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Monografías.
La epopeya cristera. Segunda cruzada contra
los sin Dios jacobinos. por Lic. Gustavo
Carrère Cadirant |
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Una de las banderas Generalísimas de los
cristeros |
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1. Antecedentes
La persecución liberal y masónica contra la
Iglesia Católica en México, que desencadenó
la
“Epopeya Cristera”
en el siglo XX, no era sino continuación de
la iniciada en el siglo XIX.
El
16 de septiembre de 1810,
en el llamado
“Grito de Dolores”,
el sacerdote Miguel Hidalgo y Costilla
iniciaba el proceso de
“guerra insurgente o civil”
que culminaría con la independencia de
México. Los obispos sostenían que no se
trataba de guerra por la independencia sino,
una lucha injustificada y salvaje contra una
clase de la sociedad: la exaltación de las
turbas, conocidas como los
“chinacos”,
contra las clases altas de la sociedad,
conocidos como los
“gachupines”.
No obstante, la burguesía criolla americana
del siglo diecinueve, ansiosa de liberarse
del poder de la Corona española y de la
influencia de la Iglesia Católica, se agrupó
en logias masónicas locales, intervenidas
por francmasones del norte anglosajón, que
ya entonces buscaban penetrar en el solar
iberoamericano. En
24 de febrero de 1821,
el
Plan de Iguala
decide la independencia completa como
monarquía constitucional y señala a la
Religión Católica como base espiritual de la
vida mexicana; el emperador Agustín de
Iturbide ocupará el gobierno. Paralelamente,
el
“Manifiesto Destino”
les señalaba a los gobernantes de Estados
Unidos el Lejano Oeste como meta; así Texas,
Nuevo México, la Alta California y Arizona
entraban en los planes anexionistas. Por
ello fue comisionado su embajador Poinsett,
a la formación de un
“Partido Americano”
en México; sobre la base de las
“logias yorkinas”;
el proyecto era
“La República Federal y Laica”.
Con la colaboración de liberales-masones y
los constitucionalistas, en 1824 Iturbide
será destituido y fusilado en Padilla. El
Gral. Vicente Guerrero proclamará así la
República en 1824; se sanciona la
Constitución. Comienza un período de
decadencia: el separatismo centroamericano,
la propaganda antirreligiosa, la guerra de
Texas y la guerra contra los Estados Unidos,
que culmina con el
Tratado de Guadalupe,
el
2 de febrero de 1848,
que lo lleva a la pérdida del 50% de su
territorio –Texas, Nuevo México,
Arizona y la Alta California-;
la política exterior de México quedó así
subordinada a los Estados Unidos.
a. Presidencia del
Dr. Benito Juárez (1855-72).
En 1855, se
desata la revolución liberal con toda
su virulencia anticatólica, cuando se hace
con el poder Benito Juárez, indio zapoteca,
de Oaxaca, que a los 11 años, con ayuda del
lego carmelita Salanueva, aprende castellano
y a leer y escribir, lo que le permite
ingresar en el Seminario. Abogado más tarde
y político, impone, obligado por la logia
norteamericana de Nueva Orleans, la
Constitución de 1857, de orientación
liberal, y las Leyes de Reforma de
1859, una y otras abiertamente hostiles
a la Iglesia: algunas disposiciones específicas, entre las que sobresalieron:
Articulo 3º:
Elimina a la Iglesia de la educación;
Artículo 13º:
Ratifica la Ley Juárez de 1855 que pone fin
a los privilegios y tribunales especiales
para la Iglesia;
Artículo 27º: Ratifica la Ley Lerdo de 1856 que prohíbe a la Iglesia administrar
bienes o empresas no destinados al culto
religioso;
Artículo 56º:
Impide a los sacerdotes ser diputados;
Artículo
57º: Impide a los sacerdotes aspirar a la Presidencia de la República; y
Artículo 123º: Permite al Gobierno controlar la práctica del culto. Su
gobierno dio también apoyo a una Iglesia
mexicana, precario intento de crear, en
torno a un pobre cura, una Iglesia
cismática. SS Pío IX condenó estas medidas;
envió un comunicado al Presidente de la
República Mexicana de cuyo texto tomamos un
fragmento que a la letra dice:
"levantamos nuestra voz pontificia con la
libertad apostólica para condenar, reprobar
y declarar írritos y de ningún valor los
llamados decretos de reforma y todo lo demás
que haya practicado la autoridad civil con
tanto desprecio de la autoridad eclesiástica
y de esta silla apostólica".
Este respaldo absoluto del Papa hacia el
clero mexicano auspició un
“alzamiento popular católico” en los
años 1858-1861, conocido como la
"guerra de tres años"; primer precedente de la epopeya cristera.
La catolicidad mejicana sostuvo esa lucha
contra aquellos laicistas de la Reforma,
también jacobinos, que habían impuesto la
libertad para todos los cultos -excepto el
culto católico, sometido al control
restrictivo del Estado-, la puesta a la
venta de los bienes de la Iglesia, la
prohibición de los votos religiosos, la
supresión de la Compañía de Jesús y, por
tanto, de sus colegios, el juramento de
todos los empleados del Estado a favor de
estas medidas, la deportación y el
encarcelamiento de los obispos o sacerdotes
que protestaran y una represión sangrienta
de las manifestaciones de protesta,
particularmente numerosas en los estados de
Jalisco, Michoacán, Puebla, Tlaxcala;
el gobierno liberal prevaleció gracias a la
ayuda de los Estados Unidos.
En
1860 Juárez
expulsó del país a todos los prelados
extranjeros, lo cual hizo que los
conservadores pensaran en llamar a un rey o
emperador de la nobleza que los
"acercara a Dios", para sustituir al presidente indígena que los
estaba "acercando al diablo".
b. Presidencia de
Sebastián Lerdo de Tejada (1872-77).
Éste, que había
estudiado en el Seminario de Puebla, acentuó
la persecución religiosa.
Con la restauración de la República se aplicaron al pie de la letra las
Leyes de Reforma; el 20 de mayo de 1873,
el Gobernador del Distrito Federal, por
órdenes del Presidente arrestó a todos los
jesuitas, así como a los frailes, monjas y
sacerdotes extranjeros. El periódico
subsidiado por el Gobierno llamado
"el federalista"
en su edición del
21 de mayo de 1873 consignó textualmente:
"los sacerdotes naturales del país seguirán
purgando en la cárcel su desobediencia a las
leyes; las monjas no podrán volver a
consagrarse y los sacerdotes extranjeros,
particularmente los jesuitas, serán
desterrados del país como ciudadanos
perniciosos". El
gobierno federal decidió reformar la
Constitución, completándola; el decreto del
25 de septiembre de 1873, incorporaba
los cinco decretos, conocidos como Leyes de
la Reforma, a la Constitución de 1857. Una
enmienda constitucional decidió la expulsión
de las Hermanas de la Caridad -a quienes el
mismo Juárez respetó-, no obstante que de
las 410 que había, 355 eran mexicanas, que
atendían a cerca de 15.000 personas en sus
hospitales, asilos y escuelas. En cambio, se
favoreció oficialmente la difusión del
protestantismo, con apoyo norteamericano;
asimismo se prohibió que hubiera fuera de
los templos cualquier manifestación o acto
religioso. Todo esto provocó otro
“alzamiento popular católico”, llamado
de los Religioneros (1873-1876),
segundo precedente de la epopeya cristera.
Los primeros levantamientos de produjeron en
noviembre de 1873 en Morelia,
Zinacatepec, Dolores Hidalgo, León; mucho
más graves fueron las tragedias en
Jonacatepec, Temascaltepec y Tejupilco. En
enero de 1874, la “Epopeya
religionera” se extendía como mancha de
aceite al grito de ¡Viva la Religión!
¡Muera el mal gobierno! ¡Mueran los
protestantes! La ciega represión del
gobierno produjo un mayor apoyo popular; en
tal sentido señalaban: “La conducta de
los jefes mandados por el gobierno para
sofocar la revolución es más propia para
avivar el incendio que para sofocarlo”.
