130 aniversario de la batalla de Camorra. Homenaje a los caídos en el día de los mártires de la Tradición

Círculos - Círculo carlista san Miguel

 

A principios de marzo se desarrollaron los diferentes actos programados para la celebración del día de los Mártires de la Tradición en el Reino de Valencia. Entre estos se enmarcan el homenaje a los caídos en la Batalla de Camorra en 1873.

 

El sábado día 8, desde la plaza del Ayuntamiento de Bocairent – y acompañados de una débil lluvia - se inició la ascensión al Calvario, rezándose durante el trayecto el Santo Via Crucis.  Una vez llegados a la cumbre se celebró la Misa en memoria de nuestros Mártires en la ermita del Cristo, siendo oficiada por el Rvdo. Padre Francisco Suárez, consiliario del Círculo Aparisi y Guijarro.


 

Seguidamente, el casi centenar de carlistas que acudieron a la llamada de la Comunión, se dirigieron hacia el monumento funerario donde reposan los restos de los muertos de ambos bandos en la batalla de Camorra (1873). Allí se rezó un responso por todos ellos, carlistas y republicanos, pues así nos lo exige nuestra caridad cristiana.

 

Junto a la “Creu dels Carlistes” se desarrolló la parte política del acto, en la que tomaron la palabra el jefe local de Bocairent, Marcel.lí Sempere i Castelló; el jefe provincial de Valencia, Vicente Febrer Forés y el jefe regional de la CTC, José Miguel Orts Timoner.


 


 

Decir que un periodista del periódico LEVANTE, estuvo presente en los actos. Ayer domingo, este periódico daba cuenta de los mismos con una crónica un tanto confusa, debido sin duda al desconocimiento periodístico sobre los entresijos internos del carlismo. La presidencia regional ha cursado carta al diario LEVANTE aclarando conceptos y solicitando una rectificación en la información.

 

La jornada terminó con una comida de hermandad servida en un restaurante de la cercana localidad de Ontinyent.


 

Las celebraciones siguieron el domingo día 9, con la ofrenda foral y oraciones ante las sepulturas de los mártires de 1936 en el cementerio general de Valencia y la Santa Misa en la Iglesia Parroquial de Santo Tomás Apóstol y San Felipe Neri.

 

 

Palabras del presidente regional de la Comunión Tradicionalista Carlista, don José Miguel Orts Timoner


Recordando la guerra, luchando por la paz

Queridos correligionarios y amigos todos:

Estamos aquí para rendir un homenaje a quienes estimaron más el Ideal que la propia vida, valoraron el bien de la Patria más que la tranquilidad de la vida familiar y profesional, prefirieron la legitimidad en el orden político en lugar de la nueva legalidad revolucionaria impuesta violentando las leyes, optaron por la manera de ser y de pensar de la España tradicional y no por las modas ideológicas extranjerizantes...

Y lo hacemos cumpliendo el mandato de Su Majestad Católica el Rey Carlos VII, continuando nuestra vinculación con la Dinastía Legítima más allá de la desaparición física de los príncipes que la encarnaron. Porque el papel de la Dinastía como referente ha pasado al pueblo carlista, la nueva familia real que no se nos extingue. Y en nombre de ese pueblo, la Comunión Tradicionalista Carlista tiene la obligación de seguir enarbolando la bandera de los principios que informan la Tradición española: Dios, Patria, Fueros y Rey legítimo. Y a la luz de esos principios intervenir en la vida política de España.

Hace ciento treinta años se libró en esta sierra una acción de armas que ahora conmemoramos. Y ante la sepultura común de carlistas y republicanos, nuestra oración se ha dirigido al sufragio de las almas de todos los combatientes y nuestro respeto también alcanza a los españoles que se enfrentaron con nuestros correligionarios.

Porque, a pesar de las reincidentes guerras en las que intervinimos, desde 1833 a 1936, los carlistas afirmamos nuestra vocación de gente de paz, de hombres y mujeres amantes de la paz. De una paz digna, hija de la justicia y de la libertad. No somos irenistas, es decir pacifistas a ultranza. Si hemos tenido que recurrir a la legítima defensa contra la violencia desencadenada desde el poder, ha sido contrariando nuestra condición de personas pacíficas que apreciaban más la justicia y la libertad que el orden externo. Y nuestras guerras fueron la respuesta armada del pueblo contra gobernantes ilegítimos que violaron la ley. Y la solidaridad leal del pueblo con los verdaderos príncipes de derecho. Y la reacción contra los perseguidores de la Iglesia y los secuestradores de las libertades más sagradas de los españoles. En el siglo XIX perdimos las guerras. En el siglo XX perdimos la paz. Por eso sabemos lo que a la postre resuelven las guerras y por eso nos estimamos tanto la paz como don de Dios.

La misma existencia de la Causa en tiempos de guerra y en tiempos de paz aparente nos ha costado víctimas y mártires, algunos de los cuales, reconocidos canónicamente por la Iglesia y ya en los altares. Y una legión de viudas, huérfanos, mutilados, enfermos, arruinados, desterrados, destrozados a disgustos... A todos ellos gloria y gratitud.
Pero este caudal de mártires y de víctimas nos enorgullece y nos duele. Porque, repito, somos gente de paz, gente constructora de una paz verdadera.

