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La crítica del carlismo a la Ley de unidad sindical de FET-JONS

El Carlismo - Artículos de historia

LA CRÍTICA DEL CARLISMO A LA LEY DE UNIDAD SINDICAL DE FET-JONS

Carta de don José María Arauz de Robles a don Ramón Serrano Suñer

Zaragoza, 21 de diciembre de 1940.

Excmo. Sr. Don Ramón Serrano Suñer. Ministro de Estado. Madrid

Querido amigo:

Este verano, cuando tuve el gusto de hablar contigo, me dejaste encargado, que si alguna cosa me parecía mal, acudiese a ti con toda lealtad, para exponerte mi punto de vista en el asunto de que se tratase, seguro de que lo acogerías con generosidad por opuesto que fuera a vuestras convicciones.

Es claro que no iba a tomar pie de esta autorización que realmente te honra y enaltece, para importunarte a cada paso, en cuestiones secundarias o ya decididas, sin posible o fácil rectificación. Pero no resisto la tentación de hacer uso de ella con motivo de la publicación de la Ley Sindical, sobre cuyo contenido y orientaciones querría dejarte expuesta mi modesta pero fundamental discrepancia, a la par que llamar honradamente tu atención sobre el desaliento que en el ánimo público van sembrando estos intentos, que no logran cuajar una reforma real de las cosas y sobre los que pesan fatalmente una serie de tópicos aceptados con excesiva ligereza y de la misma naturaleza de los que han esclavizado y esterilizado la buena voluntad de tantos gobiernos y reformadores.


Ante todo, llama la atención el cambio en el procedimiento seguido para la redacción y promulgación de la ley. En la primavera de 1939, primera vez que se intentó aprobarla y publicarla, fueron convocadas en Burgos autorizadas y amplias representaciones de la Economía nacional, a las que se sometieron, con deseo de acertar y prudente celo por las repercusiones de la misma, los proyectos preparados por el Gobierno. Las objeciones fueron tan generales y fundadas, que estos proyectos fueron retirados. Ahora se ha prescindido por completo, según parece, de estos asesoramientos. Pudiera creerse que se estimaron aquellos suficientes; pero al prevalecer en la nueva ley las tendencias más combatidas entonces, parece que lo que se ha querido es imponer a las realidades económicas la concepción doctrinaria que ellas rehusaban; esto es, se da la sensación de legislar, ante todo, para dar satisfacción a una doctrina particular y al partido que la adopta.

No veas en esto una acusación caprichosa. De los que lo ejercen, es la responsabilidad del Poder. Pero no habrá habido quizá otro en nuestra Patria, a cuyo acierto y éxito hayan estado ligados tantos y tan profundos intereses, como son los sacrificios y esfuerzos de cuantos contribuyeron a instaurarlo. Sería más que lamentable que pudiera creerse que en ningún caso huía de las ásperas y duras realidades nacionales, por contrarias que fuesen, para refugiarse en un doctrinarismo más, desconocedor de aquellas, dejando la defensa de éstas a otras fuerzas, que Dios no permita, fuera una de las subversivas, que hemos creído vencer para siempre. SI hay algo de común en todas las grandes catástrofes políticas es este volver la espalda de los que ejercen el Poder a las realidades del pueblo que gobiernan. El caso de la Segunda República española está todavía- sin metáfora- chorreando sangre.

Y el Poder surgido del levantamiento nacional, no puede incurrir ni en apariencia, en errores semejantes.

Entrando en el contenido de la Ley, tendría que señalarte reparos de idéntica naturaleza. Es acaso fácil hablar de la Comunidad Nacional-Sindicalista que se dice forman todos cuantos intervienen en la producción, pero es más difícil organizarla y hacerla marchar como tal comunidad efectiva; no todos los conceptos literarios fueron realidad viva que deba ser recogida por la ley. La manifestación externa de esa Comunidad no se descubre sino en la Jefatura y mando de la misma, que se atribuye a la Delegación Nacional de Sindicatos. Pero, ¿para qué es ese mando? No parece por su especificación que se limita a lo puramente político en cuanto se refiere a estos sectores de la vida nacional o a defender respecto a ellos el bien común, misión característica y general de todo el poder público; ni parece que fuera necesario con tal carácter para ordenar los asuntos de la vida económica que corresponderían más propiamente a la competencia y al interés de los mismos elementos productores. Por la natural tendencia de todo poder a extender sus atribuciones y más todavía por la tendencia total de la Ley, este mando, de suyo incompetente para lo económico, aunque tuviere gran competencia su titular que no encontraría allí el lugar adecuado para desenvolverla, se inmiscuirá en la marcha de la producción, con iniciativas y preocupaciones extrañas, querrá estar presente en todas sus manifestaciones y en su afán por mantener esa “comunidad” de la que es cabeza y exponente, forzará el encuadramiento y violentará la “formación” nacional-sindicalista, de manera que no tardará en hacer odiosa a los productores hasta la misma solidaridad normal y natural que evidentemente les liga. La consecuencia de este sacar las cosas de quicio, puede preverse son esfuerzo; una reacción disgregadora que nos llevará, si antes no se remedia, a una época de una mayor disociación, declarada o clandestina, de la economía.

