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Hoy ha tenido lugar en los locales del
círculo cultural Aparisi y Guijarro de
Valencia el primero de los círculos de
formación para jóvenes que, con motivo del
175 aniversario del carlismo y tomando como
base los ideales de nuestro cuatrilema,
organiza para este año la vocalía de
juventud de la Comunión Tradicionalista
Carlista del Reino de Valencia. El primero
de ellos, basado en el primer lema de
nuestro ideario, se ha titulado "Unidad
católica: apuntes sobre la confesionalidad
católica de España", y ha estado a cargo de
Víctor Javier Ibáñez. Se ha dado la
circunstancia de que, al realizarse apenas
media hora tras la finalización del acto de
presentación de las candidaturas de la CTC
en Valencia, en el mismo local, muchos de
los asistentes al mismo, se han unido a los
jóvenes que han acudido a la conferencia,
por lo que esta ha sido muy concurrida. El
ponente ha comenzado recordando al papa León
XIII, que en la encíclica Inmortale Dei
llama a evitar el peligro de escindir el
cristianismo público del privado,
insistiendo en que la fe debe tener un
reflejo en la vida política. No de otra
manera lo afirmaba Juan Pablo II en la
encíclica Veritatis Splendor. El
ponente ha dividido su exposición en 3
conceptos.
El primero ha sido el del Reinado Social
de Cristo. Pío XI, en la encíclica Quas
Primas, instituía la festividad de
Cristo Rey con el objeto de recordar a las
sociedades la obligación de reconocer
públicamente el Reinado de Cristo. En
aquellas sociedad tradicionalmente creyentes
tal reinado se manifiesta en símbolos
públicos como los crucifijos o las diversas
advocaciones religiosas que toman las
asociaciones privadas. Este es un principio
teológico y sociológico.
De índole política y filosófica, no
obstante, es el segundo concepto, el de la
confesionalidad católica de los estados.
Este se basa en sabios imbuidos en retazos
de la Verdad, algunos previos a Cristo, y
por tanto paganos, como Platón o
Aristóteles, y otros convertidos a la fe
salvadora, como san Agustín. Todos ellos
reconocían la tendencia social correcta
hacia la Virtud, y como de esta se derivaba
el conocimiento por la misma, y por su
fuente, que es Dios. Por ello deducían que
existe una necesidad de que la sociedad
conozca a Dios y se agrupe en torno a una
ortodoxia religiosa. Ya el profesor
Francisco Canals estimaba que "sin políticas
cristianas se descristianiza un pueblo". De
la certeza de su aseveración es prueba
palpable el ejemplo de España, sociedad
descristianizada en 30 años gracias a
políticas anticristianas. Es por tanto,
además de su corrección teológica, razón de
eficacia pastoral promover la
confesionalidad católica. Federico
Wilhelmsen afirmaba que "todas las
sociedades han de tener ortodoxia pública".
Así también la tienen los estados liberales,
que sustituyen los mandamientos divinos por
la declaraciones de los derechos del hombre,
que han conducido a las sociedades al
nihilismo y a los enfrentamientos internos.
Con toda lógica, el filósofo estadounidense
postulaba que "O la soberanía de Cristo, o
el caos".
El Catecismo de la Iglesia Católica, de
1992, estipula que la Ley natural es el
fundamento de la Justicia. Basada esta en la
ley de Dios, y siendo por tanto perfecta, se
concluye que la organización natural y
cristiana lleva la paz y el orden de Cristo
a la sociedad. En un estado católico, la
Iglesia podría incluso ocupar el antiguo
brazo eclesiástico que siempre tuvo en las
Cortes tradicionales (en la figura del
primado), pero principalmente su papel es el
del poder indirecto: en lo tocante a moral y
costumbres, el príncipe cristiano viene
obligado a someterse a la doctrina de la
Iglesia, dejándose libertad en aquellas
cuestiones que no afecten a Verdades
intangibles.
El tercer concepto es el de la Unidad
católica, concepto particular sobre todo en
el caso español. Viene derivado del devenir
histórico: la unión de los pueblos
hispánicos sobre la fe, excluyendo a los
cultos que la niegan o atacan, que fue más
estrecha en los momentos de mayor gloria de
nuestra patria, no por mera casualidad.
Cándido Nocedal afirmaba que "la unidad
católica es la constitución secular de
España, en la que se configura como nación",
postulado en el que coinciden todos los
grandes pensadores tradicionalistas, desde
Donoso Cortés hasta Juan Vázquez de Mella.
La Constitución Dignitates Humanae,
del Concilio Vaticano II, permite la
libertad religiosa, pero confirma la
doctrina anterior sobre el particular, que
en España, al contrario que en otras
naciones de realidad pluriconfesional,
establece la Unidad católica, tradición a la
que ni concilio ni papado nos obligan a
renunciar. Tres argumentos avalan la
eficacia y bondad de la Unidad católica: 1)
Previene a las almas débiles contra sectas y
falsas religiones, 2) Garantiza la moral
pública, sobre todo de cara a la formación
de la juventud, y 3) Permite el libre
albedrío religioso de las minorías (como en
el pasado católico de España se toleró a
judíos y moriscos), porque no se puede
imponer la fe, pero sin permitirles la
difusión de sus falsos cultos.
El carlismo, basándose en los gloriosos
siglos de la monarquía hispánica, sigue
defendiendo la Unidad católica, con más
ahínco cuando más se le ataca, atesorándola
como fundamento de una sociedad futura
española, católica y tradicional, en
cumplimiento del mandato del mismo Jesús en
nuestra primera y más universal oración:
"Venga a nosotros Tú Reino, y hágase Tú
voluntad, así en la tierra como en el
Cielo".
La charla ha concluido con un animado
debate, que se ha alargado más de media
hora, en el que se han planteado diversas
cuestiones, que han girado en torno a las
diferencias de criterio dentro de los
carlistas acerca del alcance de la Unidad
católica en nuestro ideario. Esta previsto
que el próximo círculo verse sobre el
concepto de Patria en el ideario carlista. |
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