Ahora suenan de nuevo tambores de guerra. De una guerra aparentemente lejana, pero que tiene precedentes y previsiones de una crueldad extrema. Una guerra que se nos impone por nuestro más poderoso aliado. Y que ha sido aceptada como recurso por la mayoría absoluta del Congreso de los Diputados al votar el respaldo a la política del Gobierno de José María Aznar.

No teníamos bastante con la lacra interminable del terrorismo, que se cobra vidas y socava los fundamentos de la convivencia de los españoles unidos en una empresa común.

No bastaba con la matanza constante de no nacidos en el vientre de sus madres, amparada por la Constitución y sus ambigüedades.

Ahora quieren meternos en otro conflicto: la proyectada invasión de Irak. Una guerra innecesaria, injustificable y de consecuencias imprevisibles.

¿Qué tipo de presiones habrá ejercido sobre nuestro Gobierno el aliado poderoso? ¿Qué beneficios le habrá ofrecido? Y sobre todo ¿qué amenazas directas o encubiertas habrá tenido que encajar el señor Aznar? Estas ventajas y estos temores inconfesables son los supuestos intereses nacionales para los que el Presidente nos pide a los españoles comprensión. Las explicaciones ofrecidas sólo han sido operativas para que el Partido Popular, jugándose el todo por el todo, cierre filas en torno a su líder. Pero no han convencido ni al resto de fuerzas políticas ni a la opinión pública.

Esta guerra no cumple ninguno de los requisitos que la tradición jurídica exige a un conflicto bélico para ser moralmente legítimo:

Aquí no hay agresión ni a España ni a Estados Unidos ni a otros países por parte de Irak. Al menos desde 1991. No se puede hablar, pues, de legítima defensa. No está probada la vinculación del gobierno iraquí con los terroristas del 11 de septiembre de 2001 en Nueva York ni con los grupos enemigos de España. La habilidad de los norteamericanos para urdir pruebas la conocemos los españoles desde 1898.

Hay una orden de la ONU para desarmar a Irak, previamente pertrechado con armas de destrucción masiva suministradas por Occidente. Pero su entorno es un polvorín y su desarme unilateral equivaldría a la anulación injustificada de su capacidad defensiva. Aun así las estrategias políticas y diplomáticas para conseguirlo no se han agotado. Pero los partidarios de la guerra están decididos a intervenir y conseguir por la fuerza cambiar el régimen dictatorial iraquí por una administración militar norteamericana que controle la producción de petróleo de la zona, como primer paso de un “nuevo orden” en Oriente Medio, con o sin resolución legitimadora del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Con o sin unidad entre los miembros de la OTAN. Con o sin consenso entre los componentes de la Unión Europea.

La desmesurada superioridad militar norteamericana y británica y el apoyo reticente de la OTAN permiten esperar un resultado favorable a los occidentales. Pero nadie puede prever el alcance de una confrontación generalizada y perdurable y los resultados de catalogar como terrorista cualquier resistencia que se suscitase en el pueblo iraquí contra los invasores de su territorio.

La tecnología armamentística moderna y su capacidad de destrucción de vidas humanas y bienes hacen desproporcionada la respuesta americana, como lo fue en Afganistán.

Para más sarcasmo el Gobierno español ya ha asignado una cantidad para fines humanitarios derivados de los ataques de que el pueblo iraquí será objeto, al tiempo que contribuirá a la agresión. Sería interesante comparar las cifras que se destinarán al apoyo militar y las de la ayuda a las víctimas.

Dentro de poco cualquier manifestación contraria a la guerra será catalogada como traición a España. Ahora que todavía podemos, desde esta sierra de Bocairent, hemos de decir que la traición a España es hacerla cómplice de una aventura neocolonialista que generará un enfrentamiento de civilizaciones y un alto costo de vidas humanas, entre ellas las de nuestros soldados tal vez, sin contar con el aliento que el conflicto dará al terrorismo de retaguardia de signo islamista.

Ya desde Washington se nos ha llamado cobardes a los que nos oponemos a esta guerra. La cobardía está en no resistir a los poderosos y en doblar la rodilla ante ellos. Y desde el P.P. se nos ha tildado de afrancesados y de traidores. Precisamente desde un partido que se avergüenza de sus orígenes y reniega de los compromisos de sus fundadores. No les vamos a devolver los insultos.

Desde este túmulo hemos de elogiar la labor del Papa y de la Iglesia en intentar impedir la acción de las armas. Y con él repetir que si esta guerra finalmente estalla, será “una derrota de la humanidad”.

No nos acompleja tener “compañeros de viaje” no deseados como nuestros correligionarios en la fosa común. Pero el que nuestra preocupación la sientan otros que no comparten nuestros valores no disminuye su legitimidad.