La manifestación más cercana o inmediata a los productores de este nuevo mando o jefatura de la “comunidad”, está a no dudarlo, en las Centrales nacional-sindicalista, de las cuales ya saben aquellos por su actuación hasta hoy, sin que deba aquí decirte otra cosa sino que tales organismos no responden a ninguna necesidad realmente económica o de vida social, ni siquiera a la de una acción oficial que ordinariamente debiera entenderte atribuida a los Delegados de Trabajo, sino a ese propósito de estructuración nacional-sindicalista, viniendo a constituir fuera de esta misión, algo superfluo y extraño, que fácilmente derivará en pernicioso.

Pero lo que más ha de chocar, es que la que se proclama revolución nacional-sindicalista deje los factores de la vida económica tal y como los creó y conformó el liberalismo. En realidad, nada fundamental cambia del desorden que tan rotundamente se condena; propiedad individualista exclusiva, libre juego del gran capitalismo y de las faenas financieras, mercado del trabajo; todo sigue lo mismo en esencia, sin más correcciones que las que pueda aportar la intervención oficial y burocrática que se organizará para colocar obreros, hacer estadísticas de paro, cobrar cuotas y en fin, intentar poner puertas al mercado liberal del dinero, de los hombres y de los productos, que abierta y clandestinamente seguirá rigiendo con tales bases la vida de la producción nacional.

Las tremendas realidades creadas por el doctrinarismo liberal que pudo desarrollar toda su eficacia desorganizadora, por la aparición de esas fuerzas que se llamaron capitalismo financiero, gran industria o industria pesada, y maquinismo, y que trajeron como consecuencia inevitable al desaparecer los gremios la aparición del proletariado, estas realidades hoy vivas y actuantes todavía, no pueden liquidarse con unas cuantas frases.

Es cierto que sobre ellas actuaron, aprovechándolas, doctrinas políticas francamente nefastas, como el liberalismo político y económico, para acrecentar las concentraciones capitalistas y procurar la omnipotencia financiera, o como el marxismo, para reunir, movilizar y utilizar el proletariado contra la constitución de los pueblos de Europa. Pero parece evidente que a la vez que desenmascarar y desahuciar estas doctrinas, lo necesario era modificar a fondo las condiciones que les fueron propicias, corrigiendo las causas que dieron nacimiento a aquellas realidades características de la inorgánica economía liberal.

Cerrar los ojos a estas realidades, como son la de un inmenso proletariado urbano que tiene en el conjunto productivo función e intereses propios y necesita por tanto para sus problemas tener la posibilidad de crear organizaciones adecuadas, o la de una clase patronal en gran parte caracterizada por las concentraciones de capital anónimo, que ha permanecido por esto principalmente desligada de aquellos, es sencillamente empujar a actuaciones clandestinas a unos y a otros, ya que su posición actual no variará porque la Ley condene tal estado de cosas o se motejen despectivamente de paritarias sus formaciones profesionales.

Tal posición de los factores que intervienen en la producción en lo que tiene de anormal y viciosa, no es sino la consecuencia de aquellas medidas antisociales y atomizadoras del individualismo liberal que como las desamortizadoras, desvinculadoras y disolventes de los oficios y cuadros gremiales, privaron de soporte material y de base económica a las instituciones sociales y orgánicas más características y despojaron a los obreros de su patrimonio profesional y al trabajo de su dignidad y eficacia, convirtiendo las poblaciones artesanas en masas y estableciendo sobre el solar de los talleres desmantelados el inhumano mercado de la nueva esclavitud proletaria.

Una reforma verdaderamente fundamental y noblemente ambiciosa hubiera comenzado por una reconstitución de estas instituciones primarias, propiedad y trabajo, según las leyes de la naturaleza, ya que de su desnaturalización se resiente hace tiempo toda la vida económica; hubiera preparado el camino con una reglamentación de las fuerzas financieras, corrigiendo sus abusos, pero respetando cuanto en ellas es necesario al actual estado de la vida industrial y mercantil; hubiera organizado lo que naturalmente pide organización, huyendo de lo superfluo, que todo lo perturba; y en fin, no hubiera olvidado que una sociedad no se restaura sino según los planos y leyes con arreglo a los cuales fue creada por Dios, esto es los de su naturaleza.

