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Portal Avant de los carlistas del Reino de Valencia Pensamiento tradicionalista Álvaro D´Ors La crisis del estado

La crisis del estado

Pensamiento tradicionalista - Álvaro D´Ors y Pérez-Peix

El estado, como ya hemos recordado, es la forma de organización del poder territorial inventada en la edad Moderna, bajo la inspiración moral del Protestantismo, como medio de superar los conflictos entre las distintas confesiones: una forma de unidad que impone la paz, pero presupone la pluralidad de Estados, es decir, el pluralismo político universal, y, por tanto, la posibilidad de guerra como medio para resolver los conflictos que siempre pueden surgir entre ellos. De ahí, un nuevo orden interestatal, en el que sólo tienen derecho de hacer la guerra los mismos Estados- solo ellos son “iusti hostes”-, y un orden en el que se procura mantener la paz mediante un equilibrio inestable de potencias que forman bloques de alianza, y, por ello, se hallan siempre dispuestos para hacer la guerra. Hay que reconocer que el derecho de gentes, o internacional, como se llamó después, alcanzó un notable desarrollo con esta nueva configuración política del mundo moderno.


Producto principalmente de la mentalidad francesa, aunque se puedan rastrear influencias extrañas, incluso de Inglaterra, que, sin embargo, no ha constituido propiamente un Estado, la teoría del Estado presenta una patente claridad y eficacia muy típicas del lúcido genio del pueblo francés.

Aparte la inspiración moral que decimos, una condición material de la época vino a favorecer la aparición del Estado, y fue la novedad de las armas de fuego y de los ejércitos técnicamente disciplinados, como masa de soldados fungibles. Los cañones, diríamos, abatieron las torres feudales, unificaron el poder de los reyes, y los convirtieron en los únicos beligerantes, y únicos señores potencialmente totalitarios de la vida de todo un territorio delimitado por nítidas fronteras.

Es cierto que alguna manera de frontera, como expresión de los límites territoriales de un determinado poder, existió en todas las épocas, pero no con la claridad y firmeza con que aparece la frontera en la Edad Moderna. Una delimitación muy antigua era la de los muros en que se encerraban las ciudades, pero éstas fácilmente llegaban a expansionarse sin necesidad de construir nuevos muros, y toda ciudad venía a tener algún control sobre un terreno circundante no siempre bien determinado. El Imperio romano no consistió en una ciudad, una “polis”- por eso no fue “político”-, sino que mantuvo una gran línea estratégica de defensa contra los pueblos bárbaros exteriores- un “limes”-, que era oscilante en función de la real posibilidad de resistencia contra las irrupciones de esas gentes exteriores. En la Edad Media, puede decirse que no hubo fronteras, sino que los límites del poder de los reyes, o, dentro de cada reino, de los distintos señores con mesnadas particulares, difícilmente eran topográficamente señalables. Ante esta indiscriminación territorial, el nuevo estado aparece como un progreso, y también respecto al orden interior dentro de cada Estado. Indiscutiblemente, la violencia del poder real, una vez desechado el mito del Imperio- del Sacro Romano Imperio Germánico-, llegó a constituir un orden.

[…]

La relación profunda entre pacifismo y democracia es tan clara como oculta. Se trata simplemente de sustituir la decisión armada, que, en principio conduce a la victoria del más fuerte, por la negociación económica, que conduce al dominio del más rico. Esto es así porque, la democracia, por sus mismos principios, postula la transitoriedad del gobernante, cuya potestad depende de las elecciones populares, dentro de ciertos límites constitucionales. Esto quiere decir que el gobernante aparente, al no ser estable, no tiene el poder realmente decisivo, sino que éste debe reservarse a un cierto grupo de personas que, por su gran potencia económica, pueden controlar la vida social, dentro de cada Estado, incluyendo el mismo resultado de las elecciones, pero, a la vez, pueden establecer un sistema de entendimiento supranacional permanente. De este modo, la Democracia es, en el fondo, una Criptocracia plutocrática, para la que la negociación, los negocios, es su oficio, y no la violencia militar. Y al ser un poder oculto, es natural que se combine con todas las otras redes y sectas de connivencia oculta que existen en el mundo y que, revistiendo distintos nombres, conducen, en último término, al poder sinárquico del que ya hemos hecho mención. Pero, por este camino de la Criptocracia encubierta bajo apariencias democráticas, es el mismo Estado el que viene a caer en crisis: se convierte también él en puro instrumento de la Sinarquía mundial.

La crisis del Estado es un hecho innegable de nuestro tiempo. Ya el mismo cambio en el tipo de armas, y por ello en la estrategia, conducía a una necesaria crisis del Estado. Porque, como decíamos, habían sido las nuevas armas de fuego las que habían favorecido la creación del Estado territorial con fronteras, y, del mismo modo, el uso de armas de largo alcance, la guerra atómica con todas sus consecuencias, ha puesto en crisis la territorialidad de las fronteras y del Estado. De ahí también esas grandes alianzas militares institucionalizadas, que, por la misma naturaleza de la estrategia atómica, suponen el control de bases en puntos distantes de la potencia principal que las necesita e instala. También esto supone una abierta crisis de la territorialidad y una nueva forma de enclave en territorios ajenos; en definitiva, un quebranto de la idea de soberanía propia de la teoría del Estado.

Por otro lado, la evolución de la Economía moderna, al hacer imposible la autarquía o suficiencia nacional, ha creado un sistema de intercambio y colaboración internacional que desborda la capacidad de cualquier Estado, y esto contribuye poderosamente a reforzar aquel poder sinárquico, que, organizando instituciones internacionales con funciones económicas y fomentando la prepotencia de las empresas multinacionales por el juego de la competitividad, acaba por anular la independencia económica de los Estados.

La evidencia de esta crisis del Estado ha llegado a hacer posible, no ya la organización de un foro mundial como la mencionada ONU, que dispone incluso de un propio ejército, sino otras instancias internacionales de decisión política continentales que acaban por usurpar funciones que venían siendo de la exclusiva competencia de los Estados.

Ante esta profusión de organismos internacionales con poder efectivo, podría pensarse que el reservado al Estado podría ser el de elegir o no la incorporación a tal o cual organismo, pero, al menos de hecho, tal opción no suele ser electiva, por la falta de alternativa, y, en todo caso, la influencia sobre los mismos órganos estatales encargados de tomar tales opciones, incluso sobre el electorado, en los casos en que se aparenta dejarle la decisión, es tan fuerte que tampoco tales opciones son libres.

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Álvaro de D´Ors. La violencia y el orden. 1987

 
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