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Carta de Manuel Fal Conde a José María Arauz de Robles de 1958

El Carlismo - Artículos de historia

 

Sevilla, 3 de enero de 1958

Sr. Don José María Arauz de Robles.

Madrid.


Querido José María:

 

He dejado pasar estos días para contestar tu carta del 23 en espera de esa copia entera de escritos que en el final de la misma me anuncias. Sin que me haya llegado, no puedo demorar mi respuesta viendo correr por ahí copias de esa tu carta a mí, nada menos que para seducir a incautos haciéndoles creer, a la vista de ciertas frases tuyas insinuantes, que yo estoy de acuerdo con vosotros.

 

 

Tengo comprobado lo que otros más autorizados han observado en sus vidas en todos los tiempos. Que las causas verdaderas se conocen por la nobleza de los procedimientos. Y por el contrario…

 

Pero para contestarte, sea lo primero corresponder al que dices objeto principal de tu carta: El encargo que don Juan te diera de transmitirme su saludo y de su interés por mi salud. Muy de veras lo agradezco y a ti te ruego le transmitas esa mi gratitud.

 

Lo segundo es relativo al motivo político de tu carta; tu relato del viaje que habéis hecho a Estoril a rendir pleito-homenaje a don Juan, reconociéndole como vuestro rey; vuestras hondas emociones ante tus declaraciones sensacionales, y, a lo que se ve de tu carta, tan purificadoras que, por virtud de las mismas, cambiasteis en el acto el tratamiento de Alteza por el de Su Majestad. Te agradezco también esas interesantes noticias.

 

Y con ello daría fin a la carta, evitándome la incomodidad que tiene discrepar de amigos muy queridos, si no me invitaras a tener- en frases tuyas que copio para más clara justificación de que eres tú quien me fuerza a manifestar mi parecer- “para este acto trascendental (el de Estoril) toda la posible comprensión, viendo en él el camino en lo político que continúe los esfuerzos que con tanto acierto llevaste tú- te refieres a mí amablemente- a cabo para hacer posible el Alzamiento Nacional, que don Juan en su escrito dice que, sin nosotros, nada se hubiera realizado”.

 

Yo también lo creo, y tengo en mucha estima que don Juan lo reconozca, que sin nosotros, mejor dicho, sin la Comunión Tradicionalista, no hubiera sido posible el Alzamiento Nacional, y hubiera peligrado su éxito, y no hubiera tenido el carácter de cruzada, y no hubiera levantado al pueblo español frente a la barbarie, a la que faltó eso, pueblo.

 

En lo que no estoy de acuerdo es en que ese vuestro acto que juzgas trascendental pueda ser el camino que en lo político continúe los esfuerzos de los que preparamos el Alzamiento. Porque nada más contradictorio, con la preparación del Alzamiento, con el Alzamiento mismo y con sus consecuencias, si han de ser legítimas, que la vuelta de las figuras representativas de lo caído el 14 de abril. Como se contradicen el mal y el remedio, la agresión y la defensa. No hay términos más antagónicos de lo que significa el 14 de abril y lo que constituyó la esencia del 18 de julio.

 

En esos esfuerzos- más que esfuerzos, inmensos sacrificios- para el Alzamiento Nacional, no puso un adarme, ni para ella se rindió uno sólo de esos servicios, la dinastía sepultada bajo los escombros de su propia destrucción.

 

¿Viste en Somosierra el alma de la dinastía de Sagunto? ¿De las familias reales, por cuyas causas había España mantenido tremendas guerras, cuál dio alientos a la Cruzada? ¿O es que no te acuerdas de los chistes que tú mismo sacabas de aquella infortunada banda de músicos con boinas verdes que reclutaban para su banderín de enganche y, acabado de reclutar, pegó el bote y se fue a los “rojos”?

 

Por el contrario, fue don Alfonso Carlos, el decrépito anciano de ochenta y siete años, quien levantó cien mil voluntarios, ejemplo de heroísmo. El mismo venerable rey que dejó legislado no sólo en este decreto de la Regencia, que habéis convertido en un mero cartel electoral declaratorio de principios lanzados al aire para el que los quiera recoger, sino que en su carta oficial al príncipe regente de 23 de enero y en su carta póstuma, documento testamentario, del 8 de julio, a mí dirigida y otra igual a don Javier, la terminante y concluyente exclusión de Alfonso XII y de todos sus sucesores.

 

También era ”18 de julio” el gloriosísimo y españolísimo general Sanjurjo, el que falló a nuestro favor mi discusión con Mola, y entre otros postulados que han quedado incumplidos, uno sí tuvo cumplimiento: el de la bandera bicolor que nosotros imponíamos como condición para el Alzamiento. Pues el general Sanjurjo, testigo de la mayor excepción de la trascendencia para la monarquía liberal y su dinastía de aquel “morir por la consunción del 14 de abril”, cuando al cerrar su acuerdo con la Comunión representada por don Javier, por Aurelio y por mí, en Lisboa, se resolvió aceptar la dirección del Alzamiento, con el Ejército, y se comprometió con nosotros, para, caso de que la conspiración militar fracasara, sublevarse con los carlistas solos para entronizar el rey que designara don Alfonso Carlos.

 

¿Representarían a la dinastía del 14 de abril Queipo, Mola, Aranda, Goded? No, José María, no. Justificar con verbalismos la vuelta de don Juan tuerce el curso de la Cruzada y desborda sus aguas a fuerza de querer remontarlas.