Al frente de esta guerra popular, verdadera
guerra de guerrillas, se encontraban: Jesús
González, Benito Mesa, Domingo Juárez,
Gabriel Torres, Antonio Reza, Jesús
Soravilla, Socorro Reyes. Los prelados, como
en muchas ocasiones, no obraron de manera
uniforme; mientras unos recomendaban
obediencia a las leyes, otros azuzaban en
contra del gobierno. El Gral. Porfirio Díaz
derribó a Lerdo de Tejada gracias al apoyo
popular; el movimiento religionero
desaparece, por no tener ya razón de ser
pues, Porfirio Díaz se apresuró a
pactar con la Iglesia Católica con el aval
de El Vaticano: el régimen suavizaría la
aplicación de las Leyes de Reforma si el
clero se comprometía a concentrarse
exclusivamente en su labor pastoral. |
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Izquierda: tres primeros cruzados de
Colima Derecha: monseñor
José Amador, obispo de Colima |
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c. Presidencia del
General Porfirio Díaz (1877-1910).
Era, como Juárez, de
Oaxaca y antiguo seminarista; desencadenó
una revolución que le llevó al gobierno de
México durante casi 30 años: fue
reelegido ocho veces, en una farsa de
elecciones, entre 1877 y 1910. El
liberalismo del Porfiriato fue más
tolerante con la Iglesia. Aunque dejó
vigentes las leyes persecutorias de la
Reforma, normalmente no las aplicaba; pero
mantuvo en su gobierno, especialmente en la
educación preparatoria y universitaria, el
espíritu laicista antirreligioso.
Se movilizó con audacia y obtuvo el apoyo de
la Confederación Masónica Internacional
y del
Supremo Consejo Mundial de Londres que enviaron emisarios a México a dialogar con los
integrantes de las logias, de cuyas
conversaciones se obtuvo la anuencia de la
masonería universal para que el
Gral. Porfirio Díaz
actuara en busca de la paz y de la
reconciliación Iglesia-Estado, con objeto de
dejar al país en condiciones de estabilidad
para favorecer la inversión extranjera, los
créditos y el progreso del suelo mexicano.
La conciliación propuesta por el gobierno
consistió en no combatir las manifestaciones
religiosas externas de la Iglesia mientras
ésta colaborase a conservar la paz. Sujeto
el acuerdo a la conveniencia mutua, las
órdenes religiosas fueron restablecidas, se
abrieron escuelas y centros de enseñanza
religiosa, se mostró tolerancia a los actos
de culto externo, se erigieron los obispados
de Tabasco, en 1880; el de Colima, en 1881,
y Sinaloa en 1883. Para 1895, el número de
templos ascendió a 9.580, aumentando en
4.687 en relación a los que existían en
1878.
El clero denominó a esta época de tranquilidad y bonanza
"pax porfiriana" que fue muy comentada, controvertida y criticada.
Sin embargo, los católicos
conservadores manifestaban que no
modificarían su posición respecto a la
legislación reformista, pues la consideraban
un problema de conciencia; por lo tanto,
continuaba su condena a lo que consideraban
robos sacrílegos de los objetos y
propiedades eclesiásticos, a la educación
impartida por el Estado y a la
secularización del matrimonio. Consolidado
en el poder el grupo liberal, se favoreció
la difusión del protestantismo, como base
liberal radical en el marco de su
confrontación con la Iglesia Católica. Con
apoyo del gobierno, se reprodujeron las
congregaciones reformistas protestantes, las
que tenían como característica esencial
ofrecer al individuo pautas y modelos
organizativos, en ruptura con los modelos
corporativos tradicionales, ligados en gran
parte al catolicismo.
Pero será a partir de 1910, con la
denominada
“Revolución Mexicana”,
la irrupción en el panorama ilustrado de un
socialismo y un marxismo rampantes, cuando
la situación alcance su punto crítico: entre
1914 y 1917
los obispos fueron detenidos o expulsados,
los sacerdotes encarcelados, las monjas
expulsadas de sus conventos, el culto
religioso prohibido, las escuelas religiosas
cerradas, las propiedades eclesiásticas
confiscadas. La Constitución de 1917
legalizó el ataque a la Iglesia y lo
radicalizó de manera intolerable.
En el período de 1914 a 1934, el
más cruento de la persecución religiosa en
México, obispos, sacerdotes, laicos,
hombres, mujeres y niños, ofrecieron sus
vidas al grito de ¡Viva Cristo Rey!
Tuvo su punto culminante de 1926 a 1929,
cuando el entonces Presidente de la
República, General Plutarco Elías Calles,
promulgó una ley sobre el culto, que llevase
a la práctica las disposiciones de la
Constitución de 1917. Estas disposiciones,
conocidas como “Ley Calles”,
establecían el número de ministros sagrados
por localidad, prohibían la presencia de
sacerdotes extranjeros en el país, limitaban
el ejercicio de los actos de culto y, entre
otras disposiciones más, prohibían los
seminarios y conventos. Ante estas
restricciones, y tras frustrantes
negociaciones por parte de los obispos
mexicanos con las autoridades del Gobierno,
la Iglesia de México, en señal de protesta,
decidió suspender los actos de culto.
La rebelión no se hizo esperar:
en la parte occidental de México
(especialmente en Jalisco,
Aguascalientes, Michoacán, Guanajuato y
Colima), muchos católicos tomaron las
armas para defender la libertad religiosa.
Algunos sacerdotes, aunque en número exiguo,
se unieron a ellos; pero la mayor parte optó
por una resistencia pacífica. Los estudiosos
cuentan sólo veinte sacerdotes entre los
adherentes a la lucha armada. Entre los
laicos se formaron dos grupos: los
favorables a la lucha armada y los que se
inclinaban por la resistencia pacífica.
Se trataba de la Epopeya de los Cristeros,
que, como sus hermanos de La Vendée, se
formaron bajo las banderas del Sagrado
Corazón: cerca de cien mil hombres armados,
apoyados por las llamadas
"Brigadas Bonitas" (mujeres que tomaban a su cargo la sanidad, la intendencia
y las comunicaciones).
La Epopeya se desarrolló desde 1926 hasta
1929, en que se firma el
Pacto Religioso
entre el
Gobierno
y los
Obispos,
por el que éstos acataban la Constitución y
se ponía fin a la lucha cristera. A pesar
del decisivo apoyo popular que levantaban
los Cristeros en su avance, la orden llegada
de la Santa Sede de deponer inmediatamente
las armas, fue diligentemente obedecida.
Los de la Liga y los cristeros sabían que
era una trampa, que el Gobierno no
respetaría nunca los arreglos, y que
entregando las armas y dejando la
clandestinidad la muerte era segura; lo
hicieron simplemente porque lo mandaba la
Iglesia, por fidelidad. Por obediencia a la
Iglesia. Esto supuso una larga y durísima
prueba para la fe de los cristeros, que sin
embargo se mantuvieron fieles a la Iglesia
con la ayuda sobre todo de los mismos
sacerdotes que durante la guerra les habían
asistido. |
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Anacleto González con
monseñor Orozco y Jiménez |
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2. Persecución
religiosa
La historia de la Iglesia en México entre
1911 y 1940 fue tan acerba, que el SS Pío XI
la comparó a la de los primeros siglos
cristianos. El
3 de mayo de 1911,
surge el
"Partido Católico Nacional",
sobre la base del
"Movimiento Obrero Guadalupano";
su lema era
"Dios, Patria y Libertad",
y su cuyo financiamiento fue cubierto en
forma mayoritaria por el
Arzobispo,
Mons. José Mora del Río.
a. Presidencia de Francisco Ignacio Madero
González (1911-1913).
Se alió fuertemente al catolicismo; el clero
político apoyó la corriente que en conjunto
denominaron
"Democracia Cristiana".
El 12 de agosto de 1913, bajo un
clima de tensión revolucionaria, nació
formalmente la Asociación Católica de la
Juventud Mexicana (ACJM), un grupo
adoctrinado para responder a la violencia
anticlerical revolucionaria. Se organizó a
nivel nacional, formando comités regionales;
cada uno elegía a su presidente y de entre
ellos, se elegía a un presidente nacional
que coordinaba las actividades de la
juventud católica de todo el país.
