al municipio.

 

Y al fin la ley del año 55 vendía, es verdad, los bienes de los pueblos; daba al estado una quinta parte, pero las cuatro restantes las ponía a disposición de los pueblos. El señor Madoz decía el otro día: “las Cortes Constituyentes se sublevaban a la sola idea de que el pueblo no pudiera disponer de los productos de sus bienes.” ¿No es esto verdad? Pues, señores, esto prueba, y lo confieso sinceramente, que la Asamblea constituyente era menos injusta que nosotros. Nosotros por una parte tomamos la quinta de esos bienes; por otra dos terceras partes del 80 por 100; y les dejamos... una miseria, un 26 por 100 de lo que es tan suyo, como es mío el campo que heredé de mi padre. Yo pregunto al señor ministro de la Gobernación, a quien ruego me mire con mejores ojos que días pasados, y no juzgue tan desventajosamente de mis opiniones, y no tenga el mal gusto de calificarlas de anárquicas y subversivas; yo le pregunto: puesto que los pueblos vendan sus bienes, porque no creo que contra la voluntad de ellos podamos venderlos, ¿con qué derecho os apoderáis de la quinta parte? Confieso mi ignorancia; no conozco ese derecho.

 

Yo sé que el tutor goza de la décima parte de la renta, por el cuidado de los bienes que administra, del menor, que es su dueño; pero si se venden los bienes raíces, el tutor no tiene esa décima. ¿Quién, pues, dio al Estado el derecho a esa quinta de los bienes del pueblo? Mostradme la ley que lo declare, en tanto os digo que nos apoderamos de lo que no es nuestro, hollando a la justicia y dando al mundo ejemplos ilustres de funesta inmoralidad.

 

Decía que el 80 por 100 se reservaba a los pueblos por la ley de Mayo. Nosotros, señores diputados, tomamos las dos terceras partes de ese 80 por 100; porque, ya se ve, amamos sobre todas las cosas la centralización, que, como dije el otro día, será la vida de Madrid, pero es la muerte de las provincias.

 

¿Queréis caminos, mejoras o adelantos materiales? Pues los pueblos, las provincias, según vosotros, no saben hacer caminos, nada entienden de mejoras: que se traiga todo a Madrid; que se haga todo desde Madrid; es mentira lo que dijo un hombre ilustre: que desde lejos se gobierna bien; pero sólo se administra bien desde cerca. Vosotros, los hombres que gobernáis, queréis cuidar de nosotros, pobres hombres de provincia. Me duele que os toméis tanto trabajo; nos cuidáis demasiado. Y francamente, a mí me parecería bien que permitieseis a las provincias que hicieran algo, que se entretuvieran en algo: no sea que al fin, por hacerlo vosotros todo, y ellas nada, se lleguen a fastidiar las provincias.

 

Mas dejando esto aparte, si un señor diputado decía ayer que algunos de nosotros teníamos escrúpulo en punto a si nos asistía facultad para vender esos bienes, yo confieso ingenuamente que soy de los escrupulosos; y eso que acabo de oír con sumo gusto al Sr. Alonso Martínez, que tras algunas observaciones filosóficas, ha citado ejemplos de Roma.

 

¿Pero su señoría no recuerda lo que las leyes romanas disponían en cuanto a la adquisición de bienes por los colegios no ilícitos? ¿No sabe que el colegio no ilícito podía adquirir, y que la ley aseguraba y defendía como inviolable su propiedad? Su señoría afirma que la comunidad no tiene el dominio de sus bienes como el particular, que no es tan dueño de ellos como el individuo. Estad, si no es falaz la memoria, han sido sus palabras. Pues yo creo que la comunidad, si me permitís expresarme así, es una personalidad más grande, más perfecta que la del individuo particular, y tiene sobre este la ventaja de vivir siempre, de ser imperecedera...

 

Estaba hace un momento oyendo al Sr. Alonso Martínez, y me ocurrían no pocas observaciones, que no sé si podré expresar con alguna lucidez, porque no me siento bien esta tarde, y tengo la cabeza débil, y no hallo, como otras veces, obediente y pronta la palabra a mi voluntad. Pero más o menos desaliñado el discurso, confío en que aparecerá clara la verdad a vuestros ojos.

 

Si yo poseo una gran propiedad, no me negareis que nadie contra mi voluntad podrá despojarme de ella; mi propiedad será inviolable. Pues bien: si o muero poseyéndola, dejo cuatro hijos; estos se dividen casi todos los campos que componen mi herencia; pero se conciertan en dejar alguno que será común, y en dejar común el valle que brinda con pastos, el monte que da leñas. Mis cuatro hijos tuvieron otros y crecieron y se multiplicaron, y lo que fue al principio una familia convirtióse a la postre en un pueblo. Decidme, os ruego: su propiedad, por ser común, ¿será menos respetable? La unión de muchos derechos, ¿hará morir al derecho?

 

Ha hablado el Sr. Alonso Martínez, aunque vagamente, de escuelas filosóficas; nos ha asegurado que según sus doctrinas hay diferencia entre la propiedad particular y la propiedad corporativa; entre la propiedad de un hombre y la propiedad de un pueblo. Yo, lo que quiero saber, señor diputado, es cuál de esas escuelas filosóficas proclama que se debe respetar la propiedad del individuo y se puede violar la propiedad del pueblo. Yo no conozco sino una escuela que esto proclame: la escuela revolucionaria.

 

Mas ha dicho su señoría: “hoy tratamos solamente de llevar a efecto una ley; la venta está ya acordada; en esta ley no podemos modificar la de 5 de mayo.”

 

¿Cómo que no podemos? Yo digo que sí podemos. Y sabed que me lo han enseñado; y diré el nombre del maestro: es nada menos que el conde de Lucena. Puede, pues, el señor Alonso Martínez, si gusta, hacer la oposición al señor conde de Lucena.