Carlistas: Seamos dignos de nuestros mártires. Nos toca ahora combatir por la paz. Hagámoslo con la misma decisión que cuando se nos ha llamado a tomar las armas.

¡Viva Cristo Rey!¡Viva España!¡Viva la Monarquía Legítima!



 

Palabras del presidente provincial de la Comunión Tradicionalista Carlista de Valencia, don Vicente Febrer Forés


Carlistas del Reino de Valencia, amigos todos:

Como representante de la Junta Provincial de Valencia, y obligado por el protocolo del acto, voy a dirigiros unas breves palabras, pobres en elocuencia, pero sinceras e impregnadas de sentimientos carlistas.

Nos reunimos precisamente en este agreste y duro paraje –un bello rincón de España-, en donde el aroma de sus plantas y el aire puro que se respira significan para nosotros, los carlistas, la profunda de nuestro ideal, que las huestes leales al querido y admirado Rey Carlos VII supieron aquí mismo con valentía y orgullo defender.

Venimos, pues, a rendir homenaje a aquellos combatientes carlistas que mandados por el valenciano general Santes, un 23 de diciembre de 1873, en esta misma tierra que pisamos, lucharon con bravura sin igual contra el ejército liberal en la célebre batalla de Camorra, derramando su sangre e inmolando sus vidas muchos de ellos. Este monumento rematado con la cruz es el recuerdo perenne y tributo que los carlistas valencianos les han dedicado para honrar su memoria. Monumento que, como muchos de vosotros sabéis, fue en varias ocasiones ultrajado y destruido por los enemigos del carlismo y de la fe, enemigos que perviven cobijados y enmascarados bajo el manto de esta democracia. Pero sigue ahí, repuesto, y su cruz en pie, porque el carlismo también se mantiene en pie, dispuesto a defenderse y luchar por el honor de sus muertos. Este acto de homenaje está enmarcado dentro de la fiesta de los Mártires de la Tradición, que cada año conmemoramos. Mártires del carlismo de todos los tiempos, que de una forma u otra entregaron sus vidas por la Causa. Muchos de ellos han alcanzado recientemente el honor de ser beatificados por la Iglesia al constatar ésta que también derramaron su sangre por la fe católica.

Un célebre filósofo alemán del siglo XIX en una ocasión escribió: “Desgraciado el pueblo que olvida su pasado”. El pueblo carlista nunca olvidó su pasado, más bien ha sido un timbre de honor para él honrarlo y mantenerlo vivo.

Por eso estamos aquí conmemorando el 130º aniversario de la batalla de Camorra, una de tantas gestas heroicas, que al grito de ¡Viva la Religión!, ¡Viva España! ¡Viva el Rey! Jalonaron los parajes y tierras de España en el transcurso de nuestras guerras carlistas.

Pero no sólo hemos venido a recordar y honrar a nuestros mártires –que está bien y es nuestro deber-, sino a ratificar y proclamar que esos ideales siguen actualmente vivos y que por ellos debemos trbajar con nuestro esfuerzo y sacrificio. Es una responsabilidad y un deber que todo carlista debe asumir.

El carlismo vive y lo tenemos que hacer vivir nosotros, no puede morir. Si han pasado 170 años desde que nació y aún existe, es porque ha dejado atrás una semilla profunda, regada por la sangre de sus innumerables mártires, derramada por Dios, la Patria, los Fueros y el Rey legítimo, cuatrilema firme, perenne e inmutable y siempre actual.

Es hora, pues, de arropar y ayudar a los dirigentes de la Comunión Tradicionalista Carlista para que estos ideales invadan las estructuras de nuestra sociedad y hagan posible su regeneración moral y como consecuencia, establecer el Reinado social de Jesucristo.

También para denunciar claramente las estructuras políticas actuales que conducen sin remedio a la corrupción del pueblo español.

Los carlistas, como católicos, debemos, ahora más que nunca, participar en la política para con nuestro testimonio, desenmascarar a esos políticos liberales –que se llaman católicos- y hacerles ver que con su ambigüedad, tibieza y tolerancia gobiernan con leyes que están quebrantando los postulados morales que la Iglesia Católica proclama y defiende.

Esta conmemoración que hoy celebramos debe servirnos de acicate y ánimo para seguir manteniendo la lucha por España, para que un día no lejano pueda volver a ser ella misma, es decir, la España que supo descubrir un nuevo mundo, bajo la égida de los Reyes Católicos, y alumbrarlo con la fe, la España de la Tradición –alma de la vida nacional- , la España del honor y la lealtad, la España que siempre respetó a Dios, la España de los Santos y de los Mártires, la España de las Españas, con sus fueros, costumbres y tradiciones. En fin la España real y verdadera por la que tantos carlistas entregaron sus haciendas, trabajos y vidas y a los hoy con grtan emoción recordamos y estamos obligados a emular. De ahí uno de nuestros lemas actuales: “La Tradición es la Esperanza”.

¡Viva Cristo Rey! ¡Viva España! ¡Viva el Rey legítimo!

Bocairente, a 8 de marzo de 2003, en el día de la fiesta de los Mártires de la Tradición.