Get Adobe Flash player
Portal Avant de los carlistas del Reino de Valencia Pensamiento tradicionalista Antonio Aparisi y Guijarro Discurso sobre los haberes de las clases pasivas

Discurso sobre los haberes de las clases pasivas

Pensamiento tradicionalista - Antonio Aparisi y Guijarro

(Discutiéndose el proyecto de las obligaciones generales del Estado se trató en la sesión de 23 de febrero de 1859 de haberes de las clases pasivas que estaban presupuestas en 144.895,050 rs.)

El Sr. Peris y Valero usó de la palabra en contra de esa sección del presupuesto.- Contestóle el Sr. García Torres, y combatió la misma sección en esta forma.

El Sr. APARISI Y GUIJARRO: El Sr. Peris y Valero se queja y me quejo yo, no por manía, sino porque consideramos que andando así las cosas, las clases pasivas van a comerse a las activas. De las clases pasivas hay algunas que padecen, pero hay otras que gozan. En parte, lo confieso, tiene razón el Sr. García Torres; ¡cómo era posible que quedasen sin pensión aquellos hombres que vivían en una casa santa bajo la protección de la ley, y a quienes pusimos en la calle! ¡O cómo era posible que quisiéramos que los que han servido bien a su patria, que los que han derramado su sangre en defensa del país, y han vuelto a su casa mutilados, no tuviesen en recompensa sino el triste privilegio de mendigar! Eso no lo podemos querer, ni lo queremos nosotros.

Por lo demás, señores, yo no pensaba tomar parte en este debate, y solamente voy a decir dos palabras, porque el señor Vaamonde la ha renunciado, y porque me veo obligado a ello por las que ha pronunciado el Sr. Peris y Valero a quien como a hermano vengo a defender. Pues bien: el señor Peris ha puesto el dedo en la llaga cuando ha hablado de la empleomanía y de los cesantes. ¿Niega el Sr. García Torres la empleomanía, ese cáncer que nos devora y que amenaza convertir a España en un pueblo de empleados? Pues qué, ¿su señoría no ha visto que los grandes electores tienen un escuadrón de edecanes? Por el empleo. Aquí, por el camino electoral se va a todas partes... al ministerio y al estanquillo. Se ha dicho que buena parte del mal está en la multitud de cesantes: cierto, y sobre todo en algunos de ellos que cobran mucho, habiendo servido muy poco. Y así es verdad, y a fe recuerdo en este momento que al último Rey se le ocurrió una idea singular: la de declarar que tres años no habían pasado. Pero después, en el año 1834 o 35 a otras personas se les ocurrió la idea contraria, es decir, declarar que diez años habían pasado, o sea que los que no habían servido, habían servido diez años; y después, en 1855, volviose a ocurrir esa misma idea singularísima, a saber: que los que no habías servidor del 43 al 53, habían servido. Y de aquí nace que muchos que únicamente habían servido cinco años, se encontraban con quince o veinticinco años de servicio, y con 15 o 25.000 reales de sueldo.