 

Recordaréis, señores diputados, que el Sr. Vidarte probaba ayer que la facultad que pedís para disponer de los fondos sobrantes de la sustitución militar era contraria a la ley de reemplazos y a la Constitución. Y el conde de Lucena respondía: “pues por esto quiero ahora que se me autorice; quiero que se modifiquen ahora esas leyes por esta ley.” Quería modificar el Sr. Presidente del consejo por medio o en medio de una ley de carreteras, otra ley sobre contribución de sangre.

 

Al discutirse, pues, este proyecto de ley, que llamo impropiamente de carreteras, y por consiguiente retiro la calificación, estoy en mi derecho combatiendo la venta de los bienes del pueblo; y la combato, no sólo como perniciosa, sino también como ilegítima. Os digo en voz alta que no podéis vender contra su voluntad los bienes de los pueblos. Arrojo en medio de vosotros esta cuestión; bien recordáis que todos la han eludido; sólo un diputado trató de resolverla. El Sr. Sánchez Silva, que se sienta cerca de mí, hombre de corazón y de cabeza, pero cuya imaginación enardecida por el sol de Andalucía, le llevará algunas veces más lejos de lo que él quisiera: el Sr. Sánchez Silva, arrastrado por su imaginación, dijo, contestando al Sr. Orovio: “No repara su señoría en que las ventas se hacen por la ley... y en que no hay más propiedad que por la ley.”

 

(El Sr. Sánchez Silva: Es cierto.)

 

El Sr. APARISI Y GUIJARRO. ¿Ha repetido su señoría que es cierto? No lo digáis vosotros, señores diputados, no deis a Proudhon un día de júbilo. ¿Conque no hay propiedad sino por la ley? ¿Conque la ley la hace y por consiguiente puede destruirla? ¡Ah! Señor Sánchez Silva, ya sabe su señoría que le tengo en mucha estima; quiero mucho a su persona, pero aborrezco con toda mi alma su doctrina. ¡Conque no hay propiedad sino por la ley!..

 

Pues, señores, viví engañado: yo creía que la propiedad era una de las bases firmísima, cimientos de la humana sociedad; y si es cimiento y base firmísima de la sociedad humana, no puede depender de la voluntad movediza de los hombres.

 

Aquí se ha dicho alguna vez que las Cortes con el rey lo pueden todo: pues yo os digo que no profeso esas doctrinas serviles; las Cortes con el rey no lo pueden todo, sólo pueden ordenar lo justo; y las Cortes y el Rey y el pueblo, y todo el mundo si fuera posible que se reuniese y concertase para obrar contra justicia, obrarían mal, faltarían a Dios. Dios, señores diputados, ha dado a la naturaleza física sus leyes, a las cuales sino se ajustase, retornaría al caos. Dios ha dado al mundo moral los elementos necesarios para vivir y perfeccionarse conforme a sus miras divinas. Esos que llamé elementos son reglas de eterna justicia. Nosotros los legisladores debemos poner en nuestras leyes algún reflejo de esas leyes divinas; mas si las contrariamos, entonces, nosotros que somos las Cortes, y el Senado con nosotros, y el Rey con nosotros y el Senado, podrán hacer un acto legal, pero no un acto legítimo. Recordad las palabras de Bossuet: no hay derecho contra el derecho. Ahora bien; la propiedad es derecho natural; la ley humana no la crea, la ley humana la defiende; vosotros no podéis atacarla, porque ya os lo he dicho: no hay derecho contra el derecho.

 

Estoy, pues, porque el municipio siga gozando de sus bienes. Si alguno administra mal, para eso tenemos gobierno que le obligue a administrar bien. Si en Madrid hay orden, orden habrá en las provincias, orden habrá en los pueblos. Si fuese convenientísima a los mismo pueblos la venta de sus bienes, ilustrad la opinión. ¿No decís que todo queréis hacerlo ilustrando la opinión? Además que al Gobierno le sobran medios para lograr que el pueblo obre a su gusto; pero en último caso que sea el pueblo el que venda, y venda sin perjudicar a los pobres, a los que por ser hijos desheredados de la naturaleza, debe mirar como sus hijos predilectos la sociedad. Que venda el pueblo y que disponga del producto de sus bienes conforme a las leyes; que edifique un templo, construya un puente, haga un mercado, recomponga un camino... Pero no, no le despojéis contra su voluntad; no digáis jamás, señores diputados, lo que ha dicho el Sr. Sánchez Silva; no digáis que la propiedad existe sólo por la ley; acordaos de que Proudhon está en pie con el hacha en la mano, pronto a caer sobre el edificio social, que más de una vez ha temblado sobre sus mismos cimientos; ese es el hombre que ha gritado escandalizando al mundo: “El mejor Gobierno es la anarquía; la propiedad es un robo.” No deis, señores diputados, un día de gozo al Satanás de Charenton.

 

Ahora, señores diputados, os hablaré breves momentos sobre un punto grave, muy grave. Ayer al oír ciertas palabras del conde de Lucena, pongo por testigos a mis amigos, a los que se sentaban a mi lado, temblé todo como si fuera tocado de una chispa eléctrica; porque no cabía en mi cabeza que nosotros, diputados de la nación, que nosotros, hombres de bien, pudiéramos sancionar una injusticia sin nombre, y ¿por qué no he de decirlo? Una iniquidad.

 

A nadie ofendo, porque salvo la intención de todos. Tampoco acuso al Ministerio actual. Su Presidente nos dijo ayer que los Ministerios anteriores se habían comido los sobrantes de la situación militar; ruda y áspera frase es esa de comerse los sobrantes; pero añadió, que se los comieron empleándolos en las atenciones ordinarias. Halló así las cosas el ministro de Hacienda; y sin duda al poner la firma en el papel para formar ese proyecto, de la punta de la pluma se deslizaron estas tristes palabras: “Los sobrantes de la sustitución militar”. Pasó el proyecto a la comisión, y la comisión no se fijó o no profundizó este punto, y creyó que era llano y corriente hacer lo que se había hecho hasta entonces. Pero el Ministerio, pero la comisión, pero las Cortes, después de meditarlo bien, no pueden, no se atreverán a disponer que los sobrantes de la sustitución, ese depósito sagrado, se invierta en hacer caminos, ni aún en edificar templos. Ese dinero no es nuestro, y por consiguiente, no podemos llevar la mano a ese dinero. Perdonadme, señores diputados, si hablo con demasiado calor, oídme os ruego, con indulgencia, que yo os escucharé con respeto. Y sabed de hoy para siempre, que si en esta ocasión solemne, al tratarse de una cuestión de justicia y de humanidad, no pensara yo, y no hablara en el interés de vuestro nombre y por la gloria de esta legislatura, me tendría por indigno de sentarme en estos bancos; y sabed que si alguna vez, cayendo en la más miserable tentación, hiciera yo oposición al gobierno por una mira personal... me moriría de vergüenza.

