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Portal Avant de los carlistas del Reino de Valencia Documentos históricos del carlismo SMC Javier Carta de Fal Conde a S.A.R. Doña Blanca de Borbón

Carta de Fal Conde a S.A.R. Doña Blanca de Borbón

Documentos históricos del carlismo - SMC Javier (Francisco Javier de Borbón-Parma)

 

A su Alteza Real Doña Blanca de Borbón

En el momento español, por demás grave, se encuentran en situación de Regencia, a la par, la Comunión Tradicionalista por falta de determinación precisa del sucesor en el Trono de los Reyes de España, y la Nación. Situación de Regencia prevista en las leyes históricas españolas y experimentada muchas veces en los Reinos diversos de nuestra Patria.

 

 

Y como queda dicho, al mismo tiempo que la Comunión Tradicionalista está construida en forma de Regencia, en el interregno de la muerte del último Rey, sin haber quedado Príncipe de Asturias reconocido, y la designación que se haga del Rey de Derecho llamado a suceder a aquel. Y al mismo tiempo, la Nación española, constituida en un régimen de tipo dictatorial y por naturaleza transitorio, se encuentra en la necesidad de que se instaure en el Poder la forma monárquica en tipo de Regencia, o sea de la institución adecuada, por las leyes y usos tradicionales españoles, para restablecer las instituciones monárquicas que, como los Consejos y las Cortes, son complementarios del ejercicio de la autoridad Real.

Esto supuesto, es elemental el deber de la Comunión Tradicionalista de suspender la designación del Príncipe sucesor, mientras pasan las gravísimas circunstancias que pesan sobre la Patria en el orden interior y en lo exterior, en primer término, porque tal designación perturbaría la marcha que quisiéramos fuera regular de la gobernación española, y en segundo lugar para que sea posible dar a España un Rey que, trayendo un derecho por razón del origen de la dinastía legítima, le sea reconocido por la Nación española.

La guerra pasada no ha sido hecha bajo las banderas del Rey Carlista como las del siglo XIX. Ha sido hecha por la Nación y no puede sustraerse la concurrencia de la misma, adecuada, organizadamente representada, de la determinación del Rey que ha de recoger tanta gloria y encauzar los futuros destinos nacionales.

En las adjuntas copias podrá refrescar la memoria S.A. sobre la forma en que fue constituida la Regencia de la Comunión Tradicionalista por el inolvidable Rey Don Alfonso Carlos (d. D. g) y al propio tiempo conocerá la carta reservada, por entonces, que puso el Rey a Don Javier en forma de instrucciones para desempeñar su cometido y la última carta que he recibido del Rey sobre la misma cuestión, pues aunque es de fecha 3 de julio del 36, apareció en un sobre cerrado para que me fuera entregada después de su muerte. El punto capitalísimo para el Partido Carlista, por razones de legitimidad y honor del apartamiento de la dinastía liberal, queda perfectamente garantizado, como verá S.A., en estos documentos. No siendo ningún Príncipe de esta dinastía, la Comunión Tradicionalista no tiene prejuicio alguno ni favorable ni adverso en relación a ningún Príncipe, entre aquellos que con verdad pueden ostentar el nobilísimo calificativo de carlistas. Y no tiene prejuicio alguno, ni puede tenerlo, porque en conciencia, como españoles, y como carlistas, tenemos que servir la grave necesidad española de unidad, bajo los principios fundamentales de lealtad a la Regencia decretada por el último Rey y de altísima conveniencia del bien nacional que reclama la instauración de la Regencia en este momento reconstructivo, para que con plena capacidad jurídica pueda ser designado el Príncipe que, con indiscutible título, pueda reinar sobre todo este pueblo español, no impuesto, no impuesto por una minoría, que aunque la más selecta, y aunque la más heroica en la guerra, no ha librado la Cruzada bajo las banderas de un Rey determinado.

Mas si la política de persecución del Partido Carlista prosiguiera, y pasara el momento oportuno de instauración de la Regencia, quedando, dolorosamente, otra vez relegada la Comunión a la misión de reserva histórica, podría levantar el Caudillo de derecho que la guiara en su proscripción y encabezara futuras luchas de reivindicaciones de las que hemos de pedir a Dios nos veamos libres, porque su misericordia no consienta que pase esta hora sin dar el triunfo de Su Causa.