El presidente
Madero González
tuvo que solicitar el apoyo de la Iglesia
Católica porque el país desde entonces había
estado convulso y señala textualmente:
"Fue necesaria la influencia de la Iglesia
para lograr la pacificación del país,
sacudido por inmenso movimiento de
revolución y bandidaje".
La jerarquía católica respondió a los deseos
del Gobierno mediante un documento que pedía
a los obispos
"la obediencia que se debe a la autoridad
constituida".
El
Gral.
Victoriano Huerta,
porfirista,
se confabuló con los Estados Unidos para dar
un golpe de Estado; conformó un grupo de
militares mercenarios a quienes compró con
dinero yanqui.
b. Presidencia del Gral. Victoriano Huerta
(1913-1916).
El
19 de febrero de 1913
se sublevó; traicionó y asesinó a Madero,
arrebatándole por la fuerza la silla
presidencial.
Con la usurpación de Huerta, el clero
publicó inmediatamente un escrito de
condenación hacia el golpe de Estado y tanto
la Iglesia como el Partido Católico Nacional
se mantuvieron a distancia del traidor. Éste
aconsejado por el embajador de los Estados
Unidos trató de conquistar la simpatía de la
jerarquía eclesiástica colmando de regalías,
favores y obsequios a la Iglesia. El clero
mantuvo una postura firme; el Partido
Católico Nacional a través de su periódico,
vocero oficial, "La Nación" combatió
fuertemente al usurpador gobierno de
Victoriano Huerta y por orden de éste las
oficinas del partido y del periódico fueron
incendiadas, saqueadas y destruidas. El
Gral. Venustiano Carranza Garza, obligó a Huerta a dejar el mando y el país, muriendo en el
destierro en el Paso, Texas.
c.
Presidencia del General Venustiano Carranza
Garza (1916-1920).
Este período que se
caracterizó por la dureza de su persecución
contra la Iglesia. Sus tropas multiplicaban
los incendios de templos, robos y
violaciones, atropellos a sacerdotes y
religiosas; cuando los jefes militares
quedaban como gobernadores de los Estados
liberados, dictaban contra la Iglesia
leyes tiránicas y absurdas: que no hubiera
Misa más que los domingos y con determinadas
condiciones; que no se celebraran Misas de
difuntos; que no se conservara el agua para
los bautismos en las pilas bautismales, sino
que se diera el bautismo con el agua que
corre de las llaves; que no se
administrara el sacramento de la penitencia
sino a los moribundos, y “entonces en voz
alta y delante de un empleado del Gobierno”.
Actualmente en México carrancear
significa robar, y un atropellador es un
carrancista.
Muy comprometido con sus hermanos masones,
tuvo que apoyar al liberalismo y atacar a la
Iglesia Católica; los constitucionalistas se
apoderaron de los edificios y bienes de la
Iglesia, desterraron a los obispos,
encarcelaron a sacerdotes y monjas,
saquearon conventos y mandaron fusilar a los
líderes curas. Para los constitucionalistas
todo lo que era católico debería ser
destruido; para los católicos estaba bien
claro que Carranza era enemigo de la Iglesia
y de la religión católica.
Después de tres años de cruenta persecución
religiosa, se reunieron en
Querétaro
a partir de noviembre de 1916 los 118
diputados del Congreso de la Unión para
revisar la Constitución de 1857. Luego de
acalorados debates y encendidas polémicas,
donde los clerófobos y
protestantes carrancistas quedaron en
minoría frente a los jacobinos partidarios
de Álvaro Obregón, se pusieron al fin de acuerdo y publicaron el
5 de febrero de 1917 un documento que habría de entrar en vigor el día 1 de
mayo: la Constitución Política de los
Estados Unidos Mexicanos.
Así se cristalizó la orientación
anticristiana y masónica del Estado.
Proclamaba la separación
Iglesia-Estado, haciéndola dependiente de
éste: por un lado destacaba la libertad de
conciencia y por otro la limitaba. Los
artículos que lo enmarcaban eran:
Artículo 3º: Declara que la educación
será laica y prohíbe que cualquier religión
o ministro de culto imparta clases, ni
dirija centros escolares; enseñanza
laica; Artículo 5º: Se prohibían los
votos religiosos, lo conventos y las órdenes
monásticas; Artículo 24: Habla de la
libertad religiosa; pero prohíbe toda
manifestación pública de Fe; supresión
del culto externo; Artículo 27º: Todas
las propiedades de la Iglesia pasan a ser
del Estado; Artículo 130º: No se le
reconoce personalidad jurídica a la Iglesia;
control del clero. Este último
artículo profundiza el sentido anticlerical
de la Constitución, señalando el derecho del
poder federal de intervenir en materias de
culto religioso y de disciplina externa, de
conformidad con las leyes. Ninguna persona
que no sea mexicana por nacimiento, podía
ejercer las funciones de ministro de ningún
credo religioso. Imposibilitaba a los
ministros del culto para votar como
ciudadanos y para ser elegidos como
funcionarios públicos. Los ministros de
culto eran incapaces de heredar de otros
ministros de culto o de individuo
particular. Determinaba el número de
sacerdotes para cada Estado. Se prohibía de
igual manera a los ministros de cualquier
culto el hacer crítica de las leyes o actos
de las autoridades que gobiernan. En materia
de sacramentos, por poner un ejemplo, la
confesión auricular estaba prohibida y en
caso de que se autorizara debía realizarse
en presencia de un agente de la ley. De esta
manera, el ejercicio de la religión católica
venía a ser un crimen en México, y sus
creyentes tratados como delincuentes. En un
México de quince millones de habitantes, el
95% era católico; su constitución contenía
incapacidades legales contra la Iglesia
Católica, quedando claramente planteado así
el conflicto de conciencia. La táctica era
manifiesta: esclavizar a la Iglesia Católica
o acabar con ella. Dicha constitución se
impuso por la élite gobernante, ya que no
existió ratificación por parte del pueblo;
lo único que no prohibía es la libertad de
creer.
La persecución se
recrudecía y los obispos no cesaban en sus
demandas de auxilio; la Conferencia
Episcopal de Estados Unidos fue quien
ayudó fraternalmente a los desesperados
prelados mexicanos a solicitud directa de SS
Benedicto XV, quien preocupado por tan
tremendos acontecimientos que la iglesia
mexicana estaba sufriendo, encomendó la
noble tarea de ayudar a la república
mexicana y al mismo tiempo agradecía tan
generosa disposición.
Los prelados habían
protestado por la Constitución sujetando al
juicio del Sumo Pontífice sobre tal
proceder, SS Benedicto XV respondió al
Episcopado con fecha del 15 de junio de
1917 de haber hecho "una cosa muy
conforme al oficio pastoral, y dignísima de
nuestra alabanza", además de hacer
patente su paternal preocupación,
prometiendo su ayuda para aliviarlos. A esta
protesta también se unieron los arzobispos y
obispos de Estados Unidos de Norteamérica, a
través de un documento firmado por el
Cardenal Gibbons, Arzobispo de Baltimor.
