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Portal Avant de los carlistas del Reino de Valencia Pensamiento tradicionalista Raimundo de Miguel La inexactitud manifiesta

La inexactitud manifiesta

Pensamiento tradicionalista - Raimundo de Miguel

Decíamos en el artículo anterior que era una verdad a medias el sostener que el pueblo carlista se había levantado en armas en defensa de sus Fueros y de su Rey. Pero lo que pasa de verdad a medias, para entrar en inexactitud manifiesta o ignorancia culpable, es el decir que más tarde llegaron los integristas y añadieron el Dios y Patria; lejanía que se sitúa en Vázquez de Mella, al que se le hace fundador del partido integrista. Parece inaudito, pero esto se ha escrito, bajo firma y con tono pontifical, como el de quien maneja verdades inconfusas y por tanto sin necesidad de tomarse la molestia de demostrarlas.

Cuando yo leía esto, se me ocurría la anécdota –que he vivido- de un abogado que se inventaba sentencias del Tribunal Supremo según su conveniencia y hacía decir al resultado de la prueba sí, donde era o no. Así pronunciaba unos informes brillantes y contundentes, pero como el ponente se tomaba la molestia de compulsar las citas y de examinar por sí mismo la prueba, en definitiva perdía el pleito.


La única diferencia que hay aquí, es que no existe un juez que dirima la verdad y puede haber muchos lectores que no puedan, o no sepan o no quieran investigar, y así vale el criterio que formen igual que el autorizado. ¡Ventajas de la democracia! Por eso el carlismo nunca ha sido demócrata en el sentido que le dan los liberales, de ser válidas e iguales todas las opiniones, sino en el cierto y cristiano de participación del pueblo en las tareas del gobierno, lo que es cosa totalmente diferente. Aunque hoy parece que los carlistas de nuevo cuño sostienen la posición contraria, quizá porque les venga bien para difundir sus teorías e imponerlas autoritariamente.

Si hiciéramos uso de estos asertos, nos encontraríamos con que el partido integrista nació después de la separación de Mella, en el año 1919 y que hasta entonces los carlistas nunca habían hablado de Dios y de la Patria. De cultura general es, que el PARTIDO integrista lo fundó D. Ramón Nocedal en 1888. Antes, el carlismo se llamaba Comunión, aunque se hablara de partido analógicamente. (Y no debe ser tan nefasto en integrismo como le pintan, cuando volvemos a sus denominaciones).Aún así, aunque retrocedamos treinta años en la historia, resultaría que hasta muy pasada la segunda guerra, los carlistas no habrían luchado por Dios y por la Patria.

Siempre es erróneo trasladar conceptos acuñados de una época a otra y más si esta es anterior y aquellos imprecisos. Eso es elemental en el estudio de la historia. Pero si por “integrista” se entiende (según peyorativamente se aplica ahora) a aquel que defiende los postulados de Dios y de la Patria, entonces resulta que el primer Carlos, era más integrista que nadie y así el Dios y Patria, no llegó más tarde, sino que fue consustancial con la bandera alzada por Don Carlos María Isidro. Bandera en el sentido simbólico y material, porque en la Generalísima hizo bordar la imagen de la Inmaculada Concepción, bandera que tremoló Carlos VII y que en fecha muy reciente presidió el bautizo de Don Carlos Javier Bernardo en el destierro.

Cuando los liberales querían denigrar al primer Carlos, le llamaban “apostólico”, que quería ser para ellos aún más infamante que integrista. No se trata de cansarnos en demostrar algo que es sabido para todo aquel que se ha tomado la curiosidad de hojear un libro de historia; solo traeré aquí una cita de la respuesta que los representantes oficiales de Don Carlos V, hicieron a la Cortes de Nápoles, cuando por ésta se buscaba una solución al pleito dinástico y a la guerra. Decían que sólo podía aceptarse el proyecto “sobre la base de un gobierno tradicional, ya que el Rey lucha más que por el trono que le corresponde por sucesión de sus mayores, por el restablecimiento de la religión católica y el engrandecimiento de la Patria”.

Carlos VII (con cuya señera figura aún no se han atrevido a meterse ciertos articulistas, como lo han hecho con la venerable de Don Alfonso Carlos, aunque la rodeen de un significativo silencio) que fue el que sufrió directamente la escisión integrista, se declara más “integrista” todavía que ellos y precisamente en el Manifiesto de Loredán en el que los condena: “Incondicionalmente he dado la luz de mi entendimiento a Dios y a su Iglesia, como incondicionalmente he ofrecido toda la sangre de mis venas a mi amada España y en estos dos cultos de mi vida NO CONSIENTO QUE SE ME PRETENDA AVENTAJAR”.

Y en su testamento político se lee: “¡Adelante mis queridos carlistas!¡Adelante por Dios y por España! Sea esta vuestra divisa en el combate como lo fue siempre la mía y los que hayamos caído en el combate imploremos de Dios nuevas fuerzas para que no desmayéis”.