Ya se ve ¡andando así las cosas, ha de suceder lo que he dicho! Que las clases pasivas van a comerse todo lo que produzcan las clases activas. ¡Ahí es un grano de anís! ¡Ciento cuarenta y tantos millones! Pues la esperanza de que esto se remedie es muy escasa; porque aún cuando el Sr. Ministro de la Gobernación os diga que yo adolezco de cierta manía, con todo, no puedo menos de recordar, y de repetir con profundo sentimiento, que en España hay cuatro o cinco familias que aspiran al poder; cuando una de las caídas se siente débil, se concierta con las demás, y juntas atacan a la reinante, y la debilitan, y la derrumban; y suben, y riñen al repartirse los despojos. La que está en el poder, dice: orden, esto es, no os mováis, no sea que caigamos nosotros; las caída gritan: libertad; esto es, dejadnos subir, que bastante gozásteis. Y ya se ve, a cada cambio, no de sistema, sino de ministerio, es necesario dejar cesantes para pagar servicios y favorecer afiliados, y así va aumentando el presupuesto que es un gusto... ¡mal dije, que es una ruina! Y algunas veces he pensado en esto, y francamente, he sentido angustiarse mi alma. ¿Dónde estamos, señores? En otros tiempos un empleado, hombre de bien, consideraba su empleo como una especie de patrimonio; comenzaba a vivir sirviendo y moría sirviendo. Pero hoy... siempre estamos en crisis; en crisis el ministerio, en crisis el empleado: hasta los mismos jueces, que según la Constitución deben ser inamovibles, antiguamente lo eran de hecho, pero hoy se ven movidos y removidos. Y yo digo: a un empleado que cumple con su obligación, ¿hay justicia ante Dios y ante los hombres para quitarle el pan de sus hijos, y llamar a otro que si lee, deletrea, y si escribe, garrapatea? Pues esto ha pasado más de una vez; de modo que entiendo que será conveniente, y sobre todo justo, que sólo se coloque a los cesantes, haciéndoles justicia, y procurando economías. Pero esto no se hará y no por falta de voluntad, sino porque el sistema, que no es el representativo, lo trae así desgraciadamente. Yo pido, pues, que las plazas que vayan vacando se den a los cesantes, que si se puede hacer grandes economías, las hagamos; y si no se puede hacer sino pequeñas, como se ha dicho, se hagan las que se puedan... y nada más.

Yo sólo he pedido la palabra porque la ha renunciado mi amigo el Sr. Vaamonde, y he visto atacado a mi celoso compañero el Sr. Peris y Valero.

Contestó al Sr. Aparisi y al Sr. Peris y Valero, el señor ministro de la Gobernación, al cual rectificó.

El Sr. APARISI Y GUIJARRO: el texto latino no lo he oído. En cambio yo citaré otro a su señoría ¡tante ne animis caelestibus irae! ¡Tanta ira cabe en un pecho ministerial, en el pecho del Sr. Posada Herrera, persona a la que no hay más que mirar para calificarla de amabilísima!

Ha comenzado su señoría por decir que yo soy reo convicto y confeso, y a seguida ha reconocido que en muchas cosas he dicho verdades. Declaro pues que su señoría es reo convicto y confeso; pero yo ¿de qué lo soy? ¿De haber llamado herano al Sr. Peris y Valero? ¿Cree su señoría que pensamos lo mismo en política? Si lo cree, ¿por qué me está recordando a cada momento la historia del tiempo antiguo?

Pues qué, ¿no sabe que el Sr. Peris y Valero vive y no se en qué siglo futuro? Y si no lo cree, ¿por qué no comprende el sentido en que he usado de esta palabra? Soy su hermano, porque soy su íntimo amigo, y porque aún antes de ser su amigo, le tenía en mucho por ser de los pocos de quienes se puede asegurar, que tienen el mal gusto... de no querer ser ni ministro siquiera. El Sr. Posada Herrera, bien o mal, reconoce que he dicho algunas verdades; pero se ha indignado porque las decía en son de broma. Yo quisiera que su señoría fuese más tolerante; eso es casi tiranía; cuando pagamos más de lo que podemos; cuando un abogado (yo lo soy y trabajo ahora por mi causa), cuando un abogado de valencia, ganando la décima parte que otro de Madrid, paga lo mismo, entonces le llega el tiempo de dolerse y gemir.

Pero no siempre se ha de llorar en el mundo; bueno es de cuando en cuando reírse… de las farsas. Mas ha dicho el Sr. Posada Herrera una cosa que me ha dolido, y en que se ha equivocado por completo su señoría: que yo me había burlado de los cesantes. Esto no es verdad. No sé si en esta parte, separándome del Sr. Peris y Valero, he dicho, después de citar clases muy beneméritas, que no podíamos negar una pensión a los militares que han defendido nuestra patria derramando su sangre en los campos de batalla, y que han vuelto mutilados a su casa; que no podemos en recompensa de estos servicios darles el privilegio de mendigar sus sustento. No he podido, pues, burlarme de los cesantes, y espero que el Sr. Posada Herrera me hará la justicia de reconocerlo así.