La Iglesia Católica
protestó públicamente contra varios
artículos de la Constitución. El
Arzobispo de Guadalajara,
Mons. Francisco Orozco y Jiménez hizo circular un memorándum que denominó
"Carta pastoral", el cual salió a la luz pública el
24 de junio de 1917. Dicho documento era trascripción firmada por casi todos
los obispos, aprobada por el nuncio
apostólico y por el Papa. Una parte de este
memorándum decía textualmente:
"no pretendemos inmiscuirnos en cuestiones
políticas. Tenemos por único móvil cumplir
con el deber que nos impone la defensa de
los derechos de la Iglesia y de la libertad
religiosa. En nuestro carácter de jefes de
la Iglesia Católica protestamos contra la
tendencia de los constituyentes destructora
de la religión, de la cultura y de las
tradiciones. Protestamos contra semejantes
atentados en mengua de la libertad religiosa
y de los derechos de la Iglesia y declaramos
que desconoceremos todo acto o manifiesto
contrario a estas declaraciones y
protestas". Este abierto pronunciamiento contra el Gobierno de la
República ocasionó el repudio de los
carrancistas que estaban aplacados. Desde
entonces no cesaron de atacar y presionar al
clero consiguiendo en
julio de 1918 que fuera expulsado del país el Arzobispo Orozco y Jiménez. Como
consecuencia de este acto injusto los
combativos católicos jaliscienses liderados
por el Vicario Manuel Alvarado se pusieron
de luto y realizaron plantones y protestas;
hicieron correr rumores y ejercieron actos
de boicot para desestabilizar al país. En
los archivos del H. Congreso del Estado de
Jalisco se conserva el informe que rindió el
Gral. Manuel M. Diéguez ante la XXVI Legislatura de dicho cuerpo legislativo el
1 de febrero de 1919 donde dice textualmente:
"el clero, lejos de someterse a los mandatos
de la autoridad civil, asumió una actitud
rebelde. Los jerarcas católicos suspendieron
las misas y los oficios religiosos; hicieron
creer a los fieles que el Gobierno cortaba
la libertad de cultos y movieron en su
contra a los feligreses desde los púlpitos
para que el pueblo profesara hacia las
autoridades un odio enardecido que era
susceptible de transformarse en rebeldía
armada".
Muchos otros apoyaban
la lucha del México católico: el Episcopado
Latinoamericano. del 17 de mayo al 20 de
noviembre de 1917 protestó; lo hicieron
los obispos de las diócesis de Panamá,
Trujillo; La Plata, Paraná, Santa Fe
(Argentina); Loja, La Serena, Granada,
Managua, Cuenca, Tunja, Arassuahy, Santiago
de Cuba, Barquesimeto, San Salvador, Santa
Ana, Barbasto, Medellín, Florianópolis,
Ibagué, Puno, Campinas, Cartagena y
Guatemala; el Episcopado Francés protestó el
9 de diciembre de 1918 y el
Episcopado Español hizo lo mismo el 19 de
marzo de 1919.
El enardecimiento de los católicos que ya
estaban dispuestos a todo hizo comprender al
gobierno constitucionalista la realidad del
peligro de lo cual resultó que el
Gral. Venustiano Carranza emprendió una política de reconciliación y acercamiento con
la Iglesia Católica. Se volvió tolerante y
permitió que los católicos llevaran a cabo
con toda clase de facilidades una
peregrinación multitudinaria para conmemorar
la coronación de la Virgen de Guadalupe;
dicho acto masivo se realizó el
17 de octubre de 1919.
Carranza
programó su reelección aliado con el clero
católico.
Los militares consideraron esa situación como un gran error
y tomaron la determinación de eliminar al
Gral. Carranza animados por las compañías petroleras que estaban en el país, a las que
les había aplicado impuestos excesivos para
que abandonaran el territorio nacional.
El día viernes
23 de abril de 1920
un grupo de militares traidores al Gobierno
de la República, firmó un documento conocido
como el
"Plan de Agua Prieta"
mediante el cual desconocían y cesaban en
sus funciones al Presidente de la República
y lo sustituían por el Gral. Adolfo de la
Huerta, a quien denominaron
"Jefe Supremo del Ejército y de la Nación".
El pacto de honor de Agua Prieta, Sonora
estableció compromisos muy serios; fue
firmado por varios generales, entre ellos,
Adolfo de la Huerta, Plutarco Elías Calles,
Pascual Ortiz Rubio y Lázaro Cárdenas del
Río. Cuando tomó el poder el Gral. Adolfo
de la Huerta Marcos, quedó convencido de que
era necesario continuar con la tolerancia
hacia el clero católico. La Iglesia
aprovechó esta excesiva facilidad
gubernamental para revitalizar al
Partido Católico Nacional
al que le inyectó un fuerte aporte
financiero y realizó el
19 de julio de 1920
una convención nacional dando como resultado
un partido mucho más fuerte que cambió de
nombre llamándose desde entonces
"Partido Nacional Republicano".
En esta convención atacaron duramente a la
Constitución de 1917 diciendo textualmente:
"la Constitución que actualmente nos rige es
de facto una Constitución que casi en la
totalidad de sus artículos y en la totalidad
de sus postulados va en contra de los
principios, tradiciones, sentimientos y
aspiraciones del pueblo mexicano".
Con el apoyo de los Estados Unidos de
Norteamérica el
Gral. Álvaro Obregón Salido
lanzó su candidatura a la presidencia de la
república y triunfó rotundamente en las
elecciones llevadas a cabo el
5 de septiembre de 1920.
d. Presidencia del
General Álvaro Obregón Salido (1920-1924).
El
1 de diciembre de 1920,
comenzó su mandato y también llegó a la
conclusión de que debía ser amigo de la
Iglesia Católica, a la cual restituyó todos
los templos que habían sido clausurados
entre 1914 y 1919.
El
25 de octubre de 1924
firmó un decreto presidencial que
autorizaba la permanencia de un
representante del Papa en el país;
nada hizo, en cambio, para detener
la escalada anticatólica que sus generales
-verdaderos revolucionarios jacobinos,
antiguos constituyentes y masones, fanáticos
anticatólicos- llevaban a cabo en los
estados.
Sin embargo, los
masones del rito yorkino de los Estados Unidos lograron influir para que Obregón
estimulara en forma oculta a los liberales
anticlericales con el fin de que hostigaran
a la Iglesia; llevó así
adelante el impulso perseguidor de la
Constitución mexicana, con la astucia de no
aplicarla integralmente. En una oportunidad
señaló: “La división que tengo el orgullo
de mandar ha cruzado la República de un
extremo a otro en medio de las maldiciones
de los frailes y de los anatemas de los
burgueses. No hay para mí gloria mayor: la
maldición de los frailes aporta la
glorificación”. Comienza a evidenciarse
muy sutilmente esa persecución contra la
Iglesia y sus fieles, quizá no de manera
manifiesta ya que se quería guardar una
imagen de apertura en los nuevos gobiernos
que se iban consolidando en México, más que
nada de cara a Estados Unidos; no obstante,
las protestas no se hicieron esperar sin
respuesta alguna.
El Delegado Apostólico pudo percatarse de este doble juego
del presidente por lo que decidió oponerse a
las decisiones del Gobierno a través del
Partido Nacional Republicano.
El 6 de febrero de
1921, estalla una bomba en la puerta del
Palacio Arzobispal. El gobierno señala que
es a consecuencia de la provocación que
generó una carta pastoral emitida contra el
Socialismo. Como respuesta, los jóvenes
acejotaemeros organizaron una guardia
permanente en el lugar de los hechos y una
manifestación de protesta, el 8 de
febrero, la cual terminó en una riña
entre católicos y “socialistas”; varios
participantes fueron encarcelados por tres
días. El presidente Obregón declaraba al
respecto que “si la Iglesia hubiera
estado de acuerdo con la Revolución, nada de
eso habría ocurrido”.
El 13 de Mayo de
1921: ondean banderas rojinegras
socialistas en la Catedral de Morelia.
El 14 de noviembre
de 1921: se produce una explosión en la
basílica de Guadalupe frente a los pies de
la Imagen; quedó intacta y se descubre que
el responsable fue un empleado de la
Secretaría particular de la Presidencia. El
Gobierno hizo correr el rumor que los
culpables fueron católicos intentado
provocar una agitación.
Para 1922, la
ACJM había alcanzado un alto grado de
madurez y estaba conformada por grupos de
jóvenes de todo lugar y de diferentes
estratos sociales. Algunos de sus miembros
empezaron a formar grupos de resistencia,
como la Unión Popular, en Guadalajara.
Conocida como la “U”, era una
sociedad secreta que tenía una jerarquía de
jefes: de colonia, sector, parroquia, ciudad
y región, bajo la dirección de Mons.
Francisco Orozco y Jiménez, arzobispo de
la Diócesis; Anacleto González Flores
fue designado su representante. Otras
organizaciones buscaron mayores espacios,
como las Damas Católicas y los
Caballeros de Colón que, de acuerdo con
las instrucciones de la Encíclica dada por
León XIII el 1º de noviembre de 1885, se
encontraban bajo la jurisdicción de la
jerarquía eclesiástica, debiendo tener cada
unión regional un sacerdote como director
espiritual, aprobado por el obispo,
condición sin la cual la Iglesia no se hacía
responsable ni aprobaba tales
organizaciones.