 

No tengo ni puedo tener sino un solo interés, el de decir la verdad. Escuchadme, pues, señores diputados.

 

Hace algunos días suscitóse cuestión ardorosa entre el señor Madoz, gran diputado que siempre está sobre la brecha, aunque tiene la manía que sabéis, y el señor conde de Lucena. Si no me es infiel la memoria, contestando al señor Madoz, el señor conde de Lucena, “cierto que pedimos, dijo, 25.000 hombres, pero no entran en caja sino unos 17 o 18 mil.” Yo oí estas palabras, y dije para mí: “por más que se diga de los españoles, nuestros hombres de gobierno llevan ventajas a los de todos los demás países. Nuestros hombres de gobierno han encontrado el modo de imponer a la vez que una contribución de sangre, una contribución de dinero; porque si de 25.000 hombres redimen la suerte 7.000; sino falla la cuenta, producirá la redención una suma de 42 millones y 17.000 soldados.” Pensé además: “luego el gobierno pide más hombres de los que necesita; y así aumenta esa contribución terrible, esa contribución dolorosa que el pueblo, en su enérgico lenguaje, ha llamado contribución de sangre.” De todo lo cual concluí: “luego el gobierno no necesita pedir cada año más de 17 o 18.000 hombres para tener el ejército en pie de paz, y aún preparado para la guerra, y sin embargo pide 25.000.”

 

De esa idea nacía otra idea; pero se piden 25.000 hombres, concedéis el derecho de redimir y me parece bien; pero de tal modo empleáis el precio de la redención, que perjudicáis grandemente a los pobres. Por culpa vuestra, el derecho de redimir que era un beneficio, se convierte en un agravio. Sí, señores; no logrando, no buscando con el dinero de la redención llenar con otros hombres el sitio que dejan los que redimen; no haciendo esto, lo repito, la redención ya no es un beneficio, es una injusticia.

 

La demostración es obvia: el gobierno pide 25.000 hombres; suponed que no haya derecho de redimir; tendrá los 25.000 hombres; le sobran 7.000, porque con 17.000 o 18.000 cada año tiene bastante. ¿Qué sucedería en este caso? Que en el año viniente pedirá solamente 10.000. ¿Qué sucede ahora? Habiendo derecho a redimir, pero empleando el gobierno los sobrantes en atenciones ordinarias, o queriendo emplearlas en extraordinarias, si este año pide 25.000 hombres, 25.000 vuelve a pedir el venidero. Y muchos pobres que, si se empleasen, como se debía, los sobrantes, permanecerían en sus casas, se han de arrancar de sus casas y de las personas a quienes ama su corazón y han de resignarse a vivir largo tiempo bajo rigurosa disciplina, y acaso morir en un campo de batalla, lejos de su pueblo y de su madre.

 

Esto no puede, no debe continuar así; sería injusto, sería inicuo; perdonadme, señores diputados, y no os ofendan mis palabras; aquí dentro de mi corazón no hay ofensa para nadie. Yo veo la luz, y digo “es luz”; y si alguno se empeña en hacerme creer que son tinieblas, yo me desespero y grito, señores, “que es luz”.

 

Pues, señores, de ese sobrante de la sustitución militar, de eso no podemos disponer nosotros; ese dinero no es nuestro. Muchos pobres han servido o sirven con el fusil al hombro porque el gobierno se ha comido ese dinero, o porque ese dinero está en nuestras cajas, en la caja del Estado.

 

No hablemos, pues, hoy de ese sobrante; venga una nueva ley de reemplazos, y entonces hablaremos. Vosotros entonces, y yo también, emitiré alguna opinión que parecerá atrevida y será justa, y he de hacerlo aún a riesgo de que me llame revolucionario el Ministro de la Gobernación, y a fe que deseo que su señoría se cure de espanto, y no se maraville de que yo, que vengo de muy atrás, vaya muy adelante.

 

Yo, señores diputados, aunque me duele grandemente en el corazón, no puedo por menos de estar por la existencia de las quintas. Yo sé que el sueño del buen abad de San Pedro no es más que un sueño; yo sospecho que la guerra, ley misteriosa del mundo físico, es ley también misteriosa del mundo moral. Y sea lo que fuere, la Europa está armada, y nosotros debemos estarlo para defender, en su caso, la propiedad y la familia. Pero conservando la quinta, debemos hacer esta contribución, en cuanto sea posible, suave y llevadera, y sobre todo, debemos hacerla justa.

 

Venga, pues, lo deseo mucho, la ley de reemplazos; pero entonces, pero ahora, pero en ningún tiempo el precio que dan los que redimen su suerte podrá destinarse a otro objeto que no sea el que tiene prevenido la ley, el de proporcionarse hombres que ocupen el puesto de los que se libraron de esa suerte por dinero.

 

Esto, señores, me parece tan claro que no acierto a explicarme cómo vosotros podéis abrigar alguna duda. ¿Queda alguna en vuestro espíritu? Pues yo trataré de disiparla; creía que no era necesario decir más; pero algo más diré y pondré un ejemplo. Un pueblo tiene 20 mozos sorteables, se le piden cinco soldados; la suerte los designa. Entonces nosotros (gobierno) decimos a esos cinco soldados: “Si alguno de vosotros tiene 6.000 reales y quiere entregarlos, queda libre”. Se adelanta de entre ellos uno y dice: “Ahí tenéis los 6.000 reales, y me voy a mi casa.” Muy enhorabuena. Si enseguida yo con esos 6.000 reales, busco un hombre y le pongo en su lugar, hago un favor al que libro, pero a nadie hago injusticia. Pero si tomo los 6.000 reales, me los guardo en el bolsillo, y dejo de cubrir aquel hueco y pido otro hombre y arranco a un pobre hijo de los brazos de su madre, ¿no es una iniquidad que clama a Dios y a los hombres?

