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Portal Avant de los carlistas del Reino de Valencia Pensamiento tradicionalista Álvaro D´Ors La función del Ejército

La función del Ejército

Pensamiento tradicionalista - Álvaro D´Ors y Pérez-Peix

LA FUNCIÓN DEL EJÉRCITO

 

En mi opinión, repetida ya en varias ocasiones, la función propia del Ejército es la de defender la integridad constitucional de esa comunidad: el Ejército es el defensor de la Constitución del Pueblo. Sólo él puede serlo, precisamente porque el Ejército no es el Pueblo, sino un órgano exterior a él, y porque sólo él dispone de capacidad para una violencia armada organizada. No cabe pensar que un Tribunal Constitucional pueda ser el defensor de la Constitución, porque aún admitiendo que tal Tribunal no es propiamente un órgano de autoridad judicial, sino de potestad política, como efectivamente suele ser, carece, sin embargo, de la fuerza de las armas: es un órgano de la misma Constitución, que debe ser defendido como ella y no puede defenderla. Pero hay que tener en cuenta que esa Constitución que el Ejército debe defender no es la accidental ley constitucional, sino la Constitución auténtica de un Pueblo, aquella que, en cierto modo, se integra, como algo inconmovible, en el derecho natural de ese pueblo. De ahí que los criterios de pura legalidad no sirvan para determinar el concepto de Constitución que el Ejército debe defender. Así, es el propio Ejército quién, en último término, puede hacer tal determinación, y esto no es más que el reconocimiento del hecho real de la debilidad de un poder que no cuenta con la fuerza de su propio ejército.

En esa función defensiva se combinan dos virtudes tradicionalmente esenciales del Ejército: la disciplina y el honor. Por la disciplina, el cuerpo militar se halla jerárquicamente organizado y actúa con rígida coherencia, sin la cual sería nula su eficacia. Por el honor, el Ejército debe atender siempre a ese alto cometido de defender la integridad constitucional de la comunidad que tiene encomendada. El conflicto entre las dos virtudes puede darse, y se da, en la experiencia histórica de ese órgano de defensa constitucional. Es claro, repetimos, que no se trata de defender la Constitución escrita que pueda tener accidentalmente aquella comunidad, sino una Constitución natural más permanente, la legítima de un Pueblo, que puede resultar de difícil concreción, pero que, evidentemente, puede hallarse en contradicción con la legalidad. También aquí, la legitimidad de tal sublevación armada dependerá del éxito, como hemos dicho que sucede en una sublevación armada contra el mismo Ejército dócil a la actual potestad. De hecho, en estos casos de sublevación militar, como fue el de nuestra Cruzada del 36, no deja de haber un sector del Ejército que sigue subordinado a la potestad legal, y, por tanto, sólo el éxito de esa contienda interna puede determinar cuál de los dos sectores ha defendido la integridad constitucional de la comunidad que tenía encomendada. Pero en el caso de nuestra Cruzada no se trataba de una contienda interna del defensor natural de la Constitución, el Ejército, sino de una legítima defensa frente al vacío de un poder, por lo que la sublevación militar, aunque no de todo el Ejército, fue legítima desde un principio, pues contra la ausencia de orden la causa del que trata de imponer uno es legítima, independientemente del éxito. La victoria de esta causa fundó la legitimidad del nuevo orden, pero la sublevación fue legítima por sí misma precisamente porque no existía orden alguno, sino un simple poder que no merecía el nombre de potestad.

 

 
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