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Portal Avant de los carlistas del Reino de Valencia Pensamiento tradicionalista Álvaro D´Ors Consumismo y comunismo

Consumismo y comunismo

Pensamiento tradicionalista - Álvaro D´Ors y Pérez-Peix

CONSUMISMO Y COMUNISMO

¿Cuál es la base positiva de entendimiento entre el Comunismo y el Consumismo? Ambos se fundan en una visión materialista, pero de distinto tipo.

El Comunismo, entendido simplemente como negación de la propiedad privada, especialmente de los medios de producción, no pasaría de ser una exageración antinatural del precepto evangélico del desprendimiento de los bienes, y, de hecho, la comunidad de bienes ha sido el régimen seguido por muchas comunidades de la Iglesia como el más propio para alcanzar una ascética santificante. Pero sería una exageración antinatural porque, por derecho natural, la propiedad es lícita, aunque se pueda renunciar a ella, como también la renuncia al matrimonio se ha considerado como un posible medio ascético de mayor perfeccionamiento. Pero no se trata de una simple generalización forzada de lo que puede ser una opción libre, sino que en el Comunismo moderno la comunidad de bienes se funda en una filosofía materialista y atea, es decir, radicalmente contraria a lo que podría ser la opción evangélica de la pobreza. Se produjo como reacción frente al capitalismo, pero conservó como éste el presupuesto del Estado, convertido en único propietario, y la idea de que la Economía era la ciencia de producir un incremento incesante de la riqueza.

En el fondo, el Comunismo nace, en el seno de una sociedad cristiana, como una nueva herejía, como una subherejía del Protestantismo. No es su fundamental ateísmo algo originario o atávico, sino el resultado de una nueva apostasía total. La misma dialéctica de lucha de clases como proceso necesario para alcanzar una especie de paraíso terrenal, como si no hubiera existido el Pecado Original, es una herejía concomitante con el espíritu de competitividad característico de la moral protestante y, por ello, del Capitalismo.

Es indudable que la competitividad resulta connatural con la economía de mercado, y que, desde el punto de vista de esa economía liberal, es la forma más adecuada para la producción de riqueza. Lo que parece discutible es que la competitividad sea moralmente aceptable. En efecto, esa idea económica no se funda en el amor de la convivencia social, sino en la exaltación del interés egoísta. El móvil de la competitividad es el egoísmo, y por eso conlleva el ineludible riesgo del daño del otro. Viene a ser una traslación a lo humano, y concretamente a lo económico, de la “lucha por la vida” que se pudo observar como forma biológica de los irracionales. En este sentido, tal idea, actualmente muy difundida y defendida, introduce en la antropología unos rasgos propios de la zoología, y favorece el error, en que han incurrido algunos modernos sociólogos, de asimilar el comportamiento humano al de algunas colectividades zoológicas condicionadas por la Ecología. Una contribución más, por tanto, a la deshumanización, que es, después de todo, una inexorable consecuencia de la desacralización del Hombre, al desligarse del Dios que conoce, viene a olvidarse de sí mismo. Lo dice con mucha gracia el Apóstol Santiago el Menor en su Epístola (1, 23 s.): “Es como uno que se mira la cara en un espejo: se la ve, se va, y se olvida enseguida de cómo era”.

Todavía, el principio de la competitividad se presenta eufemísticamente como de “igualdad de oportunidades”. Una igualdad falsa, porque, siendo los hombres necesariamente desiguales, por hallarse unos mejor dotados que otros para esa “lucha por la vida”, esta aparente “igualdad de oportunidades” no hace más que agravar la natural desigualdad. Ante esa desigualdad natural, lo correcto sería paliarla, defendiendo al menos dotado contra la prepotencia del que lo está más, pero la filosofía moral del Capitalismo hace todo lo contrario. Puede acaso denigrar la superioridad personal a causa de la herencia patrimonial, pero exalta la propia de cada individuo, aunque en buena parte depende esta desventaja personal de una herencia biológica. El Comunismo, por su parte, no ha hecho más que trasladar esa competitividad al nivel interestatal, una vez expropiadas las personas como resultado de la lucha de clases.

¿Cómo es posible- preguntábamos- el entendimiento entre dos concepciones aparentemente tan antitéticas como las del Oriente y el occidente tal como se presenta hoy esta discriminación total?

Sobre la base del común materialismo y reconociendo la superioridad económica del Consumismo occidental, el Oriente tiene interés en salvar la desventaja que también reconoce en el campo de la tecnología y por eso se aviene a importar de la otra parte ese mayor desarrollo económico, ofreciendo, en cambio, una ampliación de nuevos mercados y, al mismo tiempo, una mano de obra a bajo precio. Pero todavía, como ese trato no acaba de cubrir los respectivos intereses, se añade el pacto de favorecer la ideología marxista que inspira el Comunismo a cambio del respeto por las condiciones económicas del Capitalismo. De este modo, ambas partes, a la vez que obtienen de su acuerdo básico las máximas ventajas, no pierden ciertas expectativas de recíproca anulación en el futuro. En efecto, el Capitalismo parece haber entregado al Comunismo todo lo relativo a las personas, en tanto se reserva él el control de las cosas, y, con ese reparto, el Comunismo no pierde la esperanza de, llegando a cambiar la mentalidad de las personas, alcanzar un día un dominio universal, en tanto el Consumismo capitalista cuenta con la seguridad de que la misma facilidad y aumento del consumo relajará inexorablemente la ortodoxia de la otra parte. En otras palabras: el Comunismo aspira a convertir a los hombres- como hacen las religiones- y el Capitalismo prefiere corromperlos con la mayor riqueza que él puede producir. En cierta medida, esta mayor eficacia de la corrupción que de la conversión puede apreciarse ya, pues no sólo la acción proselitista del Comunismo no han podido alterar el ritmo consumista del hemisferio capitalista, sino que en el mismo terreno del Comunismo, la corrupción hedonista del Consumismo parece estar dejando sin juventud a la ortodoxia comunista.

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Es previsible, pues, que, si el rumbo de ese entendimiento de Este-Oeste no cambia, el Consumismo del Oeste acabará por prevalecer, aunque sin perjuicio de una amplia difusión de unas teorías marxistas sin consecuencias económicas, pues en nada deben perjudicar, para ser toleradas, los negocios del Capitalismo. Esta parece ser la entente que subyace bajo las apariencias de hostilidad entre el Este y el Oeste, entre Comunismo y Consumismo.

 
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