 

Aquel desdichado podrá decir: “a mí no me tocaba por suerte ir soldado; yo soy soldado porque un joven rico os ha dado dinero; Dios os pedirá cuenta de los dolores de mi madre.” Si yo le contestara: “consuélate, que yo con ese dinero haré un camino”, el me replicaría ¿”cómo, señor? Si el camino favorece al pueblo, que lo haga el pueblo; si a la provincia, la provincia; ese dinero es el precio de mi sangre”. Si yo le dijera: “pues no haré camino, haré un templo”, él podría contestarme: “Dios, que es bueno, verá indignado que levantáis un tempo con el dinero, que es el precio de nuestra sangre...” Que el que tenga dinero y lo dé, redima su suerte, se comprende bien; pero el precio de su libertad no puede emplearse sino en buscar otro hombre que ocupe su vacío; y si se necesita más dinero para encontrarle, será necesario subir la suma del rescate; y en último caso, si es que un hombre hubiese de ir a ocupar el puesto de aquel que se redimió, se ce de su peso que debería entregársele por lo menos el dinero con que redimió su libertad el hombre a quien la suerte había designado como soldado.

 

Esto que digo no es revolucionario, ni anárquico, ni sedicioso; esto es verdad, y si esto es verdad, lo sedicioso, los revolucionario, es el proyecto que se discute, salva la intención de sus autores.

 

He dicho antes que no me sentía bien, y digo ahora que me faltan las fuerzas y el aliento... me indican ahora mis amigos que hable de los bienes de Beneficencia. El otro día levanté mi voz y fui vencido; hoy ha sonado una muy elocuente, la del Sr. Balmaseda. Él ha dicho cuanto podía decirse, y lo mejor que podía decirse en favor de las casas de piedad. No debo, no puedo añadir una palabra a las suyas: le doy las gracias en nombre de los pobres.

 

Señores diputados, vendiendo los bienes de propios y quedándose el Gobierno con la mayor parte de sus productos, atentamos contra la propiedad. Señores diputados, destinando el producto de la sustitución para caminos, y si queréis para templos, atentamos contra la persona. Por este camino no se va a la libertad; si no sabéis ser justos, ¿cómo llegaréis a ser libres?.. Y puesto que he hablado de libertad, recuerdo ahora que tengo una cuentecilla pendiente con el Sr. Ardanaz y quiero saldarla.

 

Hace pocos días, en un discurso elegante, que revelaba, o yo me engaño mucho, a un ministro futuro de la Hacienda española, manifestó que yo me había dolido porque en los años pasados se malrotaron en España 2 o 4.000 millones; pero que no consideraba que con ese precio habíamos conquistado la libertad, y me presentó a los ojos de todos vosotros como hombre que la tenía en poca estima. Yo pregunté por el nombre de su señoría, porque me cautivó su elegante decir; dijéronme el nombre: pregunté por el del distrito que le había elegido diputado; no acertaron a decírmelo, pero sí que su patria era Vizcaya. Púseme entonces las manos a la cabeza y dije: “Ya no falta más que oír ni que ver: un hijo de Vizcaya encuentra en España libertad.”

 

A mí, señores diputados, no me duele el dinero para comprar el género legítimo y bueno, pero en cuanto al género de contrabando, y además averiado, si me lo venden por nada, esto es, si me lo regalan y me lo traen a casa, en mi casa me estorba y me incomoda, y al primero que pasa por la calle se lo doy, y aún le pongo dinero encima.

 

El Sr. Ardanaz soñó sin duda que España se sentaba y se cobijaba y se regalaba a la sombra del árbol de Guernica. No, Sr. Ardanaz, ese árbol no crece en nuestras tierras; no fuimos a cortar de él algunas ramas para plantarle, regarle y cuidarle en nuestra patria; fuimos a tierras extrañas y trajimos una planta exótica, y la plantamos y aún la regamos con sangre, pero como nuestra tierra no la ama, por eso no crece como el árbol de Guernica y extiende sobre España sus ramas benéficas; sino que es arbusto miserable y raquítico, cuya sombra, en vez de consolar, envenena.

 

Ahora, si el Sr. Ardanaz encontrase el secreto de convertir todas las provincias españolas en provincias vascas, yo Gobierno, para pagarle el secreto vendería... pero no... no vendería nada, porque dentro de poco no tendremos ya nada que vender. Las Cortes van a votar ese proyecto; el conde de Lucena va a hacer almoneda de los muebles y alhajas de esta gran casa que se llama España... No puedo más. He dicho.

 

Contestó al discurso anterior el ministro de la Gobernación Sr. Posada Herrera, y rectificó.

 

El Sr. APARISI Y GUIJARRO: Después de la introducción... el discurso. La introducción no muy bien: el discurso no ha estado mal. En la introducción su señoría ha seguido con la misma, no diré manía, por no ofender a su señoría, que le preocupaba en otra ocasión de creer mis ideas anárquicas y revolucionarias. Muchos se pasmarán al saberlo. Si su señoría no se ofendiese y si me perdonara, contestaría a su introducción lo que va a oír el Congreso.

 

Shakespeare, como sabe su señoría, fue un gran poeta, que escribió dramas inmortales, y entre otros el Hamlet. Presenta en la escena a Hamlet con un libro en la mano, leyendo con profunda meditación al parecer, y Polonio, que anda por allí, le pregunta: ¿Qué lees, Hamlet? Y Hamlet responde: palabras, palabras, sólo palabras.