Por lo demás, ¿qué he dicho yo? Repetir las palabras del individuo de la comisión, de que había monomanía por ser empleado, y que por ciertos caminos se iba a ese objeto: repetir lo que no hace mucho dijo una persona muy ilustre, del partido progresista por cierto, y en un alto lugar: que si en España tuviéramos doscientas carteras ministeriales, cuatro mil plazas de director, y no sé cuantas mil de oficial, se podría componer y arreglar todas las cosas. Esto dijo el Sr. Luzuriaga, y eso he repetido yo. ¿A qué vienen, pues, todas esas declamaciones fuera de lugar y tiempo, acerca de los antiguos? ¿A qué viene recordar el patíbulo y el desgraciado que murió en él? Si hubo en esto injusticia o iniquidad, ¿respondo yo de esta iniquidad o esta injusticia? Yo he dicho que respeto los tiempos antiguos porque son tiempos de mis padres; y añado ahora que mucho me holgaría de que nosotros fuésemos más adelantados y perfectos que nuestros padres, que si levantaran la cabeza y lo vieran, se gozarían de que sus hijos fuesen mejores que ellos. Porque la gloria de los hijos es también la gloria de sus padres. Esto es lo que he dicho.

Yo no discuto ahora el origen de los cesantes; no recuerdo ciertas historias; lo que digo es que hay ese mal y que debe ponérsele remedio, porque sino de año en año va aumentándose esa carga, en términos que llegará el caso de que las clases pasivas se coman a los pacientes.

<!-- /* Font Definitions */ @font-face {font-family:Tahoma; panose-1:2 11 6 4 3 5 4 4 2 4; mso-font-charset:0; mso-generic-font-family:auto; mso-font-pitch:variable; mso-font-signature:-520082689 -1073717157 41 0 66047 0;} /* Style Definitions */ p.MsoNormal, li.MsoNormal, div.MsoNormal {mso-style-unhide:no; mso-style-qformat:yes; mso-style-parent:""; margin:0cm; margin-bottom:.0001pt; mso-pagination:widow-orphan; mso-hyphenate:none; font-size:12.0pt; font-family:"Times New Roman"; mso-fareast-font-family:"Times New Roman"; mso-ansi-language:ES; mso-fareast-language:ZH-CN;} .MsoChpDefault {mso-style-type:export-only; mso-default-props:yes; font-size:10.0pt; mso-ansi-font-size:10.0pt; mso-bidi-font-size:10.0pt;} @page WordSection1 {size:612.0pt 792.0pt; margin:70.85pt 3.0cm 70.85pt 3.0cm; mso-header-margin:36.0pt; mso-footer-margin:36.0pt; mso-paper-source:0;} div.WordSection1 {page:WordSection1;} -->

Esto es todo lo que he dicho; no sé pues por qué el señor Posada Herrera me mira no con buenos ojos; me mira… con peores aún, que al Sr. Rivero… por lo cual he de vengarme queriéndole bien. Mas si persiste el Sr. Posada Herrero en el triste camino que ha tomado, me forzará (hablo en broma) al silencio… recordaré lo que nos cuenta el inmortal manco de Lepanto, del loco que tenía el gusto singular (que le trajo, por cierto, un percance muy grave) de recorrer las calles, con una enorme piedra al hombro diciendo: “guarda que es podenco”. Y yo semejante a aquel menguado, si siento tentación de pedir la palabra, no lo haré por mi vida; y diré: “guarda que está ahí el Sr. Ministro de la Gobernación.”

 
Visitantes de Avant!
Tenemos 60 invitados conectado(s)