Get Adobe Flash player
Portal Avant de los carlistas del Reino de Valencia Pensamiento tradicionalista Álvaro D´Ors La fragmentación del estado

La fragmentación del estado

Pensamiento tradicionalista - Álvaro D´Ors y Pérez-Peix

LA FRAGMENTACIÓN DEL ESTADO

La crisis del Estado no sólo se manifiesta con su inexorable subordinación a instancias supranacionales, sino que, al mismo tiempo, parece ser un fenómeno de nuestra época la relajación de la unidad interna de los Estados, por la tendencia a tensiones interregionales que pueden conducir a una fragmentación en múltiples pequeños Estados. La gravedad de este fenómeno es mayor en algunas naciones que en otras, pero puede decirse que se trata de una tendencia de los tiempos que lleva a dividir intranacionalmente a la vez que a unir supranacionalmente.

 

 

La forma del Estado federal parece resistir mejor esa tendencia, precisamente porque, en cierta medida, contiene ya esa división interior, pero sin ruptura de la unidad frente al exterior, y es notable que las dos grandes potencias mundiales, Rusia y los Estados Unidos, presenten esa forma constitucional. En algún caso, como ocurre en Alemania, la forma federal no impide que se mantenga siempre una sensible conciencia de ruptura, pero es por el hecho de mantenerse la división territorial de la antigua Alemania impuesta, como humillación, por el vencedor. En Francia, por otro lado, puede observarse una fuerte resistencia a la descomposición interior, pues en ninguna otra nación se da el Estado con mayor pureza y resistencia que donde surgió; sin embargo, ha sido de Francia precisamente de donde salió el plan de una organización del territorio europeo como conjunto de regiones: la “Europa de las regiones”. En cambio, donde se ha manifestado más exageradamente esa tendencia disgregadora ha sido en España, convertida, por la Democracia, en un “Estado de las autonomías”. En realidad, la palabra autonomía puede entenderse en distintos sentidos, según el sentido que le demos a “nomos” y “nomía”, pues puede entenderse “nomos” por “derecho”, en cuyo caso la autonomía no afecta a la unidad política, o por “ley”, en cuyo caso sí la afecta, pues la ley es una manifestación de la potestad, no de autoridad, como lo es el derecho, y, tratándose ya del poder legislativo, la autonomía no puede menos de suponer una división interna del poder el Estado.

España, tradicionalmente, y por lo mismo de no haber asimilado la idea europea de Estado, mantuvo siempre una cierta tendencia a un pluralismo regional que no afectaba a la unidad nacional, aunque por su origen procedía de un régimen de unión personal de distintos reinos: un pluralismo regional que no obedecía a un nuevo impulso de división territorial, sino que procedía de la superación nacional de una antigua pluralidad de reinos, anteriores a toda idea de Estado; es decir, un pluralismo tradicional y no revolucionario, como el de hoy. Esta tradición autonómica estaba mucho más arraigada en las regiones septentrionales que en las meridionales de España, por la razón de que estas últimas habían sido ocupadas en la Reconquista sin llegar a constituirse en reinos cristianos propios. Ese tipo de autonomía jurídica y no política ha recibido el nombre, desde el siglo XIX, de “foralidad”, que nada tiene que ver con el “federalismo”. Acaso quien no conozca la índole más auténtica del genio político español pueda preguntarse por qué España, con ese regionalismo tan suyo, no se ha organizado como Estado federal. El caso es que ciertamente lo ha intentado, en el pasado siglo, y el ensayo fracasó rotundamente. ¿Por qué? ¿Acaso el federalismo no podía servir para estructurar esa antigua foralidad hispánica? La respuesta, en mi opinión, es negativa, pero no en razón del “federalismo”, sino precisamente del “Estado”. Quiero decir: del “Estado federal”, lo que resultaba incompatible con el genio español no era el “federalismo”, sino el “estatismo”. En efecto, nada más incompatible con el Estado que la tradición genuina de la foralidad de algunas regiones españolas, y a la dificultad se añadía, naturalmente, que había también regiones en España que carecían en absoluto de tradición foral.

Quizá por esta inconveniencia del “Estado federal”, se ha querido recurrir ahora a la forma del “Estado de las autonomía”. Pero esta forma cuasi-federal de encajar el regionalismo hispánico ya fue ensayada sin éxito en la década de los años 30. Se ha repetido, ampliada, con el mismo método de otorgamiento, no de “fueros”, sino de “estatutos” regionales. Ahora bien, esta autonomía por estatuto como principio general para todo el territorio español sigue adoleciendo de los mismos defectos del federalismo. Primero, viene a igualar regiones de muy distinta historia, es decir, unas con tradición autonómica, foral, y otras que carecen en absoluto de ella; segundo, al ser un otorgamiento constitucional, esta nueva autonomía presupone el Estado. Esta nueva autonomía no es propiamente jurídica, sino política, y por eso, bajo la apariencia de simple descentralización, lo que realmente se está fomentando es la independencia de nacionalismos regionales, incluso allí donde jamás existió una tendencia autonómica. Se trata, más que de autonomía en su verdadero sentido, de una autarquía, entendida ésta, no como suficiencia (“autarkeia”) del ente “autonómico”, que es imposible siéndolo incluso para el mismo Estado nacional, sino como gobierno independiente (“autarchia”) respecto al central. En otras palabras: una vía para la constitución de nuevos pequeños Estados como resultado del fraccionamiento del Estado español; pequeños Estados que, como es comprensible, vendrían a quedar aún más subordinados a las instancias de poder universales que los Estados más fuertes de cuya descomposición interna proceden. Puede observarse, en este sentido, que los separatismos actuales de España aspiran a una integración en la organización supranacional de aquella “Europa de las regiones”, cuyo mismo nombre parece excluir la esencial nota de soberanía que suele atribuirse al Estado propiamente dicho. Y es congruente con esta tendencia separatista el que el mismo nombre de España procure evitarse como residuo de una realidad política superada, renunciando así a todo un pasado histórico, que puede haber tenido sus sombras, pero también una indiscutible grandeza, causa precisamente de la animadversión de Estados enemigos que lucraron el desmembramiento de aquella Monarquía imponente que fue España durante algunos siglos: algo que podríamos llamar un suicidio de España. Se diría que, con la Democracia, se ha suicidado “Moby Dick”, la ballena blanca con que simbolizó el americano Melville el fantasma de la España “inmortal”.

Quizás en ninguna otra nación el fraccionamiento interno del Estado se esté manifestando de forma más clamorosa como en España, pues el ensayo italiano de autonomías regionales ha sido mucho más limitado, casi se diría que abandonado por resultar antieconómico, o, en todo caso, no generalizado. Sin embargo, el fenómeno de la ruptura de la cohesión nacional puede considerarse como un aspecto más, en todo el mundo, de la crisis actual del Estado y triunfo del regionalismo.

Ante esta crisis general del Estado, cabe pronosticar que el futuro orden del mundo no se presentará ya como una constelación de Estados soberanos, ni siquiera de grandes Estados federales; mucho menos como un Estado universal único.


Álvaro D´Ors. La violencia y el orden. 1987

 

 
Visitantes de Avant!
Tenemos 17 invitados conectado(s)