 

Francamente lo digo: si yo llegase a ser ministro, de cuya calamidad me libre Dios, porque ya en otra ocasión dije que ni ministro siquiera deseaba ser, de seguro que no podría encontrar más hábil maestro que su señoría. Y entonces, si hubiese un diputado que de buena fe amase la libertad, y que por añadidura hubiera presentado cierta proposición en consonancia con el célebre axioma de las castañuelas; si hubiese, repito, un diputado que confesara ser necesaria la quinta, pero que era injusto que se concediese el derecho de redimir y que el derecho de la redención no se empleara en buscar sustituto al redimido, yo ministro le contestaría perfectamente, llamándole revolucionario; que esto es lo que ha hecho conmigo el Sr. Posada, aunque ha salvado mi intención.

 

Por lo demás yo no me levanto contra todo lo existente: confieso que en lo existente hay cosas buenas; entre otras su señoría; pero digo que la libertad que reina por aquí, no acaba de gustarme: esto no es libertad, no es género bueno y legítimo, es de contrabando y averiado.

 

En cuanto al discurso, ¿ha contestado su señoría a mis argumentos? Su señoría cree que sí. ¡Vaya en gracia! Y a fe que no me ha hecho poca, cuando ha dicho que yo confundía deplorablemente las ideas. ¡Ah, señor ministro! Me parece que esta vez es su señoría quien lo ha confundido todo. Yo he dicho que no podíamos vender esos bienes sin contar con la voluntad del propietario. ¿Ha probado su señoría que podíamos venderlos?

 

Nos ha citado un texto de san Agustín; parece que su señoría tiene afición a la Iglesia; ya no extraño que en cierto proyecto de ley reciente se haga una especie de Padre Santo. En cuanto al texto, si yo le viera, lo explicaría; mas presumo que San Agustín querría distinguir los bienes de la Iglesia, sociedad divina, de la porción de terreno que los emperadores podían dar a servidores suyos, los cuales en efecto la recibían del emperador, pero tenían sobre él legítima propiedad. El título o el medio por donde lo recibían era humano, digámoslo así, lo cual no impide que la propiedad que en virtud de ese título adquirirían, fuese de todo punto inviolable. De suerte que el emperador que la dió, no podía quitarla.

 

Más aún que corporación, quiero llamar al pueblo comunidad; el pueblo se compone de una porción de individuos, y cada uno de ellos tiene derecho sobre la cosa común. Yo lo tengo y otros lo tienen; mas porque lo tienen otros ¿será menos respetable mi derecho? Su señoría decía: no negamos la propiedad de los pueblos, reconocemos esa propiedad. ¡Vaya un modo de reconocerla! Anda uno por la calle y le digo: “reconozco que la capa es tuya, pero dame la capa”. Así decimos a los pueblos: “esos bienes son vuestros, pero os vendemos los bienes”. Y al fin, si el producto de ellos fuera para el pueblo, ya se comprendería, o por lo menos se podría disputar sobre el derecho o cohonestar el abuso; pero no, lo primero que hacemos es apoderarnos del 20 por 100, a seguida de dos terceras partes del 80 restantes; por estas es verdad que damos títulos intransferibles y pagaremos los intereses, ¡sí señor! Si los apuros del Erario lo consienten; o lo que es más cierto, aumentaremos la contribución para pagarlos, y como el pueblo paga la contribución, el pueblo se pagará a sí mismo.

 

Yo he preguntado al gobierno. ¿Con qué derecho os reserváis el 20 por 100 de los bienes de propios? Y el señor ministro de la Gobernación me ha contestado: no sé que tengamos derecho ninguno.

 

(El Sr. Ministro de la Gobernación: No he dicho eso.)

 

Pues al menos lo ha dado a entender, ya que por única razón me ha citado el sr. Bravo Murillo, persona de muchos merecimientos, y me ha dicho que el Sr. Bravo había hecho lo mismo.

 

El Sr. Bravo Murillo no es infalible, y creo que su señoría tampoco; y hablando franca y seriamente, o se prueba que hay derecho, o no se prueba: y si no se prueba, no podéis apoderaros de esa quinta parte de los bienes; porque este hecho, sino os salvara la intención, en el orden moral tendría un nombre, y otro en el Código penal.

 

No hay derecho, y me afirmo en esta opinión, porque su señoría, que sabe mucho, no ha sabido demostrarme que lo hay.

 

 

Yo dividí mi discurso en dos partes; en la una he dicho: “atentáis a la propiedad”; en la otra: “atentáis a la persona”, y por cierto que me ha dolido en el alma que el señor O´Donnell no estuviera presente, porque si bien en cuanto al estilo valía poco, y en cuanto a verdades ha sido bueno; y casi estoy seguro...

 

(El Sr. Presidente: Sr. Diputado, ruego a su señoría que se limite a rectificar, y no haga un nuevo discurso).

 

El Sr. APARISI Y GUIJARRO: Concluyo pues. El señor ministro de la Gobernación ha dicho por fin que yo no había salido de Valencia. Se equivoca su señoría; yo he venido a Madrid, y lo siento muchísimo.

 

Rectificó a su vez el Sr. Ministro de la Gobernación, y de nuevo

 

El Sr. APARISI Y GUIJARRO: El señor Ministro de la Gobernación me ha llamado poeta y sofista. ¡Qué lástima! Yo no sabía que su señoría padecía de ictericia, y que lo ve todo del color que tiene en el ojo.

 

Ha dicho su señoría que si yo era neo-católico, lo dijera sin vergüenza. ¡Vergüenza yo! Lo que hay aquí (señalando a la cabeza) está aquí (señalando el corazón). Pero ¿cómo he de decir que soy neo-católico, si mi padre fue católico, si lo fue mi abuelo, si lo fue mi bisabuelo, si soy católico, en fin, por los cuatro costados? ¿Qué es ser neo-católico? Yo busco esos pájaros extraños y no los he encontrado; yo no comprendo que haya más que católicos más o menos pecadores. Puede haberlos hipócritas (Varios señores diputados: Eso, eso.), puede haberlos; pero ¿hay alguno que crea más de lo que cree nuestra Santa Madre Iglesia? ¿Hay alguno que quiera más? Yo no los he encontrado por lo menos. Por consiguiente, yo daré la mano, yo estrecharé con efusión la mano de esos hombres a quienes llamáis neo-católicos, y que son tan católicos como yo y mejores que yo.