Un designio generoso, que aspirase a dejar huella real, en lugar de entregarnos a la imitación más o menos disimulada de modelos extraños, tarea en la que se consumó nuestra decadencia, hubiese reivindicado para nosotros la misión de poner acordes con los actuales desenvolvimientos técnicos e industriales, las instituciones y las doctrinas que sirvieron para crear el último orden de cosas fecundo y duradero que el mundo ha conocido, reanudando el desenvolvimiento y progreso de las mismas, catastróficamente interrumpido por las primeras revoluciones religiosas y políticas cuando era más necesario, o sea cuando la técnica iniciaba los grandes descubrimientos industriales.

En esta descompensación y desequilibrio producido por el magnífico progreso de las ciencias positivas y la técnica aplicada y el establecimiento, anarquía y retroceso de las morales y políticas, que no acertaron a procurar a aquéllas las fórmulas de vida y organización en que pudieran desarrollarse adecuadamente y por el contrario con las utopías y desaciertos revolucionarios de todas clases, han convertido frecuentemente en males aquellos progresos y han malbaratado en breves épocas de locura el esfuerzo de generaciones enteras, ha estribado y continúa estribando en gran parte la causa más inmediata de la honda crisis porque atraviesa nuestra civilización occidental.

Era tentador para España que se libró de culpa en aquella brusca interrupción del progreso moral y político de Europa, colocándose frente a la primera revolución religiosa que fue la reforma protestante y que ha mantenido clarividentemente la necesidad de reanudarlos con la actitud del tradicionalismo y más propiamente del Carlismo, poner ahora mano en empujarlo al nivel de las actuales circunstancias, restableciendo el equilibrio roto.

Otra cosa que se parezca a tomar los elementos disgregados por el individualismo liberal o sea las masas o las empresas de este tipo, para agruparlas caprichosa y artificialmente en centrales o en sindicatos, hijos de una concepción extraña del Estado, como antes se les agrupaba en partidos, tú puedes y debes comprenderlo, no es crear nada fundamental distinto de lo que se condena, sino seguir la serie de ensayos y de experiencias sobre esta sociedad sacada de sus quicios a la que no se le quiere volver al centro de sus leyes naturales de vida. Es abandonarse a un romanticismo más, el romanticismo de las revoluciones, como ya se ha calificado, sin ver que todo esto está en franco declive y que no queda otro rumbo salvador que el contrario, o sea, lo que bien pudiera llamarse la vuelta al clasicismo, única cosa que justificaría el esfuerzo heroico de los ejércitos, si quería aplicarse a algo verdaderamente nacional y trascendente, redimiéndose de la servidumbre liberal que durante un siglo de pronunciamientos lo tuvo al servicio del partido de moda o de los ensayos y ocurrencias más divergentes.

Nada he de decirte sobre la total ausencia que se nota en la Ley de cuanto pudiera orientarse a coordinar y articular con las organizaciones productoras, lo financiero, evitando el dominio con que ahora las oprime y atribuyendo a aquellas funciones de defensa y de regulación de precios y productos, imposibles de ser ejercidas eficazmente ni por las centrales nacional-sindicalistas, ni por los sindicatos nacionales faltos de muchas representaciones y en cuyas funciones podría encontrarse el medio adecuado para prevenir las coyunturas económicas, corregirlas o regular sus efectos cuando fuesen inevitables.

Pero sí he de llamarte la atención sobre dos notas de la Ley que nos ocupa: Una, la subordinación de lo económico a lo político; y otra, el control de toda la organización que se proyecta por el partido.

La subordinación de lo económico a lo político no es en realidad ninguna novedad importante; se ha dado siempre que ha habido un Poder digno de tal nombre, que ha sabido concebir las cosas según la jerarquía de las mismas y ha acertado a servir con santa libertad al bien común.

Pero para conseguir esa subordinación, no se ve que sea necesario situar en cada centro de la actividad económica una representación de elementos políticos que la intervengan. Es una cuestión de orden y no de mezcla y confusión de esferas. Como para que un Estado sea católico no es preciso que gobiernen los sacerdotes, sino que la ley moral y la fe religiosa ocupen el lugar preeminente que les corresponde y la Iglesia goce de todos los derechos indispensables para mantenerla.