El 11 de febrero de
1923: se expulsa al Delegado
Apostólico, Mons. Ernesto Filippi por su
participar en la bendición de la primera
piedra del monumento a Cristo Rey en la
montaña del Cubilete, en Guanajuato, que
contó con una participación de 50.000
personas; sirvió de pretexto para "hacer
valer la Constitución".
El 4 de
Octubre de 1924, tuvo lugar el Primer
Congreso Eucarístico Nacional, lo que
provoca sanciones a varios participantes y
el despido de empleados del gobierno que
asistieron.
El
Gral. Álvaro Obregón Salido decidió concentrar el poder en su persona aplicando medidas
centralistas de tipo dictatorial a las que
se opuso en forma radical la Iglesia
Católica. El gobierno de Obregón no se podía
dar el lujo de enfrentarse abiertamente al
clero político por lo que decidió recurrir a
gobernadores y generales serviles e
incondicionales suyos, quienes desataron una
guerrilla anticlerical. Es célebre el caso
del
Lic. José Guadalupe Zuno Hernández, quien siendo
gobernador del Estado de Jalisco desencadenó una persecución brutal e inesperada en contra de la Iglesia
Católica, a la que atacó con una furia
enloquecida que denotaba fanatismo,
intolerancia y represión. A esta acción
persecutoria e injusta se opuso el
Obispo,
Mons. Orozco y Jiménez, quien con una profunda vocación episcopal luchó con
valentía, creándose un conflicto histórico
en la Iglesia y el Estado que desembocó en
un enfrentamiento armado de alcance nacional
denominado
"La Epopeya Cristera".
Obregón empezó a pensar en reelegirse para
lo cual decidió acabar con los
enfrentamientos y apaciguó la situación.
Decidió entonces aliarse con sus enemigos;
otorgó nuevamente concesiones al clero y
ofreció puestos y dinero a los carrancistas,
zapatistas, villistas y delahuertistas.
Mandó asesinar a los generales que no
quisieron transar con él y preparó el
terreno fría y calculadoramente. Consiguió
que ganara las elecciones su leal pupilo, el
Gral. Plutarco Elías Calles quien tomó posesión el 1 de diciembre de 1924; este
presidente dirigió el país en duunvirato con
Obregón, su maestro y protector.
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Misa cristera |
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e. Presidencia del General Plutarco Elías
Calles (1924-1929)
La lealtad a su jefe Obregón le valió
obtener la silla presidencial, pero como
gobernante no pudo consolidarse porque la
sombra del caudillo lo opacaba. Todos sabían
que el
Gral. Álvaro Obregón
había impuesto al
Gral. Plutarco Elías Calles
y poco a poco se fue generando un clima de
inconformidad, particularmente en el grupo
militar. Varios generales se sentían con el
derecho de partir el pastel revolucionario y
exigieron cuotas de poder, lo cual fue
bloqueado y nulificado por Obregón quien
tenía luz verde de Calles para tomar
decisiones en ese sentido; varios militares
inconformes fueron castigados y algunos
asesinados misteriosamente.
El 21 de
febrero de 1925, los caudillos de la
Confederación Regional Obrera Mexicana (CROM),
empeñados en hacer méritos políticos de
manera que el gobierno de Elías Calles se
sintiera cada vez más comprometido con
ellos, intentaron se proclama la "Iglesia
Católica Apostólica Mexicana", a cargo del
ex-sacerdote Joaquín Pérez, como "patriarca
de la Iglesia nacional mexicana" -antes
de ser sacerdote había contraído matrimonio,
había sido soldado y estaba afiliado a la
masonería-; tuvo repercusión alguna en la
población. A Pérez le sucedió otro falso
sacerdote, nunca ordenado, llamado Eduardo
Dávila, un grado 33 de la masonería
mexicana, que llegó a escribir: "Iglesia
Católica y masonería se complementan... y se
puede ser como yo, gran iluminar de la
masonería y arzobispo primado de México".
Solo tres sacerdotes respondieron,
retractándose posteriormente. El proyecto
fracasó rotundamente Gracias a la devoción
del pueblo mexicano y su testimonio de
firmeza frente a las leyes señaladas, SS Pío
XI en la Encíclica “Quas Primas”, del
11 de diciembre de 1925, declara de
manera universal la Festividad de Cristo
Rey. México fue la primera nación en
consagrarse como vasallo de Cristo Rey y el
primer monumento fue construido en 1920.
El
2 de febrero de 1926,
SS Pío XI dirige al Episcopado mexicano su
carta
“Paternae Sanae Solicitudo”,
en la que exhorta a los católicos a
emprender la acción cívica contra las leyes
persecutorias, pero absteniéndose de formar
un partido confesional, para evitar que el
gobierno acuse a la Iglesia católica de
sedición y de intervenir en política;
detalló las normas concretas que
habían de aplicarse en la República mejicana
para lograr el desarrollo disciplinado y
eficaz de esta acción católica. Con respecto
a la situación política, SS Pío XI
estableció tres normas: los católicos deben
abstenerse de favorecer a cualquier partido
político; no pueden formar un partido
político con denominación católica; el clero
debe evitar toda intervención en la política
de los partidos. Era está la manera de
quitar toda base a un posible ataque del
Gobierno contra el catolicismo por razones
de orden político. Sin embargo, el Papa
aclaró que los católicos podían y debían
ejercer todos los derechos y deberes civiles
comunes. En relación con el clero, advirtió
además que esté no podía ni debía
desentenderse por completo de los graves
problemas sociales y políticos: como
ciudadano, el sacerdote debe ejercer sus
derechos, y como ministro sagrado, debe
ungir la conciencia de los fieles para que
éstos cumplan con fortaleza sus deberes
políticos.
El
Gral. Calles obedeció al
Gral. Obregón
y decidió concentrar el poder a base de
imposiciones, alianzas y dictadura; hizo
aprobar la ley reglamentaria del artículo
130º constitucional, la cual fue promulgada
y publicada el
6 de enero de 1926, prohibiendo terminantemente las manifestaciones
religiosas, misas y peregrinaciones. Calles
ordenó a los gobernadores de los estados que
hicieran aplicar estrictamente las
disposiciones legales; y ante tal ofensiva
el clero no se cruzó de brazos; el
Arzobispo de México,
Mons. José Mora y del Río
dijo públicamente: “...
el Gobierno de Calles manipulado por Obregón
ha puesto la gota que derramó el vaso".
El
Arzobispo de la Ciudad de México,
José Mora y del Río, en una
entrevista del
diario
“El Universal” el 4
de febrero,
criticó los artículos 2º, 5º, 7º y 30º de la
Constitución, señalando que los católicos no
reconocían las leyes constitucionales que
atentaban contra la libertad religiosa y que
lucharían por su derogación. Textualmente
expresó:
"... la doctrina de la Iglesia Católica es
invariable, porque representa la verdad
inobjetable revelada por Dios a los
mortales. Los prelados mexicanos hicimos una
enérgica protesta en 1917 contra la
Constitución y nos opusimos abiertamente a
las disposiciones contenidas en los
artículos que atentan contra la libertad de
cultos y contra los dogmas religiosos.
Nuestra inconformidad se mantiene firme, no
ha sido modificada sino robustecida porque
se inspira en la santa doctrina de la
Iglesia. Emprenderemos una campaña nacional
contra las leyes injustas y contrarias al
derecho natural del hombre. El clero
católico, el episcopado y los feligreses no
reconocemos, jamás respetaremos y siempre
combatiremos con fuerza los artículos
tercero, quinto, veintisiete y ciento
treinta de la Constitución vigente".
La entrevista se convirtió en la oportunidad del gobierno
para justificar el cierre de las escuelas
católicas y de los conventos, la expulsión
de los sacerdotes extranjeros y la
limitación del número de los sacerdotes,
aplicando estrictamente la Constitución,
especialmente el artículo 130º.
Cuando el
Gral. Calles
leyó el periódico a temprana hora, exclamó:
"¡Es un reto al Gobierno y a la Revolución!".