 

No recuerdo, ni recuerdan mis compañeros tampoco, si el señor ministro de la Gobernación ha dicho alguna otra cosa que deba rectificar: si algo ha dicho su señoría lo veré en el Diario de las Sesiones, y ocasión llegará de que saldemos cuentas.

 

Habló después el Sr. Alonso Martínez, como de la comisión, y siendo avanzada la hora, le contestó brevemente.

 

El Sr. APARISI Y GUIJARRO: En cuanto a la ley que el Sr. Alonso Martínez ha citado, me contentaré con decir que es costumbre entre los abogados no hablar de leyes sin tenerlas delante.

 

En cuanto a lo demás, su señoría ha hecho pruebas de ingenio; ha tratado de la filosofía del derecho; ha sutilizado maravillosamente para encontrar diferencias entre la propiedad de la comunidad y la propiedad del individuo. Yo no digo que no haya diferencia; lo que digo es que unos y otros son propietarios; que una y otra propiedad están amparadas por la ley; que una y otra son inviolables. Su señoría no ha probado lo contrario; y no digo más, porque es ya tarde, y esta cuestión no puede tratarse a la ligera. Únicamente añadiré, y concluyo, que si algún día viene- lo que sentiré en el alma,- la revolución, me alegraría mucho de que hubiese cursado antes la filosofía del derecho, para que no convierta mis tierras en papel; pero temo que la revolución no se ocupará en estudiar filosofía del derecho.

 

En la sesión del siguiente día, 18 de febrero, contestando al señor Mendez Vigo, volvió a hablar sobre el mismo asunto, pidiendo la palabra para rectificar y para alusiones personales

 

El Sr. APARISI Y GUIJARRO: Quinta esencia del discurso del señor Mendez Vigo...: que yo no soy lo que parezco, y que su señoría no me entendió en el día de ayer. En Valencia, en las últimas elecciones había dos hombres que tenían un interés vivísimo en que no fuera yo diputado. Estos dos hombres eran el señor Mendez Vigo, y yo. Muchos años hacía que vivía en mi casa y retirado y oscuro; pero ¿qué queréis? Llevaba en esto mi idea, tenía escondida en mi casa la ambición, y paseaba mi candidez por las calles. Porque yo no soy lo que parezco: yo soy un hipócrita de candor; bien que el Sr. Mendez Vigo con su doble vista de espíritu, descubre mis astucias y adivina mi grandeza futura. Oía yo al Sr. Mendez Vigo, y decía a mi orgullo: cállate; ¡en cada esquina de las calles de Madrid hay un presidente del Consejo de Ministros, no creas tú que puedas llegar a ese último asiento! ¡Conque yo tengo tan grande ambición! Si yo supiera donde se vende la ambición, la compraría; porque ella me daría una vida borrascosa, pero al fin vida, y no padecería una triste enfermedad, que se llama fastidio, inapetencia de alma. No sé hasta ahora que haya nada en la tierra que pueda llenar el inmenso vacío de mi corazón. ¡Presidente del Consejo de Ministeros! Como lo son los de España probablemente, a quienes se puede aplicar las palabras con que la Escritura pinta bellamente la instabilidad de las cosas humanas: “viven como una flor, pasan como una sombra.” No, Sr. Mendez Vigo; no quiero ser, lo repito, ni presidente del Consejo siquiera.

 

Pero yo, señores, he oído a mi amigo el Sr. Mendez Vigo, y estoy seguro de que hallarán en su ánimo buena acogida mis palabras. Estoy seguro de que no se ofenderá por lo que voy a decir; ¡y cómo se ha de ofender, si me han convencido sus razones! Yo, que hasta hoy había creído que esto que se llamaba libertad no era más que una sombra, una mentira de libertad, digo ahora que efectivamente es una diosa que bajó del cielo, y digo que reina entre nosotros la justicia y la paz, y que no hay partidos en España, y que todos somos uno. Yo creía que en este país, por desgracia, cuantas más leyes, había más corrupción; cuanto más ensanche en las formas políticas, más desenfreno; cuanto más publicidad, menos vergüenza. Me engañé, señores; el Sr. Mendez Vigo me ha convencido, y me complazco en confesar que entre nosotros todo es paz, justicia y libertad; que el presupuesto va siempre en baja, y en alza el pudor y la virtud.

 

Yo creía que nuestra enfermedad no se curaba con emplastos de unión liberal: me engañé ¡Viva la unión liberal! Me ha convencido el Sr. Mendez Vigo. Yo he tratado mal a ese ángel de libertad que desconocía; yo he tenido la desgracia también de hacer la oposición. ¿Qué digo hacer oposición? He tenido la desgracia de no encontrar en mi conciencia infalible al ministerio, lo cual ha sido parte para que su señoría se encienda en ira: y arrebatándose, coja la maza de Hércules, y ¿contra quién? ¿Contra algún presidente del Consejo de Ministros? No, señores, contra un abogado, pobre, oscuro, que hoy es diputado contra su voluntad. Pero este abogado oscuro tiene obligación, hasta por interés de sus amigos de Valencia, de decir de dónde viene, y a dónde va: pregunte su señoría al señor Presidente si puedo hablar dos horas, y yo se lo diré; porque es cosa que no puede tratarse a la ligera; y si esto no se puede recabar, su señoría, esta noche o dentro de dos o tres días en las secciones puede contribuir a que se autorice la lectura de una proposición que tengo presentada, y entonces diré yo de dónde vengo y a dónde voy: y no solo, sino con muchos, buenos y leales y distinguidos amigos de Valencia; y no solo, sino con la mayoría del país, ansiosa de paz, justicia y libertad verdadera. Por eso personas que valen más que yo, proclamaron en Valencia la “unión española”, unión que ansían las almas generosas, unión de los hijos de la misma patria, a quienes calienta el mismo sol. Entonces expondré yo mi sistema, que es mucho más justo, y por consiguiente más liberal que el que ahora nos rige.