Pero ¿Y D. Jaime? D. Jaime es el arquetipo del rey carlista para los que piensan de la manera que estamos comentando; solo, claro es, en un aspecto puramente negativo, porque de sus discrepancias con Mella, este puede salir perjudicado y eso siempre les parece cosa buena. Pues bien, Don Jaime también nos resulta un “integrista”. Veamos qué dice con motivo de la reunión de Lourdes de 1921, o sea, después de la separación de Mella y por lo tanto, cuando la influencia de este ya no se podía dejar sentir, sino en sentido contrario: “no os he convocado aquí para la redacción de un programa de la Comunión que posee tan completo y perfecto cual exigen los principios fundamentales CATOLICO- MONÁRQUICOS. En este respecto podéis estar seguros que ratifico y mantengo la más pura e INTEGRA doctrina, sin vacilaciones ni desmayos, del modo claro y terminante que tengo manifestado públicamente”.

Y nada digamos de Don Alfonso Carlos, que ordenó el Alzamiento del Requeté por Dios y por España, dejando a un lado de momento toda otra preocupación e hizo condición imprescindible para la participación carlista, el restablecimiento de la bandera nacional. Ni de Don Javier, de quien ha recibido directamente y por tres veces, el que esto escribe, la aseveración (dejando aparte la modestia porque las circunstancias lo exigen así) de que mis artículos políticos, que leía con mucha complacencia, representaban la auténtica doctrina del carlismo. Y yo, para ciertas gentes, para las que todos los gatos son pardos, soy “integrista”, aunque no lo he sido, ni seré nunca, y ni mi padre, ni mi abuelo lo fueron.

La religión y la patria (Dios y España) han constituido otras de las concausas del carlismo, desde su aparición como fenómeno político en la historia.

La primera, porque detrás de la cuestión dinástica había una pugna ideológica planteada desde los tiempos de la invasión napoleónica, entre los liberales y los “tradicionalistas”. No he de volver con detalle aquí a explicar una contienda a la que me he referido por extenso en más de una ocasión y que todos los modernos investigadores admiten como cierta, que se centraba principalmente en su discrepancia de la interpretación del hecho religioso en la vida pública. La postura de Don Carlos era sobradamente conocida, pero “Dios” no hubiera podido aparecer popularmente el Oriamendi, si del otro lado dinástico se le hubiera respetado. Pero la Reina Gobernadora se apoyó en los liberales y éstos desde el poder adoptaron sus medidas políticas con trascendencia religiosa, la desamortización, con su secuela de la exclaustración, los intentos de cisma con Roma, la misma persecución (matanzas de frailes), etcétera, etc. Así que Don Carlos no mezcló la religión con la política, sino que se la dieron mezclada los liberales, de lo que resultó que al defender su causa, defendía al mismo tiempo la de la Iglesia. Y esto vino a reforzar su partido, entonces, como en otras ocasiones posteriores (1870-1936) mientras los oponentes a la Dinastía Insobornable, lo fueran también de la religión católica.

Me decía un Catedrático de Historia Contemporánea, comentando estos temas, que a él le ofrecía alguna duda sobre el carácter determinantemente religioso de la primera guerra, a pesar de que los liberales acusaban al Ejército carlista de estar constituido por frailes exclaustrados (parece que quedó convencido de la explicación anterior) pero que indudablemente le tenía en la segunda.

Y es perfectamente lógica esta postura. Los católicos han de conducirse como tales en todo momento y más si cabe, en sus actuaciones públicas. El carlismo hubiera podido ser solamente una opción lícita para los católicos, siempre que no contradijera sus creencias religiosas de orden superior; pero si resultaba que sirviendo a Don Carlos, contribuían eficazmente a servir a su Dios, miel sobre hojuelas. La religión venía a ser así un impulso más para ser carlista y una de las causas fundamentales para serlo y la más decisiva. Porque las cosas han cambiado mucho desde el Concilio Vaticano II hasta aquí, pero históricamente (como hay que contemplar siempre cada ocasión o coyuntura, en su tiempo) pocas o ninguna actitud política eran posibles en España para los verdaderos católicos, fuera del Carlismo. La prueba de este hecho la tenemos en Carlos VII que decía: Dadme buenos católicos, que la fuerza de la lógica los hará buenos carlistas; y en la respuesta de los “neos” que ingresaron bajo sus filas. Y la eclosión del carlismo en 1936, no tuvo otra causa más fundamental, hasta el punto de reconocerlo los mismos que escriben las cosas que estamos rebatiendo, si bien disfrazándola de lucha por la “libertad religiosa”. (Risum teneatis). (Aunque ello es harto expresivo, porque indica que del otro lado –el Frente Popular- no se respetaba aquella, con una doble consecuencia si aplicamos la lógica: una confirmatoria de la tesis expuesta, que los carlistas no mezclamos la Religión con la Política, sino que son sus contrarios los que lo hacen; y otra, que resulta monstruoso que les queramos dar la mano pasados treinta años –Frente Democrático- para que nos lleven a los mismos resultados de unos principios a los que no han renunciado).

Que el amor a la patria –España- es otra de las concausas del Carlismo es algo que no necesita especial explicación. ¿Cuál es la razón de ser de las agrupaciones políticas? Su preocupación por la prosperidad de su patria, su amor hacia ella. Si no la buscasen (acertada o desacertadamente; de boca, o con el corazón) se negarían ellas mismas la justificación de su existencia. El decir que esta inquietud es exclusiva de los “integristas”, supone la condena al descrédito de los que alardean de no serlo. En definitiva toda actuación política se traduce –si no es bastarda- en esta finalidad. Y el carlismo ha procedido en todo momento de la historia con una rectitud y una nobleza reconocidas por amigos y enemigos.

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Madrid, 5 de febrero de 1974

 
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