Seguidamente ordenó que se encarcelara al
arzobispo, quien para evitar ser llevado a
la prisión, se retractó públicamente de sus
declaraciones pero pidió auxilio a
SS Pío XI.
El Papa ordenó suspender las misas en todo
el país y cerrar los templos. Éste fue el
primer chispazo de la
“Epopeya Cristera". La
reacción fue inmediata entre los católicos
mexicanos, asociaciones como la ACJM
(Asociación Católica de la Juventud
Mexicana), la "U" Unión Popular, Círculos de
Oración y Estudio, La Cruzada Femenina de la
Libertad, fundadas por el seglar Anacleto
González Flores; junto con la CNCT
(Confederación Nacional Católica de
Trabajadores), la Unión de Damas Católicas y
la Unión Nacional de Padres de Familia,
fundaron el 9 de marzo, con el
beneplácito del Episcopado, la LIGA NACIONAL
DE LA DEFENSA DE LA LIBERTAD RELIGIOSA, la
cual defendería los derechos de profesar,
confesar y promover la Fe Católica y buscar
la reforma de los artículos antirreligiosos
de la Constitución de 1917. Fueron sus
principales dirigentes: el Lic. Cisneros y
Villarreal, Miguel Palomar y Vizcarra,
Andrés Barquín y Ruiz, René Capistrán, José
González Pacheco. El 22 de marzo fue
declarada sediciosa por el gobierno, y sus
dirigentes encarcelados
El 2 de julio,
el Gral. Calles expidió la “Ley que
Reforma el Código Penal para el Distrito y
Territorios Federales sobre delitos del
fuero común y para toda la República sobre
delitos contra la Federación”; ley que
debía entrar en vigor el 31 de julio,
de hondo contenido anticatólico.
El 25 de Julio,
el Episcopado Mexicano emite una
“Carta Pastoral” colectiva, donde señala
que la ley del 2 de julio vulnera los
derechos divinos de la Iglesia, es contraria
al derecho natural, es opuesta al derecho
constitucional mexicano y violatoria de los
valores morales; por tal motivo se pide la
derogación de las leyes antirreligiosas.
El 29 de julio,
muere fusilado en la ciudad de Puebla el
primer mártir: José García Farfán,
comerciante de 66 años. En el aparador de su
tienda había un gran letrero que decía:
"¡Viva Cristo Rey! ¡Cristo vive, Cristo
reina, Cristo impera! ¡Sólo Dios no muere ni
morirá jamás!"; el no arrancarlos fue su
delito. El 20 de julio pasaba en su
automóvil el Jefe de Operaciones de aquel
estado, Gral. Amaya, acompañado del Gral.
Sánchez, quién irritado trató de golpear al
anciano, que se defendió; fue conducido
preso a la Jefatura de la Guarnición. La
gestión de sus familiares no pudo obtener
nada a su favor; su abogado defensor fue
amenazado de muerte si proseguía su gestión.
Muy de madrugada fue sacado, con el pretexto
de llevarlo a una cárcel pública; en el
camino, simulando un ataque, le dieron
muerte. Al fusilarlo, el jefe del pelotón lo
provocó: "¡A ver cómo mueren los
católicos!"; "Así", repuso el viejo,
apretó un crucifijo contra el pecho y gritó:
"¡Viva Cristo Rey!".
El 31 de Julio,
se promulga la "Ley Calles",
consistente en unas reformas al Código
Penal: prohibía los actos de culto,
suministro de sacramentos, catequesis,
supresión de monasterios y conventos,
suprime la libertad de prensa religiosa y la
expropiación de los templos entre otros, las
penas iban desde una multa, cárcel hasta un
"castigo más grave" que era la muerte por
fusilamiento. Ante tal situación, el
Episcopado Mexicano, previa consulta a la
Santa Sede, ordena la suspensión del culto
en toda la República como parte de una
resistencia pasiva, ya que el número de
sacerdotes que les permitirían ejercer el
ministerio "bajo autorización del Gobierno"
fue dado de manera arbitraria y era ilógico
en comparación con las necesidades de cada
estado. Inmediatamente, una docena de
Obispos, entre ellos el Arzobispo de México,
son sacados bruscamente de sus sedes, y sin
juicio previo, son expulsados del país. Ese
mismo día en Oaxaca, las tropas del
gobierno querían tomar la Iglesia de los
Siete Príncipes. Debido a que la
población se encontraba amotinada y
enfurecida por este hecho y se encontraban
custodiando la iglesia, murieron dos
soldados. En respuesta a esto, el gobierno
ordeno fusilar a muchas personas que se
encontraban ahí. A partir del 1 de agosto,
los templos permanecerían cerrados por
tiempo indefinido, como medida de presión
para evitar la Ley Calles.
“La gente de
Iglesia no dirigió ni inspiró jamás la
cristiada, y cuando concertó su paz con la
gente del gobierno, no consultó a los
combatientes. La Iglesia hizo una paz
política, cuyo precio pagaron los cristeros,
remitiéndose al Apocalipsis. “La gente de
Iglesia no será jamás la Iglesia”, dicen los
cristeros, que evitan esta confusión muy
general y distinguen entre la persona y lo
personal; conservan el sentido de la
Iglesia, la fe en la Iglesia”.
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Voluntarios cristeros |
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3. La Epopeya
Cristera
a. Introducción
Al frente del
movimiento, para darle unidad de plan y de
acción, se puso la Liga Nacional
Defensora de la Libertad Religiosa, con
el fin que su nombre expresa, y que se había
extendido en poco tiempo por toda la
república. Jean Meyer, en el volumen
I de su obra “La Cristiada”, describe
al detalle las vicisitudes que corrió al
paso de los años la “Epopeya Cristera”,
que él divide en estas fases:
Incubación, de
julio a diciembre de 1926;
Explosión del
alzamiento armado, desde enero de 1927;
Consolidación de
las posiciones, de julio 1927 a julio de
1928, es decir, desde que el Gral.
Gorostieta asume la guía de los cristeros
hasta la muerte del Gral. Obregón;
Prolongación del
conflicto, de agosto 1928 a febrero de 1929,
tiempo en que el Gobierno comienza a
entender que no podrá vencer militarmente a
los cristeros; Apogeo del movimiento
cristero, de marzo a junio de 1929;
Licenciamiento
de los cristeros, en junio 1929, cuando se
producen los mal llamados Arreglos
entre la Iglesia y el Estado.
Aquellos, a quienes el
Gobierno por burla llamaba cristeros,
no tenían armas a los comienzos, como no
fuesen machetes y tranchetes, rosaderas,
hachas, o en el mejor caso rifles viejos y
escopetas; pero pronto las fueron
consiguiendo de los soldados federales, los
juanes callistas, en las guerrillas y
ataques por sorpresa. Todos se decían
“soldados de Cristo Rey” y tenían como
bandera la nacional tricolor con la imagen
bordada de Santa María de Guadalupe. En
relación a los jefes cristeros, el 30 %
era militar y el 70% no lo era, aunque
supieran perfectamente montar a caballo o
manejar las armas; el 92% era rurales,
ya que la inmensa mayoría eran rancheros
modestos, gente de pueblo, aunque también se
unieron a ella algunos estudiantes,
licenciados o profesionales; el
analfabetismo era tan grande entre los jefes
como entre los soldados, siendo tan solo la
mitad de los que habían hecho o iniciado
estudios secundarios los que ocuparon
puestos de mando; la edad se escalonaba
entre los 18 y los 70 años.