 

Tú mismo has razonado muchas veces, ya en el 43, cuando empezaste a descubrir tus inquietudes juanistas, que éste podía legitimarse, que las causas de exclusión que nadie puede negar existen en él, podían ser condonadas por don Alfonso Carlos. Y ya que no supo este príncipe buscar en don Alfonso Carlos la resolución del problema dinástico, tú sostenías- y aquí tengo a la vista cartas tuyas y proyectos de documentos- que don Juan únicamente podía rehabilitar su derecho sometiéndose a la Regencia, sustitución legal, perfectamente legítima, que sucedió a don Alfonso Carlos.

 

Pero este sobrenadar en todas las catástrofes, provocadas o no evitadas, padecidas por España…

 

No me he propuesto explanar aquí la tesis de la legitimidad del rey don Javier, ni el error e injusticia que constituye su antítesis, don Juan. Sólo he pretendido concretar mi contestación a lo que me pides, “posible comprensión” para vuestro acto político. Y con sinceridad de entrañable amigo he consignado lo anterior y seguidamente me referiré a otros puntos, todos relativos exclusivamente a tu carta.

 

Son los que me refiero dos elementos propagandísticos que en tu carta has puesto, faltando manifiestamente a la verdad y con fines de captación de voluntades: el uno, el atribuirte o atribuir a tus amigos con los que acudiste a Lisboa, el ser o al menos representar a la Comunión Tradicionalista. Me dices que en tu discurso de ofrecimiento de la comida de Estoril a don Juan le manifestaste “que la Comunión seguía como tal Comunión a su lado sin compartir el sitio con nadie”. Esto, José María, es muy grave. Tú no has podido decir eso. Porque es rigurosamente falso, y lo que no es verdad no puede decirse ni sostenerse y menos a un príncipe a quien se acaba de levantar sobre el pavés en categoría de rey. ¿Qué habrá creído don Juan de ti? Porque, no le des vueltas, es seguro que don Juan no te ha dado crédito. Lo que no puedo asegurar es que don Juan, formulando esas declaraciones, haya querido engañaros. Pero sí que estoy cierto de que él ha quedado convencido de que vosotros le habíais querido engañar, fingiéndose la Comunión Tradicionalista allí delegada y con plenitud de facultades para ponerse y seguir a su lado sin compartir el sitio con nadie. Y es natural que para ese sitio a su lado no estime igual su concurso, con ser de tan relevantes personalidades individuales, que el de la Comunión Tradicionalista que él sabe cuánto resiste, cuánto “empuja” y cuánto pesa.

 

Además, don Juan, príncipe curtido en el exilio, ha podido comparar la firmeza en las lealtades a lo carlista, con la frivolidad de las fidelidades palaciegas que han caracterizado a las Cortes liberales, y, en cuanto a la española, se manifestaron en aquella tristísima soledad del rey y la familia real el 14 de abril y… a la hora de la rectificación de errores, a la “hora de la verdad”, la banda de murguistas de las boinas verdes.

 

Acabemos: ni tú ni yo representamos a la Comunión Tradicionalista, pero yo pertenezco a ella y la sirvo con alma, vida y corazón.

 

Y el otro punto en que faltas a la verdad y pones- siempre me refiero a tu carta- equívocos engañosos, es lo a mí relativo: ¿Que yo no he pensado en rechazar ese proyecto que de antiguo tú vienes propugnando? ¿Que yo te haya reconocido que no había más posibilidad seria que la de don Juan, que ya no se podía volver a plantear la cuestión dinástica y habríamos de limitarnos a procurar dentro de la monarquía restaurada de don Juan influir lo más posible para que se aceptasen la mayor parte de nuestros principios? Todo eso es, perdona, José María, que tan crudamente lo tenga que consignar, todo eso es falsísimo de toda falsedad. Y sabe hasta el más apartado carlista que durante veintiún años de mi jefatura mi política fue limpiamente propugnadora de los derechos, que está probado son indiscutibles de don Javier, y toda la sinrazón, la improcedencia y la contumacia en los errores liberales que constituye el juanismo.

 

Y como afirmé al principio, no es mi propósito tocar estos temas. Si fuese necesario, son muchos los documentos y muchas las actuaciones que pueden corroborar la claridad- y perdona que de ello me enorgullezca- de mi conducta en servicio de la legitimidad del rey, pero precisamente porque ése ha sido el norte de todas mis actuaciones que tú me atribuyes, con todo acierto, referido a los principios. Sí, mi consagración, mi vocación, mi vida, no miran tanto al servicio de las personas sino a los principios, a los verdaderos principios del Derecho Público Cristiano que constituye nuestro Ideario, y que han sido santificados con tanta sangre. A los principios, y a los hombres, en cuanto a los mismos sirvan, no en declaraciones ni circunstancias, sino en las consecuencias inalterables de sus actos, de sus colaboraciones, de sus lealtades y de sus programas públicos.

 

Por fin, José María, esta discrepancia entre nosotros es antigua. Ahora se exterioriza en lo público. Porque tú has provocado dando al público tu carta, que a mí me pertenece, con lesión de normas de buena amistad. Pero yo no quiero que esa amistad padezca. Tras reprocharte el mal proceder, quiero dejar constancia y ratificación de mi firme propósito de seguir siendo tu verdadero amigo que fuertemente te abraza.

 

Firmado: Manuel J. Fal Conde.

 

 

Tomado de “Apuntes y documentos para la historia del Tradicionalismo español. 1939-1966”. Tomo 1 (1939). Manuel de Santa Cruz.

 

 
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