Mas si eso ocurriera, el partido tendría derecho a darse un caudillo y la Nación sabría cuál habría de ser su Rey si esta Causa, bajo las banderas de aquel, llegaba al Poder. Ahora, no, ahora la nación sabe que la Comunión tiene un programa, verdaderamente generoso, verdaderamente nacional, programa de Regencia tras el cual el Rey será con plenitud de derechos, tanto en el orden ideológico como en el jurídico, Rey de todos los españoles.

Y si este es mi pensamiento, ¿cómo expresar a S. A. la emoción de que me ha producido oírla tan espontáneamente declarar que mientras no acabe la espantosa guerra mundial no dirá si se cree o no con derechos a la sucesión del Trono de España? Emocionadamente, Señora, he oído esa declaración, y no puedo por menos agradecer a Dios que se la haya inspirado, porque incomunicada S. A., por fuerza de las circunstancias con la Comunión Tradicionalista, y aconsejada por ciertos elementos más o menos separados del Carlismo, que tratan de influenciarla en el sentido de una quimérica proclamación de derechos, ¡qué sino la Providencia de Dios, ha inspirado a S.A. esa acertadísima resolución!

Porque en las presentes circunstancias la proclamación de cualquier príncipe sería perturbadora en lo nacional, causa de división profunda en el Carlismo, descrédito de la Causa en lo internacional, y el mejor ambiente a favor de don Juan. Esto sería así, aunque la Comunión Tradicionalista, con el Príncipe Regente a la cabeza y su actual jerarquía, cayeran en el error de esa prematura proclamación. ¿Qué virtualidad podría tener, por tanto, esa proclamación hecha por un grupo de hombres, algunos de ellos bien intencionados, pero por lo general despegados de la Comunión Tradicionalista, ausentes en sus luchas, no seguidos por la masa de nuestro pueblo, y por los heroicos requetés de nuestra guerra? Pues si tal proclamación llegara a hacerse, mucho me temo que el Príncipe que fuera arrastrado a esa equivocación, quedaría en tan desairado papel que se dificultaría su designación para el día de mañana. Entienda Su Alteza que establezco esta aclaración no más que para reforzar este argumento: la Comunión Tradicionalista tiene ante el pueblo español el gran prestigio de que el Rey que designe la Regencia que a lo tradicional se constituya, será el Rey de todos los españoles y a ese prestigio repugna la vinculación imprudente a un Príncipe determinado por puro sentido partidista.

Y no me queda más que recoger con la mayor emoción la frase de S. A. sobre el deber de los príncipes en este momento. Bien dice S.A. que hacen mal los que hablan a don Carlos del supuesto deber, que ciertos señores le atribuyen, de levantar bandera de derechos personales en este momento. No puede haber deber en contra de la lealtad a la Causa y en contra de la gran convivencia nacional. Antes al contrario, el deber de los Príncipes en estos momentos es militar efectivamente en la Comunión, como tales Príncipes, como nuestro Estado Mayor, como nuestros Jefes de Derecho, como posibles Reyes de la Nación Española. Quizás la Comunión tenga la pena de no haber recibido de manera más inmediata y próxima, el calor, la asistencia moral, de todos los Príncipes que comulgan en nuestras ideas, que llevan sangre de nuestros reyes, que no claudicaron ante las tiranías usurpadoras del liberalismo. Con el calor de nuestros Príncipes la Comunión Tradicionalista está segura del porvenir y puedo responder a S.A. de que tenemos fe cierta de que, en la gran crisis de España, la Comunión Tradicionalista está indicada por los más amplios sectores nacionales para ser la que ocupe el poder y en él, con plenitud de derecho, restaurar la dinastía de los Legítimos Reyes

Procuraré enviar a S. A. Don Carlos una exposición sobre la situación política española y ampliando y documentando estas breves notas y tengo la esperanza de que él ha de aceptar puesto en nuestras filas de combate, lleno de confianza en Dios, asegurado de que hemos de esperar pacientes estos críticos momentos y estar preparados para un futuro que Dios ha de depararnos.

Sevilla, a 4 de noviembre de 1940.

Fiesta de San Carlos Borromeo.

¡Viva Cristo Rey!

¡Viva España!

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¡Viva el Rey!

 
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