El movimiento Cristero
tenía en sí toda la fuerza de quien sabe
estar haciendo la voluntad de Dios. No sólo
consistió en tomar las armas para defender a
Dios, a la Religión Católica, a su Madre,
que es la Santa Iglesia, y así luchar contra
el ejército federal que iba a las
poblaciones a aprehender a los sacerdotes,
sino fue para muchos unos ejercicios
espirituales continuados. La Santa Misa,
en latín y de cara a Dios, sobre todo
era, cuando había sacerdote, lo más
apreciado por los cristeros, el centro de
todo, cada día; en los campamentos
cristeros, cuando esto era posible, el
Santísimo Sacramento estaba expuesto, y los
soldados, por grupos de quince o veinte,
practicaban la adoración perpetua. La
comunión frecuente era la regla. Los
sacerdotes que permanecían con los cristeros
se pasaban el tiempo confesando, bautizando,
casando, organizando ejercicios espirituales
y haciendo misiones. Era más frecuente que
no hubiese ya sacerdote, y entonces un
seglar tomaba la dirección de la vida
religiosa: en las mañanas se leía el Oficio
de la Iglesia, en presencia de los fieles, y
todas las tardes el Santo Rosario. Estas
misas blancas iban acompañadas de otras
innovaciones; los cánticos y el Rosario
acompañaban todos los instantes de la vida,
en la marcha o en el campamento. Los
cristeros oraban y cantaban a altas horas de
la noche, rezando colectivamente el Santo
Rosario, de rodillas, y cantando los Laudes
a la Virgen o a Cristo, entre las decenas.
Pero para el gobierno solo era "una
reacción de indios embrutecidos por el clero
y sumidos en el fanatismo". Prevalecía
en ellos la visión teológica de la
guerra. Conocían bien, en primer lugar, el
deber moral de obedecer a las autoridades
civiles, pues toda autoridad procede de
Dios, pero también sabían que hay que
obedecer a Dios antes que a los hombres,
cuando éstos hacen la guerra a Dios;
consideraban a la persecución del gobierno
una acción poderosa del Maligno. “La
religión de los cristeros era, salvo
excepción, la religión católica romana
tradicional, fuertemente enraizada en la
Edad Media hispánica. El catecismo del P.
Ripalda, sabido de memoria, y la práctica
del Rosario, notable pedagogía que enseña a
meditar diariamente sobre todos los
misterios de la religión, de la cual
suministra así un conocimiento global,
dotaron a ese pueblo de un conocimiento
teológico fundamental asombrosamente vivo. A
Cristo conocido en su vida humana y en sus
dolores, con los cuales puede el fiel
identificarse con frecuencia, amado en el
grupo humano que lo rodea: la Virgen, el
patriarca San José, patrono de la Buena
Muerte, y todos los santos que ocupan un
lugar muy grande, completamente ortodoxo, en
la vida común, se le adora en el misterio de
la Trinidad. Esta religión próxima al fiel
la califican de superstición los misioneros
norteamericanos (protestantes y católicos) y
los católicos europeos no la juzgan de
manera distinta”.
Los federales, malos
jinetes, eran peores soldados, que
disparaban de lejos, gastaban mucha
munición, perdían las armas con facilidad, y
no conocían bien el terreno por donde
andaban. Eso explica que los cristeros,
cuyas características de lucha eran las
contrarias, les infligieran tantas bajas.
Los callistas eran muy crueles, pero
la dureza de la represión, la ejecución de
todos los prisioneros, la matanza de los
civiles, el saqueo, la violación, el
incendio de los pueblos y de las cosechas,
dejaban en la estela de los federales otros
tantos nuevos levantamientos en germen. Sin
duda los gritos de ambas fuerzas revelan la
magnitud íntima de aquel antagonismo; las
alabanzas de los cristeros: “¡Viva Cristo
Rey! y ¡Viva la Santísima Virgen de
Guadalupe!”, eran contestados con las
blasfemias callistas: “¡Viva el Demonio!
¡Viva el Diablo Mayor! ¡Qué mueran Cristo y
su Madre”.
b. Desarrollo
1. Año 1926
El pueblo mexicano
siempre que sabía que el ejército
intervendría y tomarían las iglesias para
destruirlas, se preparaba, se armaban y se
iba a vivir ahí. Unos custodiando desde
adentro y otros desde afuera. El ejercito al
llegar al lugar y al encontrar alguna
resistencia y como poseía mejores y más
armas, simplemente abría fuego directo
contra las personas.
El 3 de Agosto de
1926, en el Santuario de la Virgen de
Guadalupe, en Guadalajara, corrió
un rumor como en Oaxaca; ante la noticia, la
gente se preparó, vigilando todo el pueblo y
viviendo en las iglesias. Al llegar un grupo
de federales rápidamente se amotinaron
contra ellos; más tarde volvieron a la carga
con 250 soldados federales fuertemente
armados; por su parte la población se
defendía con lo que podía, pero el ejército
tomó todo el pueblo. Al otro día los
detenidos fueron llevados al cuartel (Hoy
llamado Cuartel Colorado), aunque con una
derrota, pero con el grito de: ¡Viva
Cristo Rey! A principios de agosto,
se realizaron seis levantamientos armados en
Acatzingo Puebla, y el del estado
de Oaxaca cerca de Sayula, con
grandes movimientos, pero no muy exitosos,
como fueron los sangrientos eventos de
Acámbaro y Tlaxiaco, el levantamiento
del 2, en Cocula y el del 4
en Sahuayo en Michoacán. El 14 de
agosto, con el pretexto se sofocar una
conjura, una docena de soldados al mando del
Tte. Maldonado Ontiveros, subordinado del
Gral. Eulogio Ortiz –llamado Eulogio el
Cruel o el Tigre de Durango-, rodean la
casa del Párroco de Chalchihuites, de
la Arquidiócesis de Durango,
Estado de Zacatecas; son detenidos el R.
P. Luis Batis Sainz y de tres
feligreses de la Acción Católica, Manuel
Morales, casado, Salvador Lara Puente,
y su primo David Roldán Lara. En la
madrugada del 15 de agosto, fueron
fusilados; como consecuencia de ello
se alza en Zacatecas el primer foco de
movimiento más importante, cuando por la
noche apareció el ranchero Pedro Quintanar ,
personaje de gran importancia en toda la
lucha Cristera, que en un principio era el
encargado de liberar al párroco detenido.
Así, se sumó a la lucha y ayudó a sus amigos
que eran numerosos, pues había sido jefe de
las defensas contra Villa. Se preparó el
levantamiento que Aurelio Acevedo Robles y
sus amigos tenían previsto desde el primero
de agosto, ya que el gobierno al saber de la
presencia de Quintanar se movilizó más
rápido. Se realizó la movilización en
Peñitas y Peñas Blancas. Quintanar entraba a
combate el 29 de agosto a
Huejuquilla el Alto (Jalisco), comenzó
así, la primera lucha cristera en forma,
quedando como vencedores, llamados
inicialmente los “libertadores”, con
el grito ahora triunfante de: ¡Viva
Cristo Rey!. Entre agosto y diciembre
de 1926 se produjeron 64 levantamientos
armados, espontáneos, aislados, la mayor
parte en Jalisco, Guanajuato,
Guerrero, Michoacán y Zacatecas. Además
de Cocula, el movimiento en el estado
de Jalisco, comenzó a ganar terreno con ocho
pueblos más: Tlajomulco, Etzatlán, Belén,
Refugio, Tepatitlan, Zapotlanejo, Ciudad
Guzmán, Chapala, Atengo, Ayutla y Tecolotlán,
que respondieron a la lucha con gran valor y
entrega.
El
16 de agosto,
el
Episcopado mexicano
se dirigió al
Presidente
pidiéndole interpusiera su influencia para
que fueran reformados los artículos
antirreligiosos de la Constitución. Mientras
los Estados mexicanos comenzaron a aplicar
la
“Ley Calles”,
los obispos y la Liga Nacional de la
Defensa de la Libertad Religiosa,
trataron de bloquearla promoviendo la vía
del
“Referéndum”;
siempre habían hablado de
una campaña pacífica y legal para la reforma
de las leyes antirreligiosas, y que un
gobernante normal y sincero tenía que
respetar conforme a los principios
democráticos de la Constitución mexicana.