 

¡Me ha hecho gracia el Sr. Mendez Vigo! ¡Que si quiero que mi patria tenga caminos y armada! ¡Que si quiero mejoras! ¡Pues no he de querer! ¡Si me parece que voy despacio por camino de hierro! ¿Qué leyes justas propondrá nadie, que yo, siendo justas, no vote? ¿Qué propondrá su señoría para mejorar sobre todo la suerte de los pobres, que no me tenga a su lado?

 

Señores diputados, he dicho: vengo de muy atrás, pero voy muy adelante. Quiero conservar los principios inmortales de nuestros padres, el fuego sagrado de la sociedad. Recibo la herencia de nuestros padres a beneficio de inventario; lo bueno es mío, lo malo lo aparto: mas aun cuando erraron, quiero parecerme a los hijos buenos de Noé, que cubrieron piadosamente la desnudez de su padre, sin olvidar sus errores para no caer en ellos. Y quiero ir adelante, porque esta no es solo la ley de la razón, esta es la ley de Dios; y si hablase ahora con el Sr. Posada Herrera, que tan entendido se muestra en estas materias, le citaría el texto del Evangelio, sed perfectos, como vuestro Padre celestial. ¡Ahí es nada el camino que tenemos que andar!

 

Ha dicho su señoría que he hablado con desdoro del papel del Estado, y tiene su señoría razón: desde este momento propongo la enmienda. Y pregunto: ¿cuál es el valor de este papel? El valor nominal, 1.000 rs.; pues yo le daré 1.500, en tanto que todo el mundo, gente retrógrada, dan cuatrocientos y pico solamente. Le aprecian poco, ¿no es verdad? Yo en adelante le apreciaré mucho; esté contento su señoría.

 

Su señoría se ha escandalizado de que yo dijese que vendiendo los bienes de los pueblos, y nombrando los alcaldes, se mata el municipio, pues yo había creído decir una grandísima verdad. ¿No se asesina la libertad del municipio, del que habéis dicho que fue madre de nuestra libertad? Si le nombráis el alcalde y le quitáis los bienes, ¿qué le queda? Ya sabe su señoría, merced a la libertad que nos rige, cómo andan los pueblos; ya sabe su señoría que, divididos y encontrados, van los jefes de uno y otro bando a buscar amparo y protección a la ciudad, van a buscar a don Juan o a don Pedro, a quienes dicen: dadme el mando del pueblo, y yo os daré… mi consecuencia. Su señoría sabe que este es un principio de servidumbre y de corrupción, que yo aborrezco; porque, lo repito, soy libre como los vientos en el mar, pues hasta ahora, ¡gracias a Dios! Sólo tengo un consejero y un rey, que es mi conciencia.

 

Pero, ¿qué ha dicho su señoría contestando a mi discurso? ¿Me ha probado que nosotros buenamente podemos vender a los pueblos sus bienes y quedarnos con el producto de ellos? Paréceme que no: la cuestión, pues, permanece intacta.

 

Yo he probado que el sobrante de la sustitución militar no podemos emplearlo en caminos; que eso sería una injusticia; que sería una iniquidad. Aunque confusamente, he creído entender a su señoría que convenía conmigo en algunas de mis apreciaciones; pero ha añadido que con ese dinero levantaríamos cuarteles. Cuarteles debemos tener, señores, sin necesidad de ese dinero. Pero su señoría no podía contestar en este punto a mi discurso. ¿Cómo había de contestar? Yo decía: concedéis a uno el derecho de redimir su suerte de soldado mediante la suma de 6.000 rs., con la que debéis poner un hombre; si le ponéis, no hacéis con ello perjuicio a nadie; pero si en lugar de comprar un hombre se llama, más pronto o más tarde, a quien no corresponde servir, obráis con gran injusticia.

 

Dice su señoría que yo tengo ambición; no es verdad... pero acabo de faltar a la verdad; en este momento la tengo de salvar los bienes de los pueblos; la tengo de que sea reformada la ley de reemplazos para mejorar la suerte del pobre. Yo he visto muchos pueblos el día de la quinta: su aspecto lúgubre; a los padres azorados; las madres, a quienes el dolor empuja, llorando hacia la plaza pública. Y al recordar estas escenas me he dicho: si pudiera lograr en unión con mis compañeros, que ese sobrante se invirtiese en adquirir hombres, se conseguiría que muchos que no deben servir permaneciesen en sus casas al lado de sus familias, y se evitarían muchas lágrimas, muchos dolores al corazón de las madres. Tengo esa ambición, sí, y quisiera que tocado por ella el señor conde de Lucena, se levantara y dijese: “Basta, hay duda por lo menos de que no es justo lo propuesto; retiro en esta parte el proyecto de ley; meditaré, y traeré la ley de reemplazos.” Si así obrara, créame su señoría, aparecería grande a mis ojos.

 

No recuerdo más de lo que ha manifestado el Sr. Méndez Vigo, de quien deseo quedar amigo. Su señoría me ha atacado; pero este ha sido uno de los sinsabores que no pude prever, cuando tuve el gusto de verle en Valencia. Su señoría no puede ofenderme, y si me ofendiera está perdonado; más permítame que le diga en conclusión: su discurso ha sido bueno, pero después de oírle no pude menos de exclamar:

 

Cosas tenedes el Cid, Que farán fablar las piedras.

 

El Sr. Olózaga terció en el debate con un extenso discurso, y habiéndose hecho cargo de lo dicho por el Sr. Aparisi en el suyo, rectificó de nuevo en la sesión de 19 de Febrero.

 

El Sr. APARISI Y GUIJARRO: Voy a rectificar muy brevemente. Ante todo diré que tiene razón el Sr. Mendez Vigo: no me sentí ayer ofendido por sus palabras; creo en su buena amistad y en la lealtad de sus intenciones. Pero no tiene razón en cuanto dice que no estoy necesitado de los auxilios de otras personas. Necesito de muchos, y agradezco infinito el que me prestó ayer el Sr. Olózaga.