La intromisión de lo económico en lo político que se manifestó en las últimas épocas del régimen parlamentario, no obedeció a ningún principio de éste, ni fue cosa querida por ninguna de sus constituciones sino una corrupción inevitable, nacida del mismo origen del Poder político en el sistema, que al hacerlo derivar del sufragio universal, abrió el camino al dinero como factor principal en las elecciones y permitió a la alta finanza dominar los parlamentos y los gobiernos.

Pero el mal estaba en el sistema y para los que sabían ver apareció entonces clara la fuerza y la dignidad de las Legitimidades que hacían nacer aquel Poder de fuentes religiosas, morales e históricas y le dotaban de un título insustituible que lo llevaba naturalmente, y más cuanto más se perfeccionase con el progreso moral y político, a procurar restaurar las leyes de vida de los individuos y de sus organizaciones naturales. Por eso, su caída fue la caída de los oficios y de los gremios y corporaciones, de las universidades, de la vida local y las libertades reales. El único poder que naturalmente legislaba para todos porque no necesitaba especialmente de ninguno y no se debía ni a un grupo ni a una concepción particular, y podía afirmar que no tenía otra fe que la que formó a su pueblo ni otro partido que la nación entera.

Si insisto en esto es porque creo firmemente que esta libertad y verdadera soberanía del Poder político que se persigue con la subordinación de lo económico, sólo se conseguirá cuando sea aquél legitimista. Y porque no quiero dejar de exponerte la razón que me movió a propugnarlo en lo que proyecté sobre esta materia, sin que en ello hubiera desconocimiento alguno de otras situaciones como la nuestra, justificada por sí misma en su misión y naturaleza.

Finalmente, el control del “Partido” destruye en la organización que la Ley propone todo carácter profesional; hará desaparecer la fisonomía auténtica de la nación, tal como se manifiesta en sus distintas actividades, bajo el barniz partidista; invalidaría las instituciones que se creasen, aunque en sí fuesen acertadas, para servir de instrumentos y vehículos de relación con otros pueblos al ponerse en contacto con órganos semejantes de los mismos; y en fin, contagiaría a la producción muchos vicios sin comunicarle virtudes.

Creo sinceramente que es vana la esperanza de reunir por este medio una selección de verdaderos valores de la economía y las empresas; sabiendo que lo que más se ha de cotizar en la nueva organización es la condición de “falangista”, puede preverse con seguridad el resultado: Los hombres verdaderamente capaces y peritos en una actividad, de ordinario entregados a la misma, no serán los que se preocupen de aparentar ese carácter; pero aquellos que profesionalmente no han tenido éxito en su trabajo, los que no son capaces de levantar sus empresas con el esfuerzo y la competencia profesional que ellas piden, encontrarán un puerto de salvación o un atajo en este camino que se les brinda, para ascender rápidamente a manejar no sólo sus negocios, sino los de los demás.

Una vez más la selección al revés habrá de producirse; y los fracasados, los dados a la aventura o los excesivamente ambiciosos, revestidos de fervor falangista, ascenderán con frecuencia al mando en sindicatos y actuarán perniciosamente sobre el conjunto de la producción.

En suma, creo que la Ley malogra el propósito de reforma social y económica que todo el mundo estaba dispuesto a aceptar después de la guerra, dejando intactas las bases del sistema liberal, creando organizaciones superfluas y plegándose a un doctrinarismo, fácilmente aceptado en lugar de buscar el verdadero mundo del trabajo, el “país real”, que dirían otros, o la constitución interna defendida por los tradicionalistas.

No por esto pienso que ha habido ni falta de celo, ni carencia de buena voluntad. Creo en el ferviente deseo de acertar de cuantos han intervenido en este asunto, en su extraordinaria competencia, en su patriotismo y espíritu de sacrificio. Pero creo también que contra todas estas virtudes militan posiciones iniciales sin cuya profunda rectificación es inútil todo.

Por eso te he hablado de cosas que pudieran parecer extrañas a la materia.

Espero que recibas estas objeciones o con indulgencia si te parecen triviales o con generosidad de ánimo si las crees agrias, considerando que te las hace no uno de tantos que busca vuestro favor y vuestro agrado, sino uno de aquellos que querrían vuestro acierto, aún a costa de vuestro disgusto y enemiga y en consecuencia desearía decidiros a aquellas empresas fundamentales sin las cuales los aciertos parciales serán cada vez más escasos y la salud de España se alejará y se hará más difícil.

Que el año nuevo os traiga muchas felicidas y cuanto quieras de tu siempre affmo. Amigo q.e.t.m

Firmado:

José María Arauz.

Tomado de “Apuntes y documentos para la historia del tradicionalismo español. 1939-1966”. Tomo 2. 1940. Manuel de Santa Cruz.

 

 
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