Calles había dicho a los Prelados Mexicanos
que el recurso que quedaba a los católicos
eran las Cámaras. Así pues, el memorial de
los obispos mexicanos se dirigió a las
Cámaras el 6 de septiembre,
pretendiendo con gran ponderación e
irrebatibles razones la reforma de las leyes
contrarias a la Iglesia; pero fue rechazado
el 23, porque los obispos mexicanos
no eran ciudadanos ni tenían el derecho de
petición. Varios Obispos: los Arzobispos
de México, Michoacán y Puebla; los
Obispos de Tabasco, Aguascalientes,
Saltillo, Cuernavaca, Chiapas,
Huejutla, Papantla y Zacatecas, en
diversas fechas fueron sacados de sus
domicilios violentamente y escoltados por
agentes del gobierno, se los obligó a
trasponer la frontera. El memorial de los
ciudadanos católicos, escrupulosamente
acreditados, fue abrumador por el número de
firmas, pues sumaron casi dos millones en un país de quince millones de habitantes.
Nunca se habían reunido en México tantos
testimonios, los cuales superaban con creces
el número de votos con que los gobernantes
solían ganar las elecciones para Presidente
de la República. El Oficial Mayos de la
Cámara de Diputados firmó acusando de recibo
el voluminoso expediente, pero después dijo,
al ser interpelado, que ese memorial no se
había recibido. Igual suerte corrió el
memorial de los profesionistas.
El 21 de agosto,
los obispos de Tabasco, Mons. Pascual
Díaz, y de Michoacán, Mons. Leopoldo
Ruiz, en representación del Episcopado
mexicano, solicitaron dialogar con el
Gral. Calles. El empeño fue frustrante,
debido a la cerrazón del gobernante; él les
señaló: “Ustedes no tienen más que dos
caminos: sujetarse a la ley, pero si ésta no
está de acuerdo con sus principios, lanzarse
entonces a la lucha armada...”.
El 15 de octubre,
arriba a Roma una Comisión de Obispos
a fin de informar directamente a SS Pío XI
lo referente al conflicto. Estaba integrada
por el Arzobispo de Durango, Mons.
José María González y Valencia, como
Presidente; el Obispo de León, Mons.
Emeterio Valverde y Téllez, como Secretario,
y el Obispo de Tehuantepec, Mons.
Gerardo Méndez del Río, como Vocal. El 18
de octubre, SS Pío XI recibe a la
Comisión de Obispos mexicanos, que le
informa de la situación de persecución y de
resistencia armada. Pocos días después,
habiéndose planteado al Cardenal Gasparri la
cuestión de si los prelados podían disponer
de los bienes de la Iglesia para la defensa
armada, contesta “que él, el secretario
de Estado de Su Santidad, si fuera Obispo
mexicano, vendería sus alhajas para el
caso”.
El 18 de noviembre,
SS Pío XI publica su Encíclica “Iniquis
afflictisque”, en la condena dos leyes:
la constitución política mejicana de 1917 y
la ley complementaria de julio de 1926 que
empeoró la situación creada por la anterior.
Estas leyes, declaró el Papa, son indignas
de un pueblo civilizado, en su mayor parte
católico, y carecen por completo de todas
las características esenciales de la ley;
denuncia los atropellos sufridos por la
Iglesia en México: “Ya casi no queda
libertad ninguna a la Iglesia [en México], y
el ejercicio del ministerio sagrado se ve de
tal manera impedido que se castiga, como si
fuera un delito capital, con penas
severísimas”. El Papa alaba con
entusiasmo la Liga Nacional Defensora de
la Libertad Religiosa, extendida “por
toda la República, donde sus socios trabajan
concorde y asiduamente, con el fin de
ordenar e instruir a todos los católicos,
para oponer a los adversarios un frente
único y solidísimo”. Y se conmueve ante
el heroísmo de los católicos mexicanos:
“Algunos de estos adolescentes, de estos
jóvenes -cómo contener las lágrimas al
pensarlo- se han lanzado a la muerte, con el
rosario en la mano, al grito de ¡Viva Cristo
Rey! Inenarrable espectáculo que se ofrece
al mundo, a los ángeles y a los hombres”.
Sin embargo, la postura del episcopado y la
actitud de la Santa Sede se mantuvieron
dentro de una línea de calma serenante,
porque se esperaba un cambio en la postura
hostil del Gobierno mejicano, esperanza que
bien pronto quedó defraudada. Por esto SS
Pío XI advertía en la referida encíclica que
el remedio de la situación sólo podía
provenir de Dios y del esfuerzo unitario de
todos los fieles mejicanos para promover la
acción católica.
El 30 de noviembre,
los dirigentes de la Liga Nacional,
antes de asumir a fondo la dirección del
movimiento cristero, quisieron asegurarse
del apoyo del Episcopado, y para ello
dirigieron a los Obispos un Memorial
en el que solicitaban: Una acción negativa,
que consista en no condenar el movimiento;
una acción positiva que consista en:
a.-Sostener la
unidad de acción, por la conformidad de un
mismo plan y un mismo caudillo.
b.-Formar la
conciencia colectiva, en el sentido de que
se trata de una acción lícita, laudable,
meritoria, de legítima defensa armada.
c.-Habilitar
canónicamente vicarios castrenses.
d.-Urgir y
patrocinar una cuestación desarrollada
enérgicamente cerca de los ricos católicos,
para que suministren fondos que se destinen
a la lucha, y que, siquiera una vez en la
vida, comprendan la obligación en que están
de contribuir.
El mismo día los
dirigentes son recibidos por Mons. Ruiz y
Flores y por Mons. Díaz y
Barreto. El primero les comunica jovialmente
que, “... como de costumbre, se salieron
con la suya”; que estudiadas las
propuestas por los Obispos reunidos en la
Comisión, “los diversos puntos del
Memorial habían sido aprobados por
unanimidad”, menos los dos últimos, el
de los vicarios castrenses y el de los
ricos, no convenientes o irrealizables. Los
meses de noviembre y diciembre, se
caracterizaron por movimientos tranquilos y
el continuo desconocimiento por parte del
gobierno, que señalaba: "Ningún problema
militar afecta a la república hoy... Hay
gavillas formadas por fanáticos que se han
lanzado en aventuras rebeldes". Las
medidas del gobierno no servían de nada y
sólo provocaba más levantamientos. Y cuando
en 20 municipios del estado de Jalisco (20
de 118) había habido levantamientos, entre
agosto y diciembre, el general en jefe de la
región militar declaraba a la prensa: "no
existe problema militar en Jalisco". Era
cierto que en ese estado no ocurrían
levantamientos que inquietaran al gobierno
salvo en Zacatecas, Durango y Guanajuato.
El 4 de diciembre,
la Liga Nacional de la Defensa de la
Libertad Religiosa organizó un boicot
económico, el cual consistía en comprar sólo
lo estrictamente necesario para que las
arcas del gobierno lo resintieran. Se podían
leer las siguientes inscripciones:
“Adelante con el boicot”, “El boicot nos
dará el triunfo”. El Comité Central
de la LNDLR fue puesto en prisión; a las
pocas horas se daba a conocer al público el
nuevo Comité. Este segundo Comité fue
encarcelado y un tercer Comité se
puso a la cabeza.
Los efectos del boicot fueron dañinos para
el país. El 75% de los inversionistas retiró
sus capitales y la situación económica se
agravó notablemente pues además bajó el
precio de la plata, se perdieron las
cosechas y las divisas por venta de petróleo
se redujeron considerablemente.
El gobierno al ver como iba creciendo el
movimiento cristero, aumento más las
aprehensiones a sacerdotes y fieles y
aumento más los asesinatos, muertes y
atentados contra los fieles y las iglesias,
pero esto, sólo hacia que aumentaran más los
grupos cristeros, y estos surgían con el
tiempo mucho más organizados y un poco más
armados, pero siempre con la convicción
primordial de defender su Fe, su amor a
Dios, su amor a la Virgen de Guadalupe y
siempre con el grito: ¡Viva Cristo Rey y
la Virgen de Guadalupe!
2. Año 1927
El inicio del conflicto
armado se desarrolló por diferentes zonas,
primero el norte de Jalisco y sus confines
con Guanajuato, el occidente y sur, con el
golpe del 28 de Diciembre al 9 de enero
desde San Gabriel, a los pies del volcán
de Colima, llevando el canto de:
"Tropas de María, vamos a la guerra", y
por último con más actividad, los Altos
de Jalisco. En esa oportunidad apareció
el “Manifiesto del Gobierno
Nacional Libertador”, en el que se
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