 

En cuanto a este señor, las palabras lisonjeras que la bondad con que me distingue y la amistad con que me honra pusieron en sus labios, no puedo ni debo aceptarlas; las devuelvo, pues, a la persona que las merece todas. Por lo demás si me duele que su señoría esté por que se vendan los bienes de las casas de piedad, agradezco que su señoría manifieste el deseo de que las casas de piedad adquieran otros bienes y los conservaran.

 

Lo que sí deseo es que convenga su señoría conmigo en que en ningún país han sido los pobres de tan buena condición como en España, que en ningún país ha habido tanto patriotismo y tan nobles aspiraciones como en España; y que si en algún país donde vuelve su señoría los ojos con frecuencia hay filantropía, en España sobreabunda la caridad; y la filantropía es un señor ostentoso que alarga la mano y socorre; pero la caridad es una madre que socorre abrazando.

 

Por lo que hace a ciertas apreciaciones del Sr. Olózaga, que respeto, y a alusiones gravísimas que ayer me dirigió, yo contestaría hoy, pero no lo hago porque he tenido la suerte de que se autorizaría la lectura de una proposición mía, y al apoyarla un día de estos, yo, que no soy defensor de todo lo antiguo, ni despreciador de todo lo moderno, después de decirle al Sr. Méndez Vigo de dónde vengo y a dónde voy, departiré con el Sr. Olózaga sobre si el sistema parlamentario, que no es el sistema representativo, puede y debe tenerse por género legítimo y bueno, o por género de contrabando, y además averiado. Y hablaremos también, señor Olózaga, sobre el socialismo, sobre la gran revolución que amenaza al mundo, y sobre los medios de conjurarla, procurando la unión de todos los españoles de buena voluntad.

 

He concluido; pero no: no quiero sentarme sin combatir una idea que he oído en el congreso y han repetido algunos periódicos: se ha dicho que nosotros somos defensores, no de los pobres, sino de los que administran sus bienes: se ha dicho que los bienes de las casas de caridad eran para los administradores; así como se ha dado a entender que los bienes de propios eran para los que los manejaban. Yo supongo que al decir esto nadie habrá pensado en Valencia, donde su administración es un modelo; pero si alguno piensa en el resto de España, considere que los bienes de propios los administran los concejales del pueblo, generalmente honrados; que los bienes de las casas de piedad los administran personas de arraigo y virtud en las ciudades; que el gobernador nombra a los alcaldes y es el presidente de las juntas de caridad... ¿Qué dirán, pues, qué pensarán de nuestra España los extranjeros, a cuya noticia llegue esta infundada y funesta acusación?

 

El Sr. Alonso Martínez contestó extensamente al Sr. Olózaga, y a algunas de las cosas dichas por Aparisi, por lo cual volvió a rectificar.

 

El Sr. APARISI Y GUIJARRO: De mil amores contestaría al discurso del Sr. Alonso Martínez; pero ya lo hará, como sabe, el Sr. Olózaga. Amó sólo se me consiente rectificar. Diré, pues, dos palabras. El Sr. Alonso Martínez me ha llamado soñador y utopista... ¡Qué buenos amigos tiene el conde de Lucena! Al atacarme a mí, le ha atacado; al llamarme utopista, llama utopista al Presidente del Ministerio. Pero yo soy utopista número primero, y el conde de Lucena utopista número segundo. Me temo que el conde de Lucena sienta ser el segundo en alguna cosa.

 

A la prueba. Un día creyó el conde de Lucena que podía curar a España con recetas de unión-liberal, y se levantó y dijo: “el bando moderado está dividido en cuatro partidos; el progresista en tres; los doy por disueltos y difuntos, y formo un gran partido proclamando la unión liberal”. Ahora digo yo: afuera palabras: ¿hay en España quien no quiera pan, justicia y libertad? ¿Por qué no hemos de proclamar, pues, la unión española? Pues qué, todos los españoles ¿no son hijos de una misma tierra, de una madre común?

 

El conde de Lucena y yo nos asemejamos... en que los dos somos soñadores; pero nos diferenciamos... en que yo sueño cosas grandes, y él soñó una cosa pequeña.

 

Ha dicho el Sr. Alonso Martínez que podía haber y que había unión, y que no existían partidos en tiempos del Cardenal Cisneros, porque el Cardenal Cisneros “estaba encargado de pensar por todos”.

 

Señor diputados, ya sabéis que estoy soñando: oigo en este momento una voz.. ¿Quién llama? Es la del cardenal Cisneros que pide la palabra. ¿Para qué? “El cardenal Cisneros manda al Sr. Alonso Martínez que estudie la historia de España...” ¡Ah, no se enoje vuestra señoría. Su señoría es buen abogado y buen orador, y habrá estudiado también la historia de España; pero esto sería antes de proclamarse la unión liberal; mas desde entonces acá la ha olvidado sin duda. ¡Cómo, señores! Es verdad que en tiempo de Isabel la Católica, descollaba entre todos aquel fraile inmortal, en quien todo era grandeza; el que levantaba con una mano la universidad de Alcalá, y abatía con la otra en Orán a la Media Luna; pero ¿era este hombre inmortal “el encargado de pensar por todos los españoles” en el sentido en que ha hablado el Sr. Alonso Martínez?

 

En aquel tiempo, ¿no éramos en armas los más famosos, en letras los más esclarecidos, en ciencias los más adelantados, en libertad los más libres?... ¡Y qué diputados aquellos!.. ¡Con qué dignos y libres acentos hablaban a los reyes!... ¡Y qué reyes aquellos! ¡Don Fernando y doña Isabel la Católica! Entonces había libertad, y confiesa el Sr. Alonso Martínez que había unión: ¿en que consiste que hoy la unión no es posible?... En que hoy, en vez de libertad, tenemos sistema parlamentario.

 

 

 

 
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